07-09-2023, 10:14 PM
(Última modificación: 07-09-2023, 10:19 PM por Max D. Bambú.)
El panda empujaba la tierra como si algún fuego se hubiera despertado dentro de él. Estaba cargando de frente contra una base de la marina, lo cual era una locura, pero para él no era sólo eso. Estaba yendo de frente contra todo lo que su padre representaba. Su padre, ese despreciable marine racista e intolerante. Con tanto frenetismo, casi no escuchó la pregunta de Khruner. Por un momento se había olvidado de que estaba ahí. ¿Desde cuándo podía hacer aquello? Recordó el día. Era otoño, se encontraba en una misión con un pequeño grupo de revolucionarios y estaban asaltando una torre vigía de la marina para dejarlos sin visión en un costado de Isla Conomi. Resultó que aquella torre hacía las veces de almacén y encontraron un buen botín de armas y munición. Sin embargo, le vino a la memoria una caja polvorienta, medio apartada, que tenía una fruta muy rara. La caja debía de tener años, pero la fruta no tenía aspecto de estar podrida. El panda no lo pensó mucho, tenía hambre y la fruta tenía buena pinta. Era de un verde clarito, casi blanquecino, con extraños patrones triangulares, pero al probarla le supo a mierda. Nunca había probado nada tan asqueroso. Terminó tirándola al mar desde lo alto de la torre y no pensó en ella hasta semanas más tarde, cuando sin querer cogió un trozo de suelo y se tapó con él mientras dormía pensando que era la manta que se le había caído. —Desde hace unos años. Me comí una fruta rara. ¿Y tú desde cuándo puedes hacer lo de los muelles? —Mientras hablaba, el ritmo no disminuía. Continuó por ese camino unos instantes más hasta que finalmente avisó a Khruner. —Espera un momento, voy a mirar. —Y sin decir nada más, trepó un poco empujando el techo del túnel hacia arriba y asomó la cabeza por un agujero en la superficie. La lluvia le impactó de lleno en la cara mientras oteaba el horizonte. La base de la marina estaba muy cerca, a un par de minutos si seguían ese ritmo. Lo que tenían más cerca era una de las torres que se usaban para vigilar el exterior. Aquella base era como una pequeña fortaleza, pero con la lluvia y la escasa visibilidad no podrían ver la cabeza del panda a no ser que estuviera a un par de metros de ellos. No, lo que aquellos guardias esperaban ver era una gran marea de gente. Lo que se encontrarían, sin embargo, iba a ser una gran marea de dos osos gigantes.
Descendió de nuevo y el agujero se cerró detrás de él, quedando la tierra como si nunca hubieran cavado en ella. Una vez abajo informó a Khruner. —Estamos llegando ya. No sé muy bien dónde vamos a salir. Si nos pillan, tocará improvisar. —Y reemprendió la marcha empujando el suelo como antes lo había hecho. Empezó a calcular en su cabeza el tiempo hasta contar sobre tres minutos y entonces paró como lo había hecho antes. Con voz bajita esta vez, avisó a Khruner de lo que iba a hacer. —No tardaré mucho. —Y empezó a trepar de nuevo, empujando el techo del túnel hacia arriba hasta la superficie.
Mientras tanto, en los baños del cuartel...
Alexander Bonn, recluta novicio de la marina, se encontraba en el baño del cuartel, delante de los meaderos, ejecutando una maniobra de vaciado digna del más veterano de los defensores de la justicia. Estaba retrasando su regreso al trabajo, porque le tocaba patrullar el patio interior y éste no tenía techo ni ninguna clase de protección contra la lluvia torrencial que estaba cayendo. El pobre hombre estaba empapado, pero sólo disponía de hasta cinco minutos para ir al baño y volver. Solo necesitaba dos, pero iba a aprovechar hasta el último segundo de sequedad que su trabajo le permitiese. Terminó de mear y se quedó ahí parado, con la minga fuera y pensativo. Suspiró. —Ojalá haber seguido con la frutería de mi padre... —Deseó soñador. Bajo sus pies, notó algo raro. Era como si el suelo se estuviese moviendo ligeramente. —¿Eh? —Y se agachó un poco. Era lo que le faltaba, vamos, lluvia torrencial y ahora un puto terremoto. Pero era raro. La vibración parecía concentrada en un solo punto. Justo cuando iba a pegar la oreja en el suelo para escuchar con mayor atención, un grito que reconocía le hizo enderezarse como si fuera un palo clavado en el suelo. —¿¡QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO, RECLUTA!? —Era Horst Straßenbahn, otro recluta al que habían dejado a cargo de las guardias. Se tomaba su trabajo demasiado en serio. —NADA SEÑOR, NOTÉ ALGO RARO SEÑOR. —Respondió Alexander. Era un chaval de 23 años que medía metro sesenta y llevaba gafas. No parecía muy fuerte, pero soñaba con serlo. Horst, por otro lado, era un señor de 50 años con canas, calvo y con una vena hinchada en el cuello que podría explotar en cualquier momento. —RARO VAS A NOTAR EL CULO CUANDO TE ECHE DE ESTE CUARTEL DE UNA PATADA COMO NO VUELVAS INMEDIATAMENTE A TU PUESTO. —Y dicho aquello, salió dando pisotones del baño. Sin embargo, sus pisotones volvieron, porque al parecer no había terminado. —Y LÁVATE LAS PUTAS MANOS —Y se fue, esta vez de verdad. —Gilipollas... Ya verás cuando me pongan a mí de encargado, vas a limpiar este suelo con tu cepillo de dientes... —Alexander se acercó al lavabo para lavarse las manos, pero se paró a medio camino. Los temblores del suelo se estaban intensificando. Además, escuchaba voces.
Bajo tierra...
—Me ha parecido escuchar gritos, pero creo que ya se han ido... —Don Bambú se había parado a media escalada porque empezó a escuchar a un señor con la voz rasgada gritar como si sus pulmones no estuviesen ya fuera de garantía. Finalmente, en el suelo surgió una apertura por la que el panda asomó la cabeza. Lo primero que vio, fue un meadero. —Ah, los baños, este lugar es perfecto parCOÑO. —Don Bambú se interrumpió a si mismo cuando vio la cara de un recluta de la marina, joven y con gafas, que le miraba con los ojos como platos y la boca entreabierta. Lo primero que hizo el panda fue agarrarle de la cabeza y arrastrarlo al hoyo con los dos osos. Lo único que se escuchó por parte del marine fue una leve queja que se apagó cuando la mano del oso cerró su mandíbula casi aplastándola con pura fuerza bruta. En el hoyo, aquel marine perdió la vida debido a una sobredosis de oso. Los chavales no controlan nada. Don Bambú salió del agujero manchado de sangre y dejó sitio a Khruner para que saliese, pero la estancia era pequeña (tamaño humano) y tropezó con varias cosas mientras intentaba hacerle sitio a su compañero. Llegó incluso a abrir un grifo de agua sin querer. Una voz rasgada llegó a escena gritando. —RECLUTA BONN, VUELVA INMEDIATAMENTE AAAAAAAAAA —El panda se quedó mirando al viejo que acababa de llegar con curiosidad. —Este te lo dejo a ti. —Le dijo a su compañero.
Descendió de nuevo y el agujero se cerró detrás de él, quedando la tierra como si nunca hubieran cavado en ella. Una vez abajo informó a Khruner. —Estamos llegando ya. No sé muy bien dónde vamos a salir. Si nos pillan, tocará improvisar. —Y reemprendió la marcha empujando el suelo como antes lo había hecho. Empezó a calcular en su cabeza el tiempo hasta contar sobre tres minutos y entonces paró como lo había hecho antes. Con voz bajita esta vez, avisó a Khruner de lo que iba a hacer. —No tardaré mucho. —Y empezó a trepar de nuevo, empujando el techo del túnel hacia arriba hasta la superficie.
Mientras tanto, en los baños del cuartel...
Alexander Bonn, recluta novicio de la marina, se encontraba en el baño del cuartel, delante de los meaderos, ejecutando una maniobra de vaciado digna del más veterano de los defensores de la justicia. Estaba retrasando su regreso al trabajo, porque le tocaba patrullar el patio interior y éste no tenía techo ni ninguna clase de protección contra la lluvia torrencial que estaba cayendo. El pobre hombre estaba empapado, pero sólo disponía de hasta cinco minutos para ir al baño y volver. Solo necesitaba dos, pero iba a aprovechar hasta el último segundo de sequedad que su trabajo le permitiese. Terminó de mear y se quedó ahí parado, con la minga fuera y pensativo. Suspiró. —Ojalá haber seguido con la frutería de mi padre... —Deseó soñador. Bajo sus pies, notó algo raro. Era como si el suelo se estuviese moviendo ligeramente. —¿Eh? —Y se agachó un poco. Era lo que le faltaba, vamos, lluvia torrencial y ahora un puto terremoto. Pero era raro. La vibración parecía concentrada en un solo punto. Justo cuando iba a pegar la oreja en el suelo para escuchar con mayor atención, un grito que reconocía le hizo enderezarse como si fuera un palo clavado en el suelo. —¿¡QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO, RECLUTA!? —Era Horst Straßenbahn, otro recluta al que habían dejado a cargo de las guardias. Se tomaba su trabajo demasiado en serio. —NADA SEÑOR, NOTÉ ALGO RARO SEÑOR. —Respondió Alexander. Era un chaval de 23 años que medía metro sesenta y llevaba gafas. No parecía muy fuerte, pero soñaba con serlo. Horst, por otro lado, era un señor de 50 años con canas, calvo y con una vena hinchada en el cuello que podría explotar en cualquier momento. —RARO VAS A NOTAR EL CULO CUANDO TE ECHE DE ESTE CUARTEL DE UNA PATADA COMO NO VUELVAS INMEDIATAMENTE A TU PUESTO. —Y dicho aquello, salió dando pisotones del baño. Sin embargo, sus pisotones volvieron, porque al parecer no había terminado. —Y LÁVATE LAS PUTAS MANOS —Y se fue, esta vez de verdad. —Gilipollas... Ya verás cuando me pongan a mí de encargado, vas a limpiar este suelo con tu cepillo de dientes... —Alexander se acercó al lavabo para lavarse las manos, pero se paró a medio camino. Los temblores del suelo se estaban intensificando. Además, escuchaba voces.
Bajo tierra...
—Me ha parecido escuchar gritos, pero creo que ya se han ido... —Don Bambú se había parado a media escalada porque empezó a escuchar a un señor con la voz rasgada gritar como si sus pulmones no estuviesen ya fuera de garantía. Finalmente, en el suelo surgió una apertura por la que el panda asomó la cabeza. Lo primero que vio, fue un meadero. —Ah, los baños, este lugar es perfecto parCOÑO. —Don Bambú se interrumpió a si mismo cuando vio la cara de un recluta de la marina, joven y con gafas, que le miraba con los ojos como platos y la boca entreabierta. Lo primero que hizo el panda fue agarrarle de la cabeza y arrastrarlo al hoyo con los dos osos. Lo único que se escuchó por parte del marine fue una leve queja que se apagó cuando la mano del oso cerró su mandíbula casi aplastándola con pura fuerza bruta. En el hoyo, aquel marine perdió la vida debido a una sobredosis de oso. Los chavales no controlan nada. Don Bambú salió del agujero manchado de sangre y dejó sitio a Khruner para que saliese, pero la estancia era pequeña (tamaño humano) y tropezó con varias cosas mientras intentaba hacerle sitio a su compañero. Llegó incluso a abrir un grifo de agua sin querer. Una voz rasgada llegó a escena gritando. —RECLUTA BONN, VUELVA INMEDIATAMENTE AAAAAAAAAA —El panda se quedó mirando al viejo que acababa de llegar con curiosidad. —Este te lo dejo a ti. —Le dijo a su compañero.
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