23-07-2024, 04:41 PM
(Última modificación: 23-07-2024, 04:46 PM por Jolyne Jones.)
Yo me sentía espléndida y todo fluía con la naturalidad del río, o al menos así era hasta que Triana decidía abrir la boca. Aquel marine se presentó como Joe Joestar, y aunque confirmé que ese nombre ya lo había escuchado con anterioridad, por fin le ponía voz y cara personalmente. Aunque al principio me areció extraño que se refiriera a mí como "patatas", pensé que tal vez era común entre los suyos lo de ponerse apodos. - ¿Cómo va eso, patatas? ¿Otra vez haciendo de las tuyas? - fantaseé por un momento. Quedaba bastante bien, tenía que decir. El problema era que, ni con esas, el marine consiguió despertar la simpatía de Triana, quien no solo rechazó participar en el pulso, sino que también negó la existencia de la bestia y advirtió que el resto de los marines vendrían a por nosotras para después pedirse otra ronda como si nada.
Tragué saliva. ¿Es que pretendía que nos quedáramos allí a esperar la llegada de más de los suyos? Y luego la loca demente era yo. Por suerte, Joe parecía tranquilo y nos confesó que nadie sabía que estaba en la ciudad. Claro que podría tratarse de una trampa para que nos confiáramos, pero el marine seguía demasiado interesado en mi historia y, para alguien que me prestaba atención, no podía ignorarle. Por algo yo me sentía magnética en esa taberna tan extraña.
Rechazando el alcohol de Triana, él se pidió un té y unas patatas mientras me miraba fijamente con unos ojos verdes como el pasto. Cualquiera podría perderse ahí soñando con unos campos llenos de vacas, caballos brincando o cerdos revolcándose en un charco de barro cualquier día de verano. Pero mis ensoñaciones se vieron interrumpidas cuando se dirigió a mí de nuevo. Me dijo que, aunque Triana no me creyera, él podía escucharme y ayudarme si fuera necesario. No todos los días se veía a un marine tan dispuesto a charlar como si nada. O realmente se trataba de una treta, o era más raro que un perro verde. En cualquier caso, ya no había vuelta atrás desde el momento en el que me dijo que le contara más si lo veía necesario.
- ¿Acaso la cabra no se tumba bajo la sombra del árbol? - afirmé con rotundidad después de que le ofreciera a Triana algo para fumar. Había algo en él que no era igual, aunque los marines fueran unos brutos y unos patanes, este parecía de lo más simpático. Carraspeé para aclararme la garganta y continué hablando. - Bien. Pos como iba diciendo, creo que estamos ante la presencia de un Pie Grande - dije rumiando de nuevo la hoja de mi boca. - No sé si has oído hablar de ellos, Joe. Son criaturas peludas y parecidas a los monos pero del tamaño de un oso que viven en los bosques. Podrían haber salido todos juntos a plagar la zona. A mí me cuadra bastante - me acomodé en el respaldo de la silla. Para mi desgracia, solo se trataba de una historia que contaban en el pueblo para asustar a los muchachos más rebeldes. Pero tal vez Joe pudiera arrojar algo de luz con su supuesta experiencia en estas cosas o lo que sea que hicieran los marines por ahí. - ¿Y tú qué opinas? ¿Has visto algo así? ¿Crees que puedes enfrentarte a él? Esperaba con impaciencia su respuesta. - Puede que a Triana no le importe, pero me pregunto cuál es la bestia más fuerte contra la que te has enfrentado.
Estábamos jugando con fuego al quedarnos en aquel lugar hablando tan tranquilamente con el marine. Si la espadachina tenía razón, podríamos encontrarnos rodeadas en un abrir y cerrar de ojos mientras ella les esperaba sentada y bebiendo. Esperaba que no fuera así, pero hasta entonces, no había nada de malo en charlar un poco. Un caramelito nunca amargaba a nadie, ¿no?
Tragué saliva. ¿Es que pretendía que nos quedáramos allí a esperar la llegada de más de los suyos? Y luego la loca demente era yo. Por suerte, Joe parecía tranquilo y nos confesó que nadie sabía que estaba en la ciudad. Claro que podría tratarse de una trampa para que nos confiáramos, pero el marine seguía demasiado interesado en mi historia y, para alguien que me prestaba atención, no podía ignorarle. Por algo yo me sentía magnética en esa taberna tan extraña.
Rechazando el alcohol de Triana, él se pidió un té y unas patatas mientras me miraba fijamente con unos ojos verdes como el pasto. Cualquiera podría perderse ahí soñando con unos campos llenos de vacas, caballos brincando o cerdos revolcándose en un charco de barro cualquier día de verano. Pero mis ensoñaciones se vieron interrumpidas cuando se dirigió a mí de nuevo. Me dijo que, aunque Triana no me creyera, él podía escucharme y ayudarme si fuera necesario. No todos los días se veía a un marine tan dispuesto a charlar como si nada. O realmente se trataba de una treta, o era más raro que un perro verde. En cualquier caso, ya no había vuelta atrás desde el momento en el que me dijo que le contara más si lo veía necesario.
- ¿Acaso la cabra no se tumba bajo la sombra del árbol? - afirmé con rotundidad después de que le ofreciera a Triana algo para fumar. Había algo en él que no era igual, aunque los marines fueran unos brutos y unos patanes, este parecía de lo más simpático. Carraspeé para aclararme la garganta y continué hablando. - Bien. Pos como iba diciendo, creo que estamos ante la presencia de un Pie Grande - dije rumiando de nuevo la hoja de mi boca. - No sé si has oído hablar de ellos, Joe. Son criaturas peludas y parecidas a los monos pero del tamaño de un oso que viven en los bosques. Podrían haber salido todos juntos a plagar la zona. A mí me cuadra bastante - me acomodé en el respaldo de la silla. Para mi desgracia, solo se trataba de una historia que contaban en el pueblo para asustar a los muchachos más rebeldes. Pero tal vez Joe pudiera arrojar algo de luz con su supuesta experiencia en estas cosas o lo que sea que hicieran los marines por ahí. - ¿Y tú qué opinas? ¿Has visto algo así? ¿Crees que puedes enfrentarte a él? Esperaba con impaciencia su respuesta. - Puede que a Triana no le importe, pero me pregunto cuál es la bestia más fuerte contra la que te has enfrentado.
Estábamos jugando con fuego al quedarnos en aquel lugar hablando tan tranquilamente con el marine. Si la espadachina tenía razón, podríamos encontrarnos rodeadas en un abrir y cerrar de ojos mientras ella les esperaba sentada y bebiendo. Esperaba que no fuera así, pero hasta entonces, no había nada de malo en charlar un poco. Un caramelito nunca amargaba a nadie, ¿no?
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