48 de Primavera. Año 11.
Isla Toko, Corriente Daiya - 01:45 a.m.
Existía un lugar al que acudía a entrenar en sueños.
Aquel sitio había sido refugio y casa, hogar y dojo cuando el mundo real no era lo suficientemente real. Un lugar idílico donde, como si de un campo de juegos privado se tratase, podía practicar y meditar sin problemas durante largas y largas horas. Horas que solo se veían reflejadas como minutos en el mundo de los hombres. Sin embargo, esperando llegar a un lugar conocido, esta vez había caído en las garras de un lugar que desconocía y me era ajeno. Sentía mi cuerpo presente pero, por alguna razón, abstraído.
Sentado en una silla de madera, apoyado sobre un escritorio del mismo material, maltrecho y desgastado, parecía pensar con el codo apoyado en el tablero y mi moflete reposado sobre el pomo de mi mano derecha. Una sensación incómoda de hastío me invadió y me levanté, observando tras de mí como una figura residual permanecía en el lugar con mi misma postura. La sombra, que parecía mucho más grande y fuerte que yo, gozaba de grandes manos con garras y un hocico animal que parecía ser un cánido. Casi como si me reconociera en la imagen, sentí que estaba solo. La imagen se levantó, tal como yo segundos antes, y decidió abandonar la estancia; y yo detrás de ella. Paseó largo rato por interminables pasillos de lo que parecía, por el vaivén del lugar, un barco, revisando las puertas abiertas de otros camarotes y habitaciones con sus propios pasajeros. Todos ellos con sus propias vidas y problemas, cada uno de ellos con sus propias inquietudes e historias en habitaciones idénticas a aquella en la que yo aparecí.
En la primera, una sombra negra como la noche revisaba concienzudamente cada recoveco de la sala, la ventana, la puerta entreabierta y los armarios. Paranoica y terriblemente angustiada, parecía no encontrar respuesta a sus preguntas si es que las tenía. ¿Qué temía? ¿Qué quería encontrar o esconder? ¿Qué esperaba conseguir? Lamentablemente, casi arrastrado por una fuerza de voluntad ajena a mí, continué andando y perdí su triste figura de vista.
Mi sombra prosiguió y mostró otra habitación donde una sombra mucho más relajada parecía realizar movimientos delante de la mesa donde yo estuve apoyado. Sus manos se movían activamente y con fluidez, como agitando sartenes delante de un fogón. Casi parecía feliz en contraposición a la anterior sombra.
— ¿Qué significa todo esto? — pensaba mientras avanzaba con mi sombra por los interminables pasillos de madera del desconocido navío.

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