08-07-2024, 10:58 PM
(Última modificación: 08-07-2024, 11:00 PM por Max D. Bambú.)
Kisuke accedió gustosamente a aquel pequeño sparring improvisado que se acababan de montar los revolucionarios. Al panda no le hacía mucha gracia pelear en el barco, eso sí, porque temía dañarlo severamente con su habitual descontrol en las peleas. El samurai no realizó ningún tipo de movimiento ofensivo aparente, permaneciendo a la defensiva a una distancia de cuatro metros de ambos revolucionarios con la espada desenvainada y sostenida frente a él. Una típica postura defensiva. Por su parte, Zorak se preparó saltando un par de metros hacia atrás y extrayendo de sus bolsillos un par de puños americanos, cada uno de un color, y adoptando una postura de combate curiosa. El panda meditó si debía de ser él el primero en actuar, sin embargo Zorak se le adelantó, realizando un movimiento con su derecha tan veloz que el panda no pudo percibirlo bien. Por la postura de su mano al finalizar el movimiento debía de tratarse de alguna maniobra de ataque con las uñas. Le recordaba ligeramente a su Zarpa Negra. Sin que el panda supiera muy bien qué le había golpeado, sintió un increíble escozor en la parte central de su brazo derecho, por la zona del codo para abajo el cuál empezó a sangrar a borbotones. —¡Qué demonios! —Pero entonces recordó la revelación de Zorak en aquella sala de entrenamiento. Él también era usuario de fruta, por supuesto, y su fruta le permitía crear finos hilos cuyo propósito no había podido apreciar al instante. Sin embargo, estaba más que claro que el potencia ofensivo de aquella paramecia era increíble. Sintió el agarre sobre su brazo. ¿Pretendían hacerle prisionero en aquel combate? Una sonrisa quizás un poco macabra de más se dibujó en el rostro del panda. —No seré prisionero de tus artimañas, Zorak—.
— ¡Zarpa negra!—
El panda tiró de su brazo derecho para sentir la presencia de los hilos que le sujetaban. Evidentemente, como no podía verlos, no sabía cuántos eran y nunca había probado cuán resistentes eran, pero sus zarpas eran fuertes y confiaba en poder cortarlos sin problema. Su ataque fue dirigido a la nada justo delante de su brazo, entre él y Zorak. Los hilos estaban concentrados ahí, y aunque el panda sólo podía intuir esto último, iban dirigidos a la mano de Zorak, de la que aparentemente surgieron. Su zarpa izquierda atravesó los hilos como si estuvieran hechos de mantequilla y el agarre finalizó con aquella acción. Don Bambú todavía sangraba, por supuesto, eso no tenía remedio por el momento. Lo más urgente era llevar el combate a un terreno más a su favor. Flexionó sus piernas y aplicó todas sus fuerzas en un potente salto hacia el puerto donde estaba amarrado el barco, en total alejándose quince metros del barco y aterrizando estruendosamente en la piedra de la que estaba construido. Desde el punto en el que el panda había saltado el suelo del barco empezó a ondear como si de arcilla se tratase, alterando todo el área del navío en el que sus compañeros revolucionarios se encontraban. Evidentemente ahora tenía que atraer a sus compañeros, porque si no menuda pelea se estaría marcando. —¡No quiero destruir el barco con mis habilidades! —Aquello, supuso, sería justificación suficiente.
— ¡Zarpa negra!—
El panda tiró de su brazo derecho para sentir la presencia de los hilos que le sujetaban. Evidentemente, como no podía verlos, no sabía cuántos eran y nunca había probado cuán resistentes eran, pero sus zarpas eran fuertes y confiaba en poder cortarlos sin problema. Su ataque fue dirigido a la nada justo delante de su brazo, entre él y Zorak. Los hilos estaban concentrados ahí, y aunque el panda sólo podía intuir esto último, iban dirigidos a la mano de Zorak, de la que aparentemente surgieron. Su zarpa izquierda atravesó los hilos como si estuvieran hechos de mantequilla y el agarre finalizó con aquella acción. Don Bambú todavía sangraba, por supuesto, eso no tenía remedio por el momento. Lo más urgente era llevar el combate a un terreno más a su favor. Flexionó sus piernas y aplicó todas sus fuerzas en un potente salto hacia el puerto donde estaba amarrado el barco, en total alejándose quince metros del barco y aterrizando estruendosamente en la piedra de la que estaba construido. Desde el punto en el que el panda había saltado el suelo del barco empezó a ondear como si de arcilla se tratase, alterando todo el área del navío en el que sus compañeros revolucionarios se encontraban. Evidentemente ahora tenía que atraer a sus compañeros, porque si no menuda pelea se estaría marcando. —¡No quiero destruir el barco con mis habilidades! —Aquello, supuso, sería justificación suficiente.
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