11-08-2024, 01:12 PM
Había pasado varias horas en aquella playa y me había dormido. El sol no sería un problema, pues mi pelaje me protegía de las molestas quemaduras de las que se quejaban los distintos marineros que había conocido durante estos casi treinta años de vida dedicados en su mayoría a viajar y conocer un mundo que, ahora, deseaba ver destruido. De repente, algo fresco humedeció mis pies, libres de sus zapatos desde que había decidido refrescarlos en las olas rotas con espuma blanca de las claras aguas de aquella isla desierta. La marea había subido y me mojaba, sacándome de mi ligero sueño. Abrí los ojos despacio, comprobando que el sol se había empezado a esconder tras los árboles a mi espalda, dejando una luna en cuarto creciente delante de mi, pero como de costumbre, y por precaución no la vi. Temía convertirme en la forma Sulong, ya que aún no había alcanzado la suficiente técnica para ser consciente de mis actos durante aquel estado de energía desbocada. Era el momento de ponerse a entrenar. Eché los pies mojados por el agua del mar hacia mi cabeza hasta que una gota cayó en mi frente y me impulsé fuertemente para levantarme de un salto, al tiempo que me ayudaba con las manos. Una vez de pie, me metí al agua hasta los gemelos y empecé a correr todo lo que podía por la playa. Cada vez hacía menos calor y el agua, pese a debilitarme ligeramente por haber comido la Noro Noro no mi hace algún tiempo, me refrescaba y me daba la mitad de energía que me quitaba. Era un gran esfuerzo, pero seguí corriendo hasta que no pude más y salí arrastrándome del agua. Necesitaba un bocado. Era hora de adentrarme en la jungla de nuevo para cazar algún delicioso animal. Pero algo a lo lejos llamó mi atención. Una embarcación, desde luego no la mía estaba en la orilla. Alguien más había arribado a aquellas costas y eso significaba compañía. Estaba seguro de que fuese quien fuese sería algo más fuerte que los animalillos que habitaban allí, y eso significaba diversión. El plan estaba claro. No mediar palabra. Atacar y matar a los propietarios de aquel barco, robárselo y zarpar del vergel que me había encontrado. Ya estaba bien de vacaciones. Era hora de trabajar de nuevo en mi sueño de encontrar a los Shogun Gari. Demasiado tiempo había pasado en las islas donde había atracado y seguro que aquellos fabulosos bucaneros ya me habían vuelto a sacar ventaja. No me podía retrasar más.
Me adentré en el bosque para cazar. Al fin y al cabo, no se puede pelear con el estómago vacío. La isla era más grande de lo que pensaba y quizá el pobre diablo que había atracado allí había estado el mismo tiempo que yo, pero no nos habíamos cruzado por los caprichos de Urtike, el dios de los caminos y el destino. Poco sabía sobre mitología, pero ese pensamiento me inundó la cabeza con fuerza. Sonreí y caminé hacia el interior de la selva, buscando alguna presa digna de un gran bocado. Finalmente, un tigre gigantesco apareció entre los árboles. Antes de que el felino pudiera reaccionar, extendí ambos brazos hacia él, lanzando un rayo Norama que impactó de lleno mientras se ponía en posición de ataque. Me acerqué despacio al gigantesco gato a rallas y le acaricié la cabeza. - Buen mínimo. Ahora serás mi comida. Muchas gracias. - Mi voz tranquila y profunda hizo que los ojos de aquel animal reflejaran miedo y ansiedad. Me encaramé al lomo del tigre y empecé a propinar golpes al tigre hasta calcular que las vértebras cervicales de aquel bicho se habrían hecho puré y bajé de él. No me quedé quieto. No había tiempo que perder. Tenía que buscar una hoguera para cocinar ligeramente mi presa. Chocando dos piedras entre sí, conseguí afilar una de ellas y con ella, la que luego usaría para despellejar al tigre y cortarlo para hacer bocados más fáciles, afilé una rama para usarla a modo de brocheta. El tigre seguía mirándome con pavor, como si no entendiese nada de lo que estaba pasando. Hice una hoguera delante de él y me senté en el suelo. Solo restaba esperar para poder cocinarlo y comer.
Me adentré en el bosque para cazar. Al fin y al cabo, no se puede pelear con el estómago vacío. La isla era más grande de lo que pensaba y quizá el pobre diablo que había atracado allí había estado el mismo tiempo que yo, pero no nos habíamos cruzado por los caprichos de Urtike, el dios de los caminos y el destino. Poco sabía sobre mitología, pero ese pensamiento me inundó la cabeza con fuerza. Sonreí y caminé hacia el interior de la selva, buscando alguna presa digna de un gran bocado. Finalmente, un tigre gigantesco apareció entre los árboles. Antes de que el felino pudiera reaccionar, extendí ambos brazos hacia él, lanzando un rayo Norama que impactó de lleno mientras se ponía en posición de ataque. Me acerqué despacio al gigantesco gato a rallas y le acaricié la cabeza. - Buen mínimo. Ahora serás mi comida. Muchas gracias. - Mi voz tranquila y profunda hizo que los ojos de aquel animal reflejaran miedo y ansiedad. Me encaramé al lomo del tigre y empecé a propinar golpes al tigre hasta calcular que las vértebras cervicales de aquel bicho se habrían hecho puré y bajé de él. No me quedé quieto. No había tiempo que perder. Tenía que buscar una hoguera para cocinar ligeramente mi presa. Chocando dos piedras entre sí, conseguí afilar una de ellas y con ella, la que luego usaría para despellejar al tigre y cortarlo para hacer bocados más fáciles, afilé una rama para usarla a modo de brocheta. El tigre seguía mirándome con pavor, como si no entendiese nada de lo que estaba pasando. Hice una hoguera delante de él y me senté en el suelo. Solo restaba esperar para poder cocinarlo y comer.
