[Presente absoluto - Auto T7] La revolución que jamás olvidará
#1
Días 78, 79 y 80 de Invierno, Año 17

El retorno a Mogaro derivó en un periodo de tranquilidad bastante dilatado. El entrenamiento de los jóvenes reclutas nuevos no implicaba demasiado esfuerzo, ya que duraban lo necesario para agotar las fuerzas de los recién llegados y como eran más bien pocas en comparación con las fuerzas del panda o de su gruñón comandante, al final siempre sobraba bastante tiempo para disfrutar de la tarde. Mogaro nunca tuvo tanta actividad. El hecho de estar erigiendo en la isla un astillero de proporciones colosales le estaba dando mucha vidilla. Un próspero futuro comercial esperaba a las gentes de la isla, que hasta ahora habían ido tirando con su producción maderera, agraria y pecuaria. Lejos quedaban ya los días de opresión inenarrable en los que la gente vivía bajo el mandato de su poderoso e inaguantable rey. Hoy la pobreza de los más débiles no era sino un lejano recuerdo que adoptaba la forma de una mala pesadilla en una noche calurosa. Era algo que algunos ya habían olvidado, pero no por malos motivos.

Un buen día de finales de invierno, más o menos a las seis de la tarde, Bambú salió del cuartel de las tropas donde entrenaba habitualmente a Kelvin y a Berry para dar un paseo. Estaba fresco como una lechuga y bastante animado. Sus camaradas progresaban adecuadamente en el entrenamiento del haki de armadura bajo la tutela del enorme mink panda y eso era importante para él. Cuando hubieran dominado el nivel básico, quizás tendrían fuerzas para empezar con el medio, aunque no se hacía ilusiones con ello porque Kelvin todavía tenía mucho que aprender y mejorar. En cuanto a Dean y Shirohime, ambos estaban en las más que capaces manos del comandante Kageyama. Juntos mejorarían (y sufrirían) bajo su tutela, aunque menos de lo que sufrirían bajo la del panda, que tenía una mano muy firme cuando se trataba de adiestrar a la gente. La única gracia que le salvaba de ser un mal maestro era que se le daba excepcionalmente bien explicar las cosas para que la gente las entendiera. Cada vez mejor, de hecho, conforme sus estudios avanzaban. Últimamente se había dedicado en exclusiva a leer sobre el poder espiritual, que es el concepto que manejan los autores contemporáneos cuando hablan del haki. La gran mayoría sólo menciona el armadura y el observación, ya que son los más conocidos. El haoshoku estaba reservado para los conjuntos documentales de carácter más bien epistolar que recogen testimonios de sus efectos, aunque sin excesiva precisión en lo que a su causa se refiere. En algunas obras se habla de personajes que con su mera presencia intimidan a ejércitos enemigos que terminan rindiéndose, en otras se habla de reyes de aspecto especialmente glorioso imponiéndose sobre sus vasallos... Pero rara vez se lee en esos textos la palabra haoshoku. Y aunque estén mencionados los tres hakis, también es raro que se describan sus efectos más avanzados. Sentía que estaba cerca de un pozo de conocimiento perdido. Una obra o tal vez un conjunto de ellas que indaguen en el asunto con la precisión que él esperaría. Sabía que había otros eruditos de su calibre en el mundo capaces de realizar un compendio competente en la materia, sólo tenía que encontrarlos y el conocimiento sería suyo.

Pero el conocimiento podía esperar, porque Bambú tenía otra importante tarea entre sus manos.

Había diez troncos en un pequeño claro del bosque de Mogaro. Uno de ellos ya tenía una forma definida, aunque a escala mucho menor del objeto que representaba. Otro estaba en proceso. El segundo se parecía mucho a Bambú en su forma y complexión, pero tenía algunos atributos ligeramente diferentes. Para empezar, sus brazos y piernas no eran normales. Tenían unos curiosos aros alrededor de donde deberían estar las articulaciones que daban la impresión de estar completamente tensos, como si fueran a liberarse con potencia en cualquier momento y a catapultar a la figura ursida hacia el cielo. En su mano derecha, una lanza bastante bonita. No se parecía en nada a Preypiercer en tanto que era mucho más gruesa y daba la impresión de ser más funcional en combate cuerpo a cuerpo que a distancia. Su rostro era desagradable para los estándares de los mink, eso lo recordaba a la perfección, pero su mirada era inocente, similar a la de aquellos que son demasiado inocentes como para hacer el mal. En la base de su obra una inscripción, como en la primera, pero con un texto diferente. —Honhonhon, seguro que los ríos de Mogaro te gustarían, están llenos de peces. —Cuando estuvo satisfecho con su obra, pasó a la siguiente.

El cielo empezó a oscurecerse cuando estaba ya a mitad de camino. No quería dejar a media su obra, así que se ausentó durante quince minutos para ir a por unos faroles, media docena, para alumbrar bien el tronco sobre el que trabajaba. Debían de ser las doce pasadas con miró concierta satisfacción su obra completa. Había trabajado rápido. Las últimas dos le dieron la experiencia que necesitaba en el asunto como para acometer la tercera tarea con mayor presteza. Además, era más pequeña que las otras. Era un poco injusto y lo sabía, porque la primera era muchísimo más grande que la segunda y aun así las había hecho casi del mismo tamaño. Esta era, por lo menos, un tercio más pequeña que la segunda. Tenía un peinado revoltoso, tenía que congratularse por ese logro. Y también había logrado la tímida seriedad con la que siempre miraba al grupo. Vestía ropajes discretos y tenía las manos en los bolsillos. Su expresión era analítica, pero no suspicaz. Como si intentara reunir datos suficientes que le dieran el valor para aportar algo a la conversación. No quiso meterse en camisa de once varas intentando plasmar su esencia sobrenatural porque quizás no se hubiera entendido en la estatua. A parte, el chico era mucho más que sus poderes, aunque pelease exclusivamente con ellos. —Te gustaría este escuadrón, no decidimos nada a golpes. Somos bastante diplomáticos, de hecho, mientras a Kisuke no le de por insultar a todo el mundo honhonhon. —Sabía que hubiera estado a gusto allí. Miró el cielo estrellado, preguntándose si debía seguir y parar en ese mismo momento para descansar y recuperar fuerzas para la siguiente. Miró a la oscuridad del bosque que le rodeaba, meditando acerca de lo que le esperaba el día siguiente. —Otra sesión de entreno sin duda, pero últimamente se cansan antes. ¿Estarán comiendo lo suficiente? Les dije que comieran todo lo posible después de cada entreno... —Pensaba en voz alta porque le resultaba más sencillo. No había nadie, salvo quizás el ocasional lobo agazapado, que pudiera escucharle.

La luna menguante coronaba el cielo a su marcha. Había decidido priorizar el descanso porque le parecía lo mejor, pero volvería al día siguiente para continuar. Desde luego que sí. No podía cancelar el entrenamiento porque sabía que estaban contrarreloj. Bambú no sabía cuándo tendría que marcharse para ir a por Kovashi y eso implicaría que Kisuke le llevase, porque él no sabía navegar sólo y Berry no iba a llevar el Grand Prix por su cuenta. A parte de que sería capaz de olvidarse del panda y abandonarlo allí donde estuviera el espadachín. El descanso fue largo y continuado. No había parado en todo el día y su cuerpo agradeció el respiro. El entrenamiento del día siguiente continuó tal y como esperaba. Recomendó que sus subordinados se metieran una cuantiosa cena entre pecho y espalda para recuperarse del gasto de energía espiritual y emprendió su marcha hacia el bosque a la misma hora que el día anterior. Esta vez, para ahorrar algo de tiempo, se llevó los faroles preventivamente recargados para cuando empezase a oscurecer. Estaba seguro de poder terminar otras tres o incluso cuatro si se apresuraba. La siguiente la tenía clara, aunque era uno de los que más desapercibidos habían pasado siempre.

El atardecer apenas había empezado cuando remató los últimos detalles. Las alas era lo más impresionante de la obra, eso desde luego. Eran bastante grandes y bonitas. El casco picudo que llevaba le había quedado muy chulo, incluso su expresión era similar a lo que recordaba de él, que no era mucho a parte de su nombre. Se había tomado la molestia de hacerle un grabado en la espalda con motivos flamígeros en honor a lo que sabía de los de su especie. Y por suerte estaba lo suficientemente versado en la onomástica como para saber de corrido cómo se escribía su nombre. Deseó haberlo conocido un poco más para escribir algo con sentido en su base, pero era lo que había. La siguiente, en cambio, la tenía algo más fresca. Proporcionalmente debía de ser la más grande de todas, pero en esta ocasión no podía trabajar con semejantes tamaños, así que tuvo que conformarse con hacerla de igual tamaño que la primera. Logró con facilidad el efecto en sus ojos a base de lijarlos para darles una tonalidad más clara y uniforme. Los motivos religiosos budistas hablaban por sí mismos y una expresión de infinita bondad y perdón irradiaba del rostro del camarada. Las palmas de sus manos se juntaban en un gesto de religiosa disciplina. ¿Qué habría sido de él? Era una pregunta que no podía evitar hacerse de vez en cuando.

Para cuando remató la quinta de sus obras ya se había hecho de noche. Sin embargo, gracias a su perspicacia, todavía tenía tiempo para hacer otra más, ya que se había traído los faroles premeditadamente. La sexta debía ser ella. Su relación fue muy breve, pero le caía bien. Tenía una forma de hablar curiosa que no se podría reflejar en una escultura de ninguna forma. Su pelo era largo y creía recordar que estaba sujeto por una coleta, al menos a veces. Solía llevar gafas de sol y fumaba como un carretero, pero lo más llamativo de ella era su rifle. Iba con él a todas partes y era justo que se lo llevase también allí donde la recordasen. Sobre su fruta no tenía mucho que decir. La había visto una vez nada más, y aunque fuera muy impresionante prefirió no plasmarla en la escultura para preservar la esencia única de su persona. Para hacerle algo de justicia al tercero, la hizo algo más pequeña que al segundo, pero no mucho más. Eran decisiones que tomaba sobre la marcha, quizás un poco por el cansancio emocional de estar dedicándose a algo como aquello. No era un ejercicio fácil para él, pero era necesario desde su punto de vista, aunque luego las enterrase para siempre y nunca más salieran a la luz. La luz de la luna estaba oculta entre pequeñas nubes para cuando Bambú terminó de hacerla a ella. Quería hacer tres más, por lo menos. La décima... bueno, lo decidiría al final. Regresó a su vivienda y descansó lo mejor que pudo, que no fue demasiado, pero suficiente como para poder realizar la misma tarea al día siguiente.

Al día siguiente el entrenamiento fue mejor de lo esperado. Sus discípulos ya dominaban más o menos a la perfección lo que quería transmitirles y probablemente sería idóneo cambiar a otra clase de entrenamiento mientras se preparaban para la siguiente parte. Por estos motivos decidió recompensarles terminando con la sesión bastante antes de lo esperado, a tiempo para ir a comer a una hora normal y así quedándole tiempo al panda para finalizar su obra ese mismo día. No tardó mucho en comer y en presentarse allí donde le daban la bienvenida seis viejas amistades. La séptima tomaría forma rápidamente. Sabía exactamente cómo quería representarle y además se acordaba muy bien de él. Tenía un fuego en su mirada que sólo los intrépidos periodistas podían demostrar. Era el enemigo número uno de Intha, aunque probablemente Intha ni siquiera sabía que existía. Hubiera sido grande si el trueno no hubiera retumbado. Pero retumbó después de todo y, lamentablemente, su futuro enmudeció junto con los ecos de su sonido. Se tomó la libertad de hacerle una réplica de su daga en la mano izquierda y una libretita en la otra. Al mango de la daga le enganchó una figurita de un pez, que era igual que el llavero de la original, porque sabía que le gustaba mucho. O, al menos, eso demostraba cuando lo miraba de vez en cuando y jugaba con él.

Al lado de un periodista revolucionario tenía que ir un mariscal a la altura de Bambú. Seguro que esta escultura le gustaba especialmente a Kisuke. Le hizo tuerto, que es como estuvo los últimos años de su vida, pero no por ello eso le daba un aspecto más frágil, sino todo lo contrario. Su sonrisa puntiaguda metía miedo. Tenía una cierta frialdad en su mirada. Era ese tipo de persona con la que querías llevarte bien a toda costa. Su mestizaje era evidente para el que ya le conociera, pero a parte de los dientes puntiagudos y las disimuladas líneas paralelas en su cuello que delataban un sistema branquial funcional, su aspecto era bastante humano. Enganchado en el lateral izquierdo de su pantalón le hizo una especie de forma cilíndrica tallada que parecía (y pretendía representar) un mechón de pelo. Sólo él sabía el significado que tenía ese objeto. Bambú únicamente conocía que tenía un significado, pero no su profundidad.

Al lado de la figura mestiza, Bambú empezó a tallar una de raza pura. Le hubiera gustado hablar con ella en Ryugu, pero lo cierto es que sencillamente no lo hizo. Su rostro tenía una apariencia increíblemente amable. Su sonrisa, también puntiaguda como la de la octava figura, daba una sensación completamente opuesta. Quizás era por la mirada amigable que la acompañaba. Sus cabellos descendían estáticos hasta la mitad de su espalda y en su mano izquierda sujetaba un libro cuya cubierta era plana y no tenía nada dibujado. Sólo Bambú entendería qué libro era y por qué estaba ahí. No necesitaba que nadie más lo supiera. Con la luz de las estrellas ya presente en un cielo despejado, Bambú dio dos pasos hacia atrás y observó su obra a la luz de los faroles que también se había llevado aquel día. Tenía tiempo para una más, pero no sabía si al hacerla estaría insultando a los nueve héroes que acababa de representar. Allí, mirándole desde la penumbra del otro mundo, estaban Comi, Khruner, Enma, Baraqqiel, Beto, Nadja, Oxxy, Zorak y Derya tal y como los recordaba. Esculturas de madera tallada, con sus detalles cada una, la mayor parte de ellas de una altura de cuatro metros más o menos, aunque alguna más bajita que otra.

De algún modo supo que la obra debía permanecer así, sin mayor añadidos. Añadir una décima escultura para Kovashi, que actualmente era un traidor a ojos del Ejército Revolucionaro, sería un insulto a sus memorias, especialmente a la de Derya. Haciendo de tripas corazón, Bambú levantó su mano derecha frente al décimo tronco. Con un firme golpe lo deshizo en un millón de astillas como si no fuera nada, pero sí que era algo. Era una declaración de intenciones. Una promesa de olvido. La noche todavía acababa de empezar y Bambú debía tratar las esculturas para que pudieran resistir la intemperie de los años que se avecinaban. Se apresuró en volver a casa bajo la luz de una luna cada vez más pequeña para coger todo el barniz que tuviera a su disposición. Gracias al cielo, su oficio de carpintería le había dejado bastante de esta sustancia protectora a su disposición. Sin perder tiempo regresó a aquel pequeño claro y empezó a recubrir la esculturas de esta sustancia para protegerlas de la humedad de las lluvias primaverales que predicaba el fin del invierno. El acabado de la madera relucía por sí mismo a la luz de los faroles y de la luna, invitando para orgullo del panda a posar al lado de cualquiera de las esculturas para que alguien con un dial de imagen sacara un recuerdo para la posteridad. Pensó en pintarlas. En darles vida a través de los colores, pero así como sabía que podía tallar cualquier cosa con sus manos, también sabía que no era diestro en el arte de la pintura. Decidió dejarlas así, con su aspecto original, y marcharse a su casa para descansar. Aquella noche durmió bien a pesar de las emociones que le despertaban sus decisiones. Sabía que había hecho lo correcto al no hacer una escultura del que una vez fue su amigo, pero que ya no lo era.

A la mañana siguiente, como le había concedido algo de descanso a sus discípulos, fue al claro directamente a evaluar si el barniz ya se había secado. Quizás en un futuro podría aprovecharse de una visita de su rockero amigo para pintar las esculturas con unos colores vivos que les hicieran justicia. En ese aspecto el panda flaqueaba, pues sólo sería capaz de imprimir un color monotónico en sus superficies a base de brochetazos descuidados. No tenía mano alguna para el arte más allá de los dibujitos que hacía a veces en sus cuadernos sobre la naturaleza. Sólo faltaba una cosa por hacer, y eso era colocar las esculturas en un lugar adecuado. Le gustaría que estuvieran sobre una fuente bonita, quizás en el castillo de Mogaro que tenía varias. La fuente junto a la cual derrotaron a Nottingham sería perfecta, aunque habría que ampliarla para que cupieran todas. Otra opción sería hacerle su propio monumento con algo de piedra como base. O quizás debería dejarlas sencillamente en aquel claro del bosque, dándole la bienvenida a todos aquellos aventureros y ciudadanos que en sus matutinos paseos se cruzasen con ellas de forma aleatoria. Allí, en medio del bosque de Mogaro, nueve héroes de la Revolución descansarían tranquilos rodeados de un entorno tranquilo y natural. Esta última le pareció la mejor idea, pero quería que el claro estuviera bonito. Decidió recoger un poco de ayuda en el Pueblo Bayo, que tenía un par de jardineros bastante apañados y suficientes manos como para recolocar las estatuas con la ocasional ayuda del panda. En cuestión de semanas el claro se convertiría en un jardín lleno de flores. En su centro se dispondrían las estatuas para que mirasen en todas las direcciones dejando un hueco entre todas ellas para una pequeña fuente. Un suelo de grava marcaría el camino por entre los parterres de flores.

Una sonrisa satisfecha se dibujó en el rostro del panda. Sí, aquel era un buen proyecto. Como el día acababa de empezar decidió ir directamente a Bayo para empezar a reclutar a los profesionales que le asistirían en su empresa. Iba a ser un día de provecho, sin lugar a dudas.

Datos
#2
✓
Aventura Autonarrada T7: Completada
RECOMPENSAS:

— Puntos Mugiwara: 12

— Reputación: 30

— Berries: 25.000

— Cuidado con poner más de un día en las autonarradas, escultor.

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