[Pasado] - Los enemigos de mis enemigos
#11
     Mientras caminaba dándole la espalda, levanté el brazo izquierdo e hice un pequeño aspaviento con la mano, indicándole que no me importaba lo que se quedase diciendo. Por mí, como si se iba a freír mierdas.
     Pero (porque, por supuesto, siempre tenía que haber un "pero" para todo) habló de unas termas.
     ¿Había unas termas? ¿Por qué no me había enterado antes?
     Porque estabas muy ocupada ganándote unas cuantas monedas, me dije. Era lo importante: primero el negocio y luego el ocio. Aunque, para mí, la línea que separaba ambos solía confundirse.
     La posibilidad de un baño caliente me inundó la mente. Oh, sí, lo necesitaba. Vaya si lo necesitaba. Mi higiene personal me lo agradecería, pero mi necesidad de relajarme ahora me lo exigía.
     Problema número uno: no sabía si la existencia era real.
     Problema número dos: de ser así, si era de uso exclusivo del emperador o, por el contrario, algo público.
     Problema número tres: si era del emperador, no me apetecía colarme; quería descansar un rato, no enfrentarme a más lameculos de la autoridad.
     Problema número cuatro: desconocía su paradero.
     Problema número cinco: la Lunarian ya había hablado de sus intenciones de ir allí, si acudía yo también, tendría que volver a encararme a ella.
     O no.
     Tal vez la tipa fuese en otro momento. O jamás.
     Continué andando hasta salir del callejón por el lado opuesto al de mi entrada. Allí ya no había puestos de mercado, pero sí bastante gente caminando, entrando y saliendo de diferentes comercios y charlando entre sí. Miré un poco por encima y localicé a una anciana parada frente a un escaparate de telas.
     —Disculpe —de verdad que yo podía llegar a ser amable—, ¿podría decirme dónde puedo encontrar las termas?
     —Claro, joven. —Dejó de prestarle atención a los tejidos coloridos y me dedicó una sonrisa—. Si sigues la calle principal, al fondo del todo y antes de entrar al bosque, las encontrarás.
     —¿Las puede usar todo el mundo? 
     —Por supuesto, siempre que pagues la entrada —rio, recordándome a una ardilla—. Pero no te preocupes, no es caro, a no ser que quieras otro tipo de servicios. Es lo que dicen, yo solo he ido allí para la rehabilitación de mi rodilla. Ay, una ya no es lo que era.
     —Muchas gracias por la información.
     —De nada.
     Regresó su mirada al escaparate y yo comencé a seguir sus indicaciones.
     ¿Servicios? ¿Qué tipo de servicios? Con que pudiese bañarme, sería suficiente, aunque debía tener cuidado. Aunque no fuese de mar, el agua podía causarme problemas por mi akuma no mi. Bueno, no tenía por qué suceder nada y el plan me llamaba mucho.
     Conforme me iba acercando, comprobé que no hubiese una mujer alada y gigantesca rondando por los alrededores. No la encontré, así que me adentré en el lugar. Desde fuera parecía bastante grande y, una vez en el interior, la sensación se potenciaba. El aroma era muy agradable: una mezcla cítrica y floral flotaba en el ambiente húmedo. La recepción era amplia, decorada con numerosas columnas situadas en los laterales. Me daba la sensación de que aquella construcción era más opulenta que la que atribuiría a esa ciudad.
     —Pasa, por favor —me sonrió la chica que se encargaba de recibir a los clientes; parecía que en Shan la gente tenía predilección por la simpatía, aunque imagino que el hecho de recibir el pago de la entrada por mi parte también era un buen aliciente—. Aquí tienes la llave de tu cofre para que puedas dejar tus cosas. Dentro encontrarás la toalla. Recuerda que tendrás un listado con nuestros servicios tanto en el vestuario como en la sala de baños. Que lo disfrutes.
     La verdad es que era un alivio contar con un lugar donde guardar mis pertenencias para no tener que preocuparme por los robos. Esas preocupaciones debían tenerlas otros, no yo. 
     La decoración era similar a la que ya conocía. El número de mi llave coincidía con el baúl de madera que guardaba la toalla dentro. Comencé a desvestirme sin prisa alguna, disfrutando de la humedad cálida que se cernía sobre mi piel. Tal vez allí tuviesen servicio de lavandería, me apunté esa nota mental para después. Cuando ya no quedaba ninguna prenda sobre mi cuerpo, pues todas se encontraban en el interior del baúl junto con mi látigo, todo el dinero que llevaba encima y alguna otra cosilla más, me cubrí con la toalla blanca y me encaminé a la sala de baños.
     Salas, más bien. 
     Volví a comprobar las verdaderas dimensiones de las termas, que se evidenciaban también con sus altos techos. 
     Me acerqué a una de las piscinas, aquella burbujeante y con una esponjosa capa de espuma que me invitaba a probarla. Dejé que la toalla resbalase por mi piel y quedase a mis pies. Después, metí un pie. Luego otro. Luego me agaché. Cerré los ojos. El agua me recibió con un abrazo caliente, así como con la advertencia de que, mientras me tocase, el precio a pagar sería la pequeña debilidad cortesía de mi fruta (si fuese el mar, de pequeña no tendría nada). Dejé escapar un suspiro.

RESUMEN
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