04-08-2024, 07:47 PM
10:30 del día 12 de Verano del año 13
El aire gélido de la mañana golpeaba las mejillas de Gideon sin cesar, gracias a que resistía bastante bien el frío no era algo desagradable. De hecho le gustaba el contraste del calor en su boca al fumar de su cigarrillo y el frío al inspirar que entraba en sus pulmones. El humo se confundía con el vaho y a la skypiean le parecía algo muy bonito y delicado. A veces desearía ser simplemente humo y desvanecerse. Llevaba un par de días un poco peor. Sus amigos la animaban mucho, pero no podía negar que la angustia que se aferraba a su pecho seguía con ella y amenazaba con tragársela entera.
Las noches cada vez se hacían más cuesta arriba y levantarse de la cama era un suplicio. Sabía que Omi lo notaba, porque se esforzaba por hacerla moverse, por aunque sea salir a fumarse el primer cigarrillo del día y ver la luz del sol aunque fuese unos minutos. No quería que sus amigos notasen el cambio que había pegado. No es que tuviese unos altibajos muy marcados, pero el bajonazo había sido notable. Gideon era muy feliz con Suna, Kevin y Omi, pero a veces incluso ellos no eran suficientes para calmar sus pensamientos. Aquellas voces que le repetían una y otra vez que no era suficiente, que volvería a repetirse el incidente del refugio, que no podría proteger a nadie…
Esa mañana se había decidido a no dejar hueco a aquellas palabras tan hirientes que ella misma se dedicaba. Así que, acompañada por Omi, el cual colgaba de su cuello con un abrigo que la propia skypiean había improvisado con un trozo de tela de una de sus bufandas rotas, se dirigió al Pueblo de Bighorn. Había oído días atrás que aquel día se celebraba el mercadillo del pueblo y quizás eso le servía para relajarse un poco. Buscaría entre los puestos algo que traerles a Kevin y a Suna, quería regalarles un detalle por cuidar tanto de su psique. Sus amigos eran los que la mantenían luchando. El recordar las sonrisas de ambos y pensar en su bienestar le hacía continuar hacia delante. Su sueño era ser cineasta por supuesto, pero lo que la mantenía con vida la mayor parte del tiempo eran sus seres queridos, pues sin musas no hay artista.
Gideon tenía una concepción del arte muy suya, muy costumbrista. Su mirada perseguía cada detalle, por absurdo que pareciese, de su día a día junto a su familia. Las carcajadas de Suna, las miradas de confianza de Kevin, las caricias de Omi, el valor de Gwen, el cariño de sus padres, cada expresión, cada palabra era inspiración para Gideon. Había dejado atrás a una familia para encontrar a otra.
Tenía miles de imágenes recogidas en su Den Den Mushi. Las cenas llenas de alegría en la posada, el viaje en barco de los cuatro, la visita a la tienda con Suna, la cara de felicidad de Kevin a la luz del atardecer, e incluso alguna que otra imagen más triste, dura. Habían vivido muchas cosas y el compartir miles de vivencias más junto a ellos le mantenían fuerte. Gideon se resistía a dejarse llevar por sus demonios. Ella era más fuerte y cuando se le olvidaba podía girarse y ver allí, junto a ella, a sus compañeros. Los Piratebusters iban a ser los más grandes del mundo. Lo tenía claro y si no era así, al menos lo serían en su mundo, porque su mundo eran ellos.
Gideon caminaba ensimismada en sus pensamientos hasta que vio por fin el primero de los puestos. Estaba repleto de verduras y frutas, Gideon estaba segura de que todo aquello debía ser importado, pues con aquellas nevadas tan inmensas veía poco probable unos cultivos tan prósperos. Aunque quizás tenían algún tipo de sistema para poder abastecerse ellos mismos. Le picaba la curiosidad, pero no se atrevía a hablar con ninguno de los que llevaban el tenderete. Su ansiedad social era superior a su interés y podía notarlo en el excesivo parpadeo de sus ojos. Después le preguntaría a Kevin, el cual para Gideon era la persona más inteligente del planeta, era su propia enciclopedia andante, o eso pensaba ella.
Dando otra calada a su cigarrillo se giró para apreciar todo el mercadillo. Al verlo desde allí pudo verlo en su máximo esplendor. Era la escena perfecta de un cuento de navidad. La nieve cubriendo las calles, a excepción de los adoquines por los que pasearse y los puestos llenos de pequeñas lucecitas y colores verdes y rojos. Era todo muy especial, para Gideon Drum tenía una magia inigualable. Sacó rápidamente su Den Den visual y grabó una panorámica del lugar, aprovechó para llevarlo en el bolsillo de su chaqueta, sabía que desde esa altura el caracol podría grabar unas buenas tomas y ya se encargaría ella de mejorarlas en caso de ser necesario. Así además, grabaría imágenes directas de los puestos en los que se parase.
Con el cigarrillo entre los labios, fijó la vista de nuevo en los puestos, concentrándose en lo que vendían por allí. Deambuló con tranquilidad y conforme iba pasando iba viendo puestos de comida, vendían una especie de rollitos que olían muchísimo a canela y galletas con formas de pequeños animales. El siguiente tenía accesorios de cuero, podía detectarlo por el olor, había zapatos, bolsos, cinturones… un poco de todo. Pero nada de eso le interesaba como regalo para sus amigos.
Siguió caminando, observando a las familias paseando, todas con sonrisas de oreja a oreja y entonces, por inercia, acarició la cabecita de Omi con la mano con la que no sujetaba su cigarrillo, el nuevo que había sacado segundos antes. El hurón se impulsó con sus patitas y se puso a la altura de la cara de Gideon, le lamió la mejilla y la skypiean soltó una pequeña risa. Su mascota con rapidez se metió en el interior de la chaqueta y se resguardó en el bolsillo interior, seguramente estaba pasando más frío del que reconocería. Gideon encendió el cigarrillo y siguió con su paseo por los puestos, esquivaba a los niños que iban caminando sin mirar por donde iban y sonriendo tímidamente.
Entonces llegó hasta un puesto perfecto para Suna, estaba lleno de joyas las cuales se notaban que eran artesanales. Había cuerdas de cuero con colgantes preciosos atados, pendientes hechos con metales delicados y piedras brillantes, relojes pequeños y enormes, incluso alguna que otra pieza para el pelo. Observó cada una de las piezas expuestas y se fijó en un colgante con forma de reno. El animalito llevaba un sombrero rosa muy gracioso, parecía cristal soplado y Gideon pensó que era perfecto para Suna. Así que no se lo pensó ni un poco, lo cogió y se lo enseñó al dependiente, no dijo ni una sola palabra. Había sido demasiado atreverse a salir sola para comprarles algo a sus compañeros. El dependiente fue amable, no le atosigó.
— ¿Te lo envuelvo? —le preguntó y Gideon asintió —Perfecto, aquí tienes —el muchacho metió el collar en un sobrecito de papel y se lo entregó a la skypiean—. ¡Que tengas un buen día!
Gideon sonrió con timidez mirando hacia abajo y salió pitando del puesto. ¡Qué vergüenza! Tenía que hacer algo con aquella actitud, tenía ya una edad como para no ser capaz ni de dar las gracias. Aunque ella era consciente de que todo esto estaba siendo peor debido a los últimos días que había estado pasando.
Siguió andando, buscando un puesto muy concreto. Por donde pasaba solo veía prendas de abrigo, objetos decorativos para una casa, juguetes para niños, comida y más comida… Era un mercadillo que tenía mucho que ofrecer, pero hasta ese momento Gideon no daba con lo que buscaba. Siguió fumando, sus ojos parpadeando intensamente y de repente lo vio. Era perfecta. En aquel puesto había prendas que para nada se podían usar en aquella isla. Tenía desde pamelas y gafas para el sol, hasta faldas y camisas de manga corta.
Cualquiera se preguntaría por qué Gideon iba buscando ropa de ese estilo y es que ahí sabía que encontraría el regalo perfecto para Kevin. El muchacho iba siempre embutido en uno de sus trajes y, aunque en esta isla con eso y un abrigo iba más que apañado, Gideon se había dado cuenta de que no estaba preparado para el sol. En Whiskey Peak ya lo había pasado lo suficientemente mal. Gideon no tenía ni idea de si alguna de las siguientes islas iba a ser cálida, pero nunca estaba demás prepararle una muda para un clima como ese. Suna y ella estaban más que preparadas para el calor. Así que ojeo todas y cada una de las camisas de la tienda hasta que dio con la que era perfecta para Kevin.
Gideon había encontrado una camisa de manga corta de un tono azul cielo con pequeños detalles de barquitos en un azul un poco más oscuro. Podría ponérsela con uno de sus pantalones de traje y no era algo tan estrafalario como las demás, todas con flores selváticas y colores chillones. Kevin iba a estar divino con aquella camisa y quién sabe, quizás hasta le abría un poco la mente en cuanto a su armario. Gideon pagó la prenda, de nuevo silenciosamente y salió despavorida.
Una vez en la entrada del mercadillo pensó en que aquellos regalos podrían ir seguidos de una comida bien rica en la posada. Lo tenía todo pensado, pararía para hablar con la chica de la posada para que le trajeran a la habitación un par de platos y bebidas para comer y darles los regalos a Suna y Kevin. Omi salió de su escondite y la miró enfurruñado.
— Illo, no me mires así que llevas puesta una bufanda nuevecita eh —Omi no quitaba la expresión de enfado—. Vale, vale, esta noche te pido tu plato favorito, ¿trato hecho?
El pequeño hurón estornudó y a continuación se metió en el cuello de la chaqueta de Gideon, para así estar más calentito. Tenían que tener cuidado, que un Omi enfermo era la criatura más dramática del universo y Gideon no tenía ganas de lidiar con algo así.
— ¿Estás bien? —preguntó susurrando, no quería que la gente que iba pasándole por al lado pensase que les hablaba a ellos. Omi asintió sobre el cuello de la skypiean—. Vale, me daré prisa y pediré una taza de agua caliente para que puedas enroscarte y calentarte.
La skypiean cogió a su amigo y lo metió de nuevo en el bolsillo. Había sido demasiado valiente y se iba a resfriar. Así que una vez teniendo a Omi resguardado, Gideon se dirigió con rapidez a la posada, con la bolsa con los regalos. Se sentía mucho mejor, a pesar de que el peso en su pecho seguía allí. Sin embargo, obligarse a salir y pensar en algo especial para sus amigos le había curado un poquito el alma. La skypiean era una persona que se desvivía por sus seres queridos y, aunque a veces eso podía ser el mayor de sus males, otras era precisamente lo que necesitaba para seguir adelante. Con una sonrisa y el humo llenando sus pulmones siguió su camino, pensando en la bonita familia que tenía y deseando con toda su alma que los regalos le gustasen a ambos.
Llegó a la posada, estaba muy tranquila para ser prácticamente mediodía, lo achacó al mercadillo y la de cosas que se podían conseguir allí. Se acercó a la chica que estaba en la entrada y pidió, esta vez con tranquilidad, los platos, pues ya conocía a la muchacha de unas cuantas semanas. Además, había sido siempre muy simpática con ella. Aprovechó para llevarse directamente la taza de agua caliente y se encaminó a su habitación subiendo las escaleras con prisa, tenía tantas ganas de ver a Suna y a Kevin que subía los escalones de tres en tres. Cuando llegó a la habitación y les encontró sentados cada uno en sus respectivas camas liados en sus asuntos, no pudo evitar sonreír.
— ¡Os traigo una cosita chicos!
INFO
