Es cierto que soy un hombre de acción, pero antes que eso, soy un hombre de fé y costumbres. Eso va por encima de cualquier batalla, mi sagrado camino para alcanzar la iluminación de Horus y propagar su enseñanzas. Por eso, cuando un tercero jura o promete por alguien ajeno a mi religión, se me activan las señales homicidas. Puedo tolerar hacer excepciones en casos de familiares o causas nobles como la conquista o la matanza. Pero cuando alguien hace su voluntad en nombre de falacias o falsos dioses... Ahí sí me hirebe la sangre.
Detengo mi gancho demoledor para entender lo que acaba de suceder. ¿Quién es esa tal Dana? ¿Acaso nos hemos topado con un oso polar en una playa, agresivo, con gabardina, que habla... ¡Y que encima adora a falsos dioses? Tengo que averiguar este capricho de Horus y purgar a esta criatura en caso de ser necesario. Estoy cada vez más ofuscado, en mis pensamientos cada vez más negativo y heréticos. Ashura aprovecha esto para recolocarse a mi lado, y el oso para alejarse del área de muerte absoluta que generamos cuando la dupla diabólica está junta. Mientras esto sucede mis músculos empiezan a aumentar, mientras se genera un sonido de fluido espeso que nace desde mi interior. Las venas empiezan a marcarse, sobretodo en los hombros y los brazos, que se ven más desarrollados de lo común. La seriedad pasa a ser irá, con un rostro imbuido en furia sagrada mientras aprieto los dientes unos contra otros. -Sentiras los Poderes Ruinosos de nuestro señor...- susurro mientras las filas de dientes chirrían al frotarse.
El oso, sin embargo, no duda en volver al ataque. Es valiente, pero insensato. En lo que este se abalanza de frente a por mí, probablemente resentido de la toña que le he metido antes, se dispone a tanquear todo mi golpe de cara. Con los brazos abiertos para agarrarme y con el pecho completamente descubierto, espero el momento oportuno para lanzar mi brazo con toda potencia contra el plexo solar. El golpe, en vez de acabar en un puño, como debería ser en un Birkaniano normal, acaba en una filosa estaca blanca, que atraviesa carne y hueso, hundiéndose con firmeza. Del hueso supura sangre, pero también un fluido viscoso y blanquecino que burbujea y te deja irremediablemente enganchado a mi mano. -Mal intento, criatura. Ya van dos ataques sin mediar palabra.¡Siente la Mano de Hierro del Emperador!- extiendo mi mano libre, la derecha, en horizontal entre Ashura y la presa, pues quería que resolviera mi pregunta antes de que fuera ejecutado. Entonces me dirijo al oso y le dedico una mirada seria. -¿Quién es esa Dana por la que has jurado? Responde o muere.-
Detengo mi gancho demoledor para entender lo que acaba de suceder. ¿Quién es esa tal Dana? ¿Acaso nos hemos topado con un oso polar en una playa, agresivo, con gabardina, que habla... ¡Y que encima adora a falsos dioses? Tengo que averiguar este capricho de Horus y purgar a esta criatura en caso de ser necesario. Estoy cada vez más ofuscado, en mis pensamientos cada vez más negativo y heréticos. Ashura aprovecha esto para recolocarse a mi lado, y el oso para alejarse del área de muerte absoluta que generamos cuando la dupla diabólica está junta. Mientras esto sucede mis músculos empiezan a aumentar, mientras se genera un sonido de fluido espeso que nace desde mi interior. Las venas empiezan a marcarse, sobretodo en los hombros y los brazos, que se ven más desarrollados de lo común. La seriedad pasa a ser irá, con un rostro imbuido en furia sagrada mientras aprieto los dientes unos contra otros. -Sentiras los Poderes Ruinosos de nuestro señor...- susurro mientras las filas de dientes chirrían al frotarse.
El oso, sin embargo, no duda en volver al ataque. Es valiente, pero insensato. En lo que este se abalanza de frente a por mí, probablemente resentido de la toña que le he metido antes, se dispone a tanquear todo mi golpe de cara. Con los brazos abiertos para agarrarme y con el pecho completamente descubierto, espero el momento oportuno para lanzar mi brazo con toda potencia contra el plexo solar. El golpe, en vez de acabar en un puño, como debería ser en un Birkaniano normal, acaba en una filosa estaca blanca, que atraviesa carne y hueso, hundiéndose con firmeza. Del hueso supura sangre, pero también un fluido viscoso y blanquecino que burbujea y te deja irremediablemente enganchado a mi mano. -Mal intento, criatura. Ya van dos ataques sin mediar palabra.¡Siente la Mano de Hierro del Emperador!- extiendo mi mano libre, la derecha, en horizontal entre Ashura y la presa, pues quería que resolviera mi pregunta antes de que fuera ejecutado. Entonces me dirijo al oso y le dedico una mirada seria. -¿Quién es esa Dana por la que has jurado? Responde o muere.-
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