01-08-2024, 02:14 AM
Una actuación espectacular, dos enamorados... y un espectador extra que sobraba. Sí, era una declaración cruel, pero era lo que sentía cuando me acerqué a él, deseando volver a sentir su piel contra la mía. ¿Tal vez tenía un problema? No, yo no tenía problemas, los demás eran el problema, nunca yo, que por algo era perfecta. En cuanto la actuación y el baile terminaron, no pude refrenar el deseo de acercarme a él, un deseo que, al parecer, era mutuo, pues nos atraímos el uno al otro como polillas a la luz. Jadeando frente a frente, la tensión sexual era palpable, lanzándome a mordisquear el labio de Garnet cuando él terminó de reír ante mi comentario, seguido de un beso mientras nos acariciábamos mutuamente. "Ah... Sus besos son mi cuna y mi tumba", pensé durante el beso, por la mezcla de emociones que sentía. Se combinaban una placentera sensación de tranquilidad y comodidad, como la que ofrece un hogar, y, a la vez, la sensación de que en cualquier momento iba a estallar en mil pedazos y moriría. Una muerte que, por cierto, habría sido completamente satisfactoria. En resumen, sus labios eran mi refugio, mi hogar y mi perdición.
Por suerte, o más bien por desgracia, fui capaz de contenerme por respeto a mi amigo, separándome de él tras unos intensos momentos, lanzando un casi inaudible suspiro por tener que interrumpirnos. Tras aquello, me distancié un paso, a la vez que Garnet tosía diciendo que había estado increíble para después mirarnos al hombretón y a mí, diciendo que nuestro baile había sido alucinante.
—Shshshsh. Los movimientos prohibidos de Okaliva sin duda merecen el nombre que tienen, ¿sabes? —contesté entre risas, guiñándole un ojo a mi amigo.
Y bueno que si lo merecían. Por supuesto, yo sabía bailar, era algo básico para una mujer como yo, pero lo que hacía Okaliva estaba a otro nivel, era todo un maestro. Garnet me alabó, diciendo que no tenía ni idea de que yo era capaz de bailar así, lo cual me hizo levantar la barbilla orgullosa.
—Por supuesto que puedo, ¿acaso no lo has notado ya en la cama? —pregunté con retórica cruzándome de brazos y alzando una ceja de forma pícara.
Añadió, entonces, ruborizándose al hacerlo, que solo de verme le habían entrado aún más ganas de tener sexo conmigo, y que de no ser por Okaliva lo hubiésemos hecho ahí mismo. Me mordí el labio, con más fuerza de la que esperaba, tanta que casi me hice daño, al escuchar su comentario, y, tras dedicarle una mirada llena de lujuria, me di la vuelta y comencé a andar algunos pasos, intentando sacudirme los pensamientos que invadían mi cabeza. Pero no era el lugar, no de nuevo, y así se lo hizo saber el minino a nuestro acompañante, que agradeció entre risas que nos contuviésemos. Volví a girarme hacia ellos, ciertamente impaciente, dando pequeños toques con el pie en el suelo mientras ambos hablaban sobre baile. Al parecer el gatito quería aprender a bailar de aquella forma, lo cual me parecía bien, pues me hubiese encantado tener un baile como ese con él. Solo de imaginarlo… “Joder, Iki, por favor, deja ya de pensar en sexo.”, me dije a mí misma sacudiendo la cabeza. De alguna forma, ese gato me tenía totalmente revolucionadas las hormonas, además del corazón.
Tras quedar en que se verían en otro momento, mi novio felino vino hasta ponerse frente a mí, diciéndome que tenía una habitación que enseñarle, acercándose peligrosamente hasta susurrarme al oído haciendo referencia a la cama. Esos susurros me mataban, haciendo que me estremeciese levemente sintiendo un escalofrío recorrer mi cuerpo. Lo observé, algo inquieta, mientras se mordía el labio y me extendía la mano: el gatito estaba listo para servirme y que le llevase a la habitación. La inquietud, era obvio de dónde provenía, estaba ya que no podía más de las ganas que le tenía. Tomé su mano y lo atraje hacia mí, lamiendo su mejilla.
—Buen chico. Ahora acompáñame hasta nuestro nidito de amor. —susurré para después morder suavemente el lóbulo de su oreja.
De la mano, lo llevé hacia la puerta principal de la tienda, girando un momento para despedirme de Okaliva, aunque de forma apresurada.
—Eres el mejor, ¿sabes? —declaré a la vez que le dedicaba una sonrisa a mi amigo— Nos vemos pronto, y gracias por todo, de verdad.
Okaliva sonrió en silencio, cruzándose de brazos y despidiéndose con la mano. Miré de nuevo al gatito, asintiendo y con felicidad en el rostro, estaba dispuesta a llevarlo de una maldita vez a mi habitación para, al fin, dar rienda suelta a todo cuanto deseaba. Así pues, tome el pomo de la puerta y lo giré, haciendo sonar la campanilla y arrastrándolo conmigo a las calles de la ciudad. No me había dado cuenta de cuanto rato había pasado, pero al parecer ya estaba anocheciendo. Aun así, las calles estaban repletas de personas que iban y venían, era una ciudad bastante nocturna a decir verdad. Caminé sin decir una palabra, centrada en llegar a la posada de Beaufleur, me conocía el camino de memoria, lo había recorrido incontables veces con ella para ir a ver a Okaliva. Así pues, giré en varias esquinas, atravesando algunos callejones que separaban las calles centrales de la localidad, acariciando la mano del minino mientras lo hacía.
—No queda mucho, enseguida llegamos, amor. Me conozco el camino como la palma de mi mano. Shshshsh. —comenté mirándolo sonriente cuando llevábamos varios minutos andando.
Tras torcer algunas calles más, solté su mano y me giré hacia él, juntando las manos por delante y mostrando los dientes en una radiante e ilusionada sonrisa.
—¡Hemos llegado! —anuncié elevando una mano hacia un lado, mostrándole el edificio.
Giré la cabeza para divisar la entrada, pero mi sonrisa se tornó en una mueca de confusión cuando lo que vi, en lugar de ser la espectacular entrada rosada a la posada, era en su lugar un descampado en el que había una pila de escombros y chatarra oxidada. Arrugué la nariz y me quedé boquiabierta, mirando de un lado al otro de la calle. Estábamos en una zona poco concurrida, con la mayoría de los edificios que se notaba que eran más antiguos y algo más descuidados que los de la zona central. Incluso la farola que nos iluminaba, encendida ahora que comenzaba a caer la noche, estaba parpadeando.
—¿Dónde akumas estamos? —pregunté absolutamente atónita y con los ojos abiertos como platos— ¡Joder! ¡Ostia puta! ¡Mierda! —vociferé golpeando con el pie el suelo y levantando un puño al aire levantando la voz al cielo— ¡Primero bosques migratorios y ahora inmuebles nómadas! ¡Odio el Grand Line! Desde que pones un pie en él, resulta que las cosas se mueven. ¿Lo sabías? —pregunté completamente enfurruñada, hinchando los mofletes y cruzándome de brazos mirando a un lado— Pues sí, al parecer en este maldito océano hay sitios que se mueven, y parece que soy especialista en toparme con ellos.
Exhalé un fuerte suspiro de frustración, lo último que quería en ese momento era perder más tiempo. Solo quería llegar a la habitación con el minino para arrancarle la ropa y hacerlo mío de nuevo.
—Maldita sea, de verdad… Siempre me pasa lo mismo, y eso que la posada de Beaufleur no quedaba lejos… Estos mares son de lo peor, ¿sabes? —añadí ahora algo entristecida, poniendo ojitos de cordero degollado al minino.
Por suerte, o más bien por desgracia, fui capaz de contenerme por respeto a mi amigo, separándome de él tras unos intensos momentos, lanzando un casi inaudible suspiro por tener que interrumpirnos. Tras aquello, me distancié un paso, a la vez que Garnet tosía diciendo que había estado increíble para después mirarnos al hombretón y a mí, diciendo que nuestro baile había sido alucinante.
—Shshshsh. Los movimientos prohibidos de Okaliva sin duda merecen el nombre que tienen, ¿sabes? —contesté entre risas, guiñándole un ojo a mi amigo.
Y bueno que si lo merecían. Por supuesto, yo sabía bailar, era algo básico para una mujer como yo, pero lo que hacía Okaliva estaba a otro nivel, era todo un maestro. Garnet me alabó, diciendo que no tenía ni idea de que yo era capaz de bailar así, lo cual me hizo levantar la barbilla orgullosa.
—Por supuesto que puedo, ¿acaso no lo has notado ya en la cama? —pregunté con retórica cruzándome de brazos y alzando una ceja de forma pícara.
Añadió, entonces, ruborizándose al hacerlo, que solo de verme le habían entrado aún más ganas de tener sexo conmigo, y que de no ser por Okaliva lo hubiésemos hecho ahí mismo. Me mordí el labio, con más fuerza de la que esperaba, tanta que casi me hice daño, al escuchar su comentario, y, tras dedicarle una mirada llena de lujuria, me di la vuelta y comencé a andar algunos pasos, intentando sacudirme los pensamientos que invadían mi cabeza. Pero no era el lugar, no de nuevo, y así se lo hizo saber el minino a nuestro acompañante, que agradeció entre risas que nos contuviésemos. Volví a girarme hacia ellos, ciertamente impaciente, dando pequeños toques con el pie en el suelo mientras ambos hablaban sobre baile. Al parecer el gatito quería aprender a bailar de aquella forma, lo cual me parecía bien, pues me hubiese encantado tener un baile como ese con él. Solo de imaginarlo… “Joder, Iki, por favor, deja ya de pensar en sexo.”, me dije a mí misma sacudiendo la cabeza. De alguna forma, ese gato me tenía totalmente revolucionadas las hormonas, además del corazón.
Tras quedar en que se verían en otro momento, mi novio felino vino hasta ponerse frente a mí, diciéndome que tenía una habitación que enseñarle, acercándose peligrosamente hasta susurrarme al oído haciendo referencia a la cama. Esos susurros me mataban, haciendo que me estremeciese levemente sintiendo un escalofrío recorrer mi cuerpo. Lo observé, algo inquieta, mientras se mordía el labio y me extendía la mano: el gatito estaba listo para servirme y que le llevase a la habitación. La inquietud, era obvio de dónde provenía, estaba ya que no podía más de las ganas que le tenía. Tomé su mano y lo atraje hacia mí, lamiendo su mejilla.
—Buen chico. Ahora acompáñame hasta nuestro nidito de amor. —susurré para después morder suavemente el lóbulo de su oreja.
De la mano, lo llevé hacia la puerta principal de la tienda, girando un momento para despedirme de Okaliva, aunque de forma apresurada.
—Eres el mejor, ¿sabes? —declaré a la vez que le dedicaba una sonrisa a mi amigo— Nos vemos pronto, y gracias por todo, de verdad.
Okaliva sonrió en silencio, cruzándose de brazos y despidiéndose con la mano. Miré de nuevo al gatito, asintiendo y con felicidad en el rostro, estaba dispuesta a llevarlo de una maldita vez a mi habitación para, al fin, dar rienda suelta a todo cuanto deseaba. Así pues, tome el pomo de la puerta y lo giré, haciendo sonar la campanilla y arrastrándolo conmigo a las calles de la ciudad. No me había dado cuenta de cuanto rato había pasado, pero al parecer ya estaba anocheciendo. Aun así, las calles estaban repletas de personas que iban y venían, era una ciudad bastante nocturna a decir verdad. Caminé sin decir una palabra, centrada en llegar a la posada de Beaufleur, me conocía el camino de memoria, lo había recorrido incontables veces con ella para ir a ver a Okaliva. Así pues, giré en varias esquinas, atravesando algunos callejones que separaban las calles centrales de la localidad, acariciando la mano del minino mientras lo hacía.
—No queda mucho, enseguida llegamos, amor. Me conozco el camino como la palma de mi mano. Shshshsh. —comenté mirándolo sonriente cuando llevábamos varios minutos andando.
Tras torcer algunas calles más, solté su mano y me giré hacia él, juntando las manos por delante y mostrando los dientes en una radiante e ilusionada sonrisa.
—¡Hemos llegado! —anuncié elevando una mano hacia un lado, mostrándole el edificio.
Giré la cabeza para divisar la entrada, pero mi sonrisa se tornó en una mueca de confusión cuando lo que vi, en lugar de ser la espectacular entrada rosada a la posada, era en su lugar un descampado en el que había una pila de escombros y chatarra oxidada. Arrugué la nariz y me quedé boquiabierta, mirando de un lado al otro de la calle. Estábamos en una zona poco concurrida, con la mayoría de los edificios que se notaba que eran más antiguos y algo más descuidados que los de la zona central. Incluso la farola que nos iluminaba, encendida ahora que comenzaba a caer la noche, estaba parpadeando.
—¿Dónde akumas estamos? —pregunté absolutamente atónita y con los ojos abiertos como platos— ¡Joder! ¡Ostia puta! ¡Mierda! —vociferé golpeando con el pie el suelo y levantando un puño al aire levantando la voz al cielo— ¡Primero bosques migratorios y ahora inmuebles nómadas! ¡Odio el Grand Line! Desde que pones un pie en él, resulta que las cosas se mueven. ¿Lo sabías? —pregunté completamente enfurruñada, hinchando los mofletes y cruzándome de brazos mirando a un lado— Pues sí, al parecer en este maldito océano hay sitios que se mueven, y parece que soy especialista en toparme con ellos.
Exhalé un fuerte suspiro de frustración, lo último que quería en ese momento era perder más tiempo. Solo quería llegar a la habitación con el minino para arrancarle la ropa y hacerlo mío de nuevo.
—Maldita sea, de verdad… Siempre me pasa lo mismo, y eso que la posada de Beaufleur no quedaba lejos… Estos mares son de lo peor, ¿sabes? —añadí ahora algo entristecida, poniendo ojitos de cordero degollado al minino.
Karmas implicados
