12-01-2025, 11:59 PM
Un mes más tarde desde la conversación que mantuvieron los revolucionarios en lo relativo al estado del barco, el navío seguía con las velas rotas. Esto se debía a que Don Bambú había sido completamente incapaz de contactar con Nozama, ya fuera porque las comunicaciones estaban fallando a un nivel general o porque sencillamente sus habilidades para manejar mecanismos de comunicación habían sido evidenciadas como deficientes. El tiempo pasó sin que le barco pudiera ser reparado, ya que no había materiales disponibles en Chisi para repararlo y no tenían medios para asaltar a los cazadores que una vez los asaltaron a ellos. Para más inri, poco después de haber repartido el dinero, llegó la esperada entrega de un nuevo ejemplar del periódico mundial de Intha. Don Bambú no sabía muy bien cómo, pero aquellos cerdos mentirosos habían logrado introducir algo de verdad en aquella ponzoña de mentiras que solían ser sus periódicos. Habían publicado el verdadero nombre de Don Bambú: Maximiliano D. Panda. Todavía estaba pendiente entre los revolucionarios una conversación como era debida al respecto, ya que Don Bambú no se sentía cómodo con la idea de que pensaran que les había estado ocultando su verdadera identidad todo este tiempo. Lo cierto es que el panda sólo pretendía desligarse de su pasado todo lo posible. Su difunto padre, un maldito perro del estado, se convertiría en un obstáculo quizás demasiado grande para su ascenso en el Ejército Revolucionario.
En cualquier caso, el trío revolucionario zarpó de Isla Chisi rumbo a la última de las islas de la corriente antes del Archipiélago Sabaody. Sin saber muy bien cómo, sin embargo, terminaron llegando a Sabaody casi sin darse cuenta, como si el destino los hubiera encaminado en otra dirección completamente diferente. En cuanto el archipiélago estuvo a la vista con sus enormérrimos e imponentes manglares que se alzaban hasta los cielos, Don Bambú se puso alerta. Estaba en conocimiento de todo el mundo que la isla estaba llena hasta los topes de miembros de la Marina, los archienemigos de la Revolución. No obstante, el Ejército podría quizás pasar desapercibido en aquel enorme archipiélago el suficiente tiempo como para poder llevar a cabo su misión. Cuando Kisuke se preparó para darle la señal al panda, éste ya tenía sus enormes manos sobre la palanca que liberaba el ancla del barco de su presa. No le hizo falta que Kisuke terminase de dar la orden para soltarla y dejar que el barco se detuviese con un renqueante estrépito. El navío había sufrido daños a lo largo del viaje, pero confiaba en tener tiempo y recursos para repararlo una vez la situación en aquel archipiélago del demonio se calmase. Kisuke, por supuesto, abogaba por la discreción en aquel lugar plagado de marines. —Comparto tu idea, Kisuke. —Algo había cambiado en el último mes, aunque casi no habían tenido tiempo de celebrarlo. ¡Habían ascendido al panda! A partir de ese momento, ostentaba el rango de capitán de la Revolución, y como Kisuke tenía el mismo rango que él, aunque siempre le trataba con el debido respeto, ya no se le atragantaba tanto su nombre como el de Zorak, que estaba por encima de los dos. El momento de desembarcar se acercaba, de modo que Don Bambú recogió su bandolera con todas sus pertenencias de valor del suelo de la cubierta (tendía a dejar sus cosas por ahí tiradas sin el menor orden). También se apropió de la misma capa que había empleado en su viaje a Skypiea y que brevemente le había ayudado a ocultar su identidad, aunque lo cierto es que midiendo casi cuatro metros y siendo un puñetero panda lo iba a tener más difícil que nadie. Además valía muchísimo dinero, con lo cual la complejidad de la situación se disparaba. Una vez estuvo listo, bajó de un salto hacia tierra firme y aterrizó al lado de Kisuke, chapoteando por la fuerza de su aterrizaje y embarrándose visiblemente las botas. —Vaya. No me esperaba esta... humedad. —Dijo con una cierta sensación de desagrado recorriendo sus tobillos.
Zorak, por su parte, les recordó que la misión era prioritaria y que debían tenerla en mente en todo momento. Ante esto, Don Bambú asintió solemnemente e hizo su primer movimiento. Activó su Kenbunshoku en un radio de 150 metros a la redonda, el máximo rango al que era capaz de percibir cosas. —He activado mi haki de observación, camaradas, os avisaré en cuanto alguna presencia de gran poder se nos aproxime. —Anunció el panda a sus camaradas. —Hablando de presencias... Hay alguien cerca, pero es muy débil. Y ahora que lo veo, honestamente, no lo parece. —Y en efecto, una presencia no demasiado fuerte se había materializado a un par de decenas de metros del trío revolucionario. Sabía que era débil porque la comparaba con sus camaradas, pero de no estar usando el haki en ese mismo momento no habría hecho aquella valoración. Era un cerdo. Un puto cerdo de doce metros de alto. Ante la perspectiva de la desgracia, Don Bambú no pudo sino echarse a reír. —HONHONHON. Este es un mal día para las misiones de infiltración, mariscal. —
En cualquier caso, el trío revolucionario zarpó de Isla Chisi rumbo a la última de las islas de la corriente antes del Archipiélago Sabaody. Sin saber muy bien cómo, sin embargo, terminaron llegando a Sabaody casi sin darse cuenta, como si el destino los hubiera encaminado en otra dirección completamente diferente. En cuanto el archipiélago estuvo a la vista con sus enormérrimos e imponentes manglares que se alzaban hasta los cielos, Don Bambú se puso alerta. Estaba en conocimiento de todo el mundo que la isla estaba llena hasta los topes de miembros de la Marina, los archienemigos de la Revolución. No obstante, el Ejército podría quizás pasar desapercibido en aquel enorme archipiélago el suficiente tiempo como para poder llevar a cabo su misión. Cuando Kisuke se preparó para darle la señal al panda, éste ya tenía sus enormes manos sobre la palanca que liberaba el ancla del barco de su presa. No le hizo falta que Kisuke terminase de dar la orden para soltarla y dejar que el barco se detuviese con un renqueante estrépito. El navío había sufrido daños a lo largo del viaje, pero confiaba en tener tiempo y recursos para repararlo una vez la situación en aquel archipiélago del demonio se calmase. Kisuke, por supuesto, abogaba por la discreción en aquel lugar plagado de marines. —Comparto tu idea, Kisuke. —Algo había cambiado en el último mes, aunque casi no habían tenido tiempo de celebrarlo. ¡Habían ascendido al panda! A partir de ese momento, ostentaba el rango de capitán de la Revolución, y como Kisuke tenía el mismo rango que él, aunque siempre le trataba con el debido respeto, ya no se le atragantaba tanto su nombre como el de Zorak, que estaba por encima de los dos. El momento de desembarcar se acercaba, de modo que Don Bambú recogió su bandolera con todas sus pertenencias de valor del suelo de la cubierta (tendía a dejar sus cosas por ahí tiradas sin el menor orden). También se apropió de la misma capa que había empleado en su viaje a Skypiea y que brevemente le había ayudado a ocultar su identidad, aunque lo cierto es que midiendo casi cuatro metros y siendo un puñetero panda lo iba a tener más difícil que nadie. Además valía muchísimo dinero, con lo cual la complejidad de la situación se disparaba. Una vez estuvo listo, bajó de un salto hacia tierra firme y aterrizó al lado de Kisuke, chapoteando por la fuerza de su aterrizaje y embarrándose visiblemente las botas. —Vaya. No me esperaba esta... humedad. —Dijo con una cierta sensación de desagrado recorriendo sus tobillos.
Zorak, por su parte, les recordó que la misión era prioritaria y que debían tenerla en mente en todo momento. Ante esto, Don Bambú asintió solemnemente e hizo su primer movimiento. Activó su Kenbunshoku en un radio de 150 metros a la redonda, el máximo rango al que era capaz de percibir cosas. —He activado mi haki de observación, camaradas, os avisaré en cuanto alguna presencia de gran poder se nos aproxime. —Anunció el panda a sus camaradas. —Hablando de presencias... Hay alguien cerca, pero es muy débil. Y ahora que lo veo, honestamente, no lo parece. —Y en efecto, una presencia no demasiado fuerte se había materializado a un par de decenas de metros del trío revolucionario. Sabía que era débil porque la comparaba con sus camaradas, pero de no estar usando el haki en ese mismo momento no habría hecho aquella valoración. Era un cerdo. Un puto cerdo de doce metros de alto. Ante la perspectiva de la desgracia, Don Bambú no pudo sino echarse a reír. —HONHONHON. Este es un mal día para las misiones de infiltración, mariscal. —
Resumen
Aclaraciones
Gastos
Karmas
