Aquel conejo desapareció de mi vista, desvaneciéndose como un susurro en el viento. Apenas había tenido tiempo de comprender la magnitud de su velocidad, cuando los impactos comenzaron a llover sobre mí, cada uno más feroz que el anterior. Sentía un dolor que penetraba hasta los huesos, pero en el fondo, una oscura satisfacción me invadía: el conejo me reconocía como su adversario digno. El agotamiento se cernía sobre mí, no sólo por los golpes implacables, sino por el titánico esfuerzo de mantener el poder que había surgido de lo más profundo de mi ser. Aun así, no pensaba detenerme. Sentía la fuerza corriendo por mis venas, un torrente incontenible que no dejaría que esta batalla terminara de otra forma que no fuera con mi victoria, sin importar el costo.
Los golpes seguían, implacables, uno tras otro, como relámpagos furiosos que sacudían mi cuerpo y mi alma. Y como relámpagos, me mantenían electrizado, cada chispa intensificaba mi determinación. De repente, el conejo lanzó una patada a mi pierna, usando el impacto para impulsarse con un salto que lo llevó a bailar en el aire. Tobías, con una precisión que solo los vaqueros más temidos poseen, alzó sus manos y pronunció el nombre del ataque con la solemnidad de quien desata el caos. Luego, con una sonrisa torcida, lanzó un desafío: "Veamos cómo bailas sin gravedad."
Sus palabras fueron una orden silenciosa, un llamado a la guerra. Flexioné mis rodillas, y con las llamas de mi espalda rugiendo como un incendio indomable, me lancé hacia delante de un salto para luego ir volando a la velocidad del pensamiento, trazando una línea de fuego a dos metros sobre el suelo. El viento cortaba mi rostro, pero mi objetivo estaba claro. Mi puño izquierdo se cerró con la fuerza de mil tormentas, y cuando estuve lo suficientemente cerca, lo dirigí con toda mi furia hacia su rostro.
La pelea debía terminar, y rápido. Algo en mi interior, un instinto primitivo, me decía que no éramos los únicos en peligro. La tripulación, mi familia, también podía estar bajo amenaza. Esta batalla no era solo mía, y no podía permitir que durara un segundo más de lo necesario.
-¡TIERRA DORADA!
Los golpes seguían, implacables, uno tras otro, como relámpagos furiosos que sacudían mi cuerpo y mi alma. Y como relámpagos, me mantenían electrizado, cada chispa intensificaba mi determinación. De repente, el conejo lanzó una patada a mi pierna, usando el impacto para impulsarse con un salto que lo llevó a bailar en el aire. Tobías, con una precisión que solo los vaqueros más temidos poseen, alzó sus manos y pronunció el nombre del ataque con la solemnidad de quien desata el caos. Luego, con una sonrisa torcida, lanzó un desafío: "Veamos cómo bailas sin gravedad."
Sus palabras fueron una orden silenciosa, un llamado a la guerra. Flexioné mis rodillas, y con las llamas de mi espalda rugiendo como un incendio indomable, me lancé hacia delante de un salto para luego ir volando a la velocidad del pensamiento, trazando una línea de fuego a dos metros sobre el suelo. El viento cortaba mi rostro, pero mi objetivo estaba claro. Mi puño izquierdo se cerró con la fuerza de mil tormentas, y cuando estuve lo suficientemente cerca, lo dirigí con toda mi furia hacia su rostro.
La pelea debía terminar, y rápido. Algo en mi interior, un instinto primitivo, me decía que no éramos los únicos en peligro. La tripulación, mi familia, también podía estar bajo amenaza. Esta batalla no era solo mía, y no podía permitir que durara un segundo más de lo necesario.
-¡TIERRA DORADA!
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