Este desgraciado me llamó monstruo. ¿A caso no era él lo mismo? ¿Es que no había visto al resto de la tripulación? Es lo mismo. Llevaba tanto tiempo escuchando que era un ser extraño que ya no me afectaba en lo más mínimo ese tipo de palabras. Desde que me intentaron vender como esclavo y conseguí escaparme milagrosamente, nada de eso me parecía raro. Al fin y al cabo, si. Soy un verdadero monstruo al que no le importa matar y arruinar la vida de la gente por pura diversión. - Mi fuerza es la parte menos monstruosa de mi ser. - Esta vez, mi profunda y tranquila voz pareció aún más sombría de lo habitual. No lo hacía a propósito, pero así había sonado. Mi me te era mucho más tenebrosa que mis músculos. Todo lo que había hecho en esa isla, desde romper una casa hasta destrozar los pilares de la "seguridad" de los ciudadanos matando al capitan de la marina pelirrojo había sido por puro placer.
Artur se lanzó a por mi y me propinó un tajo. Ni siquiera me defendí. Necesitaba ver lo que podía hacer con aquella espada. No me gustaba que estuviese volando en cuanto podía. El corte apenas me hizo daño. Pasó a mi lado y voló alto. Odio saltar en medio de una pelea. Además, estaba muy arriba como para saltar y pegarle sin riesgo. Era una buena táctica, pero yo conocía el terreno. Aunque no me gusten los combates aéreos, tenía una idea. Agarré una roca y la lancé hacia arriba con fuerza. Cuando esta llegó a unos diez metros, le lancé un rayo lleno de fotones Norama y salté hasta ella. Una vez allí apoyado me lancé con otro puñetazo hacia Artur, que estaba ahora a dieciocho metros de mi. Seguía siendo mucho, pero más seguro de alcanzarle. Mi puño impactó en su cara y caí de vuelta a la roca que, pese a ir subiendo aún poco a poco, parecía inmóvil.
Artur se lanzó a por mi y me propinó un tajo. Ni siquiera me defendí. Necesitaba ver lo que podía hacer con aquella espada. No me gustaba que estuviese volando en cuanto podía. El corte apenas me hizo daño. Pasó a mi lado y voló alto. Odio saltar en medio de una pelea. Además, estaba muy arriba como para saltar y pegarle sin riesgo. Era una buena táctica, pero yo conocía el terreno. Aunque no me gusten los combates aéreos, tenía una idea. Agarré una roca y la lancé hacia arriba con fuerza. Cuando esta llegó a unos diez metros, le lancé un rayo lleno de fotones Norama y salté hasta ella. Una vez allí apoyado me lancé con otro puñetazo hacia Artur, que estaba ahora a dieciocho metros de mi. Seguía siendo mucho, pero más seguro de alcanzarle. Mi puño impactó en su cara y caí de vuelta a la roca que, pese a ir subiendo aún poco a poco, parecía inmóvil.
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