24-12-2024, 06:37 PM
Vengo de aquí.
La vista del mestizo comenzó a nublarse lentamente tras recibir el golpe, sus párpados temblaron y su cabeza cayó hacia adelante como si un peso invisible tirara de ella. Un segundo después, quedó totalmente inconsciente, su cuerpo inmóvil, como si el espíritu que lo animaba se hubiera desvanecido en el aire.
Solté un gruñido involuntario, una mezcla de frustración y furia. Mis dedos se cerraron con tanta fuerza alrededor de la funda de la negra espada del revolucionario que por un momento sentí como si fuera a partirla en dos. La madera crujió levemente de manera casi inaudible, pero seguro que mi jefe, con su oído afinado, habría percibido hasta el más leve sonido de las fibras de madera tensándose. Estaba enfadado y me molestaba aún más que Sohem lo percibiera. Sin decir una palabra, me giré sobre mis mi mismo y caminé hacia la puerta con pasos rápidos, abandonando la estancia con la misma presteza de un rayo. Al llegar a mi habitación, empujé la puerta sin cerrarla tras de mí. Solté a Yamigiri sobre la cama con un gesto brusco, dejándola caer sobre la cama haciendo un ruido ahuecado sobre el colchón maltrecho de mi camarote. Por un instante, la habitación quedó en silencio, pero mi mente no se calmaba. La tormenta de ideas que seguía en ella estaba haciendo sobre pensar de nuevo. Me incliné hacia un lado y tomé a Shimei Kaeru de manera instintiva. Con la diestra, recogí el caracol comunicador, mi Den Den Mushi.
Necesitaba salir, entrenar, moverme. Necesitaba desahogar toda la rabia acumulada por la impotencia de no haber podido ejecutar al prisionero. Un simple código moral, uno que había defendido durante años, ahora se sentía como una cadena que me ataba las manos. Me preguntaba si valía la pena seguir aferrándome a ello, si realmente era tan importante la imagen que Joe pudiera tener de mí. Después de todo lo que había hecho en Skypiea, ¿tenía sentido intentar aparentar ser alguien digno? ¿Alguien mejor? Casi podía imaginar la cara de decepción de mi amigo al recibir el ensangrentado paquete de los restos de Zorak. Las preguntas me asaltaban con la misma intensidad que mi ira mientras atravesaba el pasillo que conducía a la cubierta del barco. Seguí caminando, haciendo resonar mis pasos en la madera del suelo del Parabellum, mientras mis pensamientos seguían girando como un torbellino. Apreté el caracol comunicador en la mano, sosteniéndolo firmemente mientras intentaba establecer la conexión. — Joe. ¿Puedes oírme, amigo? — dije con un tono grave, dejando entrever la importancia del estado. Mi voz resonó en el caracol, pero no hubo respuesta inmediata. Inspiré profundamente, intentando calmar la impaciencia que me estaba carcomiendo. — Necesito tu ayuda con un asunto. —
Comencé a caminar de un lado a otro de la cubierta, sintiendo como mi corazón bombeaba a mil por hora en mi caja torácica presa de la frustración. Sentía que si me detenía, mi corazón podría detenerse. Un estado estúpido de alerta como si todas mis alarmas internas se hubieran disparado y solo el movimiento mantuviera mi mente y mi cuerpo en marcha. — Vamos, Joe... — pensé, casi suplicando, mientras miraba el Den Den Mushi.
63 de Otoño, Año 13
Parabellum, Corriente Daiya, 9:00 a.m.
La vista del mestizo comenzó a nublarse lentamente tras recibir el golpe, sus párpados temblaron y su cabeza cayó hacia adelante como si un peso invisible tirara de ella. Un segundo después, quedó totalmente inconsciente, su cuerpo inmóvil, como si el espíritu que lo animaba se hubiera desvanecido en el aire.
Solté un gruñido involuntario, una mezcla de frustración y furia. Mis dedos se cerraron con tanta fuerza alrededor de la funda de la negra espada del revolucionario que por un momento sentí como si fuera a partirla en dos. La madera crujió levemente de manera casi inaudible, pero seguro que mi jefe, con su oído afinado, habría percibido hasta el más leve sonido de las fibras de madera tensándose. Estaba enfadado y me molestaba aún más que Sohem lo percibiera. Sin decir una palabra, me giré sobre mis mi mismo y caminé hacia la puerta con pasos rápidos, abandonando la estancia con la misma presteza de un rayo. Al llegar a mi habitación, empujé la puerta sin cerrarla tras de mí. Solté a Yamigiri sobre la cama con un gesto brusco, dejándola caer sobre la cama haciendo un ruido ahuecado sobre el colchón maltrecho de mi camarote. Por un instante, la habitación quedó en silencio, pero mi mente no se calmaba. La tormenta de ideas que seguía en ella estaba haciendo sobre pensar de nuevo. Me incliné hacia un lado y tomé a Shimei Kaeru de manera instintiva. Con la diestra, recogí el caracol comunicador, mi Den Den Mushi.
Necesitaba salir, entrenar, moverme. Necesitaba desahogar toda la rabia acumulada por la impotencia de no haber podido ejecutar al prisionero. Un simple código moral, uno que había defendido durante años, ahora se sentía como una cadena que me ataba las manos. Me preguntaba si valía la pena seguir aferrándome a ello, si realmente era tan importante la imagen que Joe pudiera tener de mí. Después de todo lo que había hecho en Skypiea, ¿tenía sentido intentar aparentar ser alguien digno? ¿Alguien mejor? Casi podía imaginar la cara de decepción de mi amigo al recibir el ensangrentado paquete de los restos de Zorak. Las preguntas me asaltaban con la misma intensidad que mi ira mientras atravesaba el pasillo que conducía a la cubierta del barco. Seguí caminando, haciendo resonar mis pasos en la madera del suelo del Parabellum, mientras mis pensamientos seguían girando como un torbellino. Apreté el caracol comunicador en la mano, sosteniéndolo firmemente mientras intentaba establecer la conexión. — Joe. ¿Puedes oírme, amigo? — dije con un tono grave, dejando entrever la importancia del estado. Mi voz resonó en el caracol, pero no hubo respuesta inmediata. Inspiré profundamente, intentando calmar la impaciencia que me estaba carcomiendo. — Necesito tu ayuda con un asunto. —
Comencé a caminar de un lado a otro de la cubierta, sintiendo como mi corazón bombeaba a mil por hora en mi caja torácica presa de la frustración. Sentía que si me detenía, mi corazón podría detenerse. Un estado estúpido de alerta como si todas mis alarmas internas se hubieran disparado y solo el movimiento mantuviera mi mente y mi cuerpo en marcha. — Vamos, Joe... — pensé, casi suplicando, mientras miraba el Den Den Mushi.
Resumen
Aclaraciones

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