Golpe tras golpe, sentía cómo mis nudillos se hundían en la peluda piel de aquel conejo desquiciado. Cada impacto estaba alimentado por la rabia desbordante que se reflejaba en mi mirada, una furia que no conocía límites. Mi único objetivo: destruir a esa aberración y poner fin a esta locura. Sin embargo, para mi sorpresa, los primeros golpes no alcanzaron el blanco deseado. Sus malditos brazos se alzaron, bloqueando parcialmente el daño que intentaba infligir. Aun así, no cedí ni un poco y continué mi ofensiva. Y entonces, lo inevitable: mi puño estrella, Tierra Dorada, mi mejor golpe, impactó de lleno en su rostro. Los pelos de su hocico se chamuscaron al instante, y el aire se llenó de un característico olor a carne quemada.
El conejo, ese demonio con ojos vacíos y alma podrida, cayó al suelo. No muerto, pero tampoco vivo... de pie, inmóvil, como una estatua en mitad del campo de batalla. Mi pecho ardía, mis pulmones rogaban por aire. Sabía que no me quedaba mucho. El siguiente ataque que lanzara probablemente sería el último, pero la fatiga pesaba como una losa. Entonces, el sonido que rompió el aire: era el disparo de una de las pistolas de Tobias. La bala silbó y falló, pero algo cambió. El maldito conejo ya no se movía. Por un instante, quedé suspendido en el aire, con una terrible duda: ¿Era esto una trampa? ¿Un engaño más? No. El combate había terminado. No sólo para él, para nosotros también.
Descendí lentamente, mis botas rozaron la tierra y lo sentí como si hubiera vuelto del mismísimo infierno. Miré a la criatura inmóvil, pateé su cuerpo, suave, pero con la certeza de que no quedaba nada en él y, en cuanto me cercioré de esto saqueé sus bolsillos quedándome el dinero y sus pertenencias por el disgusto. Estaba muerto. Definitivamente. Levanté la vista y ahí estaba Tobías, su cuerpo destrozado, sentado en el césped, mirándome. Le sonreí, un gesto lleno de alivio y cansancio, y lo vi desplomarse, rendido ante la agotadora verdad de que habíamos sobrevivido. Una batalla terrible. No tenía ni idea de cómo lo habíamos logrado, pero aquí estábamos. De pie, respirando. Un día más, un renacer en medio de la tragedia.
Comencé a caminar hacia Tobias, mientras mis pensamientos giraban en torno a él. Ese tipo no era humano, o al menos no uno común. Había luchado con una fiereza inhumana, soportando heridas que hubieran derribado a cualquiera. Un auténtico guerrero, alguien envidiable. Pero al igual que ese estúpido esqueje en el centro del claro, que se negaba a crecer, todavía nos quedaba mucho por mejorar. Nuestra travesía no había terminado.
Entonces, algo interrumpió mi avance. Delante de mí, sobre el suelo rosado y sangriento, apareció una pequeña fruta de un color vibrante, tan rosa como todo en esta maldita isla. Parecía hecha de pétalos, frágil, pero a la vez... irresistible. Sin saber por qué, me sentí atraído hacia ella. Me agaché, y con las manos aun ardiendo de la pelea, tomé el fruto. Tan pronto lo toqué, comenzó a caramelizarse, eso me hizo pensar que el destino de este fruto se encontraba junto a mi fuego. Sin pensarlo, lo llevé a mi boca y lo tragué de un solo bocado, sin siquiera detenerme a masticar. ¿Por qué lo hice? No lo sabía. Solo lo sentí, como si fuera parte de un destino que se entrelazaba con mi alma. Me senté en el suelo, el peso del mundo descansando en mis hombros, mirando el esqueje que aún no quería crecer, y que, en su fragilidad, parecía reflejar algo profundo, algo que tardaría en revelarse. El combate había terminado, pero dentro de mí, algo nuevo estaba despertando.
El conejo, ese demonio con ojos vacíos y alma podrida, cayó al suelo. No muerto, pero tampoco vivo... de pie, inmóvil, como una estatua en mitad del campo de batalla. Mi pecho ardía, mis pulmones rogaban por aire. Sabía que no me quedaba mucho. El siguiente ataque que lanzara probablemente sería el último, pero la fatiga pesaba como una losa. Entonces, el sonido que rompió el aire: era el disparo de una de las pistolas de Tobias. La bala silbó y falló, pero algo cambió. El maldito conejo ya no se movía. Por un instante, quedé suspendido en el aire, con una terrible duda: ¿Era esto una trampa? ¿Un engaño más? No. El combate había terminado. No sólo para él, para nosotros también.
Descendí lentamente, mis botas rozaron la tierra y lo sentí como si hubiera vuelto del mismísimo infierno. Miré a la criatura inmóvil, pateé su cuerpo, suave, pero con la certeza de que no quedaba nada en él y, en cuanto me cercioré de esto saqueé sus bolsillos quedándome el dinero y sus pertenencias por el disgusto. Estaba muerto. Definitivamente. Levanté la vista y ahí estaba Tobías, su cuerpo destrozado, sentado en el césped, mirándome. Le sonreí, un gesto lleno de alivio y cansancio, y lo vi desplomarse, rendido ante la agotadora verdad de que habíamos sobrevivido. Una batalla terrible. No tenía ni idea de cómo lo habíamos logrado, pero aquí estábamos. De pie, respirando. Un día más, un renacer en medio de la tragedia.
Comencé a caminar hacia Tobias, mientras mis pensamientos giraban en torno a él. Ese tipo no era humano, o al menos no uno común. Había luchado con una fiereza inhumana, soportando heridas que hubieran derribado a cualquiera. Un auténtico guerrero, alguien envidiable. Pero al igual que ese estúpido esqueje en el centro del claro, que se negaba a crecer, todavía nos quedaba mucho por mejorar. Nuestra travesía no había terminado.
Entonces, algo interrumpió mi avance. Delante de mí, sobre el suelo rosado y sangriento, apareció una pequeña fruta de un color vibrante, tan rosa como todo en esta maldita isla. Parecía hecha de pétalos, frágil, pero a la vez... irresistible. Sin saber por qué, me sentí atraído hacia ella. Me agaché, y con las manos aun ardiendo de la pelea, tomé el fruto. Tan pronto lo toqué, comenzó a caramelizarse, eso me hizo pensar que el destino de este fruto se encontraba junto a mi fuego. Sin pensarlo, lo llevé a mi boca y lo tragué de un solo bocado, sin siquiera detenerme a masticar. ¿Por qué lo hice? No lo sabía. Solo lo sentí, como si fuera parte de un destino que se entrelazaba con mi alma. Me senté en el suelo, el peso del mundo descansando en mis hombros, mirando el esqueje que aún no quería crecer, y que, en su fragilidad, parecía reflejar algo profundo, algo que tardaría en revelarse. El combate había terminado, pero dentro de mí, algo nuevo estaba despertando.
Información
![[Imagen: fqQSUZC.png]](https://i.imgur.com/fqQSUZC.png)
- Cronología - Tripulación -
