02-04-2024, 04:02 PM
Leyenda
Verano, Año 12
Pueblo Cobo, Korossassu
Día 6, 11:00 AM
Otra mañana más despertándome con lágrimas en los ojos. Pasaba todos los días. Bueno, todos desde que nos separamos de los dos revolucionarios en Ohara. No es que antes de eso no tuviera ganas de llorar, pero de alguna forma mi cuerpo había conseguido reprimir las lágrimas para evitar mostrarme vulnerable delante de estos. Es duro animar a alguien cuando tú misma estás en un pésimo estado. Otra vez, mi rutina matutina había vuelto a cambiar. No tenía ganas de absolutamente nada. Separarnos de Peteiro fue más que perder a un amigo. Él, junto a Maeve y Mandarina, eran mi única familia (obviando a mamá). Supuso perder a un miembro de la familia, una parte de mí, la mitad de las personas que me importaban. Vivía con un enorme terror a perder a alguien más. Confiaba con todas mis fuerzas en la promesa de la capitana. Ese suceso reforzó mi intención de dar el 100% para evitar que nada malo pudiera pasarle a lo que quedaba de nuestra familia.
Una parte de mí quería hacer todo lo posible, esforzarme más, ser más fuerte, darlo todo para proteger a mi familia,... pero la otra parte quería quedarse en casa y limitarse a comer helado de chocolate.
Me encontraba caminando entre la gente de pueblo Cobo, mirando de reojo los diferentes puestos del mercado. ¿Eso significaba que mi lado fuerte había ganado? Para nada, pero ya no quedaba helado de chocolate en el barco. No quedaba helado de chocolate, al igual que muchas otras cosas. Dos bocas más que alimentar durante tanto tiempo habían drenado bastante nuestras reservas de comida. No nos íbamos a morir de hambre, pero teníamos que tener todos los suministros posibles ahora que por fin íbamos a ir al Grand Line. Hablando del viaje al Grand Line, habíamos decidido zarpar después de comer, así que tenía que darme prisa para tener todo listo. No me costó demasiado encontrar la comida que buscaba, así como ingredientes para preparar helado de chocolate. Me disponía a volver a casa a preparar la comida cuando una conversación llamó mi atención.
- ¿Has escuchado lo que pasó ayer en el bosque? - preguntó un hombre de mediana edad a otro. - Sí, qué horror. Alguien prendió un fuego en el bosque. No me caían muy bien, pero matarlos a todos de esa forma... - respondió el otro, notablemente preocupado. - Solo escaparon los dos pequeños. - habló nuevamente el primero. - Dicen que vieron un fantasma. Los fantasmas no existen. - explicó - Seguro que ha sido ella. - señaló en dirección del tablón de anuncios, donde colgaban nuestros carteles. - Dicen que por donde pasa solo deja una estela de muerte y destrucción. - continuó con miedo. - Espero que no haya venido aquí esa zorra alb... - no terminó la frase, pues mi mano rodeó su cuello y apreté. Apreté con todas mis fuerzas, hasta que hizo crack. - ¡Ni se te ocurra hablar así de la capitana! - le grité al cadáver. El otro hombre trató de huir, pero rápidamente le di una patada para evitarlo. Mi intención era darle en el tobillo y derribarlo, pero por el ruido y los gritos de dolor de este, seguramente le hubiera partido una pierna. El tendero que se encontraba enfrente nuestro gritó algo que no llegué a escuchar, pero vi cómo buscaba algo debajo del puesto, por lo que no perdí un instante. Me abalancé sobre él, dándole un mordisco en el hombro. Mordisco que, debido a la diferencia de tamaños, le arrancó un trozo de cuello. - Puaj, ¿cómo le puede gustar a alguien esto? - escupí la sangre y el trozo de carne al hombre, el cual yacía inerte en el suelo. Me giré, dispuesta a aplacar mi ira con aquel desdichado que se arrastraba como podía. Me acerqué despacio, con paso firme. Podía ver el terror de su mirada, escuchar sus súplicas y oraciones. Le agarré del cuello y le levanté. Mi mirada asesina se clavaba en su aterrorizado rostro. - Si dices lo que quiero igual vives. - hablé. - Di que Maeve Knox será la mujer que domine estos mares. - era claramente una orden. El hombre murmuró algo. - ¡No te escucho! - apreté su cuello. - Vaya, parece que alguien tiene miedo - hablé en tono de burla, haciendo referencia a cómo este se había orinado en los pantalones. - ¡Vamos, no tengo todo el día! - grité. - Maeve... Knox se... Knox será... - comenzó a hablar. - Será la mujer que... domine los mares. - Finalmente el hombre lo dijo, tras lo cual lo tiré al suelo, enfadada. Escuché un disparo. No estuvo ni cerca de rozarme. Cuando me giré pude ver a un joven tembloroso, quien sujetaba una escopeta, la misma que seguramente hubiera estado buscando el tendero unos instantes antes. Le temblaban las manos y tenía los ojos cerrados. - Tú... monstruo... - hablaba con enorme dificultad y miedo, mientras me acercaba a él. - Te... te voy a... - lloraba, apuntando el arma en mi dirección. Le quité el arma cuando estuve a su lado. - ¡Me vas a qué, trozo de mierda! - le di una patada, esta vez acertando en el tobillo, y mientras caía le dí un pisotón en la cabeza, la cual quedó espachurrada. Me giré, escopeta en mano, y caminé en la dirección en la que me encontraba anteriormente. Apoyé el arma en la frente del anterior hombre, quién trataba de recobrar la respiración. Se quedó completamente helado. Click. Sus sesos se esparcieron por el suelo, así como la sangre. Tiré la escopeta y recogí las bolsas con mis compras, antes de dirigirme hacia la Rémora.
Me encontraba bien. No solo bien, me encontraba mejor que nunca. Aquella "pelea" me había permitido dejar salir algunas de esas emociones reprimidas que me inundaban.
Verano, Año 12
Rémora Fatua, En una playa alejada, Korossassu
Día 6, 12:20 PM
- ¡Ya estoy de vuelta! - grité. No obtuve ninguna respuesta. Tampoco vi a Maeve por ninguna parte. Sabía que estaría bien. Bien físicamente, porque las dos nos encontrábamos posiblemente todo lo opuesto posible a bien respecto a nuestro estado anímico. Supuse que se encontraría en la cofa. Últimamente pasaba bastante tiempo allí, mientras yo pasaba el tiempo dentro. Era evidente que ella lo estaba pasando mucho peor que yo, aunque tratara de no mostrarlo al mundo. No solo era lo de Peteiro, si no que tras tanto tiempo se había reencontrado con Zorak, y ahora habían vuelto a separarse. Por suerte, conseguía convencer a Maeve lo suficiente para que comiera algo. Trataba de animarla todo lo que podía, pero ese no era para nada mi punto fuerte. - Cuando le vea le voy a atizar, por hacer llorar a la capitana - pensé. Lo tenía claro, iba a recordar por bastante tiempo la patada que le iba a dar cuando volviéramos a encontrarnos con ellos. - Voy a lavarme, que alguien ha hablado mal de la capitana, y luego me pongo con la comida. - hablaba en alto, esperando que esta se encontrara allí arriba y me escuchara. Entré a la bodega, donde me recibió mi pequeñín. - Buenos días mi vida - le saludé, cogiéndole en brazos. No le acerqué mucho para que no se manchara. Me lavé un poco antes de comenzar a preparar algunas cosas de la comida, sobre todo la lasagna de espinacas, puesto que esta iba a tardar más en estar lista. - Espero que me de tiempo - miraba constantemente al reloj, apurada. Una vez esta estuvo en el horno, fui a ducharme rápidamente. No había tiempo que perder, pues la hora de la comida llegaría enseguida. Me lavé y me vestí con lo primero que pillé, ya que no quería manchar la ropa que había preparado para la ocasión. Volví a la cocina, donde comencé a preparar la pechuga empanada que tanto me gustaba, así como varios postres de chocolate para las dos.
Verano, Año 12
Rémora Fatua, En una playa alejada, Korossassu
Día 6, 13:40 PM
- Veinte minutos - miré, nerviosa, al reloj. - Me he entretenido mucho en el pueblo. - miraba a los lados, mientras comprobaba que la lasagna estuviera bien. Tapé la pechuga para que mantuviera el calor y metí los postres al horno. - Vale, a prepararse. - crucé las cortinas y me desnudé rápidamente. No había un segundo que perder por lo que aproveché para peinarme mientras me agachaba a buscar la ropa. Cogí el colgante de Panda, así como el maquillaje y la cinta de encaje que utilizaba para las trenzas. Separé los mechones y me levanté bruscamente. Me puse las bragas, antes de sentarme en la cama. Separé los tres mechones, tal cómo había aprendido y practicado. Hice la trenza con cuidado, y la até con la cinta. Esa cinta significaba mucho para mí, pues la propia Maeve la había arrancado de su vestido de fiesta con la única intención de atar mi pelo. - Trenza hecha - Quince minutos. Me puse los pantalones, así como la parte superior. Esta se trataba de un top de manga larga, negro y ajustado. Este dejaba al descubierto mi abdomen, en el cual además de mis definidos abdominales se podían percibir los estragos del exceso de helado de chocolate y la falta de ejercicio. Debido a lo ajustado que este me quedaba, preferí no utilizar sujetador, pues todos los que tenía me apretaban con este puesto. El colgante de panda adornaba el centro de mi pecho, el cual quedaba a la vista debido al escote. - Ropa lista - miré nuevamente al reloj. Esta vez tenía menos de diez minutos para estar lista. - Vale, Eaa. Ahora despacito y con cuidado. - me dije a mí misma, mientras me sentaba frente al espejo y me acercaba, para comenzar a maquillarme. - Tú puedes, tal como has practicado - me repetí y comencé a sombrear mis ojos con el pigmento carmesí. Iba despacio, tratando sobre todo de no cometer ningún error. Tardé posiblemente más de lo que había tardado las anteriores veces pero esta vez tenía que quedar realmente perfecto. - Ahora los labios. - cogí aire y suspiré, antes de comenzar a pintarme. Los delineé con gran precisión. No tanta como Maeve, pero no andaba tan lejos. Me miré entonces al espejo, sonriendo. - Estoy tremenda - me acerqué para darle un beso a este, dejando una marca. - Dos minutos, uff - suspiré, aliviada y tras recoger todo me dirigí nuevamente a la cocina. La mesa estaba preparada, así como la comida, y tan solo quedaban dos cosas. Comensales y bebida. Rellené dos jarras de cerveza. Al final mi amiga iba a tener razón y yo también iba a resultar siendo una salvaje.
- ¡Ya está la comida! ¡Y después de comer, zarpamos rumbo a nuevas aventuras! - grité, tan pronto abrí la puerta de la bodega, con ambas jarras en las manos y el felino animal sentado sobre mi hombro izquierdo. - ¡La mejor lasagna de espinacas, tarta de chocolate y cerveza de todo el West Blue! - enumeré. - Si no te das prisa, Pandita, te vas a perder el brindis y Mandarina se va a comer tu lasagna - bromeé. Era cuestión de tiempo que el olor de aquel manjar llegara a la cofa y atrajera a la otra mujer.
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![[Imagen: dX0hCWp.jpeg]](https://i.imgur.com/dX0hCWp.jpeg)