Existen momentos en la vida que suponen un punto de inflexión. Habíamos pasado varios días de viaje desde que abandonamos los cabos gemelos. El último trabajo se había saldado con éxito, pero, después de mucho tiempo cazando y acompañando al gremio, estaba empezando a sentirme más incómodo que nunca. Siempre tuve claro que el gremio tenía algo oscuro que enturbiaba los ideales que, a priori, pensé que Vinro tenía en mente. Cuando me uní estaba desamparado. Llevaba años vagando solo los mares y cazando a mis anchas. Él me dio una motivación y un objetivo, y quizá eso es lo que me duele más que otra cosa. Nuestro último contrato era sencillo sobre el papel: Dar caza a una banda de ladrones y maleantes en el West. Sin embargo, las cosas se torcieron cuando descubrimos que la banda era nada más y nada menos que miembros retirados de organizaciones gubernamentales que no se dedicaban a robar, sino a secuestrar, mutilar y vender personas. Mujeres, hombres y niños. No hacían ningún tipo de distinción entre sus objetivos. Para nuestra suerte, no eran grandes luchadores y solo se valían de su gran número de miembros para sus fechorías. Para este trabajo, el propio maestro del gremio, Vinro, bajó del barco para dar caza a los ladrones. El escuadrón estaba formado por él, Shade, el tirador más prolífico del gremio, Urba, un luchador callejero del North Blue y, finalmente, yo, el miembro más joven del gremio. Tras acabar con los desgraciados, Vinro ordenó no dejar ni un solo testigo. Ni siquiera entendí por qué. Shade y Urba accedieron sin dudar, acabando con todas las vidas del lugar. Sus miradas se clavaron en mí al finalizar, no era el primer trabajo que me negaba a realizar por matar inocentes. En ese momento sabía que estaba en peligro, que debía marchar, correr... correr, sí, pero, ¿a dónde? Las últimas semanas no había podido dormir. Las horas a oscuras escuchando las respiraciones leves y los ronquidos de algunos de mis compañeros eran el único acompañamiento en mis momentos de desvelo. La expresión dormir con un ojo abierto había perdido total y absolutamente el sentido en mi catre donde, preso de la paranoia, aguardaba cada rayo de sol. El día 47 de Primavera, ese rayo de sol, no llegó. Una sensación extraña me azotó, parecía que el barco se había, de alguna manera, detenido en el mar. Se podía sentir el vaivén de la marea, pero no el sonido del viento moviéndose como hasta ahora. Era cuanto menos raro, pero sumado a que no podía oír ningún otro ruido, la combinación hizo saltar mis alarmas. Me levanté del catre con cuidado y sin hacer ruido para, agachado, acercar mi mano a Shimei Kaeru, mi espada predilecta y colocarla cerca de mi cadera con la mano izquierda. - Demasiado silencio... - pensé cuando, a través de la puerta, un virote atravesó la sala empalando mi hombro contra la pared contraria, dejándome clavado. El dolor fue terrible. No solo por el daño físico, sino por todo lo que sabía que implicaba ese ataque. En el fondo de mi ser, sabía que no nos estaban atacando. Era un intento de asesinato, el gremio me había rechazado. La puerta se abrió y 4 hombres aparecieron. Subordinados del gremio del escalafón más bajo. No hubo una palabra, solo miradas. Sus armas estaban desenfundadas y preparadas para acabar con mi vida. - Ni en sueños. - con un gesto rápido de Shimei Kaeru, rompí el virote con la tsuka y me empujé de la pared para salir de mi trampa, con todo el dolor que conllevaba. Acto seguido, desenvainé mi filo para, en cuatro movimientos rápidos, acabar con la vida de mis atacantes. Uno al vientre, otros dos en la columna y finalmente sobre el cuello. Realicé el movimiento tradicional para sacudir la espada de sangre, el chiburi, sacando toda la sangre de traidor de mi espada y envainando su hoja con cuidado de nuevo. Tenía que salir de allí, coger un bote,buscar refugio... todo pasaba por mi mente mientras corría escaleras arriba esperando llegar cuanto antes a cubierta y buscar un medio de transporte. Sin embargo, una vez arriba las cosas empeoraron. Cuando atravesé la última puerta y llegué a la gran cubierta del barco, todos estaban esperándome. Todos los miembros de todos los rangos del gremio esperaban mi muerte y entre ellos, destacaban mis antiguos compañeros de misión: Shade, que presumiblemente había sido quien me disparó, estaba detrás del todo, sobre unas cajas y barriles, usando su posición para vigilar el entorno, mientras tensaba su arco con dos flechas. Urba crujía sus dedos mientras se posicionaba para la lucha a unos metros de mí y finalmente, entre ellos, el maestro del gremio, Vinro, que se enfundaba sus guanteletes de acero dispuesto a pelear. El silencio era sepulcral, solo opacado por el sonido de la marea y el crepitar de la vieja madera del barco. - Lo siento, muchacho. Las cosas no tenían que ser así. - dijo Vinro con un tono de condescendencia que odiaba. Volvía a pensar: Correr... Pero, ¿a dónde?
07-11-2023, 08:10 PM (Última modificación: 07-11-2023, 08:14 PM por Viktor.)
47 de Primavera. Año 11.
Isla Toko, Corriente Daiya - 04:50 a.m.
Música para la lectura
El silencio se hizo sepulcral y eterno. El mar se movía con parsimonia mientras el viento mecía los flecos de las recogidas velas del barco del gremio y, sobre su cubierta, todas las miradas se centraban en mí. La situación era una mierda. Estaba en el mar, a cientos de metros de tierra firme, en un barco con al menos una veintena hombres dispuestos a darme muerte. Y entre ellos, algunos de los mejores guerreros que he conocido. - Siempre tuvo que serlo. - contesté al que, hasta ahora, había sido mi verdadera figura paterna - Desde el momento en que decidisteis cambiar de cazadores a asesinos. - Vinro chasqueó la lengua tras una pequeña pausa después de mi interacción. - ¿Sabes? Siempre fuiste mi niño bonito. Pensaba que tú me sucederías. Pero resultaste ser un cabrón moralista disfrazado de payaso, así que... me temo que hasta aquí llega tu membresía. - sentenció mientras me señalaba con un dedo. Y yo ya sabía lo que significaba. Todos los hombres del barco se lanzaron a por mí en batida. Al menos todos menos Urba, Shade y el mismo Vinro, que se quedaron en su posición. Me rodearon en menos de diez segundos y cuando se abalanzaron sobre mí, empujé con el pulgar la tsuka de Shimei Kaeru para mostrar ligeramente su filo, con el consiguiente sonido metálico que vaticinaba sangre. Eso fue suficiente para que todos y cada uno de los hombres frenaran en seco y dieran un tímido paso atrás. A veces la amenaza de una espada mantiene en su vaina a otra. - No quiero hacer eso... - dije, prácticamente sollozando, mientras miraba a mi alrededor a los que hasta ahora eran mis amigos. La turba comenzó a envalentonarse y a gritar furiosa hasta que el primero que consiguió el valor suficiente se lanzó a por mí con un garrote en alto. El movimiento fue rápido. Desenvainé mi filo cortando la extremidad de cuajo y el hombre cayó al suelo gritando desconsolado. El brazo cercenado sangraba profusamente y comenzó a llenar de sangre el suelo de madera que filtraba parte de esta hacia abajo. Tras un silencio que pareció durar una eternidad, todos los miembros del corrillo se lanzaron a por mí. Pasé largos minutos esquivando ataques, bloqueando impactos y seccionando miembros de mis amigos uno tras otro mientras me movía por la cubierta. La sangre que brotaba de sus cuerpos había comenzado a llenar toda la cubierta y la expresión "un baño de sangre" había tomado un significado literal. Cuando todo terminó, tres hombres observaron al superviviente espadachín ante veinte cadáveres. - Os dije que no quería... os dije que... - sollozaba mirando sus cuerpos hasta que un virote atravesó mi hombro izquierdo. La tristeza me hizo desconcentrarme. La verdadera batalla comenzaba ahora, la trinidad había hecho su movimiento.
25-11-2023, 06:41 PM (Última modificación: 09-12-2023, 02:11 PM por Viktor.)
47 de Primavera. Año 11.
Isla Toko, Corriente Daiya - 05:03 a.m.
Música para la lectura
Un paso atrás con mi zurda lo comenzó todo. El virote que había atravesado con trayectoria de entrada y salida mi hombro izquierdo había logrado tocar nervio y desestabilizarme. Alcé la mirada y contemplé a Vinro, que no había movido ni un solo músculo desde que comenzó la batalla y, más al fondo, sobre unos toneles a Shade, recargando la ballesta y preparando otro mortífero virote. Toda mi atención se centró en él y comencé a calcular cuánto tiempo tendría hasta que el tirador acertara el próximo proyectil en mi cuerpo. Pero... ¿Dónde está Urba? La respuesta llegó en forma de gancho de derecha directo a mi mandíbula. El impacto me tumbó de lleno al suelo y casi me hizo rebotar contra él. La confusión del traumatismo me hacía ver borroso y sentía que estaba a punto de soltar mi arma. Traté de levantarme girando sobre mí mismo con Shimei Kaeru en la mano, para hacer un gran barrido que me diera algo de espacio seguro. Mi estrategia funcionó y Urba dio un salto atrás, descubriendo que mientras peleaba con el groso de compañeros se había escabullido por una trampilla bajo cubierta hasta otra detrás de mí, logrando impactar desde mi punto ciego. - Siempre fuisteis ratas... Solo aprendisteis a comer en la mesa. - balbuceé mientras me incorporaba y comenzaba la pelea con Urba. El luchador, que había sido entrenado en las calles, era hábil y sabía pelear contra enemigos armados. Este evadió gran parte de mis ataques y bloqueó otros tantos mientras Shade, desde la distancia, intentaba acertar de nuevo sin atacar a su compañero. Estaba agotado y la pelea no debía durar más o sería mi fin. Durante un descuido, lancé un corte horizontal a su garganta que evadió con una pequeña finta atrás y cuando se reincorporó, lo sorprendí con su propia medicina: un puñetazo. Aproveché la inercia y golpeé con el dorso de mi puño a su nariz, aturdiéndolo y dándome el tiempo justo para hender mi katana en su pie derecho. El dolor debió ser terrible y así nos lo hizo saber a todos los presentes con un terrible grito que se debió escuchar a kilómetros. Entonces, cuando Shade disparó su siguiente virote, usé el propio cuerpo de Urba para protegerme y este impactó directo en su nuca, acabando con la vida de su compañero de armas. - ¡URBAAAAAAA! - comenzó a gritar desconsolado mientras abandonaba su posición para correr hacia mí mientras desenfundaba un cuchillo que le regalé y lo sostenía sobre su cabeza. - ¡TE MATARÉ NIÑATO DE MIERDA! ¡MI HERMANO! - bramaba mientras corría como loco. - ¡QUIETO IDIOTA! - pronunció Vinro, mientras se movía con sorpresa, intentando reaccionar y parar al tirador que se acercaba a mí y al ya cadaver de su amigo. Saqué a Shimei Kaeru del suelo y con un giro rápido de trescientos sesenta grados, evité su puñalada y terminé en posición de zancada con el arma en diagonal apuntando al suelo. El silencio se hizo de nuevo y lo único que se atrevió a romper la tensión que se creó entre la mirada de Vinro y la mía fue el cuerpo de Shade desplomándose cortado en dos pedazos, su cabeza, por un lado, y su torso por otro. Ahora se iba a decidir todo, Vinro comenzaba a apretar las tiras de ajuste de sus guantes, y comenzaba la batalla con el maestro del gremio.
El viento soplaba tenue.
El ambiente, que hasta hace unos instantes estaba cargado con los gritos, los impactos, golpes y pasos maltrechos, se había enmudecido. En aquel momento solo dos hombres quedábamos en pie en la cubierta del buque insignia de Ebony Shard, la Joya ébano: El cazador novato Viktor y el maestro del gremio Vinro. Existen pocos escenarios más dantescos que haya visto. Ni siquiera cuando mi madre yacía en el suelo, apaleada por el borracho de mi padre, ni cuando maté por primera vez sentí la tensión de este momento. Aunque conocía al hombre, sabía quién era y qué podía hacer, y quizá por eso sentía que estaba frente a la mismísima muerte. No había conocido a nadie que se hubiera enfrentado en combate a Vinro y viviera para contarlo. Su habilidad era tal que se rumoreaba que podía rivalizar contra piratas de altísimas recompensas. Era rápido, hábil y capaz, pues le había visto enfrentar a múltiples rivales a la vez con sus manos desnudas sin sufrir ni un solo rasguño y él fue la inspiración de mi estilo de combate con la espada. No sabía como iba a hacer esto.
Por una parte, me parecía imposible derrotar al que consideraba no solo mi maestro, sino mi padre en cierto modo, pero si quería sobrevivir, tenía que cortar con todo, aquí y ahora. - Recuerdo el día que te encontré... - dijo comenzando a andar muy lentamente hacia mí - ... Eras un paria, un marginado, un niño sin motivación. Un despojo social abocado al fracaso. - su caminata se tornó una carrera de amplias zancadas que acortó la distancia entre nosotros - ¿¡Con qué valor te atreves... - su último paso fue más largo, abarcando al menos cinco o seis metros en un segundo como un pestañeo y apareciendo delante de mí con un golpe cargado de sus guanteletes cuchilla - A LEVANTAR TU ARMA CONTRA MÍ!? - bramó mientras lanzaba su golpe contra mi pecho, el cual fue parcialmente bloqueado con mi espada, lanzándome metros y metros hacia atrás hasta impactar con el castillo de popa y entrar en uno de los habitáculos atravesando la pared de madera.
El impacto fue terrible y tras unos segundos, logré ponerme de mí. Mi espalda estaba totalmente dolorida y vapuleada. Además, descubrí una herida nueva en mi pecho, cerca del corazón. Parece ser que la cuchilla del guantelete se acercó lo suficiente para que se insertara levemente en mi pecho. Unos centímetros más hubieran sido mortales. Cuando pude centrar mi vista, traté de mirar por el agujero que mi cuerpo había dejado, no encontraba a Vinro. No tuve tiempo ni de temblar, pues, este apareció desde detrás de mí rompiendo el techo del castillo de popa y pateó mi columna lanzándome de nuevo contra cubierta. Rodé varias veces tras tocar suelo hasta que pude ponerme de pie, frenando mi caída al mar con Shimei Kaeru. Vinro apareció desde el agujero lentamente. - ¿¡CREES QUE ERES ESPECIAL!? Ni siquiera esa espada lo es. Los hombres que has matado lo eran. Tú solo eras, eres y serás un niño abandonado. Y dentro de poco, serás uno muerto. - sentenció mientras volvía a andar.
Por momentos sus palabras dejaron de herirme y lejos de amedrentar mi espíritu, tomé una decisión. - Este gremio está podrido. Habéis dejado de limpiar los mares para ensuciarlos y yo... yo... - dije entrecortado mientras enfundaba a Shimei Kaeru y retrasaba mi pie izquierdo y sostenía su tsuka con fuerza mientras Vinro se acercaba de nuevo para atacarme -¡voy a eliminar vuestra existencia de la faz de la historia! - grité con lágrimas en los ojos mientras pasaba por debajo de un nuevo ataque de Vinro y desenfundaba mi negra hoja para cortar a la altura de sus costillas.
La decisión estaba tomada.
Vinro siempre fue así. De ese tipo de guerreros que no se andan con tonterías. Cuando comienza a pelear, no es capaz de medir sus fuerzas y ataca con la máxima potencia, velocidad y crueldad a sus rivales. Es un luchador despiadado que prioriza la victoria a cualquier tipo de honor, así que no podía descuidarme. Ya había sufrido daños suficientes para tumbarme y si no fuera por la adrenalina del momento o por algún tipo de energía que me decía que no era mi hora ni el lugar, ya habría caído. Tras mi ataque, giré rápidamente para enfocarme al Maestro del Gremio que llevaba su mano derecha hacia el costado, palpando el notorio corte que había recibido tras mi último movimiento. Giró lento y amenazante, mirando por encima de su hombro hacia mi con los ojos totalmente inyectados en sangre. Esa mirada que ya había presenciado en múltiples ocasiones cada vez que se salían las cosas de lo que él tenía establecido. El infierno estaba en sus pupilas y se convertiría en el mismo demonio con tal de hacerme pasar por nueve círculos y que sufriera todo lo que su retorcida alma dispusiera. Al igual que antes, pasó de cero a cien en cuestión de milésimas de segundos. Se proyectó hacia mí, con sus guanteletes exponiendo las cuchillas y lanzó varios golpes que, ahora preparado y enfocado, pude deflectar con mi espada. Los impactos de ambas armas producían intensas chispas metálicas que se dibujaban parábolas hacia el suelo y se apagaban sobre la sangre de los ya caídos. La pelea duró largos minutos y durante este tiempo nos desplazamos por varias zonas del barco, haciendo mella en muchas de las partes de este y provocando cortes en nuestras carnes y almas. Cuando estuvimos en cubierta, uno de sus golpes impacto sobre el mástil de la vela mayor y cortó el amarre de esta, haciendo que el barco comenzara a desplazarse de nuevo con el viento creciente del alba hacia Toko, de manera cada vez más rápida y descontrolada.
Durante casi treinta minutos medí mis fuerzas, mis reflejos y habilidad contra Vinro. Pero al final, cansados y hastiados, ambos paramos y nos dimos cuenta de algo: no ganaría quien fuera más hábil pues estábamos a la par, sino quien tuviera las convicciones más fuertes. — Lo sabes, ¿no? No voy a parar. No puedo. — dijo mirándome de arriba a abajo, casi disculpándose a su manera mientras buscaba un nuevo punto débil. — Ni yo voy a permitirlo. — dije metiendo a Shimei Kaeru en su saya y posicionando mi pie izquierdo hacia atrás en una posición dinámica. — Vamos, “padre”. Bailemos por última vez. — provoqué al maestro del gremio que miraba con suma tranquilidad mientras cogía uno de los botes de aceite de su cinturón y embadurnaba sus hojas con él para después acercarlos a una antorcha y prenderlos en llamas. — Los muertos no bailan, “hijo”. — sentenció corriendo de nuevo hacia mí mientras yo permanecía impasible, cerrando los ojos y respirando cada vez más lento. Ya había experimentado esto antes. La locura del sakki, la cordura del zanshin. El momento en que la hoja comienza a asomarse por la saya. El punto exacto de rotación en mi mano izquierda para permitir el desenvaine. El ángulo idóneo para que el corte sea mortal. “Ver el mundo en un grano de arena”, la eternidad era un suspiro. Desenvainé súbitamente agachándome hacia adelante y seccionando a Vinro desde el pecho hacia la columna vertebral por su costado izquierdo mientras su golpe pasaba de largo impactando en el barco. Toda la mitad izquierda de su torso se había separado, dejando que sus vísceras fueran asomando poco a poco, perdiendo su líquido vital y las energías. — Dices de mí... Tú también eres un monstruo... Solo… solo que aún no lo sabes. — dijo entrecortado mientras se arrodillaba y se giraba mirándome con los ojos, ahora literalmente, inyectados en sangre, y la mirada perdida hacia el horizonte y el cielo, mientras el fuego comenzaba a extenderse a nuestro alrededor y el barco se acercaba peligrosamente a la costa de Toko. — Todos somos monstruos Vinro. Tú solo decidiste alimentarlo. Esto no tenía que acabar así. — dije sin poder retener las lágrimas y el dolor mientras enfundaba definitivamente a Shimei Kaeru. — Yo… lo sien — quise disculparme pero el barco impactó contra la costa, haciendo que todos los cuerpos, incluidos el moribundo Vinro y yo, saliéramos despedidos hacia la arena y el barco se comenzara a hundir irremediablemente.
Código de colores
Conforme Viktor y Vinro van poniéndose serios y más sangrientos, se alejan de su color natural de diálogo, haciéndolo más oscuro, hasta que Vinro cae y Viktor abandona su odio al ver a su padre adoptivo morir.
Recuperé la consciencia poco a poco. El impacto del barco contra la costa, a la velocidad que tenía hizo que todos los cuerpos, con o sin vida, salieran despedidos hacia la arena. El golpe fue tal que perdí el conocimiento. Tardé bastante rato en poder abrir los ojos y ponerme de pie para visualizar la escena. Todos los cuerpos habían sido desperdigados por la zona, algunos semi enterrados ya en la arena que se iba solidificando con la sangre que se amontonaba de los cadáveres. El barco había quedado totalmente inútil, destrozado y en llamas en muchas partes. Ni los restos podrían aprovecharse para otro barco, ni para un bote siquiera. Comencé a rebuscar entre los cuerpos, aún calientes, de mis antiguos compañeros el cuerpo de Vinro. Tardé un poco en encontrarlo, entre varios de otros cuerpos amontonados. Ya estaba muerto, aún con esa mueca de sorna y soberbia. Cerré sus ojos con mis dedos. — Cruza los Nueve Círculos, padre. — recé mientras lo hacía con suavidad y me incorporaba buscando a mi alrededor una zona adecuada para darles sepultura. A unos metros, cerca de la playa había una gran explanada. Se trataba de una amplia y árida zona con poco más que rocas y arena, pero, tendría que servir. En mi estado actual, no podía transportar los cuerpos a grandes distancias. Comencé con Vinro, Urba y Shade y desde sus tumbas, comencé a rodearlas con las de todos los compañeros. Cavé cada agujero. Moví cada cuerpo. Cerré sus ojos y los despedí. Tardé todo un día sin parar hasta que la playa quedó vacía a excepción de los fragmentos de barco y restos de provisiones ya echadas a perder. Entonces contemplé mi obra. Cerca de cuarenta tumbas, señalizadas con cruces hechas con palos que pude recoger del barco y cuerdas que arranqué de las velas roídas por el daño del impacto. Mi vista comenzaba a nublarse y llevé mi mano a las heridas. Tenía serios daños y laceraciones que aunque habían parado de sangrar, parecían estar infectándose. Además, el esfuerzo me tenía exhausto. — Esto es un adiós, Ebony Shard. — dije mientras abandonaba la escena tambaleándome, arrastrando a Shimei Kaeru en su saya por el suelo, en dirección a Kakutasu donde encontré un motel y me recompuse lo posible para entrar. — Esto debería valer... Necesito una habitación por un tiempo... — solicité al dueño mientras sacaba un montón enorme de berries que había cogido de los restos del barco. — Y ninguna pregunta. — aseveré mirando al los ojos del gerente, que asintió sin decir una palabra y soltó una llave que cogió de un estante detrás de él. — Habitación 14 —dijo, impasible, — Disfrute la estancia, señor. —mientras la empujaba a ras del mostrador. — Qué bien... mi número de la suerte... — contesté sarcástico mientras la recogía y comenzaba a andar erráticamente bajo la mirada de todos los presentes y subía al primer piso para encontrar la habitación, cerrar con llave y caer rendido sobre la cama.