[Presente Relativo - Entrenamiento Haki] - El poder de destruirlo todo
#1
Archipiélago Sabaody
Manglar 20
Día 33 de Otoño. Año 14
5:00am


El Archipiélago Sabaody, a pesar de su brillo superficial, tenía rincones que no se mostraban en los mapas. Cada burbuja que flotaba por el aire era una fachada y un espejo tras el que se escondían las sombras, al igual que los piratas y bandoleros se escondían bajo las ramas de los árboles de los manglares. Entre los mercados y las tabernas, la actividad nunca cesaba. Comerciantes vociferaban precios mientras los cazadores de esclavos negociaban con discreción. Los piratas recién llegados mostraban una mezcla de emoción y cautela, mientras los más experimentados se movían con un sigilo calculado. Era un lugar donde cada rostro tenía una historia y cada esquina podía ser una amenaza.

Hacía 3 días ya que habíamos tenido el encuentro con aquel extraño mink zorro que, desligado de toda esperanza pora yudar a su hija (y sordo a nuestras palabras) decidió volarse en pedazos. Algunos habíamos quedado trastocados por la explosión. Yo mismo había salido despedido contra el casco del barco, y por suerte pude resistir el impacto. No puedo decir lo mismo de la pequeña rana Keropi, que había resultado herida de gravedad, perdiendo un brazo. Ahora mismo estaba en el barco, debatiéndose entre la vida y la muerte luego de los cuidados de Ben. Pobre chico, ni bien llegó al grupo y sufrió semejante herida.

Yo por mi parte estaba ahora deambulando por el manglar en busca de respuestas, respuestas que me encaminaran hacia el conocimiento de un nuevo tipo de poder que me ayudara a ser capaz de luchar contra todo. En mis aventuras ya me había topado con Ashura, y sabía que por pura lógica, no sería la única persona con una habilidad que le permitiera ser intangible. Tenía que remediar eso, pues no podía ser la mano derecha de los Mushoku, si no tenía la fuerza y el poder de proteger a los míos. Por suerte había oído rumores y tenía una idea de lo que debía buscar.


Comencé mi búsqueda con una pregunta simple que debía disfrazarse con precaución: “¿Conoces a alguien que pueda enseñar Haki?”. En el Archipiélago, esa palabra llevaba tanto peso como una espada bien afilada. Decirla en el lugar equivocado podía atraer a personas que querías evitar. Así que me aseguré de no preguntar directamente, sino de escuchar primero.

Mi primera parada fue una taberna en el área media del Archipiélago, un lugar que apestaba a ron barato y a sudor. Allí, los marineros compartían rumores mientras un grupo de músicos tocaba una melodía desafinada al fondo. Me senté en una mesa oscura, con la capucha de mi capa cubriendo la mayor parte de mi rostro. No quería que mi tamaño llamara la atención antes de tiempo.

A mi izquierda, un par de hombres discutían sobre un cargamento de madera que se había retrasado. A mi derecha, un pirata de aspecto rudo le contaba a su compañero sobre un “hombre extraño” que vivía más allá de las raíces principales de esa isla del archipiélago. No fue difícil captar la palabra clave: “aplastar acero”.

-¿Cómo dices-Gin? -interrumpí, girándome hacia ellos con una expresión neutral.

El pirata me miró con desconfianza, pero mi presencia parecía disuadir cualquier intento de discusión.

-Hay un viejo loco en las raíces lejanas. La gente dice que puede romper el acero con las manos desnudas. Pero no es alguien con quien quieras meterte. Vive en una cueva, lejos de todo, y no le gustan los visitantes.

Le di un par de monedas para que siguiera hablando, pero la información que obtuve fue mínima. Aún así, era suficiente para continuar.

Mi siguiente parada fue una taberna más pequeña, un lugar al que solo llegabas si sabías exactamente a dónde ibas. La entrada era un pasadizo estrecho que se abría a una habitación oscura iluminada apenas por lámparas de aceite. Aquí, los rostros eran menos amigables, y cada mirada parecía evaluar si eras una amenaza o una oportunidad.

El tabernero era un hombre bajo, con el cabello escaso y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Me acerqué con cuidado, pidiendo un vaso de agua para no llamar la atención. Observé a los clientes mientras dejaba que la conversación fluyera a mi alrededor.

Finalmente, cuando el tabernero pasó cerca, le pregunté:

-¿Sabes algo sobre un maestro que vive en las raíces del Árbol-Gin?

Él dejó el vaso que estaba limpiando y me observó con una mezcla de curiosidad y precaución.

-Si buscas problemas, ve a las raíces. Si buscas respuestas, tendrás que convencerlo. No enseña a cualquiera. Y si lo molestas, será mejor que sepas correr.

-¿Cómo llego allí?

El tabernero suspiró, pero finalmente me indicó el camino: un sendero casi oculto que comenzaba detrás de una de las tabernas más grandes y descendía hacia las áreas menos transitadas del Archipiélago.

El sendero que tomé estaba casi cubierto de vegetación. Las burbujas aquí eran escasas, y las luces de Sabaody apenas llegaban hasta este rincón. Caminé por horas, avanzando entre raíces enormes que se enroscaban como serpientes dormidas. Los sonidos del agua goteando y las ramas crujientes bajo mis botas eran los únicos acompañantes en este viaje.

Finalmente, encontré la cueva. La entrada era un arco natural formado por las raíces del propio árbol del manglar en que estaba. Dentro, una pequeña fogata parpadeaba, y una figura solitaria se movía en las sombras.

-Quiero aprender a usar el Haki de Armamento-Gin. Necesito el poder de destruirlo todo -dije sin rodeos cuando me acerqué.

El hombre no respondió de inmediato. Me observó en silencio, como si intentara leer algo en mi interior. Finalmente, señaló una pila de troncos gruesos atados con cadenas y un sendero que conducía hacia una colina cercana.

-Llévalos a la cima. Entonces veremos si tienes lo que se necesita.

El primer ejercicio fue claro: cargar los troncos. Las cadenas eran pesadas, y cada tronco parecía estar hecho de un material más denso de lo normal. Até uno a mis hombros y comencé a caminar. El sendero hacia la colina era empinado y lleno de raíces que hacían el terreno irregular. Cada paso era un desafío, y las cadenas se clavaban en mi piel, dejando marcas profundas.

A la mitad del camino, el dolor comenzó a acumularse. Mi respiración era pesada, y mis piernas temblaban con cada movimiento. Pero no me detuve. Sabía que esto era solo el principio, y que ceder aquí significaría el fracaso.

Cuando llegué a la cima, el supuesto maestro me estaba esperando. No dijo nada, pero su expresión era suficiente para entender que este era solo el comienzo.

El segundo ejercicio fue más exigente: escalar una raíz gigante con las manos desnudas. La superficie era resbaladiza, cubierta de musgo, y cada agarre requería toda mi fuerza y concentración. Los Rompecráneos se sentían inútiles aquí; este era un desafío puro para mis brazos y mi resistencia.

El tercer ejercicio fue el más extenuante de todos: correr a través del bosque con los troncos atados a mi cintura. El maestro me hizo recorrer incontables veces un circuito lleno de obstáculos, donde tenía que saltar raíces, esquivar ramas bajas y mantener el equilibrio mientras los troncos golpeaban el suelo detrás de mí.

Cada reto terminaba con mi cuerpo al borde del colapso. El dolor en mis músculos era constante, y las marcas de las cadenas en mi piel parecían tatuajes de mi esfuerzo. Pero nunca me quejé. Sabía que este era el precio de la fuerza que buscaba, y que cada gota de sudor me acercaba más a mi objetivo.

Mientras me sentaba junto a la fogata luego de todos esos desafíos, observaba mis Rompecráneos. Los guantes eran un recordatorio de lo lejos que había llegado, pero también de cuánto me faltaba por recorrer. El maestro casi no hablaba, pero cuando lo hacía, sus palabras eran como golpes en mi mente.

-El peso no está en los troncos, está en tu voluntad -dijo secamente mientras me veía intentar levantar un tronco particularmente pesado.

Sus palabras resonaron en mi mente mientras me preparaba para el siguiente paso, decidido a superar cada límite que mi cuerpo y mi mente me impusieran. El dolor en mis músculos era constante, pero cada golpe y cada grito ahogado, me hacían más consciente de mis límites. Y, más importante, de cómo superarlos.

Cuando el maestro decidió que mi cuerpo había descansado lo suficiente y que de algún modo había alcanzado el nivel necesario, el enfoque cambió. Fue la primera vez que me habló con algo más que monosílabos o simples regaños. Sus palabras no eran amables, pero llevaban un peso innegable, como el rugido de una bestia contenida.

-El Haki no es solo fuerza. Es voluntad. Y tu voluntad está desordenada.

Esa sentencia resonó en mi mente mientras me conducía a una raíz masiva de aquella zona. Su superficie estaba cubierta de musgo, y su forma retorcida parecía un esqueleto gigante emergiendo del suelo. Según las indicaciones del maestro, me senté en una posición incómoda, con las piernas cruzadas y la espalda recta, y el maestro me ordenó que no me moviera.

-Escucha el mundo a tu alrededor -dijo antes de desaparecer entre las sombras del bosque.

Al principio, la meditación fue un tormento (porque era claro que se trataba de un ejercicio de meditación). Estaba acostumbrado al movimiento, al impacto, al rugido de los combates. El silencio me resultaba antinatural, como un enemigo que no podía golpear. Mis pensamientos vagaban sin control, arrastrándome de un recuerdo a otro. Veía las caras de Mira y Gonjo, los días en que cargaba cajas en el puerto de mi isla natal. Luego, las risas de la tripulación del Brillante Infortunio resonaban en mi cabeza, con Eaa acariciando a Mandarina mientras relataba historias sobre los mares que había navegado. Incluso recordé el espejo de Maeve, con esa marca de labial que se negaba a desaparecer, como un recordatorio de su presencia. Todo se mezclaba en mi mente como un torbellino y en un punto imaginé a Eaa platicando con Mira. Habría sido lindo que se conocieran, ¿no? o ver siquiera al viejo Alfred jugar con Mandarina. Seguro que le agradaría, al viejo le gustaban los animales.

Me encontraba atrapado en mi propia mente, incapaz de detener el flujo constante de imágenes. Mis piernas comenzaron a doler por la posición incómoda, y el impulso de moverme era casi insoportable. Pero no lo hice. Me obligué a permanecer inmóvil, aferrándome a las palabras del maestro. “Escucha el mundo a tu alrededor.”

Poco a poco, algo cambió. El silencio dejó de ser un enemigo y se convirtió en un aliado. Cerré los ojos y empecé a notar cómo las imágenes en mi mente daban paso a los sonidos sutiles y naturales del bosque: el crujir de las hojas bajo el viento, el zumbido de las burbujas al explotar en el aire, e incluso el ritmo constante de mi respiración. Sentí cómo mi mente, antes dispersa, comenzaba a enfocarse. Era como si cada sonido, cada respiración, se alineara en un solo flujo de energía.

El maestro regresaba ocasionalmente para observarme, pero nunca decía mucho. Sus correcciones eran breves pero precisas:

-Tu espalda está curvada. No hay fuerza en una base inestable.

O simplemente:

-Tu respiración es demasiado superficial. Llena tus pulmones como si llenaras tu cuerpo de voluntad.

Había algo frustrante en sus palabras. No daba instrucciones detalladas, ni explicaba lo que debía sentir o hacer. Simplemente señalaba mis errores y desaparecía de nuevo, dejándome con más preguntas que respuestas. Pero esa era su manera de enseñar, supongo. Y yo, aunque no lo entendiera del todo, seguía intentándolo. Debía seguir intentando.

En un punto, mientras practicaba, algo cambió. Sentado bajo la luz que se filtraba entre aquellas raíces esqueléticas, comencé a notar una conexión entre mi respiración y mi cuerpo. Era algo difícil de explicar, pero con cada inhalación, sentía un peso que me anclaba al suelo, pero también una ligereza que parecía fluir hacia mis manos. Mi mente, usualmente caótica, estaba en calma de a ratos. Por primera vez, comprendí lo que el maestro quería decir con “voluntad”. No era algo tangible, pero estaba allí, como una corriente subterránea esperando ser desatada.

Luego de un rato, el maestro volvió y decidió que era el momento para llevar el entrenamiento un paso más allá. Me condujo a un claro donde varias raíces del lugar ahora formaban plataformas naturales a diferentes alturas. Me señaló la más alta, una raíz inclinada que sobresalía sobre una pequeña caída.

-Siéntate allí y mantén el equilibrio -ordenó.

La plataforma era lo suficientemente ancha como para sentarse, pero apenas lo suficiente como para sentirse seguro. El viento que soplaba desde las burbujas cercanas hacía que la raíz se balanceara ligeramente, aumentando la dificultad. Me senté, cruzando las piernas como siempre, y cerré los ojos.

Esta vez, el silencio no me intimidó. Algo había comenzado a cambiar. Me concentré en mi respiración, dejando que el sonido del viento y las burbujas se mezclara con el ritmo de mi corazón. Sin embargo, mantener el equilibrio no era fácil. Cada vez que mi mente divagaba, mi cuerpo perdía estabilidad, obligándome a reajustarme.

-La voluntad no es rígida como una roca. Es flexible, como un junco que se dobla con el viento sin romperse -dijo el maestro desde la distancia.

Esas palabras me ayudaron a entender. En lugar de resistirme al movimiento, comencé a fluir con él, ajustando mi postura de forma natural. No trataba de controlar la raíz, sino de adaptarme a ella.

Durante una de esas maniobras de reajuste y de balanceo de mi cuerpo, algo extraño ocurrió. Mientras estaba sentado en la raíz, con los ojos cerrados y la mente enfocada, sentí un leve calor en mis manos. Era un hormigueo que parecía emanar directamente de los Rompecráneos, como si estuvieran reaccionando a mi concentración. Abrí los ojos, esperando ver algún cambio, pero los guantes se veían igual que siempre.

El maestro, que me observaba desde la distancia, asintió con aprobación -Estás cerca. No te distraigas -dijo, con una leve sonrisa en su rostro por primera vez.

Sus palabras me llenaron de determinación. Si había llegado tan lejos, sabía que podía seguir adelante. Cada movimiento se convirtió en un nuevo paso hacia el dominio de mi voluntad. trataba de escuchar no solo el mundo a mi alrededor, sino también mi propio cuerpo y mente. Era como si cada pensamiento, cada respiración, estuviera trabajando en armonía por primera vez.

En un punto, mientras meditaba junto a la raíz masiva, sentí un avance sutil pero significativo. Mi respiración se sincronizó perfectamente con los sonidos del bosque, y mi mente estaba completamente en calma. En ese momento, no había distracciones, no había pasado ni futuro. Solo estaba el presente, un estado de claridad absoluta que nunca antes había experimentado.
Aunque el Haki como tal aún no se manifestaba completamente, sabía que estaba más cerca que nunca. Podía sentirlo en mis manos, un poder latente que esperaba ser liberado. El maestro, como siempre, no expresó mucho, pero sus ojos mostraban algo parecido al orgullo, o quizás aprobación.

-La voluntad no se enseña, se descubre. Y parece que estás empezando a entenderlo -dijo antes de desaparecer una vez más en las sombras del bosque. ¿Sí sería un maestro real o eran ideas mías?

La siguiente etapa fue la más desafiante, no solo físicamente, sino también mentalmente. Había entrenado mi cuerpo hasta el límite y había aprendido a calmar mi mente en el silencio del bosque, pero ahora debía combinar ambos aprendizajes en algo más. Algo que, según el maestro, requería una voluntad que aún no había manifestado completamente.

Cuando me presentó la prueba, parecía sencilla a primera vista: bloques de madera, piedras de diferentes tamaños y, en el centro, una pieza de metal oxidado que parecía haber sido extraída de un barco abandonado.

-Rompe estos -ordenó, con su voz grave y firme- Pero no con tus manos. Usa lo que has aprendido.

La confusión se apoderó de mí al principio. ¿Cómo iba a romper algo sin usar mis manos? Pensé que tal vez quería que usara la Gura Gura, pero no tenía manera saber que yo era capaz de aquello. Quizás hablaba de mezclar fuerza bruta combinada con mi concentración, pero incluso eso no tenía sentido. Decidí intentarlo de la manera más literal posible: golpeé uno de los bloques de madera con toda la fuerza que mis puños podían canalizar. El impacto resonó en el claro, pero el resultado fue decepcionante. Solo logré astillar la superficie.

Frustrado, me detuve y miré al maestro, esperando alguna orientación. Él, como siempre, negó con la cabeza y lanzó una de esas frases que parecía más un enigma que una instrucción.

-No es fuerza. No es pensamiento. Es voluntad pura. No golpees el objeto. Golpea lo que hay detrás. No detrás de él, sino detrás de la idea.

Sus palabras resonaron una vez más en mi mente mientras intentaba descifrarlas. ¿Cómo mierdas podía golpear algo sin tocarlo? Cerré los ojos, tratando de canalizar lo que había aprendido durante las sesiones de meditación. Me imaginé rompiendo el bloque de madera con algo más que mis manos, una energía que emanaba de mi interior. Pero cuando abrí los ojos y golpeé de nuevo, el resultado fue el mismo. Nada cambió.

Los golpes siguientes se convirtieron en un ciclo interminable de intentos y fracasos. Golpeaba los bloques de madera, las piedras, e incluso el metal, pero siempre con los mismos resultados: pequeñas grietas en las superficies más frágiles y ningún avance significativo en los materiales más resistentes. Cada golpe era un recordatorio de lo lejos que estaba del éxito en mi objetivo, de lo insuficiente que aún era mi comprensión de esa cosa llamada Haki.

Mi frustración crecía con cada intento fallido. Me preguntaba si estaba haciendo algo mal o si simplemente no era lo suficientemente fuerte para dominarlo. Pero el maestro nunca me dejó detenerme. Su mirada, siempre firme pero nunca cruel, parecía decirme que los fracasos eran tan importantes como los éxitos.

-El Haki no es algo que se obtiene fácilmente -dijo en un momento de descanso para comer, mientras estábamos junto a la fogata- Cada golpe que no funciona es un paso más hacia el golpe que sí lo hará.

Sus palabras me hicieron reflexionar. Tal vez no se trataba sólo de romper los objetos frente a mí. Tal vez se trataba de romper algo dentro de mí mismo: mis dudas, mis miedos, mi dependencia de la fuerza física.

Decidí cambiar mi enfoque. En lugar de golpear una y otra vez con la misma frustración, comencé a aplicar lo que había aprendido en las sesiones de meditación. Cerraba los ojos antes de cada intento, respiraba profundamente y me concentraba en mi objetivo. En lugar de ver el bloque de madera como un obstáculo, comencé a imaginar lo que había detrás de él. No solo físicamente, sino también simbólicamente.

Golpeé el bloque de madera una vez más, esta vez con una intención diferente. En lugar de enfocarme en destruirlo, me concentré en canalizar mi voluntad hacia algo más allá de su superficie. Cuando abrí los ojos, vi que una pequeña grieta había aparecido en el centro. Era un avance insignificante, pero era suficiente para darme esperanza.

Cuando finalmente logré un avance significativo, no fue porque golpeara más fuerte. Fue porque dejé de pensar tanto. Durante un punto particularmente frustrante del entrenamiento, me rendí a la fatiga. Cerré los ojos y golpeé una de las piedras con lo que me quedaba de energía, pero algo dentro de mí cambió en ese instante. Ya no estaba intentando. Estaba actuando.

Cuando abrí los ojos, vi que la piedra no solo tenía una grieta, sino que parte de su superficie se había desmoronado. El maestro, que observaba desde la sombra de un árbol cercano, sonrió levemente.

-Ya ves lo que puedes hacer cuando dejas de pensar tanto -dijo, con ese tono que siempre era una mezcla de aprobación y desafío. Ese pequeño éxito me dio la motivación que necesitaba para continuar. Comencé a notar patrones en mis intentos. Los golpes más efectivos no eran los más fuertes, sino los que estaban cargados de intención. La voluntad pura que el maestro mencionaba no era algo que pudiera forzarse. Era algo que debía fluir naturalmente, como un río que encuentra su camino entre las rocas.

La pieza de metal oxidado fue la última prueba de esta etapa. Después de muchísimo intentos y de trabajar con madera y piedra, el maestro consideró que estaba listo para enfrentar el desafío final.

-Este metal ha resistido años de desgaste, pero no resistirá tu voluntad si lo haces correctamente -dijo, colocándolo frente a mí.

Me arrodillé frente a la pieza de metal, sintiendo el peso de su presencia. Cerré los ojos y respiré profundamente, dejando que mi mente se despejara. Me imaginé mi voluntad fluyendo a través de mis brazos, concentrándose en mis manos y extendiéndose más allá de mi cuerpo.

Cuando golpeé el metal, no sentí el impacto en mis nudillos como solía hacerlo. Sentí algo diferente, como si la energía que había acumulado se liberara en un solo instante. Cuando abrí los ojos, vi una pequeña abolladura en la superficie del metal. No era mucho, pero era suficiente para saber que había logrado algo.

El maestro se acercó y examinó la abolladura. No dijo nada al principio, pero luego colocó una mano en mi hombro.

-Has comenzado a entender. Pero este es solo el principio.

En ese punto, el maestro me permitió un nuevo momento para descansar, y pude estar un momento a solas con mis pensamientos, mientras observaba las burbujas subir y estallar desde el claro, reflexioné sobre todo lo que había aprendido. Esta etapa del entrenamiento no había sido solo un ejercicio físico. Había sido una prueba de mi voluntad, de mi capacidad para superar mis propias limitaciones.

El Haki de Armamento no era solo una técnica. Era una manifestación de todo lo que era: mis promesas, mis objetivos, mi deseo de proteger y luchar por lo que creía. Y aunque aún estaba lejos de dominarlo completamente, sabía que estaba un paso más cerca de mi objetivo.

El momento que había estado esperando llegó sin ceremonia. El maestro, con la misma calma que había mostrado durante todo el entrenamiento, arrastró un bloque de acero sólido al centro del claro. Su superficie reflejaba la luz del sol que se filtraba entre las raíces del mangle gigante, como si aquel desafío final quisiera recordarme su inmovilidad e invulnerabilidad.

-Si puedes romper esto, estarás listo -dijo, su voz tan firme como el acero frente a mí.

No había consejos esta vez, ni enigmas. Solo una afirmación que dejaba claro que todo lo que había aprendido culminaba en este momento. Luego, se retiró a un lugar sombreado, dejando que enfrentara el obstáculo por mi cuenta.

Me acerqué al bloque y me quedé inmóvil frente a él, sintiendo su peso no solo físico, sino también simbólico. No era solo un pedazo de metal. Representaba todos los desafíos que había enfrentado hasta ahora, todas las veces que me habían roto, todas las promesas que aún tenía que cumplir.

Respiré hondo, dejando que el aire llenara mis pulmones y calmara los latidos de mi corazón. Cerré los ojos, dejando que mis pensamientos se disiparan. Recordé cada paso del camino que me había traído aquí. Los entrenamientos de cargar troncos bajo un sol abrasador, los momentos de frustración al intentar romper piedras que parecían inquebrantables, y las horas de meditación en las que había aprendido a calmar mi mente. Todo eso convergía en este instante.

En mi mente, visualizé la energía que había comenzado a descubrir. No era algo físico, pero podía sentirla como un calor, como un río que fluía a través de mí, conectando cada fibra de mi ser. No era la Gura Gura no Mi. Esto era diferente, algo más profundo. Una fuerza que no venía de una fruta, sino de mi voluntad. De lo más profundo de mi existencia.

“Golpea lo que hay detrás”, recordé las palabras del maestro, repitiéndolas como un mantra.

Con los ojos cerrados, levanté las manos cubiertas por mis guantes metálicos. Sentí el peso de los rompecraneos, no como una carga, sino como una extensión de mí mismo. Cuando abrí los ojos, algo había cambiado. Mis manos parecían vibrar con una energía invisible y muy diferente a la que ya poseía. Un calor que emanaba de mi interior y envolvía mis nudillos. No era una fuerza explosiva ni violenta; era algo contenido, controlado.

Dando un paso adelante, levanté mi puño y lo dejé caer sobre el bloque de acero. El impacto resonó en el claro como un trueno, una onda de energía que pareció reverberar en el aire. Por un momento, no pasó nada. Pero luego, una grieta apareció en la superficie del acero, extendiéndose rápidamente hasta partirlo en dos mitades limpias.

El sonido del metal cediendo fue como una liberación, un eco que llevaba consigo todas mis dudas y frustraciones. Miré mis manos, aún envueltas en esa energía cálida, sintiendo el poder vibrar a través de mí. El maestro regresó desde las sombras, observando los restos del bloque. No dijo nada al principio, limitándose a examinar las dos mitades con una expresión de satisfacción discreta. Finalmente, levantó la mirada hacia mí.

-Bien hecho -dijo, con un tono que por primera vez tenía algo de calidez- Pero recuerda, esto es solo el comienzo.

No esperaba elogios, ni los necesitaba. Sus palabras eran suficientes para entender que había dado el primer paso, pero también que el camino hacia el dominio completo del Haki de Armamento aún era largo. Me quedé de pie frente al bloque partido, mirando las grietas en su superficie y reflexionando sobre lo que acababa de lograr. Este no era solo un avance en el entrenamiento. Era una transformación. Por primera vez, sentí que no estaba limitado por la fuerza bruta o las habilidades de la Gura Gura no Mi. Había algo más dentro de mí, algo que siempre había estado allí, esperando a ser descubierto.

Pensé en Mira, en Gonjo, en Eaa, y en todas las personas a las que había prometido proteger. Este poder no era solo mío. Era para ellos, para cumplir las promesas que había hecho y para asegurarme de que nunca más estaría en una posición en la que no pudiera defender lo que era importante.

Mis manos seguían vibrando con esa energía cálida mientras las cerraba en puños. Sabía que esto era solo el principio, pero por primera vez, sentí que estaba realmente listo para enfrentar lo que el mundo pusiera en mi camino.

Miré al maestro, quien ahora se había retirado a la sombra una vez más. Su mirada seguía fija en mí, pero esta vez no había desafío en sus ojos. Solo una aprobación silenciosa.

-Gracias -dije, sabiendo que esas palabras no eran suficientes para expresar lo que sentía. El maestro no respondió, pero tampoco era necesario. Sus enseñanzas habían sido la respuesta a todas mis preguntas.

Sabía que eso había sido todo. Mi primer paso en este entrenamiento había sido dado. Ahora debía seguir mi camino. Mientras me alejaba del claro, dejando atrás los restos del bloque de acero, sentí que algo dentro de mí había cambiado para siempre. El haki de armamento era más que un poder. Era una manifestación de todo lo que era, de todo lo que podía ser. Y aunque aún tenía mucho por aprender, sabía que este era un paso importante hacia el hombre que quería ser: alguien capaz de proteger, de luchar, y de cumplir las promesas que me definían.

Mis puños los sentí en ese momento mucho más ligeros, pero esta vez se sentían diferentes. No eran solo mis nudillos, sino todo mi ser. Mis puños eran una extensión de mi voluntad, una herramienta para canalizar el poder que ahora sabía que tenía.

El camino hacia el dominio del haki apenas comenzaba, pero con cada paso, estaba más cerca de mi objetivo: convertirme en el escudo de unos, y en el terror y el azote de otros.


Resumen


Off
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[Presente Relativo - Entrenamiento Haki] - El poder de destruirlo todo - por Rapax Gin - 28-01-2025, 10:16 PM

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