05-10-2024, 01:58 PM
(Última modificación: 05-10-2024, 02:00 PM por Max D. Bambú.
Razón: Meter todos los spoilers en uno
)
Tenían a Peony en el guante. El trabajo que les estaba ofreciendo era la mar de jugoso y a parte de sacarse un dinero más que necesario para las reparaciones de su maltrecho navío se podrían estar granjeando conexiones con una asociación de cierta importancia como podría ser la misteriosa Asociación Centaurea. Sin embargo, la diplomacia a veces era una ciencia que se le escapaba a algunas personas. Zorak no parecía comprender que aparecerle detrás a una persona que no te conoce ni sabe que existes y empezar a hacerle exigencias de aquella índole podía poner en detrimento futuras relaciones comerciales. Había que tener tacto, hombre. La reacción de Peony no fue de agrado precisamente, pero quién podía culpar al pobre y tarado biólogo que se había encontrado con aquellos chiflados revolucionarios. Había tenido mala suerte, el pobre desgraciado. Algo le dijo a su compañero Zorak, pero Don Bambú había dejado de escuchar de repente. Dos presencias acababan de entrar en el rango de su Kenbunshoku. Nada más comenzó a percibirlos se dio cuenta de que no eran dos personas cualquiera. Su nivel de poder superaba con creces el de todos los revolucionarios y no sería descabellado pensar que uno solo de ellos sería suficiente para matarlos a todos. Sus auras le sonaban de algo, como si ya las hubiera percibido anteriormente. Una de las auras la percibía de un color azul blanquecino. Desprendía una cierta tranquilidad que contrastaba muy claramente con la de su compañero: un naranja vibrante que denotaba gran impaciencia. Se quedó mudo durante un buen rato. Estuvo concentrado en cómo las figuras se iban acercando más y más hacia ellos, como si supiesen exactamente a dónde dirigirse. ¿Eran amigos de Peony tal vez? Podría ser, pero lo más importante era que Don Bambú ya los había sentido antes. Miró en la dirección general desde la que venían y pudo ver, una vez se acercaron lo suficiente, dos figuras humanas. Mierda. Conocía al peliblanco de vistas. Le sonaba haberlo visto en Skypiea, pero nunca destacó lo suficiente como para que el panda se fijase expresamente en él. Era principalmente por su compañero que era capaz de recordar a Viktor (aunque no supiese su nombre realmente). Había visto a Sohem suficientes veces en situaciones lo bastante importantes como para acordarse de él perfectamente. Metro setenta de puro calor y hostiones como panes.
Peony dijo algo de hacer negocios en el futuro y puso pies en polvorosa inmediatamente. Chico listo. Zorak guardó silencio ante los recién llegados, como hacía habitualmente con la gente nueva y Kisuke... Kisuke cometió el error de ser él mismo. El tono con el que habló a los recién llegados no le sentó nada bien a Sohem, que inmediatamente comenzó a emitir un calor increíblemente asfixiante que ya había vivido (aunque con menor intensidad) en los Juegos de Zarutsuki. Al mismo tiempo, una energía invisible recubrió el área en el que se encontraban, haciendo que el cuerpo del panda se tensase inmediatamente. Era como si la voluntad de aquel enano se hubiera expandido y estuviera ejerciendo presión espiritual sobre el grupo. Sohem tenía el mismo poder que Don Bambú. Tras insultar a Kisuke, cazador con casco se aproximó al panda exigiéndole información acerca de civilizaciones cercanas. Don Bambú le miró seriamente a donde creía que debían estar sus ojos. Eran cazadores, cómo no, y sabían que ellos eran revolucionarios y que valían dinero. Bien podría haber sido esta su sentencia de muerte, pero los cazadores no siempre tienen por qué cazar. A veces prefieren dejar que sus presas engorden un poco... Iniciar hostilidades inmediatamente sería una estupidez casi tan grande como parecer insignificantes. No se le escapó el detalle del peliblanco arrebatándole las armas a Kisuke y dándole un par de leves cachetadas en la mejilla. Su sangre empezaba a hervir, pero Don Bambú era un mink sosegado hasta cierto punto. —Lo que ha dicho él. No sabemos de ninguna civilización en esta isla. Ahora deja tranquilos a mis amigos. —Su tono se mantuvo firme. Por el momento no era ni amistoso ni tampoco hostil. Al tiempo que el panda hablaba, algo comenzó a cambiar en el ambiente. Ya no era únicamente la voluntad de Sohem la que ejercía una presión inhumana sobre los presentes. Don Bambú acababa de expandir su Haoshoku de igual forma que el cazador, aunque en un radio menor. Confiaba en continuar captando el interés del enmascarado al mismo tiempo que atraer la atención del peliblanco. Además, no se dejaría ningunear por aquel calefactor andante.
Peony dijo algo de hacer negocios en el futuro y puso pies en polvorosa inmediatamente. Chico listo. Zorak guardó silencio ante los recién llegados, como hacía habitualmente con la gente nueva y Kisuke... Kisuke cometió el error de ser él mismo. El tono con el que habló a los recién llegados no le sentó nada bien a Sohem, que inmediatamente comenzó a emitir un calor increíblemente asfixiante que ya había vivido (aunque con menor intensidad) en los Juegos de Zarutsuki. Al mismo tiempo, una energía invisible recubrió el área en el que se encontraban, haciendo que el cuerpo del panda se tensase inmediatamente. Era como si la voluntad de aquel enano se hubiera expandido y estuviera ejerciendo presión espiritual sobre el grupo. Sohem tenía el mismo poder que Don Bambú. Tras insultar a Kisuke, cazador con casco se aproximó al panda exigiéndole información acerca de civilizaciones cercanas. Don Bambú le miró seriamente a donde creía que debían estar sus ojos. Eran cazadores, cómo no, y sabían que ellos eran revolucionarios y que valían dinero. Bien podría haber sido esta su sentencia de muerte, pero los cazadores no siempre tienen por qué cazar. A veces prefieren dejar que sus presas engorden un poco... Iniciar hostilidades inmediatamente sería una estupidez casi tan grande como parecer insignificantes. No se le escapó el detalle del peliblanco arrebatándole las armas a Kisuke y dándole un par de leves cachetadas en la mejilla. Su sangre empezaba a hervir, pero Don Bambú era un mink sosegado hasta cierto punto. —Lo que ha dicho él. No sabemos de ninguna civilización en esta isla. Ahora deja tranquilos a mis amigos. —Su tono se mantuvo firme. Por el momento no era ni amistoso ni tampoco hostil. Al tiempo que el panda hablaba, algo comenzó a cambiar en el ambiente. Ya no era únicamente la voluntad de Sohem la que ejercía una presión inhumana sobre los presentes. Don Bambú acababa de expandir su Haoshoku de igual forma que el cazador, aunque en un radio menor. Confiaba en continuar captando el interés del enmascarado al mismo tiempo que atraer la atención del peliblanco. Además, no se dejaría ningunear por aquel calefactor andante.
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