[Aventura T3 Autonarrada] Una bestia salvaje
#1
Atributos Personaje


Día 30
Primavera
20:42

Don Bambú esperó a sus compañeros. Tenía esperanzas en que Kovashi aguantaría. Era el revolucionario más fuerte del grupo, por doloroso que fuera admitirlo, pero llevaba ya tiempo sin moverse. No tuvo valor para mirarle el pulso. En su lugar salió corriendo de la base de operaciones, que era más bien un agujero medio escondido en una pared rocosa, y fue en dirección hacia la cascada donde debían estar Enma y Nadja. Ninguno contestaba al den den mushi, lo cual era raro. Tal vez necesitasen ayuda. Don Bambú atravesó la selva a toda velocidad. A lo largo del camino un ejército de avispas le persiguió. Estúpidos insectos que habían hecho tanta mella en el cuerpo del mink que no sabía si algún día iba a recuperarse de sus venenosas picaduras. Hizo caso omiso de las punzadas constantes, del dolor inhumano y de la debilidad que sentía todo el tiempo. Su corazón martilleaba su pecho con un ritmo constante y frenético. Su garganta se resistía a dejar pasar el aire. Si pudiera sonrojarse, Don Bambú estaría rojo como la sangre. No era el cansancio lo que lo provocaba, era la ansiedad. Pensamientos oscuros a los que se negaba a dar salida le oprimían y le asfixiaban.

Llegó a la cascada y no vio a nadie.

―¿Dónde os habéis metido? ¡Kovashi necesita atención médica! ―Gritó una vez más a su den den mushi, pero de nada sirvió. La única respuesta que obtuvo fue el furioso sonido del agua de la cascada llegando a su destino. No había nadie. Inspeccionó el lugar en busca de pistas sobre el paradero de sus compañeros. Empezó por la orilla del rebosante lago sobre el que desembocaba aquella enorme cascada. Encontró pisadas humanas alrededor de la zona, claro indicativo de que sus compañeros habían llegado al lugar para buscar agua. Rodeó aquella maravilla natural corriendo y se acercó a la cascada desde un punto que le impediría hundirse en el agua por completo. Allí encontró lo que se temía encontrar. Entre las piedras sobre las que caía el agua de la cascada había botellas. Estaban colocadas entre las piedras como si alguien las estuviese llenando de una en una y luego planease llevarlas de vuelta hacia la orilla. Como Enma era prácticamente minusválido por culpa de las avispas, supuso que había sido Nadja. ―Entonces llegaron, pero nunca terminaron su tarea... ―Se alejó del lago y empezó a inspeccionar el área circundante, pero esta vez más cercano a la zona selvática. Sus sospechas, para su increíble desgracia, se confirmaron al momento. No era raro ver árboles caídos y plantas machacadas todo el tiempo. Mucho menos ver huellas de gigantes por ahí. Sin embargo, delante del panda había una huella fresca de gigante. No había que ser un genio para atar cabos en lo que había podido pasar. La única esperanza de Don Bambú era Khruner. Era el único que podía salvar a su amigo, pero el mamón estaba hibernando.

Haciendo de tripas corazón, Don Bambú salió corriendo en dirección a donde habían ocultado el barco. Se trataba de una formación rocosa peculiar que había dado lugar a una cueva natural semioculta por la propia naturaleza selvática de la isla. Era difícil llegar, pero Don Bambú contaba con habilidades especiales para llegar a sitios a los que es difícil llegar. No tardó más de quince minutos en recorrer el camino hasta la localización y adentrarse en el suelo como si éste no fuera más que arcilla para sus manos. Atravesó el suelo en línea recta hacia abajo y apareció justo sobre el barco. Antes de saltar como un loco, se aseguró de que había calculado bien su posición. Se dejó caer desde el techo cavernoso una altura de más o menos 8 metros hasta la cofia del palo mayor y luego bajó por la escalera de mano hasta la cubierta. El barco estaba igual que hacía un mes, pero con moho en la madera de no limpiarlo a diario. No era un olor muy agradable. Fue a la habitación de Khruner y para su sorpresa, de momento grata, no lo veía allí durmiendo. ―Debe de haber despertado por fin ―Buscó en el otro camarote, pero no lo encontró. Buscó en la despensa, pero la encontró vacía. Tampoco estaba en la cubierta ni en ningún otro lugar del barco. Desde el exterior oteó las oscuras orillas de aquella cueva, pero tampoco había nadie. ―¿Él también? ―¿Cuánto tiempo hacía que no le visitaban para ver si estaba bien? Ya no se acordaba. Pero no se imaginaba que los gigantes pudieran llegar a aquella cueva con facilidad. Mucho menos extraer a un oso de tres metros del barco sin destruirlo en el proceso. Le quedaba una esperanza, sin embargo. Llamó al den den mushi de su compañero mink. ―Khruner, ¿me recibes? ―Recibió respuesta, pero no por parte de Khruner, sino por su propia parte. Escuchó su voz reproducida a través del den den mushi de Khruner en el interior del barco. Bajó de nuevo a la zona de los camarotes y se encontró al caracol semioculto bajo unas mantas. ―Dos médicos y  ninguno está disponible... ―Lo que estaba ocurriendo era irreal.

Tardó media hora en regresar a la cueva, y esta vez tuvo que hacerlo con cuidado de no mirar al cielo para no transformarse. Era luna llena después de todo. Cuando llegó se encontró con algo terrorífico. En los alrededores de la entrada a la cueva había huellas de gigante. Era tan solo uno, pero eran más profundas en la entrada de la cueva, de modo que seguramente la encontró y se arrodilló para echar un ojo. Don Bambú entró corriendo y se encontró con que Kovashi ya no estaba. No estaban ni él ni la presa que le habían robado a aquellos dos gigantes tan estúpidos. Sintió como si su cabeza se quedara sin sangre de repente. Aquellas criaturas habían sido responsables del secuestro de tres, posiblemente cuatro, de sus camaradas. En un solo movimiento habían dejado a Don Bambú en una situación imposible. Él no podía hacerle frente a toda una tribu de gigantes, pero tenía que intentarlo. Nadja, Enma, Khruner y Kovashi harían exactamente lo mismo por él. Bueno, posiblemente Kovashi trataría de que le pagasen por el robo, al menos.

Salió de la cueva con la clara intención de luchar. No le costó seguir las huellas de la enorme mole hasta la espesura selvática de la isla. Intuía hacia dónde iba el gigante. Procuraban evitar activamente la zona donde mayor actividad de gigantes había, pero aquello ya no era una opción. Don Bambú hizo de tripas corazón y se adentró en la selva una vez más, decidido a hacerle una visita al campamento de los gigantes. Tardó una hora y media en llegar a un sitio que fuera más que plantas y avispas, pero finalmente detectó rastro de civilización gigante. La selva se abrió ante lo que parecía ser un pequeño claro con casas de piedra gigantes y un camino tres veces más ancho que largo era el panda. No había rastro de luz que saliera de las ventanas de aquellas casas, y aunque aquello no significase que estuvieran vacías, el panda tenía prisa. Atravesó la calle sin miramientos y tuvo suerte al no encontrarse con ninguna criatura en su camino. El camino seguía su camino más allá de aquel pequeño claro en el borde del asentamiento. Atravesaba otra sección de espesura selvática y volvía a dar a otro claro, esta vez mucho más grande y con mayor iluminación. Don Bambú detectó inmediatamente la presencia de sombras cercanas a una gran hoguera llameante. Se ocultó en las sombras lo mejor que pudo, pero daba completamente igual, pues la atención de las dos docenas de figuras gigantescas estaba dirigida hacia la fogata. Bailaban y reían. ¡Celebraban incluso, los estúpidos malnacidos! Habían capturado a una humana. ""¿Sólo una?", pensó Don Bambú. Debía de ser Nadja, aunque su estatura era algo menor. Buscó con la mirada más figuras humanas, tal vez en jaulas, pero no encontró nada semejante. Se aventuró a buscar en los alrededores de la zona. Había casas por doquier, algunas con luz y otras sin ella, pero todas tenían algo en común: estaban vacías. No había gigantes en el interior de ninguna de ellas y tampoco personas. Encontró de casualidad el almacén de suministros y dentro del mismo varias piezas de caza recientes. No sabía si alguna de ellas era la que les habían robado a los gigantes en su momento, pero a decir verdad tampoco le interesaba. Le estaba desquiciando no encontrar al resto de sus compañeros, pero una cosa estaba clara: Había una mujer atrapada cerca de la hoguera. Si era Nadja la rescataría a toda costa.

Observó el centro del claro en silencio. Dos docenas de gigantes eran muchísimos gigantes, pero tal vez no necesitase enfrentarse a todo ellos de golpe. Podía crear distracciones y actuar cuando le fuese más favorable. Decidió volver al almacén de suministros. Había cajas de madera por todas partes y el techo era de paja, como el de todas las casas. Era perfecto. Agarró una de las cajas con sus dedos índice y pulgar y empezó a emitir electricidad con su mano. La caja prendió en llamas casi al momento y no tardó en convertirse en un cubo incandescente. Lo lanzó contra el techo del almacén y provocó un pequeño incendio que se expandiría rápidamente. Excavó un agujero a toda velocidad que se cerró cuando saltó por él y se dirigió hacia otra casa que no fuera de las más cercanas. Salió a la superficie justo para escuchar la alarma entre los gigantes y sus sonoros pisotones al ir en grupo hacia el almacén de suministros. La comida era un bien preciado para todos y no podía perderse. Don Bambú aprovechó la confusión y repitió el proceso en aquella casa, prendiéndole fuego de forma similar. Volvió a enterrarse y apareció en otra casa, luego en otra, y así hasta un par de veces más. Pronto media aldea estaba en llamas y los gigantes corrían en todas direcciones sin saber muy bien qué pasaba. No había agua para apagar todos los incendios y unos cuantos habían salido corriendo al río más cercano con enormes cubas vacías para conseguir más. En el centro de la plaza, al lado de la hoguera, solo quedaban dos gigantes. Los dos gigantes que se habían encontrado Kovashi y Panda aquella misma mañana. Aquellos gigantes que le habían hecho daño a su amigo. Caos y Luar eran sus nombres. Apretó los dientes con fuerza y se dejó llevar por la ira. Desde el techo de una casa todavía no en llamas, Don Bambú se quitó la capucha y miró al cielo una vez más. Se llenó los ojos con la luz de la luna y sintió como su pelaje se erizaba. Durante unos segundos no sintió cambio alguno en su cuerpo, pero pronto notó escozor en sus ojos y tuvo que apartar la vista de la luna. Era como si estuviera mirando directamente al sol. Se tapó la cara con sus manos y empezó a sentir como su cuerpo se prendía en llamas. Ardía, pero no con fuego, sino con ira. Sentía con más fuerza que nunca la ausencia de sus amigos, la muerte de su madre y sus conflictos con su padre. La rabia le asfixiaba y le impedía respirar. Le intentaba arrastrar hacia la locura, pero Don Bambú encontró fuerzas en su espíritu. Fuerzas que le permitieron conservar la cordura al mismo tiempo que abrazaba su transformación.

Rugió. Rugió con tanta fuerza que la casa sobre la que estaba se tambaleó de forma que parecía que se iba a derrumbar. Su cuerpo creció en tamaño, duplicándose y elevándole hasta los 8 metros. Su pelaje cambió por completo, creciendo y adquiriendo una tonalidad completamente blanca. Sus ojos se convirtieron en dos esferas rojas y brillantes y su voz ya de base grave se hizo prácticamente gutural. De su pelaje surgió una intensa corriente eléctrica que prendió en llamas la paja del techo sobre el que estaba. Los gigantes que no estaban ocupados tratando de apagar incendios se giraron para ver qué demonios estaba ocurriendo. Caos y Luar fueron los primeros en avanzar hacia Don Bambú sendas descomunales hachas en ristre. No sabían qué era aquello, pero sabían que tenían que matarlo. Sin embargo, cuando se encontraba ya a medio camino de Don Bambú, éste desapareció dejando allí donde estaba un pequeño círculo de fuego producido por la electricidad que llevaba consigo. La confusión de los gigantes no duró mucho, pues el gigantesco panda cayó sobre la cabeza de Luar, golpeándole con  tanta fuerza que el suelo se fracturó bajo sus pies y su cabeza comenzó a sangrar como una fuente. ―¡DEVOLVEDME A MIS AMIGOS! ―Gritó la bestia. Caos intentó batear al monstruo con su hacha, pero para cuando el arma llegó a donde estaba el panda, éste ya había saltado hacia la cara del gigante. ―¡ZARPA NEGRA! ―Los ojos de Caos se convirtieron en dos profundos y largos surcos sanguinolentos. Las garras de Don Bambú le habían dejado ciego en el acto. Los gritos del dolor del gigante, que se alejó corriendo y chocó con una casa, llamaron a la batalla a sus congéneres. Una decena de gigantes armados estaba cargando hacia Don Bambú. El gigantesco Panda golpeó la jaula de madera donde estaba la figura femenina y la liberó de su prisión. No era Nadja, para su sorpresa, sino Caoba. Elle estaba inconsciente. Llevaban muchísimo tiempo sin verla y Don Bambú se preguntaba qué le había pasado para haber acabo ahí. ―¡HUYE, YO LOS CONTENDRÉ! ―La muchacha estaba aturdida y muy asustada, pero obedeció la orden de su superior tan rápido como pudo y Don Bambú decidió quedarse un rato más para cubrir su retirada. Tenía la velocidad y la potencia para marear a los gigantes, pero el veneno de las avispas continuaba haciendo mella y temía que su resistencia no fuera suficiente para contenerlos durante largo tiempo. Sin embargo, esto no le amedrentaría. Golpeó el suelo con todas sus fuerzas y toda la tierra empezó a ondularse como si acabase de golpear el agua en una piscina. Una enorme ola de tierra y piedras se formó delante del panda y avanzó lenta y pesadamente hacia el grupo de gigantes. No alcanzaba a todos ellos, pero el grueso del grupo se encontró con un suelo que le llegaba hasta la cintura y le golpeaba las piernas con una fuerza barbárica. Como un rayo, Don Bambú se lanzó hacia un gigante armado con espada y escudo que estaba en el lateral del grupo. Sobreestimó sus habilidades y decidió golpear con su puño el enorme escudo con el que el gigante pretendía pegarle. El choque de impactos le dolió y le hizo retroceder, pero al gigante también. Su fuerza en aquella forma era descomunal. Era la primera vez que era capaz de controlarla y en ella se sentía capaz de cualquier cosa. Tal vez incluso de hacer lo que hacía su padre.

Sin embargo, por fuerte que fuera en aquella forma, los gigantes le superaban en número y cada uno de ellos era casi tan fuerte como el panda. No había alternativa, tenía que aguantar hasta que Caoba escapase y luego escapar él. Kovashi, Nadja y Enma tendrían que esperar. Otro par de gigantes flanqueó a Don Bambú y trataron de aplastarlo con sus martillos. La velocidad del panda era tal que antes siquiera de que levantasen sus armas ya se había puesto a la espalda de uno de ellos. De una poderosa patada lo empujó hacia delante y los gigantes se golpearon el uno al otro con sus martillos, dejándose aturdidos del impacto. Caoba ya se había perdido de vista y los gigantes no parecían interesados en perseguirla. Don Bambú tenía que irse urgentemente. Sentía como si su corazón se fuera a salir de su pecho del cansancio que le estaba provocando permanecer en aquella forma.Sin embargo, Luar apareció de entre todos los gigantes y cargó de frente contra el panda. Le vio venir desde lejos, pero le distrajo lo que le estaba diciendo. ―¡ACABARÉ CONTIGO COMO ACABÉ CON TU AMIGO! ―Algo hizo click en la cabeza del panda. El recuerdo de Kovashi medio muerto liberó la rabia que había estado conteniendo hasta ese momento. La huída dejó de ser tan urgente y Don Bambú decidió saltar al ataque. Dobló sus piernas y se catapultó con todas sus fuerzas hacia Luar, que por algún motivo sonreía con malicia. No tardó en descubrir por qué. En su carga de ciega ira no advirtió la mano que le interceptaba desde su lateral derecho. Unos dedos como vacas le agarraron el brazo y le frenaron en seco, haciéndole perder el equilibrio. El golpe de Luar le incrustó en el suelo como si fuera una estaca de madera. Su cuerpo se entumeció y de su boca empezó a emanar sangre como si de una fuente se tratase. Antes siquiera de poder gritar de dolor, Luar le agarró de la pierna y lo lanzó contra una de las casas en llamas. Don Bambú impactó contra la estructura semiderruida y ésta colapsó sobre su cuerpo. Las llamas envolvieron sus piernas y brazo izquierdo, aunque recorrían el resto de su cuerpo ocasionalmente. Notaba cómo su pelaje se convertía en ceniza y su carne comenzaba a chamuscarse. El peso de toda la estructura sobre su cuerpo y la constante humareda le asfixiaban por momentos. Intentó apartar las llameantes columnas de madera que le atrapaban con su brazo derecho, todavía intacto, pero sus fuerzas parecían mermar por momentos. Ni siquiera fluía ya por su enorme cuerpo el electro. La risa de los gigantes le confirmaba que era tan malo como parecía. Le consideraban derrotado y ya no era amenaza alguna para la tribu. Más allá del dolor físico, le invadía una profunda tristeza. ¿Dónde estaban sus amigos? Aquellos con los que tantas aventuras había vivido, con los que tantas veces había perdido los nervios y se había reído. Se alegró de saber que Caoba seguía viva, pero no compartía con ella el mismo vínculo.

Se culpaba a sí mismo, porque así era Don Bambú. Si hubiera sido más fuerte... Si hubiera sido como su padre. Una amarga lágrima recorrió su rostro y finalizó su recorrido en una leve sonrisa. Estaba listo para morir. Dejó de escuchar la risa de los gigantes al tiempo que trataba de dejarse ir. Su consciencia casi se había desvanecido por completo cuando de repente escuchó de nuevo la voz de Luar, que hablaba con un tono molesto. ―¿Por qué no escapaste, imbécil? Ahora ya no tengo presa con la que entretenerme más tarde y os tengo que matar a los dos. ―¿Había regresado Caoba acaso? Haciendo un esfuerzo monumental, Don Bambú entreabrió los ojos y vio la figura de le muchache delante suya. Estaba protegiendo la casa del avance de los gigantes, pero las enormes bestias bien podrían pisarla y dar la historia por terminada. La estaban observando expectantes, esperando tal vez un espectáculo entretenido, pero la ilusión del momento no duraría demasiado. ―No me moveré. No dejaré que le hagáis daño. ―Hacía tiempo que no escuchaba la voz de Caoba. Su tono denotaba el miedo que estaba sintiendo en aquel momento. Ella sola contra toda una tribu de gigantes. Sin duda había acudido allí con la plena intención de morir. Idiota... Podría haber escapado con vida, pero había decidido sacrificarse por él aunque no fuera a conseguir nada con ello. Kovashi, Enma, Khruner y Nadja hubieran hecho lo mismo. Incluso su padre hubiera luchado hasta el final. Si ninguno de ellos se hubiera rendido, Don Bambú tampoco lo haría en aquel momento tan crucial. Antes de que el primero de los gigantes diese un paso adelante para terminar con Caoba, Don Bambú golpeó el suelo con todas sus fuerzas y éste se tambaleó como si de gelatina se tratase. El propio movimiento del suelo separó las ardientes vigas de madera de su cuerpo y le dio un instante para escabullirse a rastras hacia el exterior. No estaba para nada en condiciones de mantener una pelea, pero no necesitaba ganar aquella batalla, solo tenía que asegurarse de que Caoba salía de allí con vida. ―¡Ven aquí, rápido! ―Los gigantes ya estaban avanzando. Luar había alzado su arma, listo para golpear con todas sus fuerzas. Don Bambú seguía siendo más rápido que los gigantes, incluso con sus piernas quemadas como lo estaban, de modo que logró envolver a Caoba con sus brazos y apartarla de la trayectoria del arma del gigante, que verticalmente descendió sobre donde los revolucionarios se encontraban y sacudió el suelo con el brutal impacto. La humareda que se alzó en consecuencia ocultó por unos instantes al dúo revolucionario. Los gigantes golpearon sin piedad el área donde los habían visto por última vez, pero sus ataques no encontraban objetivo alguno. Tras unos segundos de caóticos golpes, cuando los gigantes decidieron parar y esperar a que la humareda de tierra se disipase, pudieron darse cuenta de que ni el panda de le muchache se encontraban allí. En el lugar donde habían estado solo quedaba un enorme agujero que a saber a dónde llevaba. Un desgarrador grito de frustración le llegó a Don Bambú mientras cavaba a toda velocidad en dirección al barco que habían escondido. Era el único lugar que a ciencia cierta sabía que era seguro para los dos.

A lo largo del camino los efectos de la luna llena sobre el cuepo del panda remitieron y su cuerpo volvió a su tamaño normal. El cansancio que sentía era monumental, pero si se quedaba inconsciente Caoba no podría sobrevivir bajo tierra. Luchó por mantenerse despierto mientras continuaba cavando en dirección al barco. Tras dos horas de excavación ininterrumpida, finalmente el túnel desembocó en la caverna gigante donde el barco reposaba. Esta vez Don Bambú no pudo hacer elegantes maniobras para aterrizar sobre la cubierta del barco y optó por sencillamente dejarse caer desde la desembocadura del túnel hacia la cubierta con Caoba entre sus brazos como medida protectora. La caída fue de unos buenos 14 metros hasta la cubierta y Don Bambú absorbió todo el impacto con su maltrecha espalda. Ya fuera por el inmenso dolor que sentía o la increíble extenuación que le atosigaba, el panda perdió la consciencia nada más aterrizar.

Día ??
Otoño
12:43

Meses transcurrieron desde aquella batalla entre el panda y los gigantes. Don Bambú terminó despertando a la semana. Las quemaduras en su brazo izquierdo y en sus piernas tardaron mucho en sanar, pero por suerte no llegaron a dejar marcas que su pelaje, una vez volviera a crecer, no pudiera ocultar. Al parecer Caoba se había estado ocupando de él. Había encontrado frutas y agua potable y le había estado forzando a comer y a beber en su inconsciencia, a saber cómo. De sus otros compañeros revolucionarios no había noticia alguna. Ni siquiera estaban seguros de si los gigantes los habían capturado realmente, pero lo que era seguro es que habían desaparecido por completo. Don Bambú no había perdido la esperanza, sin embargo, y salía cada semana de excursión a la selva para buscar pistas sobre el paradero de sus amigos. En una de las últimas excursiones, cerca del pequeño lago donde Nadja y Enma habían desaparecido, encontró a medio enterrar un log pose, el de Nadja, indicando la dirección a seguir para encontrar la siguiente isla de la corriente. Don Bambú se lo llevó al barco y lo guardó en la cómoda que usaba Nadja para maquillarse a veces. En ocasiones, cuando Caoba ya estaba durmiendo y Don Bambú no sentía la caricia de Orfeo sobre sus párpados, sacaba el log pose de su escondite y lo inspeccionaba con nostalgia. Ninguno de los dos revolucionarios tenía ni idea de cómo manejar aquel barco, así que estaban atrapados en aquella isla hasta que el Ejército Revolucionario pudiera mandar un rescate. Sus den den mushis no lograban contactar con los de los revolucionarios, de modo que no habían podido dar el SOS hasta el momento. Sin embargo, a pesar de todo, ambos revolucionarios se mantenían optimistas. Se tenían el uno al otro, que era mucho más de lo que otras personas podían presumir. Don Bambú se había acostumbrado a la constante picadura de las avispas y casi le parecía que no había tantas como hacía un par de meses.

En la última de sus excursiones, Don Bambú encontró algo casi tan interesante como aquel log pose. Sujeto milagrosamente entre las ramas de un árbol, protegido de la lluvia e intacto pese a la plaga de avispas, había un periódico enrollado. El panda fue a por él inmediatamente y no esperó a regresar a su escondite para desenrollarlo y leerlo. Eran noticias actuales del mundo. Buscó frenéticamente acontecimientos que le devolviesen a la realidad, que lo sacasen de aquella burbuja salvaje en la que llevaba viviendo tanto tiempo. Se encontró de frente con la foto del lunarian que había visto en los Cabos Gemelos, un lugar que estaba ya enterrado bien profundo en su memoria. Justo debajo hablaba de... ¡Los Shogun Gari! ―¡Garnet sigue dando guerra! ―Se encontró gritando de alegría un nombre que hacía tiempo que no pronunciaba. No decían mucho más de la banda, pero más adelante hablaban de uno de los tres almirantes de la marina, Tucrow. Quién sabe cuán poderoso era realmente. Parecía estar lidiando con alguna banda criminal él solo. La última página del periódico le dio un vuelco a su corazón. Finn estaba libre en Isla Toko. Tenía una ligera noción de dónde estaba aquella isla, era otra corriente diferente. ¿No estaban los Shogun Gari por allí también? Intentó rebuscar en su memoria, pero fracasó estrepitosamente. Había estado demasiado aislado del mundo como para llegar a aquella conclusión. Don Bambú se llevó el periódico al barco y se lo enseñó a Caoba, que compartió con él algo de emoción, pero no tanta, ya que no conocía a las mismas personas que Don Bambú conocía. El panda leyó múltiples veces aquel periódico. Para él era como una especie de ancla que lo ataba a la realidad e impedía que la selva, aquel mundo implacable y salvaje, le devorase por completo. Reparó tras un par de lecturas en un evento que había pasado inicialmente por alto. Al parecer iba a celebrarse alguna especie de juegos en... ¿¡Skypiea!? La legendaria isla celeste sobre la que Don Bambú tanto había leído en sus libros. ¡Skypiea en el periódico! Esto no solo confirmaba su existencia, sino que más adelante en la misma página se hablaba de que la famosa compañía mercantil de Beff Jezos daría transporte a todo el que lo necesitase para llegar a la isla en el cielo. Este era, sin lugar a dudas, su billete para salir de aquel infierno selvático.

Día 8
Invierno
16:40

―¿Hola? ¿Me reciben? ―La voz del panda resonó por encima del canto de los pájaros. Llevaba semanas intentando contactar con la famosa compañía de Beff Jezos sin éxito hasta el momento. Esta vez lo estaba intentado sobre la copa de un árbol. Los pájaros que intentaban reproducirse en aquel momento no lo agradecieron. ―¿Holaaaaa? ―Un ruido blanco intentó responderle. ―Hola, ¿me reciben? ―Intentó ajustar la frecuencia del den den mushi y el ruido blanco fue tomando forma poco a poco. ―...la. ¿Cú... mot... da? ―Don Bambú no entendió la respuesta. ―¿Hola? Perdón, estoy ajustando este trasto ―Y ajustando el den den un poco más logró un poquito más de nitidez en el mensaje. ―Hola. ¿Cúal ... tivo de su ... mada? ―Creyó entender el mensaje esta vez. ―Quiero participar en los juegos de Skypiea. Necesito transporte. Estoy en una isla que se llama Little Garden. ―Casi tenía la frecuencia exacta de la llamada. Un empujón más y escucharía la voz con total claridad. ―[i]¿Little Garden? Ignoraba que hubiese gente viviendo allí, pero le enviaremos transporte si lo necesita. De qué... ¿De qué tamaño es usted? ―¿Qué clase de pregunta era aquella? ―De tamaño... Mido tres metros. Soy un mink. ―Dijo con resignación. Supuso que la voz querría asegurarse de que no necesitaban un barco de tamaño gigante. ―Ah, perfecto. En ese caso le mandaremos un transporte de tamaño medio. Tardará un par de semanas. Guarde esta frecuencia y estaremos en contacto. ―Fue más rápido de lo que se imaginaba. El evento debía de gozar de gran importancia si estaban ofreciendo aquella clase de transporte como si nada. Don Bambú memorizó la frecuencia que había logrado que el den den mushi contactara con la empresa y guardó el caracolófono. Ya no se escuchaban pájaros en sus inmediaciones. Lo que sí se escuchaba era el retumbar de unos pasos de gigante. Una voz grave y sonora, quizás un poco estúpida, que el panda en seguida reconoció como la de Luar, se elevó por encima de todos los árboles. ―Me ha parecido escuchar a ese puto panda por aquí, estate atento a ver qué escuchas, Caos. ―Un sonido no verbal de confirmación delató la posición de Caos, el gigante al que Don Bambú había dejado ciego hacía unos meses, aunque aparentemente no del todo. Desde su posición elevada (los árboles eran increíblemente altos), Don Bambú espió a las dos bestias gigantescas que atravesaban la selva a sus pies. Se los encontraba de vez en cuando, a esos dos, buscándole por la selva. La mayoría de gigantes habían perdido el interés en 'esa hormiga que a veces les roba comida' y se limitaban a cazar un poco de más para no quedarse con hambre en la cena. No obstante, Luar y Caos estaban empecinados en encontrar a Don Bambú y matarlo de una vez por todas. Debía de atentar contra sus orgullos el hecho de que siguiese vivo y molestando. Don Bambú solía evitar el enfrentamiento directo con ellos. Eran gigantes, después de todo, increíblemente fuertes y muy duros de vencer, pero en aquella ocasión...

En el pecho de Don Bambú ardía la llama de la esperanza de nuevo. Iba a salir de aquella isla. Iba a seguir adelante. Pero no se iría sin reclamar su venganza. Luar y Caos eran la causa de que Kovashi acabase tan malherido meses ha. Si Kovashi no hubiera recibido aquel golpe, le hubiera podido ayudar en la búsqueda de Nadja, Enma y Khruner. Don Bambú nunca había dejado de cultar a los gigantes por la pérdida de sus amigos. Cuando Luar ya había pasado de largo y Caos le estaba siguiendo ayudándose con una cuerda, Don Bambó se dejó caer en picado sobre la cabeza del gigante. En su trayecto, una corriente eléctrica muy intensa empezó a recorrer todo su cuerpo y para cuando el panda llegó a la cabeza del gigante, ya estaba acumulando todas sus fuerzas en su brazo derecho. ―¡ZARPA NEGRA! ―Con devastadora potencia, Don Bambú desgarró el cuello de Caos, que se llevó ambas manos a la garganta con la desesperada intención de parar la hemorragia. Intentó gritar, tal vez, pero de su boca solo surgió un ahogado gruñido. La criatura se cayó al suelo causando un estruendo criminal que alertó a Luar al momento. ―¡CAOS! ―Esta vez no había salvación posible. El golpe hacía sido demasiado certero y efectivo. La garganta del gigante no paraba de sangrar y estaban muy lejos de la tribu como para que lo tratasen a tiempo. Caos, aunque no hubiera exhalado su último aliento todavía, estaba a punto de morir. Completamente cegado por la ira, Luar desenvainó su hacha y cargó hacia el panda, que le esperaba sobre la cabeza de un Caos convulsionante en el suelo. Don Bambú se apartó a una velocidad vertiginosa en el momento en el que el iracundo Luar descargó su ataque. Se dio cuenta demasiado tarde de lo que estaba haciendo. ―¡CAOOOOOOOS! ―El hacha de Luar se había incrustado en la cabeza de su antiguo compañero. ―No te preocupes, si acaso le has ahorrado unos minutos de angustia. ―Luar se dio la vuelta. Tenía los ojos inyectados en sangre. ―Tú... ―Don Bambú le estaba mirando a diez metros de distancia. ¿Se había vuelto más rápido? ―Acabaré contigo... Por lo que has hecho... ―El panda sonrió ante la idea, pero no respondió. No había necesidad de palabras en aquel momento. Estiró su brazo y cerró con fuerza su puño derecho. A lo largo de los últimos meses había logrado evocar la vieja técnica de su padre. Nunca pensó que pudiera lograrlo, pero aquella isla le había hecho más fuerte. En su puño empezó a acumularse una gran cantidad de energía eléctrica. Pronto, lo que en un inicio era una chispeante mano se convirtió en una brillante esfera de energía. Luar no entendía lo que estaba ocurriendo, pero tampoco le importaba. Recogió su hacha del cadáver de Caos y se preparó para cargar de nuevo contra el panda. Este iba a ser su enfrentamiento final.

Ambos empezaron a correr hacia el otro al mismo tiempo. Luar levantando su hacha sobre su cabeza con ambas manos, listo para descargar un último golpe con todas sus fuerzas sobre el panda. Don Bambú con su brazo en completa tensión y sus músculos hinchados como si de balones de playa se tratasen. Luar llegó primero a distancia de golpe por su estatura. Bajó su hacha sobre Don Bambú al tiempo que éste elevaba su puño para contraatacar. Hacha y puño chocaron en un impacto brutal que sacudió las inmediaciones selváticas que rodeaban a los contendientes. Durante unos segundos, ninguno de los dos ganaba terreno. El hacha se había quedado completamente inmóvil, al mismo tiempo que el puño luchaba con todas sus fuerzas por avanzar. Ambos guerreros estaban proyectando todas sus fuerzas en aquel golpe, pero solo uno de ellos podía ganar. El hacha cedió primero. Con un pequeño estallido, el filo del arma se rompió y dejó paso a la implacable esfera luminosa que era el puño del panda. Sus pies despegaron del suelo, dejándose llevar por el propio ataque, y finalmente logró impactar en el pecho de Luar con todas sus fuerzas. Este era el auténtico legado de su padre. Su técnica más fuerte hasta el momento. El culmen de todo lo que Don Bambú era capaz de hacer.


―¡MAXIMUM LUNA!―


Un trueno retumbó en la selva con aquellas palabras, y luego llegó el silencio. Lo que antes había sido Luar, un orgulloso guerrero gigante de la tribu de Little Garden, era ahora un humeante cadáver con un enorme agujero en el pecho. Don Bambú no se había llevado únicamente su hacha, sino su corazón en el proceso. Aterrizó varios metros más allá de Luar. Su brazo derecho echaba humo y su cuerpo ya no generaba corriente eléctrica alguna. Finalmente se había vengado.

Si era cierto que sus amigos habían muerto, por lo menos ahora descansarían más tranquilos.

Akuma


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#2
AVENTURA AUTONARRADA T3 - COMPLETA

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PD: He disfrutado mucho la lectura, como siempre de 10, pandita. Un abrazo <3
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