-Pasa. -dije sin saber quién era el que había pegado ese golpe en la puerta.
Tras esto entró Pawurs, el amigo extraño y verde del emperador Zarutsuki. Entró hasta posicionarse delante de una silla que había frente a un escritorio en mi habitación, la giró y me miró directamente.
- ¿Qué tal? -me preguntó. -Vaya espectáculo has hecho ahí fuera. -continúo.
-Bueno… podría haberlo hecho mucho mejor. Desde que fallé el primer ataque todo se puso en mi contra. Aquel tipo… ese calor que manaba era asfixiante y estar cerca de él era un sufrimiento. No era capaz siquiera de concentrarme.
-Estás de suerte joven príncipe, creo que te puedo ayudar con eso. -me contestó con seriedad.
Aquella afirmación me llamo mucho la atención, ¿acaso este hombre tenía la clave para vencer en el futuro al enmascarado?
-Nos vemos esta tarde a las 18:00 en la sala de entrenamiento.
Tras esto se levantó y dejó mi habitación cerrando la puerta a su paso, me levanté de la cama y estiré los brazos hacia el techo. Había dormido como nunca y me encontraba completamente recuperado, con ganas de saber a qué se refería, pero aún quedaban muchas horas hasta las seis.
Observé más detenidamente la habitación, había un montón de detalles en los que no me había fijado antes ya que lo único en lo que me había estado centrando estos días era reposar y descansar. Giré mi cabeza y miré hacia la parte de arriba de la habitación, más concretamente en la junta que había entre el techo y las paredes. Había una especie de cenefa con grabados, aquella cenefa obviamente era de oro, como no podía ser de otra manera, y esos grabados parecían ser dibujos ya que tenían forma de personas aladas y parecían contar alguna historia. Me estaba volviendo paranoico, ¿me habrían puesto en esa habitación aposta para que me fijara en esos dibujos? No estaba del todo seguro y no las tenía todas conmigo ya que el tema de las letras siempre se me había resistido mucho. Letras… ¿acaso eran las letras eso que había en la cenefa? Puede que fueran letras o fueran dibujos para mí no había demasiada diferencia, la única que encontraba es que las letras por norma general eran dibujos aburridos y sin sentido, simplemente rayas y formas absurdas qué generaban un caos. Dejé de fijarme en aquello y miré hacia la silla, la agarré y la coloqué de nuevo en su sitio debajo del escritorio. Aquel escritorio parecía de mármol o de alguna piedra súper bonita, pero tampoco era muy entendido de piedras así que no sabría decir, aunque si me preguntaban yo diría que desde luego era una piedra blanca y marmolada, como un mármol vamos… En fin, de lo que estaba seguro es que era desde luego de piedra y ante todo un escritorio, un escritorio aburrido y con unos libros ordenados encima. Cogí con mi mano izquierda uno de esos libros, aquellos libros eran más grandes que los que había en tierra firme, lo suficientemente grandes como para que una persona normal como Joline o Aspros no fueran capaces de cogerlos con facilidad.
Aquel libro parecía estar forrado de cuero tintado de color violeta, no sabía lo que ponía porque para mí desgracia no había ningún dibujo en la portada, así que lo abrí con la esperanza de encontrar algo dentro y fui pasando numerosas páginas de información que era incapaz de descifrar. Intentaba leerlas y aunque reconocía alguna letra, sobre todo las vocales, no podía generar ninguna palabra qué conociera. Ojalá hubiera hecho más caso a Marshall y hubiera, al menos, aprendido a leer, pero bueno eso eran problemas del pasado. Iba pasando páginas buscando alguna ilustración, alguna imagen para intentar adivinar de qué iba aquel libro tan llamativo y elegante, pero habían solo letras muy pequeñas, muy juntas, muchas, demasiadas letras… Me empezó a doler la cabeza y cerré el libro con fuerza generando un sonido que reverberó por toda la habitación de oro y, frustrado, lo tiré al suelo como si fuera basura. Tras eso me dirigí hacia un par de puertas que había en la pared justo a mi derecha, las abrí y dentro había un hueco vacío con estanterías, barras y perchas, vamos, lo que se llama armario empotrado. Estaba vacío a excepción de un par de togas y un albornoz. Siempre había visto este tipo de ropa en las tiendas, pero no para mi tamaño y menos para la gente de mi tamaño y con alas, pero éste parecía estar preparado para poder sacar las alas por un par de agujeros que había justo a la espalda.
-Qué pasada. -pensé. -Por primera vez en mi vida voy a poder ir cómodo sin tener que ir desnudo… -ese pensamiento cogió la suficiente fuerza hasta el punto de que no pude resistirme y, tras quitarme la ropa completamente, me puse el albornoz y apreté el cinturón con fuerza en mi cintura. Qué cómodo era, que suave, una suavidad que nunca antes había sentido en mi piel…
-¿Era esto la buena vida de la que me hablaba mi padre? -pensé de nuevo.
Estaba tan cómodo que me sentía frágil y relajado, tan relajado que tenía la sensación de que cualquier depredador iba a entrar por la ventana o por la puerta de mi habitación e iba a matarme. Tenía sentimientos encontrados, no estaba seguro de si me gustaba estar tan a gusto o no. Por una parte, sentía una comodidad y relajación genuina, pero por otra notaba que me hacía más débil. Siempre había estado alerta al haberme criado en lo salvaje y, de repente, era el jefe de los tipos con alas… no entendía nada, era todo demasiado extraño y no me terminaba de gustar. Yo buscaba la libertad, no esto. Pero aun así me iba a dar un capricho y a mantenerme, al menos por ahora, con esta comodidad y desde luego con este albornoz. Cerré las puertas del armario con firmeza y me dispuse a tumbarme en la cama, quedando profundamente dormido casi en el mismo instante en el que mi cuerpo tocó aquellas sábanas tan elegantes, suaves y fresquitas.
Abrí los ojos de golpe, como si hubiera despertado de una pesadilla.
-Mierda, mierda, mierda me he quedado dormido… -dije en voz alta.
Busqué a toda prisa el reloj de la habitación con la mirada y me fijé que la aguja pequeña marcaba las 9 mierda.
-¡Me va a matar! -grité desesperado. -Llego tarde a mi cita con Pawurs…
Me levanté a toda prisa y salí de mi habitación atropellado.
-¡Eh tú! -grité mientras señalaba con el dedo índice de mi mano derecha a uno de los guardias que había por ahí. -Dime dónde está la habitación de entrenamiento.
Aquel tipo me señaló la dirección sin hablar, estaba al oeste del palacio. -Gracias. -le dije mientras corría por el pasillo hacia la dirección que me había dado. -¡Aunque podrías ser un poco más amable! -le recriminé en la lejanía.
Sin escuchar lo que me tuviera que contestar aquel guardia, que lo único que estaba haciendo era trabajar y no ser amable, todo sea dicho de paso, corrí a toda velocidad hacia el lugar indicado. No tenía perdida, era un pasillo largo adornado con cuadros, mesitas con lámparas encima que no tenían ningún sentido para mí, ya que había luz de techo, y lo suficientemente largo como para tomarme cuatro o cinco minutos corriendo para recorrerlo entero. Al final de este había unas escaleras que iban hacia abajo, las tomé y bajé todo lo rápido que pude. Ni el pasillo ni el camino hacia aquella sala de entrenamiento eran lo suficientemente anchos como para haberlos recorrido volando, ya que mis alas extendidas chocarían con las paredes y por ese mismo motivo había tardado más de la cuenta. Cuando terminé de bajar aquellas escaleras me encontré metido en una gigantesca habitación subterránea que parecía más un gimnasio que una habitación como en la que estaba hospedado. Pese a la oscuridad que la envolvía se podía intuir que estaba todo lleno de pesas, bancos, espejos y ante todo la oscuridad ya mencionada. No había ni una luz ni ninguna claraboya que dejara entrar la claridad del exterior y para mi sorpresa, no había ninguna vela encendida ni ningún foco ni nada parecido. Aquel gimnasio se encontraba completamente a oscuras, en un ambiente enigmático. Avancé unos pasos y entonces se iluminó un foco sobre mi cabeza, miré hacia arriba y pude ver que aquella luz provenía de una de las conchas mágicas que usaban en esta isla.
-¿Hola? -pregunté -Pawurs, oye perdona por haber llegado un poquito tarde pero es que me he quedado dormido. Tenéis camas muy cómodas y este albornoz, que por cierto ahora que me fijo se me ha olvidado quitarme, es también muy suave y cómodo. -dije con algo de vergüenza en mi voz. -Bueno como iba diciendo… -continué hablando para intentar calmar o apaciguar la ira del señor verde mientras caminaba fuera de la luz hacia la oscuridad del gimnasio, pero entonces un empujón me hizo volver al foco de luz.
-¿Cómo? -pregunté sorprendido.
Di otro paso intentando salir de aquella luz y sentí otro empujón, esta vez proveniente de mi izquierda. Aquel empujón me hizo volver al foco de nuevo.
-¿Esto que es una especie de juego? -pregunté perdiendo la cabeza. -Vale si quieres jugar, juguemos. -dije mientras las llamas de mi espalda prendían con fuerza, iluminando algo más la estancia, pero aún así sin ser suficiente. Intenté salir volando a toda velocidad de aquel círculo sin éxito, pues otro empujón me hizo volver a mi posición original.
-Pero cómo es posible… -pensé mientras miraba hacia todos lados, pero al estar en medio de un foco tan brillante me costaba muchísimo más ver en la oscuridad.
-Ese es tu problema ignorante de la vida. -dijo la voz de Pawurs proveniente de todas partes al mismo tiempo. -Confías demasiado en tu velocidad, ¿acaso es lo único que sabes hacer? ¿Volar rápido? Ridículo… -me increpó con cierta burla en su tono de voz.
-No es lo único que sé hacer, pero sí lo que mejor se me da.
Entonces volví a extender mis alas y salí disparado hacia el techo con intención de romper aquella caracola lumínica pero otro golpe me devolvió a mi posición. Aunque fuera frustrante ninguno de los golpes que había recibido me dolía realmente, era como una especie de presión que me devolvía al mismo sitio una y otra vez. Me sentía como si estuviera encerrado en un tubo de cristal y fuera incapaz de salir de él.
-¡¡Oye!! ¡Si esto es una venganza por haber llegado tarde no pienso disculparme, que lo sepas viejo rarito! -grité profundamente cabreado.
-¡CÁLLATE Y DÉJAME HABLAR! -me contestó gritando aún más fuerte. -Ya te lo he dicho antes, coño, no entiendes nada. Si no hubieras venido tan tarde no estaría siendo tan duro. Bueno, duro no soy, en realidad mi cabeza si es dura, ya te contaré otro día cómo partía rocas a cabezazos en mi juventud y como maté a un puma de un grito, pero eso no es lo que nos concierne. ¡Ahora concéntrate! Si quieres salir de ahí ponte esta venda sobre los ojos y concéntrate. Esto es un duelo de intelectos, a lo Karpov y Kasparov. -me dijo Pawurs mientras tiraba desde las penumbras una venda a mis pies.
-¿A lo quién? -pregunté confuso mientras me tapaba los ojos. -A ver, pero cómo quieres que me concentre si me estás poniendo nervioso con todo este teatro. -le recriminé. -Aparte, esto no es entrenar esto es una cosa extraña que te apetece hacer para putearme, porque dime tú sí entonces… ¡…!
De repente recibí un golpe, esta vez bastante fuerte y provocado por un por una vara. Me golpeó con tanta dureza la cabeza que hizo que flexionara las rodillas y me pusiera de cuclillas con las manos sobre el lugar del golpe.
-¡Eh, eso no es justo ni siquiera lo he visto venir! Me has dicho que me tape los ojos y así lo he hecho, ¿¡Por qué me pegas!? -le grité realmente enfadado.
-Te pego porque eres lento, lento y tonto, y te pego porque soy más mayor que tú y te queda mucho por aprender, y porque me estás poniendo nervioso. -dijo aquella voz que seguía reverberando por todos los rincones de la habitación. -Tú no sabes que yo fui experto en todo tipo de artes marciales, por desgracia me torcí un tobillo un día y lo dejé, me equivoqué, evidentemente…
Aquel bicho verde y dentudo me estaba contando su vida sin siquiera haberle preguntado antes. ¿Qué pretendía?
-Venga chico concéntrate que te va a venir otro golpe. ¡Prepárate!
Me puse en pie y flexioné levemente las rodillas, coloqué mi brazo izquierdo delante de mí pecho con el puño hacia el techo y mi brazo derecho cubriendo mi abdomen y las costillas por el lado derecho. Me preparé y recibí otro golpe, esta vez muchísimo más fuerte que el anterior, directamente en las costillas del lado izquierdo. Aquel golpe me tumbó en el suelo y me hizo incluso rebotar en él. Sentía que me iban a reventar los huesos desde dentro, pero aun así me volví a poner en pie y me quité la venda de los ojos intentando buscarlo con la mirada. Al momento de quitarme la venda recibí otro golpe como el anterior, esta vez en el cuádriceps de mi pierna derecha haciendo que me arrodillara al instante.
-¡No te he dicho que te quites la venda, idiota! Ponte de pie y no abras los ojos hasta que yo te diga, ¿de acuerdo?
Me puse en pie y volví a taparme los ojos. Ya me dolía todo el cuerpo y ni siquiera habíamos empezado a entrenar
-Te he dejado un libro violeta en tu habitación con toda la información importante que necesitas en la vida. El libro se llama “Me exfolio, luego existo. El primer mandamiento del metrosexual.”. ¿Sabes qué es el Haki? -me preguntó directamente.
-Mmmh, no. -le contesté con la cabeza completamente en blanco.
-¡Lo suponía!
Y tras eso recibí otro golpe algo más flojo en la parte superior de mi ala izquierda, sólo me desplazó un poco hacia adelante pero no fue lo suficientemente fuerte como para hacerme salir del círculo de luz.
-Pues en ese libro también explico los principios del Haki y cómo aplicarlos para llevar una vida sana, plena y metrosexual. Que por lo que veo te hace falta… vaya esto nos va a llevar más de lo que creía. Quítate la venda esa anda.
Entonces todas las luces de aquel lugar se encendieron y ahí lo tenía delante, Pawurs, aquel viejo encorvado, tenía en la mano una cebolleta… ¿me había estado pegando con una cebolleta? No podía ser, me había estado pegando tan fuerte que si hubiera sido con esa cebolleta se habría partido seguro.
-Mira que bien, así que estás ahí ¿eh? -dije justo antes de lanzarme a toda velocidad a por él. Apenas se encontraba a unos siete u ocho metros de mi posición por lo que llegar no sería ningún problema. Me lancé en línea recta todo lo rápido que pude, me temblaban incluso los músculos de la presión que ejercían al ir a tanta velocidad y justo cuando estuve delante de él estiró el brazo y paró mi puñetazo con la cebolleta que tenía en su mano.
Abrí los ojos, sorprendido, este tío me había definitivamente estado pegando con una cebolleta y ahora había parado mi golpe con esa misma cebolleta sin ningún esfuerzo aparente. No se conformó solo con haberme humillado de esa manera, sino que tras haberse detenido mi ataque de esa manera hizo un giro de muñeca y posó esa cebolleta en mi mejilla izquierda haciendo que mi cuerpo saliera disparado y sin control hacia la pared qué tenía a mi derecha, pegándome contra ella un fortísimo golpe. Todas las barras, pesas y mancuernas que había colocadas con un orden casi enfermizo en esa pared cayeron encima de mí. Me levanté del suelo, apartando todos esos escombros mientras me ponía en pie. Lo miré confundido… ¿cómo había sido posible que con ese toque y con esa arma me hubiera lanzado a tanta velocidad y con tanta contundencia contra la pared?
- ¿Sorprendido? -preguntó Pawurs. -Esto que acabas de ver es haki de armadura. Es como tener una armadura invisible y también se puede usar para atacar como he estado haciendo contigo. -dijo mientras cerraba los ojos y se cruzaba de brazos. -Vamos cobarde, ven a por mí con todo lo que tengas. Te garantizo que no me vas a poder tocar. -finalizó con confianza.
-Eso te crees tú, viejo. -dije mientras me elevaba del suelo un metro, encendía con bravura mis llamas y me lanzaba de nuevo a por él haciendo un arco en el aire de forma lateral para propinarle una patada en la cabeza. En cuánto lo tuve a mi alcance ejecuté el golpe, pero aquel viejo sin abrir los ojos se agachó sobre sus rodillas y mi pierna pasó por encima de su cabeza. -¡Pura suerte! -grité.
Tras eso, y aun estando en el aire, hice una mortal hacia adelante y con la pierna derecha extendida para propinarle un talonazo en la cabeza aprovechando que estaba agachado. Aquel viejo verde pivotó sobre su pierna derecha aun estando en cuclillas y esquivó, de nuevo, mi golpe con los ojos cerrados, haciendo que mi talón se clavase en el suelo y provocando con el impacto un pequeño agujero en el mismo. Me puse en pie y comencé a propinarle puñetazos en el rostro, estómago, pecho, brazos… en definitiva donde podía a toda la velocidad que era capaz de usar. Pawurs sin abrir los ojos los fue esquivando todos con extrema facilidad y tras eso extendió su mano izquierda y me tocó el pecho, empujándome unos metros hacia atrás.
-Y esto es haki de observación, es un poder que te permite sentir a los demás y cómo has visto, aunque tuviera los ojos cerrados sabía dónde estabas en todo momento. Podía notar incluso cómo fruncías el ceño como un idiota. En otro momento me reiría, pero la verdad es que me estás dando pena… estás muy verde…Joujoujoujoujou -se rio por aquella ocurrencia. -Si tan solo te hubieras leído mi libro sabrías mucho más de la vida. -continuó decepcionado. -Pero en fin así son las cosas, no creo que en este entrenamiento puedas lograr esta perfección, pero al menos espero que pueda enseñarte lo básico del haki de observación.
Lo miré algo confundido, aún no lo entendía muy bien. ¿Acaso me iba a enseñar a ser intocable? ¡Qué emoción! Me encantaba la idea, pero también dijo que no iba a llegar a su nivel en un solo entrenamiento… en realidad no tenía pensado quedarme mucho tiempo en esta isla así que me tendría que conformar con lo que me enseñase, al menos por el momento.
-Vale entonces seré tu aprendiz. -le dije con determinación.
-Pues vete relajando porque es lo que te va a hacer falta. -dijo mientras se giraba para coger un par de esterillas y las extendían el suelo. Una al lado de la otra. -Toma, ven, siéntate aquí. -comentó mientras se sentaba en una de ellas y cruzaba las piernas. Avancé y tomé su misma postura en la esterilla qué tenía justo a su lado.
-Vale, cierra los ojos y relájate todo lo que puedas.
Cerré los ojos sin entender absolutamente nada, y así me tuvo durante dos horas. Cada vez que intentaba hablar me pegaba con la cebolleta, y cada vez que abría los ojos aunque él los estuviera cerrados, de alguna manera lo notaba y me pegaba con la cebolleta también. Tras dos horas no hubo ningún avance, ni siquiera ninguna indicación de qué era lo que tenía que hacer durante todo ese tiempo, se mantenía en silencio… completamente inmóvil, y si yo hacía algo que no fuera estar sentado con los ojos cerrados e intentando relajarme me pegaba. Este tío era un chalado, pero estaba seguro de que no podía escapar de esa habitación sin morir en el intento apalizado por esa cebolleta del diablo. Pasó otra hora más en la que por suerte no me pego y entonces Pawurs respiró aliviado.
-¿Lo notas? -me pregunto. -¿Notas cómo se mueven?
Este tipo daba miedo, se le estaba yendo la cabeza y aquí me tenía sobre una esterilla en un gimnasio medio en penumbras, con un montón de artilugios de entrenamiento por el suelo por el golpe de antes, con los ojos cerrados y en silencio. Desde luego parecía la premisa de una película de terror.
-Pero qué dices… -pregunté asustado.
-¡CALLA, DÉJAME HABLAR!-me gritó sin abrir los ojos, terriblemente enfadado. -Ahora que estás completamente relajado intenta ver en tu cabeza cuántas personas hay en el piso de arriba.
¿Cómo qué intentara ver con mi cabeza? Mi cabeza no podía ver… no entendía absolutamente nada pero debía seguirle el juego o me volvería a zurrar con esa cebolleta y con su poder de armadura.
-Ver con la cabeza, vale. -le dije siguiéndole el juego pero realmente confundido.
-Deja que tu espíritu fluya, relájate y cuando estés relajado intenta proyectarte arriba. Sé que suena algo difícil, pero cualquiera con un poco de concentración puede hacerlo. ¿Alguna vez has notado qué alguien detrás de ti te estaba mirando y cuando te has girado para comprobarlo tenías razón? ¿O incluso alguna vez has tenido algún ‘deja vu’ y de forma inexplicable eso qué has sentido, ha ocurrido? Pues bueno amigo mío, esos son ecos, son destellos inesperados de este poder ancestral. Todos lo tenemos, pero no todos lo controlan, intenta recordar esa sensación tan extraña de esos momentos y concéntrate en el piso de arriba. -repitió el viejo.
-Vale, si tú lo dices… -dije no muy convencido.
Pasaron dos horas más en las que estuvimos en completo silencio, y el viejo me volvió a preguntar cuántas personas había arriba.
-Eh… no sé… ¿veinte? -pregunté sin tener ni idea.
-¿Veinte? ¿Cómo que veinte, ignorante de la vida? -me contestó con la voz atropellada, notablemente cabreado. -Has dicho un número al azar ¿verdad?
-Si. -contesté con rapidez y sinceridad. -¿He acertado?
-Pero cómo vas a ver a acertado… noto que no estás a lo que tienes que estar y te noto notablemente asustado. Es por esto, ¿verdad? -me preguntó mientras me enseñaba la cebolleta que aún sostenía en su mano. -Esto es una simple cebolleta, mira. -dijo mientras le pegaba un bocado y se comía más de la mitad de la misma, tirando el resto de la cebolleta hacia detrás deshaciéndose de ella. -¿De verdad me estás diciendo que estás más concentrado en esa cebolleta que en tu entrenamiento?
-Si señor. -contesté de forma contundente. -Eso es justo lo que está pasando, no me gusta que me pegues con eso.
-Pero la madre que me parió, qué tonto que eres. ¡Hemos estado aquí por lo menos cinco o seis horas y has estado pensando en cómo escapar de aquí y cómo evitar que te pegue!
-Pues me da que sí maestro Pawurs, creo que puedo afirmar con rotundidad que eso es justo lo que ha estado pasando.
Pawurs puso su mano derecha sobre mi cabeza y la agachó haciendo que mi frente tocara la esterilla.
-¡Déjate de tonterías y concéntrate! No solo estoy aquí porque tenga ganas de enseñarte, Zarutsuki quiere que aprendas lo básico sobre el haki, así que más me vale enseñarte algo o voy a acabar haciéndole un mataleón a ese viejo mono con tal de no escuchar su palabrería.
-Vaya vaya… así que órdenes de arriba, ¿eh? -le dije intentando vacilarle.
-Zarutsuki no me ha dicho que tengas que salir vivo del entrenamiento, ¡así que no me toques las narices! ¡Coño! Que te centres he dicho.
Y así pasaron varias horas más, ya eran altas horas de la madrugada y estaba francamente cansado, pero, aunque ya había pedido reiteradas veces un descanso Pawurs era inflexible. Era la persona más exigente con la que había entrenado jamás… golpes, gritos e incluso alguna lágrima fueron sucediendo a lo largo de las horas, pero, aunque me esforzara me veía incapaz de saber cuántas personas se encontraban en el piso de arriba. Cerraba los ojos, me concentraba y al único que notaba era a Pawurs, pero porque estaba a mi lado y respiraba fuerte y a veces roncaba. ¿Acaso se estaba quedando dormido? A saber, pero aunque diera la sensación de que estaba dormido no parecía estarlo del todo, pues cualquier movimiento que no estuviera autorizado por él acababa en una somanta de palos terriblemente dura. Tenía varios chichones en la cabeza, las mejillas hinchadas y los labios como dos salchichas, al igual que los ojos qué también estaban hinchados de tantos golpes que me había estado llevando.
-Ya está amaneciendo. -dijo Pawurs mientras se ponía en pie. -Ahora vengo.
Y entonces se tocó la boca del estómago con su mano derecha y prácticamente desapareció de mi vista, me puse en pie sorprendido.
-¿¡Cómo!? -pregunté en voz alta. A los pocos minutos apareció de la misma forma en la que había desaparecido anteriormente, pero con un cuervo con él y con una bandeja de plata repleta de comida. La dejó a su derecha y se sentó en la esterilla, con el cuervo sobre su hombro derecho.
-Siéntate, vamos a continuar. -me ordenó.
Me senté a su lado y vi cómo se comía un kiwi delante de mí, junto a su cuervo.
-Oye eso no será todo para vosotros, ¿verdad? -le pregunté.
-Pues claro que es para nosotros, ignorante de la vida. Y ahora calla que me voy a comer una omelette.
Y así lo hizo, tras el kiwi comenzó a comerse una tortilla.
-Oye -comenzó a hablar con la boca llena. -¿tú sabes que yo fui peón?
-¿Peón? -le contesté. Supuse que me iba a contar alguna batallita de cuando fue peón en alguna obra o algo así pero su respuesta me impresionó.
-Sí, fui peón en un ajedrez humano en un centro comercial hace ya muchos años, pero me comieron enseguida. ¡El mate pastor de los cojones! -gritó cabreado mientras pegaba un golpe en la esterilla con su pie izquierdo.
Me quedé en silencio mirándole sin saber qué contestar. Todas estas horas de duro entrenamiento e introspección habían hecho que mi cabeza no estuviera donde tenía que estar y mis pensamientos se diluían en el aire. No entendía absolutamente nada.
-¿Quién te ha dicho que dejes de entrenar? Hostia, cierra los ojos e ignórame, estoy desayunando y solo desayunamos los ganadores. ¿A que si Mariano? -le preguntó a su cuervo mientras le daba un trozo de tortilla.
Cerré los ojos, con un hambre de mil demonios e intenté concentrarme. Pasaron las horas y Pawurs iba yendo y viniendo con comidas… primero fue el desayuno, luego un almuerzo, luego la comida, luego un café, luego una merienda y antes de cenar trajo una botella de cerveza.
-Oye Tercero, ¿te saco una cervecita para equilibrar el PH? -me pregunto.
-Pues la verdad que preferiría cualquier otra cosa, viejo. -le contesté harto y cansado de sus tonterías. Notaba como la piel se me pegaba al músculo… no podía estar tantas horas sin comer y sin beber. -Pero bueno, ahora que lo dices pues sí sácame una cerveza.
-No, ya me has dicho que no, aparte ya no me apetece dártela.
Esto era desde luego una tortura psicológica, me ofrecía cosas y luego no me las daba, comía delante de mí, me pegaba… era el entrenamiento más duro en el que había estado jamás y todo para intentar adivinar cuántas personas había arriba… pero cómo que arriba, y por qué. Yo quería aprender a esquivar como me había demostrado antes, no a adivinar cuántas personas había en una habitación, eso de qué servía… llevaba muchas horas sin entender nada y aunque no hubiera dicho nada en voz alta Pawurs contestó a lo que estaba pensando.
-Pues sí qué sirve, tú crees que no sirve, pero servir sirve. Yo con este poder me he metido muchos problemas, pero también gracias a este poder he podido salir de otros. Hazme caso, más sabe el diablo por metrosexual que por diablo.
¿Me estaba leyendo la mente o es que estaba tan cansado que no sabía lo que estaba haciendo? Quizá todo lo que había pensado en realidad lo había dicho en voz alta, ya no sabía ni qué pensar. Era todo muy confuso así que cerré los ojos y empecé a tener una especie de sueño. Al tener los ojos cerrados me concentraba en mi propia mente, sentía que tenía una especie de red neuronal… como una enciclopedia, era algo difícil de describir. Más que una enciclopedia notaba como otras mentes conectaban con la mía y hacían un vínculo, era una sensación muy extraña que nunca antes había experimentado… no sabía quiénes eran pero los notaba, los sentía. Era muy raro, dentro de mi cabeza notaba esas presencias, pero no su procedencia. Lo que si notaba eran sus emociones, notaba felicidad, tristeza, nervios e impaciencia… era muy raro e incómodo. Abrí los ojos de golpe abrumado por todas esas sensaciones.
-Pawurs, no sé si tiene que ver con lo que me estás enseñando, pero he podido ver emociones que no eran mías dentro de mi cabeza.
-“Los sentimientos: la asignatura pendiente del ser humano”. Ese es otro de mis libros, también enseño los principios del haki en él, pero en forma de novela romántico-erótica. -me dijo. -Vas bien, lento, pero progresando. Veo que te cuesta mucho, a todos los que les he enseñado han tardado la mitad en notar lo que tú has notado, pero al menos estás en proceso. Sigue así, aprovecha esa sensación e intenta concretar un poco más con ella. -me dijo. -Aunque antes de continuar, toma. -comentó mientras me extendía un kiwi. -Esto está lleno de vitaminas y te va a ayudar a desarrollar tu haki, cómetelo que te lo has ganado.
Así que me lo comí y tras disfrutar de mi premio volví a cerrar los ojos concentrándome en aquellos pensamientos. Llegar de nuevo hasta ese punto me costó notablemente, incluso por un tiempo pensé que iba a ser incapaz de volver a notar esas emociones, pero al final lo logré. Parecía ser que estaba en el punto de partida y comencé a entender el porqué de toda esa tortura psicológica que me estaba haciendo. De alguna manera con esa actitud me estaba desconectando del mundo tangible, de mi entorno. Me dejaba solo con mi mente y con mi instinto, y aparte de ser un entrenamiento eficaz, lo notaba como algo terapéutico. Pocas veces habría tenido tiempo para reflexionar de esta manera y no solo había comenzado a escuchar los sentimientos y emociones de otras personas, sino que me había empezado a escuchar a mí mismo, mi voz interior. Intenté concentrarme en esas energías y al cabo de un par de horas más noté los sentimientos individuales de cada una de ellas. Hasta este momento sólo había sentido un cúmulo de emociones, pero no podía discernir qué emoción pertenecía a cada aura… tenía la sensación de que podía identificar con exactitud cada emoción y había una que era tremendamente fuerte, o al menos cercana, la notaba con más fuerza que las demás. Podía notar que esa aura estaba contenta y algo emocionada, pero también impaciente y apuntó de perder los nervios. Abrí mi ojo izquierdo y miré directamente a Pawurs. Era él el que estaba sintiendo todo esto.
-Sí. -dijo Pawurs. -Creo que lo vas pillando, sigue así. -comentó mientras se servía la cena y me daba otro kiwi de premio. -¿Ves cómo los kiwis hacen efecto? Son buenísimos para entrenar el haki. Venga, venga no te distraigas más y sigue entrenando.
Cerré mi ojo izquierdo y continué concentrándome, ya había notado esas emociones tan fuertes y había podido identificarla, pero el resto estaban demasiado diluidas en mi cabeza como para poder ponerles un lugar, como para poder saber dónde se encontraban e incluso me costaba saber qué sentían.
-Escucha Yojimbo, ten en cuenta que también hay más cosas que las propias emociones, la potencia de cada uno. Te voy a poner un pequeño desafío, ¿sabrías decirme cuántas ratas hay en esta habitación?
-Pero Pawurs, si no sé cuántas personas hay en el piso de arriba cómo voy a saber cuántas ratas hay en esta habitación.
-¡CALLA Y DÉJAME HABLAR! -me gritó casi espontáneamente. -Es más fácil, a mí me has identificado porque me tienes cerca, inténtalo con las ratas, que por mis palabras ya te he dado una pista, hay más de una… ¡y no me contestes al azar! Ni se te ocurra.
Me concentré intenté identificar aquellas pequeñas auras dentro de mi mente. Ahora tenía un nuevo objetivo que según las palabras de Pawurs, era más fácil que el que me había puesto en un principio. Tenía que identificar cuántos ratones había en esta habitación por lo que me concentré todo lo que pude en esos sentimientos, en esas emociones y se me apelotonaban en la cabeza. Sabía que por lo menos había siete… no diez seres en total cerca de mi posición, pero no sabía dónde estaban, no sabía si eran los de arriba, los de esta habitación, un conjunto de ambos o de cualquier otro lado. Eran diez, de eso estaba seguro así que así estuve durante cuarenta minutos más hasta que pude notar la diferencia de tamaño de esas auras. La de Pawurs era gigantesca, era un tío que tenía muchísima presencia, pero en esa habitación también había algunas mucho más débiles que la suya. ¡Lo tenía! Ya sabía que en esa habitación había…
-¡Cinco! ¡Los ratones que hay en esta habitación son cinco! Estoy seguro. -grité emocionado.
Pawurs abrió los ojos me miro directamente con orgullo.
-Si es que soy un maestro excepcional. Podría enseñarle el haki hasta a un cangrejo, que, por cierto, ya lo he hecho en el pasado. Toma, otro kiwi, a seguir así.
Por primera vez Pawurs estaba contento de verdad, lo podía notar en él. Había sido capaz de identificar cuántos ratones había en el gimnasio, ¿sería capaz de hacer lo mismo con los del piso de arriba? En principio el reto no parecía mucho más difícil que esto, ya que si había conseguido decirle a Pawrs los ratones que había en el gimnasio, no me sería complicado saber cuántas personas se encontraban arriba. Así que para intentar sorprenderle, tras comerme el kiwi cerré los ojos de nuevo y me intenté concentrar en el piso de arriba, pero por algún motivo no me veía capaz, ni con fuerzas suficientes como para saber cuántas personas había arriba hasta el punto de que me empecé a marear y notaba que de un momento a otro me iba a quedar inconsciente. Pawurs, al ver cómo me tambaleaba, enseguida me asistió y me tumbó en el suelo.
-Te has quedado sin fuerzas, era de esperar. Estás derrochando demasiada energía espiritual… también tienes que aprender a controlar este desgaste, no te esfuerces más de lo necesario. Esto no es para demostrar cuánto poder tienes, sino de saber utilizar tus recursos para conseguir tus objetivos. Tranquilo, vamos a esperar lo que haga falta para que te recuperes y después continuamos.
Al fin después de tanto esfuerzo me había ganado mi descanso, y ahí estaba tumbado en el suelo a punto de caer inconsciente, y del cansancio me terminé por dormir. Pawurs me despertó, no sabía si habían pasado dos minutos, una hora o un incluso un año… dormí tan profundamente como nunca antes lo había hecho y gracias a eso me encontraba con las fuerzas renovadas.
-Me encuentro genial. -le dije preparado para continuar.
-Ese es el espíritu. -me contestó Pawurs. -Vamos a darle caña, hijo.
Y así estuvimos horas, y horas, y horas… o quizá minutos, pero el tiempo pasaba para mí mucho más lento de lo normal y al final lo vi claro. Logré expandir con éxito mi aura y pude meterme en la mente de otras personas o algo así ya que, aunque no era capaz de adivinar lo que estaban pensando, sí podía notar cómo se sentían y dónde estaban… aun así no era capaz de llegar al piso arriba. Es cierto que el techo era muy alto y que no sabía cuánto espacio había entre el techo y el suelo de la primera planta, ya que este gimnasio estaba muy enterrado bajo tierra, pero al menos podía identificar cada bicho, cada rata, cada alimaña de esta habitación con relativa facilidad… Abrí los ojos exhausto, sudando y cansado mientras Pawurs me daba palmadas en la espalda, justo donde mis dos alas se unían con mi espalda, con la intención de animarme… notaba la complicidad y el apoyo que me estaba dando, parecía que el esfuerzo daba sus frutos y lo notaba muchísimo menos hostil conmigo, cosa que agradecía. Mientras tanto Mariano, su cuervo, iba de un lado para otro mareando. Para seguir con el entrenamiento Pawurs y yo habíamos ideado una especie de juego que nos sería de utilidad también para matar el tiempo, este juego/entrenamiento consistía en identificar un bicho usando el Haki de observación, señalarlo con el dedo, gritar “¡A por él!”, y que Mariano fuera a cazarlo, así de paso dejaba limpio el gimnasio de insectos indeseables. Conforme pasaba el tiempo fui cogiendo soltura, pero aun así me agotaba muchísimo usar este poder. Pawurs me decía que era normal, pero podía notar un resquicio de mentira en él, una mentira a medias, porque pese a que fuera cierto lo que estaba diciendo, a la gente no le solía costar tanto llegar a donde estoy, o al menos eso entendía por las palabras que usaba al explicármelo.
-Lo importante es que llegas, chico. -me dijo. -Hay gente que ya se hubiera rendido, pero tú sigues aquí… eso es lo que se espera de tu linaje, perseverancia. Es verdad que tampoco te estoy dejando opción a rendirte.
Tenía razón, si seguía ahí entrenando y mejorando mis habilidades era exclusivamente por él y eso se lo agradecía profundamente. Había sido el maestro más duro y el con el que más me había conseguido desarrollar de toda mi vida. La meditación continuó, notaba que cada vez me costaba menos controlar esta habilidad, pero seguía derrochando muchísima energía al usarla, tampoco era capaz de extender mi aura demasiado lejos. No podía sentir más allá de esta habitación y me veía completamente incapaz incluso de abordar todo el gimnasio entero. Me estaba resultando tremendamente difícil. Pawurs, cansado de ir a por comida, enviaba al cuervo Mariano a por ella, incluso a veces le pegaba un manotazo para hacerlo desaparecer y al rato aparecía el pajarraco por las escaleras con bolsas de comida, sobre todo kebabs. Estaba obsesionado con ese tipo de comida y yo lo único que hacía era abrirlos para comerme la lechuga, la cebolla y el tomate que había dentro. Cada vez que hacía eso Pawurs me gritaba y se ofendía profundamente y a lo mejor estábamos sin hablarnos durante un tiempo, pero en cuanto se le acababa el enfado era como si nada de eso hubiera ocurrido y me contaba alguna anécdota estúpida y graciosa.
Aunque realmente la realidad era muy distinta, la mayoría del tiempo lo único de lo que me podía alimentar era de kiwis, estaba harto de kiwis ya me habría comido por lo menos media tonelada de ellos, y aunque al principio me encantaban, los estaba empezando a aborrecer. Pawurs me iba poniendo pruebas cada vez más complicadas, ahora tenía que decirle cuántas hormigas había en las escaleras de la entrada del gimnasio.
-Veintiuno. -le dije muy concentrado.
-Muy bien, toma un kiwi. -me felicitó mientras me tendía una de esas frutas diabólicas asquerosas.
-¡Ni hablar! ¡Paso! No quiero más kiwis, qué pesado con los kiwis, parece que te patrocinen o algo.
-Pero vamos a ver ignorante de la vida… -me contestó casi de forma automática Pawurs. -¿Cómo no te van a gustar los kiwis si tienen un montón de vitaminas? A parte, gracias a ellos estás pudiendo desarrollar tus poderes. Ya te digo yo que si no hubieras tomado tantos kiwis nos habríamos tirado aquí un montón de años.
-¡No autorizo! -grité. -No va a entrar un solo kiwi más en mi boca, yo he venido aquí a entrenar, no a ponerme como el kiko. Quiero controlar bien este poder, estoy dándolo todo y lo único que me encuentro es cansado, desmotivado y, en fin, estoy completamente agotado y aquí sigo. Ni se te ocurra darme un solo kiwi más o te juro por dios que… -dije mientras me ponía en pie y retrocedía dos pasos llenos de cólera.
No podía más, estaba perdiendo la cabeza. Llevaba muchísimas más horas de las que sabía contar en una habitación casi a oscuras, comiendo kiwis, hablando con un cuervo que se llamaba Mariano, contando bichos, sintiendo emociones y presencias, discutiendo con Pawurs, comiendo el relleno de los kebabs y perdiendo completamente la cabeza. Era todo demasiado extraño y lo peor de todo es que estaba ocurriendo esto después de que me pegaran la paliza de mi vida.
-¡No autorizo! -grité de nuevo mientras me llevaba las manos a la cabeza y me movía sin control.
-Mariano, ha vuelto a ocurrir. Sabía que tarde o temprano esto volvería a pasar. Demasiada vitamina B-12… -le susurró Pawurs al cuervo Mariano, que asentía con la cabeza todo lo que le decía. -Vale inyéctale esto.
Entonces le dio una jeringuilla, que cogió con su garra derecha, y mientras yo gritaba sin control aprovechó el cuervo para clavarme la aguja en el cuello, cayendo en un profundo sueño casi al instante. En cuanto desperté me encontraba mucho más calmado.
-Bueno qué, ¿preparado para seguir el entrenamiento o te tengo que meter dos bofetones? -me preguntó mi maestro Pawurs mientras me levantaba con torpeza del suelo
-Sí sí… -susurré. Debido a la locura casi no recordaba nada de lo que había ocurrido hasta que caí inconsciente, había un lapso de unos quince minutos que se habían borrado de mi mente. -Oye, ¿qué ha pasado? Lo último que recuerdo es que me diste un kiw…
-¡Nada, nada, nada! -me interrumpió Pawurs. -¿Tú estás contento? -me preguntó.
-Sí, supongo… -le contesté aún más confuso, no entendía la pregunta.
-Pues ya está, coño. A entrenar, que estás haciendo de todo menos entrenar. -me contestó de nuevo mi amigo verde.
Y la verdad es que parecía que aquella siesta de la que me acababa de despertar hizo efecto. Notaba que, aunque me costaba concentrarme, ya podía expandir mi aura sin agotarme tan rápidamente. Era difícil de explicar, pero notaba como si yo fuera un contenedor y la energía que usaba para notar otras presencias fuera como una especie de combustible que se intentaba escapar de mi cuerpo. Era todo muy extraño, esperaba no tener que enseñarle esta habilidad a ninguno de mi tripulación, ya que no era muy bueno explicando nada y menos algo tan místico y etéreo cómo era el haki de observación. Cada minuto que pasaba me encontraba más confiado, no solo en mí propia capacidad, me notaba fuerte, sagaz, en definitiva, una mejor versión de mí mismo. Mucho más preparada para un nuevo mundo, para unas nuevas posibilidades, nuevos enfrentamientos, nuevas amistades, nuevas alianzas y nuevas aventuras. Ahora más que nunca empezaba a creer en mí mismo. Todo este entrenamiento me estaba resultando realmente terapéutico, expandía mi aura, la retenía, la encogía, la volvía a expandir y jugaba con el gasto espiritual que sentía al hacer todo eso. Notaba como me agotaba, cómo me recuperaba, cómo me volvía a agotar e intentaba acostumbrarme a esa sensación, intentaba acostumbrarme a poder manejar con soltura el haki y, sinceramente, era una pasada. Era como haber desbloqueado un superpoder como los de las novelas que me contaba mi padre: “La realidad siempre supera a la ficción”. Esa era una frase que siempre me solía decir, y nunca había tenido tanto sentido como hasta ahora. Estaba en una isla del cielo con gente que era como yo y estaba aprendiendo una habilidad que, por lo visto, todos tenían innata… sólo había que entrenarla.
Hice un esfuerzo final y expandí poco a poco todo lo que pude mi aura. La fui dirigiendo hacia arriba y notaba cómo me iba acercando, de alguna manera, al techo y lo atravesaba. Cruzaba sin pausa, pero sin prisa toda aquella cantidad de hormigón que separaba la parte alta del gimnasio con el suelo de la primera planta, y notaba con intensidad cómo estaba llegando. Una gota de sudor brotó de mi frente y la recorrió hasta llegar al puente de mi nariz, navegó por mi tabique nasal hasta quedar colgando de la punta de la susodicha nariz. Estaba tan cerca… no podía rendirme… ahora mismo a mi alrededor notaba las auras de Pawurs y de Mariano. El cuervo sólo estaba pensando en alimentarse, o al menos notaba como su atención se dirigía a las esquinas más recónditas del gimnasio, pero a Pawurs se le notaba emocionado y algo tenso.
-Estoy muy cerca… -me decía a mí mismo en pensamientos. -Ya casi lo consigo, lo presiento… -me repetía dentro de mi cabeza mientras expandía aún más mi aura, llegando casi al límite. Sólo un poco más y ya dominaría este poder, estaba seguro. Seguí expandiendo mi ser, intentando llegar a la habitación de arriba. Tras mucho esfuerzo lo conseguí, ya estaba ahí así que abrí los ojos de golpe.
-¡Ya lo tengo! -grité mientras me ponía en pie de un salto y alzaba los brazos emocionado. Pawurs abrió los ojos también, pero no se puso en pie, a la espera de mi respuesta, simplemente me miró serio.
-A ver, dime. Y no te lo inventes o lo sabré.
-No hay absolutamente nadie… ¡NADIE! -grité emocionado.
Entonces el cuervo se puso aplaudir con sus ridículas alitas y a reír con esa voz tan terrorífica que tenía. Pawurs se puso en pie, se colocó a mi lado, irguió su espalda y me comenzó a pegar palmadas en ella. Estaba sonriente y notaba su felicidad.
-Bueno, ¡creo que ya lo tienes! -me dijo. -Qué buen profesor que soy, ¿a que sí? Toma anda, un kiwi. -comentó mientras me tendía esa apestosa fruta.
-Que pesado con el kiwi, ¡que no pienso comerme ninguno más! -grité cabreado mientras le pegaba un manotazo, lanzándolo volando.
-¡CÁLLA Y DÉJAME HABLAR! ¡Que te lo comas coño! -me contestó a gritos mientras me agarraba y me forzaba a comerme aquel kiwi.
Y tras una desagradable pelea en la que acabé llorando, así es cómo aprendí a usar el haki de observación.
![[Imagen: fqQSUZC.png]](https://i.imgur.com/fqQSUZC.png)
