Un problema de inventario [Aventura P.R.][Enji & Juan] T3
#11
Su puño hundió el botón con un golpe seco, firme. La roca vibró a través de sus huesos en retribución, subiendo por el brazo hasta el hombro, el cuello, y finalmente la cabeza. El retroceso le sacudió las ideas, los sentidos, le erizó cada vello de la nuca y, por primera vez, Enji se planteó la posibilidad de que golpear una masa de roca del tamaño de un cuartel no fuera precisamente una buena idea. En otra oportunidad, quizá, sí, utilizando los poderes de su fruta del diablo para licuar la roca en jugo de roca; pero, ¿ahora? Definitivamente se había pasado.

—Hijo de su… —masculló. La vibración le llegó a los dientes, generándole un punzante dolor que, aunque breve, lo llevó a cubrirse la boca. Apretó la mandíbula creyendo que eso ayudaría en algo a sus molares, que tiritaban—. Espero que sirva de algo. ¡Empuja fuerte, Juancho! ¡No se nos van a escap…!

La palabra murió en la punta de su lengua cuando el mecanismo detrás de la roca se activó, encendido por el botón. Se movieron pistones y engranajes en algún lado, y, tras un instante de expectación total, la puerta escondida en la roca cedió y les permitió el acceso, con la mala fortuna de hacerlo de forma demasiado abrupta. El peso del gyojin se vio de pronto carente de una superficie que lo soportara, Juan perdió el equilibrio, y cuatrocientos kilos cayeron hacia adelante en un ruidoso estrépito.

Le subió la carcajada.

—¡Pfff! ¡Shihahahaha! —Inmisericorde, Enji lo señaló y se echó a reír—. Cangrejo a la plancha, shihaha… ¿entiendes? Porque te planchast…

El karma lo alcanzó, poco después, en forma de una tromba de agua que provenía del interior de la cueva. La ola lo golpeó y echó hacia atrás, justo después de que pasase a su lado el reconvertido gyojin arrastrado por la corriente. El caparazón de tortuga y su característico color verde ya no existían. Enji, al recomponerse, sintió que las piernas le pesaban un poco más, los párpados le pesaban más, incluso pensar le pesaba un poco, sólo un poco, más de lo usual. ¿Estaría envenenada el agua?

«Idiota —pensó—, el veneno a ti no te afecta»

A veces se le olvidaba. Algún día tendría que idear la manera de gastar una broma a alguien aprovechándose de su propia inmunidad a las toxinas, pero eso sería cuento para otro día. Afirmó un pie en el suelo, apoyó una mano en su rodilla y se irguió.

—¿Estás bien, Juancho? Mierda, perdí mi cigarro… —Se acercó al grandullón, le tendió la mano y con un firme tirón lo ayudó a levantarse—. Menos mal que eres el duro, eh. Ven, se me ocurrió algo —dijo, echando un vistazo rápido al pasillo de quince metros que aguardaba por ellos—. Dudo que haya más trampas… pero, sean quienes sean, están cerca. Es un pasillo recto, sin forma de esquivar en caso de que alguien se asome desde la otra punta y empiece a disparar. Quiero que vayas al frente, gordito, y aguantes el primer golpe si nos atacan por sorpresa. —Su mirada se tornó seria por un segundo, pero sonrió, a su maniática forma, poco después—. Yo les cago en el pecho antes de que den el segundo.

Dos breves palmadas en la espalda se suponía que le imprimirían algo de ánimo a su compañero. Mandar a alguien más a primera línea no era para nada su idea favorita, pero, siendo el caso, su movimiento más inteligente era ese. No había forma de que entrasen uno al lado del otro y si alguien tenía que ir al frente, que fuera el caparazón.

—Llevémonos una de las antorchas de la pared.
Contenido Oculto

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#12
Empujé con todas mis fuerzas, empujé y empujé hasta que, de repente, la superficie sobre la que estaba imprimiendo mi esfuerzo cedió, provocando que me diese de bruces contra el suelo. No fue elegante, tampoco épico, pero funcionó.

—Podría ser peor— pensé mientras miraba al techo desde el frío y húmedo confort del suelo rocoso, escuchando las burlas de Enji, en algún momento me las pagaría.

Lamentablemente tenía razón, podría ser peor… Y lo fue, a los pocos segundos de yacer en el suelo, una tromba de agua cayó sobre mí, arrastrándome de nuevo fuera de la cueva y haciéndome perder la transformación de mi fruta. Me quedé por un momento mirando las nubes del oscuro firmamento. —Qué vergüenza para un gyojin… Derrotado por una ola…— Era evidente, ser usuario de una Akuma tenía sus claras desventajas, ahora sentía como el agua, que un día fue mi hogar, podría convertirse en un clavo para mi ataúd si no me andaba con ojo.

Acepté la mano que me dio Enji para ayudarme —Hace mucho frío para esto— dije con voz molesta mientras tiraba de mí para levantarme. Estábamos cayendo en una trampa tras otra, murciélagos gigantes, puertas secretas, olas de agua… Esos bastardos se lo habían montado bien, y seguramente tendrían más cosas preparadas para nosotros. Seguro que sería una pena para ellos descubrir que la justicia no pierde, no se rinde, siempre avanza…

Enji comentó su plan, usaríamos mi resistencia para avanzar por las instalaciones de frente. —Jeje… Ese es mi punto fuerte, capitán ¡Aguantaré lo que sea que nos lancen!—. Sabía que contando con él en mi espalda no tendría que preocuparme por nada, en el momento en el que un enemigo apareciese, lo haríamos puré sin dudar.

Con el plan perfectamente calculado, me puse frente a mi compañero, listo para cubrirle de cualquier mal necesario. Una vez más, mi cuerpo aumentó considerablemente de tamaño, gruesas escamas adornaron mi coraza y un imponente caparazón brotaba en mi espalda. Apreté mis patas secundarias sobre mi abdomen y adopté una postura defensiva, con mi pinza frente a mi torso y mi mano izquierda bien ceñida a mi rostro —¡Tortuga cangrejo lista para el combate!— dije mientras me estrujaba los bolsillos del pantalón.

Una vez transformado volví a adentrarme en la cueva, sin detenerme, pero sin confiarme. Mis pisadas se sentían más pesadas que de costumbre y el sonido de los pasos sobre el suelo encharcado daba un sentimiento lúgubre al lugar. Cogí con mi pinza los papeles de la pared que parecían tener algo que ver con los botones de la entrada, los observé con detenimiento y luego me los metí en mi bolsillo derecho. Si por lo que sea nos pasaba algo, no tener esos papeles igual le arruinaba el día a algún que otro criminal…

Cajita de tortuga
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#13
La sopresa que se llevaron el dúo de marines al conseguir abrir la puerta a la primera fue notable, y aunque ambos sufrieron el embate de la ola de agua que provino de las escaleras, aquello no aminaló para nada su ánimo para lograr terminar con los delincuentes que habían atacado a sus compañeros. Con decisión adoptaron una formación con Juna Sebastián en su forma híbrida al frente, mientras que Enji mantendría a salvo la retaguardia, cubriendo el avance de su compañero.

A medida que ascendían por las escaleras de roca, los murmullos que se entremezclaban con el ruido del agua aún fluyendo fueron haciéndose cada vez más claros hasta diferenciarse en varias voces humanas, las cuales, en tonos más o menos disimulados susurraban órdenes y palabras de ánimo. Parecía que aquellos criminales estaban ya alerta y listos para enfentar a los adalids de la Justicia.

Apenas Juan Sebastián asomó el caparazón por el último tramo de escaleras, el estruendo característico de un arma de fuego resonó por toda la caverna, y un fragmento de roca estalló a su derecha.

— Vale amigo! Intentemos no hacer movimientos raros! Aquí mi amigo tiene el dedo del gatillo muy sensible como has podido comprobar. No sé como demonios habéis logrado entrar pero vais a tener tiempo suficiente para decirnoslo a todos.

A ojos del gyojin, el lugar que tenía ante sus ojos parecía una conbinación de almacén de mercancías y barracón militar. Las escaleras desembocaban en una zona amplia de techo alto y abovedado, de al menos ocho metros de alto. En toda la estancia, cajas de madera y sacos de arpillera se acumulaban en montones ordenados, ocultando mercancía de índole desconocida.

A ambos flancos de la entrada, parapetados tras estas cajas a modo de barricada, varios hombres apuntaban sus armas hacia los marines. Al fondo de la caverna, a unos veinte metros de la entrada, seis literas de hasta cuatro metros de altura servían de lugar de descanso para aquellos criminales, aunque en este momento también servían de atalaya para un tirador, el cual se encontraba tumbado y con la mira de su rifle enfocada en el lugar por dónde iban a subinr Enji y Juan Sebastián.

Enfrente de las literas, a quince metros de la entrada, un hombre armado con un gran Kanabo se apoyaba en el arma mientras hablaba con un Den Den Mushi.

— Si, señor, han logrado acceder al interior. El inventario de la cueva ha sido comprometido. Contactaré de nuevo cuando me haya encargado de ellos.

Tras colgar, El hombre guardó el caracol en su bolsillo y sujetó el kanabo con ambas manos.

— Bien, vosotros! Estáis muertos, bastardos de mierda! Hacednos un favor, y no os resistáis, tenemos mucho que hacer y no podemos perder el tiempo con un marisco gigante.

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
#14
A medida que avanzábamos por el camino, el retumbar de algunas voces parecía ir cobrando fuerza y sentido a partes iguales. Sin dudas, los responsables de lo que les sucedió a nuestros compañeros caídos se encontraban cerca de nosotros. Cada paso que daba para pasar al siguiente escalón me servía para armarme de determinación, no podíamos fallarles.
Cuando estábamos a punto de llegar, pude notar cómo lo que en un momento parecían ser charlas triviales, eran en realidad órdenes, se estaban preparando para el combate. Miré a Enji, que avanzaba a mis espaldas, y asentí, asegurándome de que estuviese listo para la acción que tendríamos de forma inminente.

Una vez terminé de subir las escaleras, uno de los criminales presentes disparó inmediatamente contra nosotros, fallando el tiro por los pelos. Con los ojos como platos, miré el agujero que dejó la bala en la pared, para luego devolverle la mirada al tirador, que se encontraba subido a una litera. —¡Eso ha sido peligroso gilipollas!— exclamé visiblemente molesto.

El hombre que parecía ser el líder empezó a hablar de no sé qué cosas de un gato y de contarles cosas. Mientras me hablaba, puse atención a la fortaleza improvisada que habían montado para recibirnos ¿De verdad pensaban que con apilar unos sacos y dispararnos iban a ser capaces de intimidarnos?  Introduje mi brazo izquierdo completamente dentro de mi caparazón. —Disculpad mis modales… A veces pica.— y me rasqué por dentro, la humedad a veces era una tortura.

Quería preguntar algo, pero por lo visto el tipo del Kanabo tenía una llamada más importante que atender que lidiar con nosotros, no nos estaba tomando muy en serio. Eso era algo que me molestaba profundamente, pero al menos pude sacar algo de información, por su forma de hablarle a la otra persona de la llamada, parecía que no era el jefe real. —Imagino que tendré que capturarlo vivo— le susurré con algo de pereza y de forma disimulada a mi capitán, ignorando descaradamente las amenazas de aquel sujeto.

Entonces me dirigí a ellos con soberbia. —¡Muy bien! Si os rendís, solo os daré una pequeña paliza antes de capturaros.— Y clavé con furia mi mirada en el tirador que estaba colocado sobre la litera, no había olvidado las heridas de bala que mataron a algunos de los marines de la entrada. —Y si os pensáis que con unos disparitos y los golpes de ese consolador tuyo podéis intimidar a un marine…— dije con un tono de voz que retumbaba por toda la sala y tocándome el pecho con mi pinza —Vais a llevaros una sorpresa muy desagradable—

Estaba más que preparado para recibir lo que tuvieran para lanzarme, no me amedrentaría ante nada ni ante nadie, porque así es como debe ser un verdadero marine, porque sobre nuestros hombros descansaba el honor de nuestros camaradas caídos.


Cajita de tortuga
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#15
Un paso a la vez, capitán y comandante remontaron los quince metros de escaleras que subían hasta la guarida de los traficantes. Enji se mantuvo detrás de Juan, coordinando sus pasos, chapoteando en el agua que todavía inundaba los peldaños bajo la cortina que creaban los andares de su compañero, mucho más pesados. El enorme caparazón de Juan Sebastian cubría toda la línea de visión, era un tapón, un muro, y ese era justamente el punto. Juan podía caminar de frente y sabía, sabían los dos, que nadie iba a poder pararlo. Era una apisonadora, una fuerza de la naturaleza de piel roja y con un rostro cuadrado que inspiraba de todo menos ternura. Detrás suyo, estaba a salvo, y, cómo capitán y líder de la división, reconocer las virtudes de sus compañeros y explotarlas era su trabajo.

En la formación de la Gloriosa División 80, Juan Sebastian siempre tenía que ir al frente. Era el escudo, mientras los otros tres ( Enji, Masami y Akira ) eran las lanzas que rompían el flanco.

El silbido de una bala cortó el aire apenas llegaron arriba y su impacto formó una muesca en la pared junto a la entrada. «Lo sabía —pensó, satisfecho y algo orgulloso de su predicción—. Fua, que bueno que soy». Había francotiradores en la sala. O tiradores. O quizá un sujetó con un tirachinas. Resultaba difícil discernir algo con precisión teniendo al inmenso gyojin en frente, pero eso podía ser bueno. El grupo estaba asumiendo que eran dos, más ninguno lo había visto ni tenía forma de saber cuándo ni cómo aparecería. Juan lo estaba tapando completamente.

El veneno empezó a correr por su cuerpo, empujado por la adrenalina y la expectativa del conflicto. Estaban sumergidos en un stand off. Los tiradores apuntaban a Juan. ¿Cuántos serían? ¿Qué tan grande era la sala? ¿Habría algún sobreviviente de los marines de abajo con ellos? No… no, lo más probable es que toda la división fuera ahora una sola montaña de cadáveres, esa que habían visto antes de subir. Los que yacían atrincherados allí eran todos culpables de esas muertes.
Contenido Oculto

Enji permaneció callado.

Delegó en su compañero la tarea de hablar y descubrió, orgulloso, el buen trabajo que podía hacer Juan como mediador. “Y si os pensáis que con unos disparitos y los golpes de ese consolador tuyo podéis intimidar a un marine… Vais a llevaros una sorpresa muy desagradable”. ¿Podía enmarcar esa frase? Definitivamente acaba de ser testigo de uno de los momentos destacados del floreado Juan Sebastian.

«Eso, Juancho. Ese es mi tortugon, carajo. Podría llorar… bueno, no, ¡pero casi! ¡Mi maldito compañero!»

La tensión estaba en aumento y pronto se rompería la tregua. ¿Quién sería el primero en moverse? Estaba tenso, preparado para descargar justicia sobre sus enemigos en cuanto Juancho diera la luz verde.
Contenido Oculto

Se rascó el cuello. Después, extendió la mano y con dos toques sobre el caparazón de su compañero, le hizo saber que estaba listo. Los dos se conocían lo suficiente y entendían que las salidas pacíficas, el diálogo y el perdón; todo eso había muerto junto a los camaradas que yacían al final de la escalera. Ahora, lo que quedaba era la venganza.

off
#16
El dúo conformado por Juan y Enji afrontó la situación con un estoicismo dificil de igualar. EL gyojin cangrejo examinó pacientemente la estancia, tomando nota de los posibles peligros que podían abalanzarse sobre él, escondiendo su brazo izquierdo, el que no era una pinza gigantesca dentro de su caparazón. Enji por su lado, se mantuvo bien cobijado detrás de su compañero, pero para nada inactivo, ya que, a pesar de no poder ver lo que estaba pasando, permanecía atento para ayudar a su compañero de División.

El hombre del kanabo soló una gran carcajada al escuchar a Juan Sebastián hablar.

— Claro cangrejito, claro que nos rendimos.... Y UNA LECHE! Y me alegra que puedas apreciar los múltiples usos de mi kanabo, PORQUE PIENSO METERTELO POR EL CULO!! Supongo que ver los cadáveres de vuestros amigos siendo comida para los murciélagos no fue suficiente para que os quedase claro que en los asuntos del Intendente no se mete nadie.

El hombre hizo un gesto hacia el tirador, que amartilló su rifle.

— Acribilladlos!

Los hombres parapetados tras las cajas de madera y los sacos de arpillera a ambos lados de la entrada de roca vaciaron sus armas contra Juan, que seguía ocupando toda la superficie del túnel, recibiendo este la totalidad de los ataques, a la vez que el tirador accionaba su arma por dos veces, una contra el techo abovedado y otra contra la boca de las escaleras por dónde el dúo de marines trataba de acceder a la caverna central con un potente estruendo y la caverna entera temblaba. Por su parte, el líder de aquella banda de granujas enarboló el kanabo con ambas manos y tras caminar un par de pasos, se lanzó por el aire hacia el gyojin cangrejo, haciendo descender el arma buscando hendir su cráneo en dos.

La Caja de Pandora
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#17
Al parecer, mis palabras hirieron los frágiles sentimientos del hombre con el kanabo, al parecer, los criminales de hoy en día eran muy sensibles en lo que respecta a sus juguetes. Tras presumir de las filias que tenía con su arma, mandó a sus secuaces a disparar contra nosotros, viendo cómo en un instante decenas de balas eran disparadas contra mí como si de una lluvia de acero se tratase.

Las balas impactaron contra mi escamada piel por todo mi cuerpo, pero no lograron traspasarlo en lo más mínimo. Como si hubieran chocado contra un muro de hormigón, los proyectiles se abollaron al intentar atravesar mi coraza, cayendo patéticamente al suelo justo después.

Una de las balas pasó de largo, provocando un ruidoso estruendo a nuestras espaldas. —¿Qué mierda?— dije sin apartar la vista del frente. Me habría gustado poder revisar que era lo que pasaba a nuestras espaldas, pero, antes de poder hacerlo, el líder de esta triste pandilla se lanzó contra mí. Al ver claramente cómo se acercaba, sonreí de forma confiada mientras pensaba —¡Lo tengo!—. Y así era, cuando lo tuve suficientemente cerca, disparé la bala que guardaba en mi mano izquierda contra su muslo derecho, logrando atravesar con éxito su carne.

Tras esto, el tipo terminó llegando hasta mi posición, tenía que admitirlo, tenía huevos, no cualquiera podría seguir dispuesto a atacar después de recibir un disparo como ese en la pierna. Viendo que había recibido mi ataque como un verdadero hombre, sentí que sería una falta de respeto evadirlo, por lo que recibí su golpe en mi cabeza con firmeza. El sonido de su ataque resonó por toda la sala, pero no logró hacerme pestañear, hacía falta más, muchísimo más para hacerme siquiera un rasguño. —¡Débil!— dije mirándole a los ojos en un alarde de superioridad. 

Sabiendo que Enji no se quedaría de brazos cruzados, me aparté de su camino para que pudiese barrer con estos tipos. —¡Ahora Enji!— dije mientras me desplazaba a la derecha y me introducía en mi caparazón. Después de haber recibido los ataques de estos mindundis, estaba seguro de que no serían rivales para el poderoso capitán de la División 80 de la Marina. Yo mismo había probado de lo que era capaz cuando se ponía en serio a la ofensiva. Recordando como arrasó con cuarenta metros de playade un ataque, solo pude pensar desde la seguridad de mi caparazón —La que les va a caer...—.

Cajita de tortuga
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Energia: 2881 - 774 = 2107
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#18
Por orden y capricho de quién parecía ser el líder, la voz cantante del grupo, una lluvia de balas cayó sobre la entrada de la cueva. Las detonaciones ocurrieron en simultáneo, docenas de ellas. Volaron trozos de piedra arrancados de la pared, polvo y casquillos de bala mientras la balacera se producía. hasta que los rifles y pistolas se cansaron de escupir plomo. Vacíos quedaron sus estómagos y cargadores. La sala se inundó de olor a pólvora, un aroma penetrante y, para muchos, adictivo. Enji sonrió a espaldas de Juan. “¿Por qué?”, se preguntarán. ¿Qué motivo podría tener para sonreír después de que su compañero fuera baleado a quemarropa?

El motivo estaba escondido en la verdad de un sonido peculiar, camuflado bajo las detonaciones: el ruido de las balas cayendo derrotadas a los pies de Juan Sebastian, partidas o abolladas después de intentar, sin éxito, atravesar su defensa. Su férrea coraza.

«¡Ja! Les falta mucho pollo en la sopa si lo que quieren es lastimar a Juan. —Contuvo la risa detrás de sus dientes apretados—. ¡Se están sobreestimando!»

El sonido de un golpe seco y el tañido del metal que lo siguió demostraron su punto, y revelaron a su vez, para horror de sus enemigos, la triste realidad:

”—¡Débil!”
«¡Muy débil!»

El veneno empezaba a impacientarse. Reverberaba en su pecho, burbujeante. Crecía y se extendía buscando el permiso o, en su defecto, el punto de fuga. Estaba cansado de obedecerlo, cansado de limitarse por culpa de su voluntad, harto de las cadenas de su consciencia. Como toda cosa, tenía un propósito y un anhelo. Era veneno y quería hacer aquello para lo que había nacido en el mundo, fuera dentro de un laboratorio o en la glándula especializada de un animal: hacer daño.

Juan se apartó, se movió a un lado, y dejó la entrada de la escalera descubierta. La luz de las antorchas lo alcanzó en ese momento. Para todos los presentes, se volvió visible. Un hombre de casi dos metros, cabello blanco, semi desnudo, sudando gruesas gotas de un líquido violáceo que burbujeaba al atravesar sus poros.

La sonrisa de Enji se ensanchó al toparse la escena.

“¡Ahora, Enji!”

—¡ G A L O P A !

Y, eufórico, el veneno erupcionó de su cuerpo. Enji extendió los brazos, como ofreciéndose a sus enemigos, mientras el espeso líquido explotaba en todas direcciones. Litros y litros se vertieron, inundaron el pasillo y se volcaron tanto hacia la habitación como escalera abajo. Galopa era eso. Un cataclismo indiscriminado que corría presuroso, saltaba en todas direcciones, se precipitaba contra todo y todos. Una ola de veneno concentrada y a presión por el tamaño y forma de la entrada golpeó al jefe de la banda, empujándolo cuatro metros hacia atrás. El ataque siguió avanzando, se estampó contra el fondo de la cueva y salpicó en todas direcciones. Se llevó consigo cajas, literas y parapetos de todos los tipos. El ácido quemaba y carcomía, provocaba tal dolor que cualquiera poco preparado podía desmayarse en el acto.

Enji entró a la habitación dando un paso al frente. La espalda recta, la mirada filosa, los labios curvados en una sonrisa arrogante.

—¡Así se siente! —gritó marcando la vena de su cuello por la presión del rugido—. ¡Ahora ustedes están en las fauces de la bestia!

Su presencia, como un pesado velo, cayó sobre la habitación entera. El brillo de las antorchas reflejado en sus pupilas se tiñó de morado y, como el suspiro de una vela apagada, ascendió. Los puños apretados clamaban venganza y sudaban dolor, el mismo que ahora lloraban las paredes. Toda la sala se había convertido en su infierno particular.

Un infierno venenoso.

—¡Espina!

Saltó hacia adelante; la distancia que lo separaba del líder, sesgada en un parpadeo. Su puño derecho se abanicó desde abajo hacia arriba y al frente, convertido, en un parpadeo, en una bola. Un constructo venenoso de pinchos que se hundió en el estómago del peleador, tras una finta que apuntaba a la cabeza.

El hombre voló otros tres metros hacia atrás. La ropa que llevaba yacía hecha jirones y en su abdomen ahora la huella del puño de Enji permanecería. La había imprimido con el fuego de su ácido veneno, como una marca de ganado.

Se acercó de nuevo, sin darle tiempo ni lugar a pedir tregua, clemencia o piedad. Plantado delante suyo, hundió esta vez el puño izquierdo entre las costillas del líder.

—¡Esta será la primera y última oferta que les haré! Ríndanse ahora y no tendrán que pasar por lo mismo que este idiota —dijo, erguido en el centro de la sala—. ¡Si es que alguno de ustedes sigue consciente para aceptarlo! ¡Shihahahaha!

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2422 + 0 = 2422
Energia: 2404 - 1014 = 1390
Espiritu: 1012 - 600 = 412
#19
Las balas salieron como una lluvia desde todas direcciones, con todos los bandidos vaciando sus recámaras contra el caparazón de tortuga de Juan, que haciendo gala de una enorme capacidad de Resistencia, recibió todos los impactos él mismo. Los proyectiles sonaron como una cadena de petardos al impactar contra el gyojin, sin ser capaces de perforar su caparazón por mucho que aquellos criminales dispararan contra él. Por su parte, el que parecía ser el líder de aquellos rufianes se lanzó hacia Juan, siendo interceptado con un disparo del marine, lo que no fue suficiente para detenerlo.

No obstante, el golpe de aquel granuja no fue suficiente como para hacer daño a Juan, que estaba muy bine protegido pos sus técnicas y su resistencia natural como gyojin cangrejo. Una vez todos los golpes hubieron pasado, Juan se apartó a un lado para dejar espacio a su compañero Enji para que terminase el trabajo.

La oleada de veneno arrasó toda la entrada de la caverna lo que provocó que todos los secuaces se retorciesen de dolor a medida que caían entre espasmos debido a la virulenta ponzoña producida por el marine peliblanco.

Cuando la marea al fin llegó hasta el final de la caverna, toda la estancia siseaba por el ácido del veneno que iba poco a poco devorando todas las mercancías allí dispuestas. Sin duda, aquello acababa de asestar un duro golpe contra lo que fuese que se estuviese llevando a cabo en aquella isla. A continuación, Enji la emprendió a golpes contra el líder de los criminales, que acabó cayendo al suelo, soltando el arma e incapaz de moverse debido al daño acumulado.

En el otro extremo de la estancia, el tirador se puso en pie, con el rifle firmemente encajado en el hombro, resollando y con la piel erupcionada por la toxina del marine, mientras encajaba el cerrojo de nuevo en su sitio.

— Malditos bastardos... Sabéis acaso a quien acabáis de cabrear?! El Intendente os dará caza antes o después, pero yo me aseguraré de que os recuerde....

Acto seguido, otro gran estruendo recorrió la caverna, y un impacto directo resonó en el pecho de Enji, provocando una explosión llameante al impactar.

El tirador rio levemente mientras volvía a toser.

— Si... acabaré con vosotros y el jefe me ascenderá...

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
#20
Poco después de resguardarme en la seguridad que me otorgaba mi plácido caparazón, lo inevitable sucedió, una ola de veneno arremetió brutalmente contra mi defensa de forma despiadada. Era un ataque que ya experimenté en otra ocasión, una explosión de veneno que arrasó con todo lo que tenía en los alrededores, dejando a su paso un páramo yermo, carente de vida. Afortunadamente yo ya estaba acostumbrado al golpe, por lo que me pude anticipar al impacto, aunque no con facilidad. 

Una vez sentí que ya había pasado todo salí de mi caparazón, pudiendo echar un ojo al resultado del ataque. Mi compañero emitía una presión extraña, en estos momentos al estar cerca suya podía sentir como mi si mi corazón estuviese siendo agarrado por una mano invisible. Con una pícara sonrisa pensé —Si yo me siento así… ¿Cómo será para los enemigos?— Fue algo similar a lo que sentí antes de desmayarme en la isla del parque, que malos recuerdos… Si algo iba teniendo claro mientras más tiempo pasaba con Enji, era que él era especial, muy distinto a cualquier persona que había conocido en mí vida.

El campo de batalla estaba como uno podría esperar, cubierto de veneno y completamente atrasado, únicamente adornado por los cuerpos de decenas de soldados bañados en una sustancia violácea que conocía mejor de lo que me gustaría. Tras soltar un silbido y escuchar la oferta de mi capitán a los criminales crucé los brazos y asentí enérgicamente, sin dudas el único en pie de aquel desastre estaría encantado con tal generosa oferta.

Su respuesta fue algo de un intendente, algo que me sonaba de algo, pero no le presté especial atención ¿Se estaba rindiendo? Lo siguiente que siguió a su cháchara fue el sonido de un disparo y, antes de que pudiese girar mi cuerpo para mirar a mi compañero, una explosión que retumbó en las profundidades de la cueva. 

Miré a mi izquierda y pude ver a mi compañero cubierto por el humo del impacto. Después de asegurarme en una fugaz mirada de que estaba bien, me relajé. —Jajajaja ¡Te han dado pero bien!— le dije con lágrimas burlonas que se escapaban de mi rostro. Me sequé los ojos lagrimosos y entonces puse mi atención en el tirador que hizo el disparo. Era como una rata acorralada, podía morder, pero el destino que le esperaba ahora que descartó con tan mala educación la idea de rendirse, sería… doloroso. 

De forma cauta me acerqué poco a poco al tirador, si quería disparar contra mí, adelante, en esta situación sabía que no necesitaba preocuparme por Enji, le he visto recibir muchos golpes y más duros que ese, la voluntad de mi compañero no se desplomaría con la misma facilidad que sus ropas. 

Resumen

Bélico

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