04-01-2025, 10:40 PM
El aire seguía siendo denso y cargado, una mezcla asfixiante de salitre, humedad y el hedor penetrante de descomposición el cual lograba ignorar gracias al estado de concentración que había alcanzado.
A lo lejos, podría vislumbrarse como la isla se alzaba como una cicatriz en el horizonte, una silueta árida y hostil cuyas costas estaban amontonadas de desechos arrastrados por el oleaje. Las olas, oscuras y cargadas de espuma grisácea, rompían contra las orillas en un lamento constante, llevando consigo fragmentos de madera podrida, redes desgarradas y objetos cuyo propósito había sido olvidado hacía tiempo.
El agua parecía viva, pero de una manera inquietante. Bajo la superficie agitada, sombras indefinidas serpenteaban, como si las corrientes estuvieran infestadas de espectros marinos, aunque seguramente solo fueran montañas de basura. La luz del sol, opacada por nubes bajas y cargadas de lluvia, apenas lograba perforar la atmósfera, otorgando al paisaje un aspecto lúgubre, casi apocalíptico.
Sentado con las piernas cruzadas sobre la cubierta áspera, mi silueta parecía un ancla de serenidad en medio del caos. Había logrado lo que muchos consideran imposible en un entorno así: vaciar la mente. Mi respiración era lenta, controlada, y cada exhalación parecía fundirse con el silbido del viento, como si estuviera sincronizado con la naturaleza misma, incluso en su forma más caótica.
El vaivén del barco sobre el agua agitada no lo perturbaba; al contrario, cada movimiento reforzaba su conexión con el entorno, recordándole la importancia de aceptar la marea en lugar de luchar contra ella. Alrededor de mí, el mundo podía estar desmoronándose, pero dentro de él reinaba un silencio tan vasto como el océano mismo.
Por un instante, pude sentir como una calidez familiar se encontraba cerca de mí para instantes después sentir la mano de la comodoro Karl posarse de forma suave sobre mi hombro y decirme que había hecho un buen trabajo.
James siguió concentrado en vaciar la mente, pero al parecer Apolo también lo había conseguido, así que los dos estábamos listos para la segunda fase del entrenamiento según las indicaciones de la comodoro. Según ella, todos los seres vivos teníamos Waki y en cada uno de nosotros se reflejaba un aura de manera distinta y quería que consiguiéramos visualizar la de ella.
Los pasos eran sencillos, había que volver a vaciar la mente y concentrarse directamente en la comodoro así que pase a hacer la misma posición de manos (solo que esta vez de pie frente a la comodoro) mientras empezaba a vaciar mi mente.
A lo lejos, podría vislumbrarse como la isla se alzaba como una cicatriz en el horizonte, una silueta árida y hostil cuyas costas estaban amontonadas de desechos arrastrados por el oleaje. Las olas, oscuras y cargadas de espuma grisácea, rompían contra las orillas en un lamento constante, llevando consigo fragmentos de madera podrida, redes desgarradas y objetos cuyo propósito había sido olvidado hacía tiempo.
El agua parecía viva, pero de una manera inquietante. Bajo la superficie agitada, sombras indefinidas serpenteaban, como si las corrientes estuvieran infestadas de espectros marinos, aunque seguramente solo fueran montañas de basura. La luz del sol, opacada por nubes bajas y cargadas de lluvia, apenas lograba perforar la atmósfera, otorgando al paisaje un aspecto lúgubre, casi apocalíptico.
Sentado con las piernas cruzadas sobre la cubierta áspera, mi silueta parecía un ancla de serenidad en medio del caos. Había logrado lo que muchos consideran imposible en un entorno así: vaciar la mente. Mi respiración era lenta, controlada, y cada exhalación parecía fundirse con el silbido del viento, como si estuviera sincronizado con la naturaleza misma, incluso en su forma más caótica.
El vaivén del barco sobre el agua agitada no lo perturbaba; al contrario, cada movimiento reforzaba su conexión con el entorno, recordándole la importancia de aceptar la marea en lugar de luchar contra ella. Alrededor de mí, el mundo podía estar desmoronándose, pero dentro de él reinaba un silencio tan vasto como el océano mismo.
Por un instante, pude sentir como una calidez familiar se encontraba cerca de mí para instantes después sentir la mano de la comodoro Karl posarse de forma suave sobre mi hombro y decirme que había hecho un buen trabajo.
James siguió concentrado en vaciar la mente, pero al parecer Apolo también lo había conseguido, así que los dos estábamos listos para la segunda fase del entrenamiento según las indicaciones de la comodoro. Según ella, todos los seres vivos teníamos Waki y en cada uno de nosotros se reflejaba un aura de manera distinta y quería que consiguiéramos visualizar la de ella.
Los pasos eran sencillos, había que volver a vaciar la mente y concentrarse directamente en la comodoro así que pase a hacer la misma posición de manos (solo que esta vez de pie frente a la comodoro) mientras empezaba a vaciar mi mente.
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