28-01-2025, 11:25 PM
Tamborileaba con los dedos sobre el mango de mi espada, clavada entorno al cuello de Zorak que se encontraba tumbado en el suelo frente a mi, un poco escorado del centro de mi cuerpo para que su cuello quedara alineado con mi espada. Un movimiento en falso y lo decapitaría, aquel hombre estaba más muerto que vivo, su tez blanca, desnutrida de vida y en sus ojos una herida que le ha había negado a Ben curar. Misericordioso sería el señor si aquel caudillo comunista podía volver a ver. Había caído tras dos golpes.
¿Tan poderoso era? ¿Tan débil era él? No. Esas preguntas no tenían sentido, sin oposición no sabría la verdad, lo que le hubiera pasado debería haber sido otra cosa, me negaba a que un hombre más peligroso que yo fuera así de débil. Afirmar que lo había derrotado sería una mentira y yo odio mentir. Pero si que había una verdad atormentándome en susurros desde lo más hondo de mi humeante corazón: aquel anciano había destruido mi barco, mi insignia, mi determinación. Solo le había echo unas muescas, pero lo había echo. ¿De verdad quería salvar a su hija? Imbécil, desde el infierno no puedes ayudar a nadie. Escupí. Medio hombre y unos tablones a cambio de una cantimplora bonita y una fruta carísima que se había comido aquel Tenoch o Quetzall o quien cojones fuera en un alarde de desafío. Rasqué mi mandíbula, nervioso, alterado, furioso. Nicolás se sentía apabullado, lo nota lejos, temeroso. Aquel barco había sido nuestra primera victoria, nuestra primera recompensa al dolor que habíamos otorgado aquel zorro había cometido un sacrilegio. Encontraría a su hija y la mataría.
- No... - Susurré. Eso sería enviarla con él, juntarlos en la muerte - La dejaré vender... y que sufra - Sí. Mucho mejor, su padre vería desde las fatuas y ardientes tierras que dominaré el día que muera la desesperación de su legado.
Volví a tamborilear con los dedos sobre el mango de mi espada, la cual domaba la luz hacía el cuello de Zorak veía la línea que los conectaba, mi espada y la muerte dos amantes insatisfechas la una de la otra, siempre necesitadas de más, polos opuestos que se atraían. Me erguía tan alto era, más pequeño que mis coetáneos, más inmenso que los humanos y una montaña para las bestias pequeñas del mundo. Yo, Ashura, la catástrofe. Mis ropajes teñidos de colores marrones por la suciedad y la sangre seca ondeaban en aquel paramo, el Manglar 23. Esperaba a un hombre Kisuke, compañero de Zorak, menos peligroso que yo según el gobierno. Mentiras. Más mentiras. El dinero que vales no determina tu poder, pues conmigo esa lógica falla. Tenía poder para destruir el mundo. Tenía el poder para gobernarlo. Suponía que con ellos también podría, debería.
El descampado era yermo, nada había a mi alrededor, nos rodeaba un circulo de arbustos a los 30 metros a ambos lados de mi manos, detrás el mar, en frente los manglares. Una figura encapuchada entro en la zona. Tamborilee con los dedos por tercera y última vez, entonces paré y agarré el mango como una palanca, una palanca que activaba la muerte de un hombre.
El encapuchado caminó firme, seguro. ¿Sería él? A la tormenta si no lo era, ahora solo el dinero podría arreglar mi estado de ánimo, cualquier otra cosa acabaría con más sangre. Llegó hacia mí. Se paró a una distancia prudencial. Se quito la capucho, presentó y me lanzó una bolsa en esa sucesión de actos.
- ¿Está todo? - Pronuncié mientras agarraba con la mano libre la bolsa. Sentí el peso dentro de la bolsa. Dinero... Angustioso dinero que tendría que gastar en reparar mi mayor tesoro: El Niebla de Guerra. - Hmm - Dije mientras miraba la bolsa. Se la devolví imitando su gesto, lanzándosela a la mano - Ábrela y cuéntalo - Le ordené con una voz queda y opaca.
Apreté el agarre de la espada. La hierba se levantó un poco cuando hice presión, el filo se acercó al cuello de Zorak unos leves centímetros al cuello de Zorak - No estoy para hostias - Mis dientes rasparon entre ellos - Voy a perdonar su vida - Trabe la mirada con Kisuke - Ni si quiera ha respondido a mi propuesta - Había intentado reclutarle antes de que cayera inconsciente, no fue capaz de contestar - Vivirá por mi capricho, volveré a buscarle. Díselo cuando despierte - Apreté con mas fuerza el agarre. Mi espada chillaba Mátalo. Mátalo. Mátalo.
¿Tan poderoso era? ¿Tan débil era él? No. Esas preguntas no tenían sentido, sin oposición no sabría la verdad, lo que le hubiera pasado debería haber sido otra cosa, me negaba a que un hombre más peligroso que yo fuera así de débil. Afirmar que lo había derrotado sería una mentira y yo odio mentir. Pero si que había una verdad atormentándome en susurros desde lo más hondo de mi humeante corazón: aquel anciano había destruido mi barco, mi insignia, mi determinación. Solo le había echo unas muescas, pero lo había echo. ¿De verdad quería salvar a su hija? Imbécil, desde el infierno no puedes ayudar a nadie. Escupí. Medio hombre y unos tablones a cambio de una cantimplora bonita y una fruta carísima que se había comido aquel Tenoch o Quetzall o quien cojones fuera en un alarde de desafío. Rasqué mi mandíbula, nervioso, alterado, furioso. Nicolás se sentía apabullado, lo nota lejos, temeroso. Aquel barco había sido nuestra primera victoria, nuestra primera recompensa al dolor que habíamos otorgado aquel zorro había cometido un sacrilegio. Encontraría a su hija y la mataría.
- No... - Susurré. Eso sería enviarla con él, juntarlos en la muerte - La dejaré vender... y que sufra - Sí. Mucho mejor, su padre vería desde las fatuas y ardientes tierras que dominaré el día que muera la desesperación de su legado.
Volví a tamborilear con los dedos sobre el mango de mi espada, la cual domaba la luz hacía el cuello de Zorak veía la línea que los conectaba, mi espada y la muerte dos amantes insatisfechas la una de la otra, siempre necesitadas de más, polos opuestos que se atraían. Me erguía tan alto era, más pequeño que mis coetáneos, más inmenso que los humanos y una montaña para las bestias pequeñas del mundo. Yo, Ashura, la catástrofe. Mis ropajes teñidos de colores marrones por la suciedad y la sangre seca ondeaban en aquel paramo, el Manglar 23. Esperaba a un hombre Kisuke, compañero de Zorak, menos peligroso que yo según el gobierno. Mentiras. Más mentiras. El dinero que vales no determina tu poder, pues conmigo esa lógica falla. Tenía poder para destruir el mundo. Tenía el poder para gobernarlo. Suponía que con ellos también podría, debería.
El descampado era yermo, nada había a mi alrededor, nos rodeaba un circulo de arbustos a los 30 metros a ambos lados de mi manos, detrás el mar, en frente los manglares. Una figura encapuchada entro en la zona. Tamborilee con los dedos por tercera y última vez, entonces paré y agarré el mango como una palanca, una palanca que activaba la muerte de un hombre.
El encapuchado caminó firme, seguro. ¿Sería él? A la tormenta si no lo era, ahora solo el dinero podría arreglar mi estado de ánimo, cualquier otra cosa acabaría con más sangre. Llegó hacia mí. Se paró a una distancia prudencial. Se quito la capucho, presentó y me lanzó una bolsa en esa sucesión de actos.
- ¿Está todo? - Pronuncié mientras agarraba con la mano libre la bolsa. Sentí el peso dentro de la bolsa. Dinero... Angustioso dinero que tendría que gastar en reparar mi mayor tesoro: El Niebla de Guerra. - Hmm - Dije mientras miraba la bolsa. Se la devolví imitando su gesto, lanzándosela a la mano - Ábrela y cuéntalo - Le ordené con una voz queda y opaca.
Apreté el agarre de la espada. La hierba se levantó un poco cuando hice presión, el filo se acercó al cuello de Zorak unos leves centímetros al cuello de Zorak - No estoy para hostias - Mis dientes rasparon entre ellos - Voy a perdonar su vida - Trabe la mirada con Kisuke - Ni si quiera ha respondido a mi propuesta - Había intentado reclutarle antes de que cayera inconsciente, no fue capaz de contestar - Vivirá por mi capricho, volveré a buscarle. Díselo cuando despierte - Apreté con mas fuerza el agarre. Mi espada chillaba Mátalo. Mátalo. Mátalo.
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