La peli blanca era casi justo como la imaginaba.
Apenas tardó unos segundos para tomar la iniciativa y comenzar la ofensiva en el entrenamiento. Tras mencionar lo bien que me sentaba la cicatriz en el ojo, desenfundó su látigo y lo chasqueó contra el suelo para acto seguido moverlo varias veces como calentando la muñeca. Tras un par de gestos, la mujer lanzó la punta de su látigo contra mi diestra. Un ataque básico y predecible que, si bien era obvio que no llevaba toda su fuerza, serviría de piedra angular para evaluar el poder de mi compañera. Seguí la punta del arma de Carmilla en todo su trayecto con mi ojo abierto y permití que impactara en mi mano. El látigo de la última integrante del gremio chasqueó sobre mi diestra, provocando un sonido seco y ahogado, dejando una marca rojiza que duró unos segundos. — Auch. — dije lentamente con un claro y marcado tono irónico mientras miraba mi mano y luego devolvía mi vista a la mujer, con una media sonrisa. Intentaba ver a través de mi compañera, más allá de sus intenciones más externas, sus emociones en combate. Quería ver qué tanto mantenía el control la peliblanca si en algún momento apretaba sus tuercas más de lo debido, tal y como hice con Chloe.
— Si así me tratas bien... — repliqué a mi compañera. — Venga, a ver cómo se baila con esto. — pensaba mientras daba dos vueltas con el látigo hacia atrás para después cruzarlo por delante de mí en dirección diagonal y, con un último lazo sobre mi cabeza, dirigirlo hacia el hombro izquierdo de Carmilla, de arriba a abajo. Este ataque que era, sin dudarlo de ninguna forma, mi primer ataque a un ser vivo con un látigo y más con uno tan increíblemente pesado como es el Santoral, por lo que mis cálculos fueron erróneos y la eclesiástica punta del arma terminó desviándose hacia el barril que acostumbrábamos usar de mesa para comer, golpeando el plato con el desayuno de alguno de mis compañeros. Presumiblemente, lo que había derramado y reventado en pedazos era el desayuno del jefe que, seguro, me costaría la próxima limpieza de bodega. Suspiré con una mezcla de vergüenza y de resignación. Yo no usaba este cacharro nunca, era lógico que la primera vez fallara. Supongo. — Estaba calentando. — me excusé. — Ahora sí, vamos en serio, va, no te cortes. — invité a la peliblanca, que ya habría podido calibrar sus fuerzas. — No hagas el ridículo, no hagas el ridículo. — ¿Por qué me ponía nervioso?
Apenas tardó unos segundos para tomar la iniciativa y comenzar la ofensiva en el entrenamiento. Tras mencionar lo bien que me sentaba la cicatriz en el ojo, desenfundó su látigo y lo chasqueó contra el suelo para acto seguido moverlo varias veces como calentando la muñeca. Tras un par de gestos, la mujer lanzó la punta de su látigo contra mi diestra. Un ataque básico y predecible que, si bien era obvio que no llevaba toda su fuerza, serviría de piedra angular para evaluar el poder de mi compañera. Seguí la punta del arma de Carmilla en todo su trayecto con mi ojo abierto y permití que impactara en mi mano. El látigo de la última integrante del gremio chasqueó sobre mi diestra, provocando un sonido seco y ahogado, dejando una marca rojiza que duró unos segundos. — Auch. — dije lentamente con un claro y marcado tono irónico mientras miraba mi mano y luego devolvía mi vista a la mujer, con una media sonrisa. Intentaba ver a través de mi compañera, más allá de sus intenciones más externas, sus emociones en combate. Quería ver qué tanto mantenía el control la peliblanca si en algún momento apretaba sus tuercas más de lo debido, tal y como hice con Chloe.
— Si así me tratas bien... — repliqué a mi compañera. — Venga, a ver cómo se baila con esto. — pensaba mientras daba dos vueltas con el látigo hacia atrás para después cruzarlo por delante de mí en dirección diagonal y, con un último lazo sobre mi cabeza, dirigirlo hacia el hombro izquierdo de Carmilla, de arriba a abajo. Este ataque que era, sin dudarlo de ninguna forma, mi primer ataque a un ser vivo con un látigo y más con uno tan increíblemente pesado como es el Santoral, por lo que mis cálculos fueron erróneos y la eclesiástica punta del arma terminó desviándose hacia el barril que acostumbrábamos usar de mesa para comer, golpeando el plato con el desayuno de alguno de mis compañeros. Presumiblemente, lo que había derramado y reventado en pedazos era el desayuno del jefe que, seguro, me costaría la próxima limpieza de bodega. Suspiré con una mezcla de vergüenza y de resignación. Yo no usaba este cacharro nunca, era lógico que la primera vez fallara. Supongo. — Estaba calentando. — me excusé. — Ahora sí, vamos en serio, va, no te cortes. — invité a la peliblanca, que ya habría podido calibrar sus fuerzas. — No hagas el ridículo, no hagas el ridículo. — ¿Por qué me ponía nervioso?
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