22-08-2024, 01:21 AM
Leyenda
Hay situaciones en las que parece que el destino ha decidido que vas a darte de bruces contra la puerta al llegar a casa. Puede que sea cosa del destino, o puede que sea a causa de no haber abierto la puerta antes de intentar entrar. Aunque hay días en los que en vez de darte de bruces contra la puerta te pegan un espadazo en el pecho y otro en el estómago. Definitivamente, hoy era uno de esos días, y no me había dado contra ninguna puerta. Y seguramente no había sido el destino el que había hecho que tomara la maravillosa idea de saltar como un pollo sin cabeza hacia la mole que tenía delante, idea que me había valido dos espadazos bien bonitos. Mamá me había enseñado a ver el lado bueno de las cosas, y la verdad era que si tenía algo de frío en aquella paradisíaca playa, con un radiante sol y una cálida brisa, ya no iba a tener que preocuparme más, pues la herida de mi estómago hacía que todo mi cuerpo ardiera. Mi corazón latía con más fuerza que nunca y en mi cara seguía dibujada una ancha sonrisa.
Mi cabeza daba vueltas. Tanto que podía sentir los latidos de mi corazón en mis oídos. POM POM... POM POM... Cogí aire lentamente y lo solté, sin perder de vista a Ashura, quien seguía demasiado cerca de mí. Parecía estar disfrutando esto como nunca. Cualquiera diría que antes de empezar nuestra pelea parecía estar enfadado y lleno de ira. Volví a coger aire. Mi respiración parecía haberse normalizado - A buenas horas - pensé. Se me había ocurrido una idea realmente prometedora. Necesitaba algo de espacio, pues tener al oni tan cerca, sabiendo que no podía seguirle el ritmo, no era la mejor de las situaciones para mí. Pivoté levemente hacia mi derecha, pues supuse que al moverme más cerca del brazo con el que el oni portaba el arma se le haría más complicado poder golpearme con ella. Me moví lo justo para apartarme de él dos metros más, lo que necesitaba para impulsarme y embestirle con mis cuernos. Imprimí todas las fuerzas que pude en aquel cabezazo, pues era una parte bastante importante de mi plan. Sabía que podía ver mis movimientos perfectamente pero desde tan cerca iba a ser realmente complicado que pudiera esquivar aquel golpe. Ya había metido la pata una vez por actuar impulsivamente. Golpeé con todas mis fuerzas en su pecho, haciendo que mis cuernos atravesaran su piel. Tras la embestida me impulsé con mi pierna izquierda, alejándome nuevamente de mi oponente, como ya había hecho al inicio de la pelea tras el primer intercambio de golpes.
Una vez a una distancia prudencial, de unos dieciséis metros, llevé la mano izquierda a mi cintura. Cogí el mango del látigo, desenrollándolo, de forma que este bailó levemente en el aire antes de tocar la arena - Ahora sí. Comienza el plan - murmuré, emocionada
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