02-10-2024, 07:09 PM
Ni siquiera sabía donde coño estábamos yendo.
Nuestra llegada a la isla Chisi había sido todo lo tranquila que podría esperarse con un timonel como Sohem y todo lo escabrosa que podría esperarse de un jefe como Sohem. El barco, que había llegado prácticamente ileso a pesar de los desvelos del personal a bordo por casi quemar y reventar la estructura, quedó anclado en la orilla, donde Chloe, Carmilla y Shoto aguardaban mientras Sohem y yo nos aventurábamos en la isla. Aquel lugar parecía lo suficientemente seguro como para que los tres miembros menos experimentados en combate pudieran entrenar y prepararse para los casi seguros peligros que nos encontraríamos de aquí en adelante. Al menos, esa era la idea original, pero como siempre, todo se tuerce.
Salimos a media tarde, con el sol prácticamente cayendo, y aunque el plan era hacer un reconocimiento de la zona. Yo en cabeza y Sohem detrás de mí. Tendríamos que pasar tiempo en la isla hasta que el artefacto de navegación, llamado Logpose, que Sohem portaba para orientar el barco, se cargara completamente hasta poder ir a la siguiente isla. Mientras tanto, esta isla que a priori parecía mucho más llena de vida que la anterior, al menos podría proveernos de víveres, plantas, agua y provisiones varias para el viaje. Quién sabe si habría algún poblado o aldea donde poder investigar, o quizás animales lo suficientemente grandes como para que Sohem calcinara y comiéramos una temporada. Desde luego, después de Báltigo, cualquier hallazgo iba a ser un premio en comparación a la absoluta nada que nos ofreció nuestra anterior ubicación.
Conforme nos fuimos adentrando por el bosque, la maleza cubrió el cielo y perdimos prácticamente la noción del tiempo. Las horas que esperábamos pasar de avanzadilla se alargaron y alargaron, haciendo que cada vez hubiera menos luz. Con el paso del tiempo, lo que al principio eran tímidos rayos de luz que se filtraban por el espeso follaje de los árboles pasaron a ser tenues destellos anaranjados y finalmente la oscuridad absoluta. Las tinieblas se apoderaron del camino, pero para nuestra sorpresa, cerca del camino que seguíamos, se comenzó a llenar de luciérnagas que iluminaban débilmente junto a una serie de plantas bioluminiscentes. Eso permitió que, forzando ligeramente la vista, pudiera andar sin problemas por el sendero que transitábamos, pero que me obligó finalmente a dejar la lectura. — El camino es largo y hay que andarlo… — musitaba mientras escudriñaba las sombras y luces de lado a lado. Conforme avanzábamos, decidí que quizá era una buena idea darle uso a las habilidades de Skypiea: el kenbunshoku haki. Ampliando mi vista exterior, proyecté mi Haki a máximo recorrido para analizar el entorno y poder encontrar cualquier cosa que pudiera haber.
Fue pasado un tiempo, ya totalmente entrada la noche, descubrí a una serie de personas a larga distancia. En cuanto entraron en el radio de acción de mi Kenbunshoku, que debía abarcar casi cuatrocientos metros, frené en seco. — Jefe, hay gente. — dije dirigiéndome a Sohem — Cuatro individuos, cuatrocientos metros a las doce en punto. Tres de ellos fuertes. — continué mientras giraba hacia él — Quizá podríamos… — cuestioné con tono interrogante y asumí que el jefe estaba tan aburrido como yo y que podría ser interesante acercarse a los sujetos. Según nos acercamos, ya apenas a unos quince metros, descubrí que se trataba de tres humanos y un Mink. Uno de los humanos parecía cercado por los otros tres individuos. Estos parecían estar hablando con él en tono molesto, ya que uno de ellos exigía un “respeto” a su compañero. El Mink, que estaba completamente seguro de que era el mismo que había estado en Skypiea junto a los Alas negras, estaba allí, junto a los tres hombres. Aunque no hablé con él, era difícil no reconocerlo. — ¿Reunión de pastores? — dije, saludando al grupo de hombres y minks advirtiendo claramente de nuestra llegada.
Nuestra llegada a la isla Chisi había sido todo lo tranquila que podría esperarse con un timonel como Sohem y todo lo escabrosa que podría esperarse de un jefe como Sohem. El barco, que había llegado prácticamente ileso a pesar de los desvelos del personal a bordo por casi quemar y reventar la estructura, quedó anclado en la orilla, donde Chloe, Carmilla y Shoto aguardaban mientras Sohem y yo nos aventurábamos en la isla. Aquel lugar parecía lo suficientemente seguro como para que los tres miembros menos experimentados en combate pudieran entrenar y prepararse para los casi seguros peligros que nos encontraríamos de aquí en adelante. Al menos, esa era la idea original, pero como siempre, todo se tuerce.
Salimos a media tarde, con el sol prácticamente cayendo, y aunque el plan era hacer un reconocimiento de la zona. Yo en cabeza y Sohem detrás de mí. Tendríamos que pasar tiempo en la isla hasta que el artefacto de navegación, llamado Logpose, que Sohem portaba para orientar el barco, se cargara completamente hasta poder ir a la siguiente isla. Mientras tanto, esta isla que a priori parecía mucho más llena de vida que la anterior, al menos podría proveernos de víveres, plantas, agua y provisiones varias para el viaje. Quién sabe si habría algún poblado o aldea donde poder investigar, o quizás animales lo suficientemente grandes como para que Sohem calcinara y comiéramos una temporada. Desde luego, después de Báltigo, cualquier hallazgo iba a ser un premio en comparación a la absoluta nada que nos ofreció nuestra anterior ubicación.
Conforme nos fuimos adentrando por el bosque, la maleza cubrió el cielo y perdimos prácticamente la noción del tiempo. Las horas que esperábamos pasar de avanzadilla se alargaron y alargaron, haciendo que cada vez hubiera menos luz. Con el paso del tiempo, lo que al principio eran tímidos rayos de luz que se filtraban por el espeso follaje de los árboles pasaron a ser tenues destellos anaranjados y finalmente la oscuridad absoluta. Las tinieblas se apoderaron del camino, pero para nuestra sorpresa, cerca del camino que seguíamos, se comenzó a llenar de luciérnagas que iluminaban débilmente junto a una serie de plantas bioluminiscentes. Eso permitió que, forzando ligeramente la vista, pudiera andar sin problemas por el sendero que transitábamos, pero que me obligó finalmente a dejar la lectura. — El camino es largo y hay que andarlo… — musitaba mientras escudriñaba las sombras y luces de lado a lado. Conforme avanzábamos, decidí que quizá era una buena idea darle uso a las habilidades de Skypiea: el kenbunshoku haki. Ampliando mi vista exterior, proyecté mi Haki a máximo recorrido para analizar el entorno y poder encontrar cualquier cosa que pudiera haber.
Fue pasado un tiempo, ya totalmente entrada la noche, descubrí a una serie de personas a larga distancia. En cuanto entraron en el radio de acción de mi Kenbunshoku, que debía abarcar casi cuatrocientos metros, frené en seco. — Jefe, hay gente. — dije dirigiéndome a Sohem — Cuatro individuos, cuatrocientos metros a las doce en punto. Tres de ellos fuertes. — continué mientras giraba hacia él — Quizá podríamos… — cuestioné con tono interrogante y asumí que el jefe estaba tan aburrido como yo y que podría ser interesante acercarse a los sujetos. Según nos acercamos, ya apenas a unos quince metros, descubrí que se trataba de tres humanos y un Mink. Uno de los humanos parecía cercado por los otros tres individuos. Estos parecían estar hablando con él en tono molesto, ya que uno de ellos exigía un “respeto” a su compañero. El Mink, que estaba completamente seguro de que era el mismo que había estado en Skypiea junto a los Alas negras, estaba allí, junto a los tres hombres. Aunque no hablé con él, era difícil no reconocerlo. — ¿Reunión de pastores? — dije, saludando al grupo de hombres y minks advirtiendo claramente de nuestra llegada.
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