19-02-2025, 02:08 PM
(Última modificación: 19-02-2025, 03:07 PM por Kenzo D. Fujiwara.)
[personajeinvalido=1574]
El corazón me latía con fuerza, un tamborileo constante que acompañaba cada uno de mis pasos mientras avanzábamos por el archipiélago de Sabaody. Caminaba junto a Triana, mis pensamientos divididos entre la emoción y el nerviosismo que se entrelazaban como una cuerda tensa, lista para romperse en cualquier momento. La adrenalina corría por mis venas, llenándome de una energía electrizante. No todos los días se tiene la oportunidad de desafiar al sistema, de alzar la voz contra la injusticia, de luchar por la libertad de aquellos que jamás han conocido otra cosa más que cadenas. La simple idea de irrumpir en ese infierno de esclavitud y arrancar a esas personas de su miseria hacía que mi pecho ardiera con una intensidad difícil de describir. El camino hasta el Manglar 50 se me había hecho sorprendentemente ameno, quizás porque mi mente estaba demasiado ocupada calculando cada posibilidad, cada riesgo, cada consecuencia. O quizás porque la presencia de Triana, con su determinación silenciosa, me daba un extraño sentido de calma en medio del caos que estábamos a punto de desatar.
El estruendo me golpea antes de que pueda reaccionar. Un estrépito seco y brutal, como si el mundo mismo se estuviera partiendo en dos. No hay advertencia, solo un impacto feroz que sacude el suelo bajo mis pies y convierte el aire en una espesa nube de polvo y escombros. Todo sucede en un parpadeo. Dos edificios colapsan con un rugido ensordecedor, como si fueran castillos de arena barridos por una ola invisible. La onda expansiva me hace tambalear, y un escalofrío recorre mi espalda cuando me doy cuenta de que Triana ya no está a mi lado. -¡Triana! ¿Donde estás? ¡TRIANA!- Grito, girando la cabeza en todas direcciones. El polvo se mete en mi garganta, haciéndome toser con violencia. Siento cómo mi chaqueta se impregna de la suciedad del derrumbe, y, sin pensarlo, levanto un brazo para cubrirme la cara, intentando proteger mis ojos de las partículas suspendidas en el aire. La adrenalina me nubla los sentidos, mi respiración se acelera y un zumbido molesto se instala en mis oídos. Trato de enfocar la mirada entre la neblina grisácea que nos envuelve, y entonces lo veo. A través del caos, una silueta se perfila con una presencia imponente. Un ser mecánico, enorme y amenazante, emerge de la polvareda como una pesadilla hecha realidad. Su estructura es de un gris metálico que brilla bajo la tenue luz que logra filtrarse entre los escombros, con líneas azules que recorren su cuerpo como venas luminosas, pulsantes, cargadas de energía desconocida. Mi corazón late con furia en mi pecho. No sé qué demonios es eso ni por qué ha atacado, pero una cosa es segura: no viene en son de paz.
El caos se desata a mi alrededor en una sinfonía de gritos y escombros cayendo. El polvo sigue en el aire, ardiendo en mis pulmones, y en medio de todo, el sonido metálico de la maquinaria del robot resuena como un trueno contenido. Apenas tengo tiempo de reaccionar cuando la cosa se mueve. No camina ni se desliza con pesadez, como uno esperaría de un ser mecánico de semejante tamaño. No. Baja con una velocidad endiablada, como si la gravedad no significara nada para él, como si estuviera diseñado para la caza y la muerte. Un instante antes estaba en el aire, y al siguiente se lanza en picado contra nosotros con una agresividad brutal. Todo sucede en una fracción de segundo. Siento el impulso de correr, de hacer algo para evitar lo inevitable, pero antes de que pueda moverme, alguien más interviene. La estúpida de Sasha. Su cuerpo cambia de golpe, en una transformación tan repentina que por un instante dudo de lo que ven mis ojos. Su silueta humana se distorsiona, creciendo un poco más, y le empiezan a salir escamas de color verde, no por todo el cuerpo; luego le salieron una especie de cuernos por la cara, y finalmente una cola al final de la espalda. Con un rugido bestial, Sasha balancea su kanabo con una fuerza colosal, golpeando de lleno el pecho metálico del robot. El sonido del impacto resuena como un trueno, sacudiendo el suelo a nuestro alrededor. La fuerza del golpe es tal que el robot es repelido en el acto, su ataque completamente desviado.
Mi cuerpo reacciona antes de que pueda procesarlo del todo. La adrenalina se dispara por mis venas y, sin pensarlo dos veces, mis piernas comienzan a moverse. La imagen de Sasha transformado, deteniendo el ataque del robot con una brutalidad que no esperaba, todavía revolotea en mi mente, pero no hay tiempo para quedarme pasmado. Si no atacamos con todo lo que tenemos, esta cosa se levantará y volverá a arremeter contra nosotros. Me lanzo hacia adelante, mis pies golpean el suelo con fuerza mientras corro con la intención de asestarle un golpe lo más fuerte posible. Sin embargo, antes de que pueda llegar a mi objetivo, una ráfaga de movimiento atraviesa el aire a mi lado. Garnet. Es una exhalación, un borrón que se adelanta con una velocidad imposible, como un rayo que corta el cielo sin previo aviso. Lo vi moverse muchas veces antes, pero aún así, su rapidez me sorprende. No me molesta que haya llegado antes que yo; al contrario, sé que aprovechará la oportunidad mejor de lo que yo podría. En apenas un parpadeo, Garnet impacta contra la sien del robot con un golpe seco y contundente. Se oye un crujido metálico, como si su estructura interna se resintiera bajo la fuerza del puñetazo. La bestia mecánica tambalea, y luego cae pesadamente contra el suelo, haciendo temblar la tierra a su alrededor. Es mi oportunidad. Aprovecho la ventaja y sigo moviéndome. No puedo permitirme un ataque predecible, así que, mientras corro, altero mi dirección en zigzag, cambiando de ritmo y trazando un patrón irregular. Mis ojos no se despegan de mi objetivo ni por un segundo. Justo antes de llegar, doy un pequeño salto hacia la derecha y luego otro hacia la izquierda en el último momento, tal y como me enseñó Garnet. Y entonces, con todo el poder que mi cuerpo es capaz de reunir, descargo un puñetazo demoledor en la tibia de su pierna derecha con mi zurda. -¡RYUKEN!- Grito mientras el impacto resuena con un golpe seco y vibrante. Siento la dureza de su estructura cediendo levemente bajo la presión de mi golpe, aunque no tengo tiempo de analizar cuánto daño he causado. Si consigo romperle la pierna, podríamos reducir drásticamente su movilidad, y eso significaría una enorme ventaja para nosotros.
Tan pronto como mi puño impacta contra la pierna del robot, retrocedo de inmediato, saltando hacia atrás con la vista fija en su estructura. No puedo permitirme quedarme demasiado cerca si tiene algún tipo de contraataque programado. Me alejo unos tres metros, lo suficiente para tener margen de reacción, pero no tanto como para perder el control de la situación. Adopto una posición defensiva instintivamente, dejando que mi cuerpo actúe según lo que he aprendido en cada pelea y entrenamiento. Flexiono las piernas ligeramente para bajar mi centro de gravedad, asegurándome de que mi peso esté equilibrado. Mantengo los puños alzados, el derecho más adelante y el izquierdo más cerca del pecho, listo para lanzar un golpe o bloquear cualquier ataque repentino. Mi mirada se fija en el robot, observando cada pequeño movimiento, cualquier chispa o vibración que me indique que se está preparando para responder. Mi respiración es rápida, pero controlada. La adrenalina aún recorre mi cuerpo, acelerando mi corazón, tensando mis músculos, exigiéndome estar preparado para cualquier cosa. Sin embargo, más allá de la inminente batalla, algo dentro de mí arde con rabia. Veo el símbolo de la Marina en algún punto de su estructura y siento un pinchazo de ira en el pecho. Es la confirmación de algo que ya sospechaba, algo que no quería aceptar del todo. -¡Malditos Marines! ¡Parece ser que vienen a por nosotros! ¡No nos dejan en paz!- Mascullo entre dientes, sintiendo cómo mi mandíbula se tensa.
No es una coincidencia. No puede serlo. Esto es un plan del Gobierno Mundial para erradicar a los Alas Negras, no tengo la menor duda. Primero fue en Momoiro, y ahora en Sabaody. Han estado siguiéndonos, han estado planeando esto desde hace tiempo, y no van a detenerse hasta que nos hayan borrado del mapa. Aprieto los puños con fuerza, sintiendo cómo la rabia me consume por dentro. Ya no es solo una cuestión de sobrevivir o ganar esta pelea. Ahora se trata de demostrarles que no nos vamos a rendir, que no vamos a caer sin luchar.
El corazón me latía con fuerza, un tamborileo constante que acompañaba cada uno de mis pasos mientras avanzábamos por el archipiélago de Sabaody. Caminaba junto a Triana, mis pensamientos divididos entre la emoción y el nerviosismo que se entrelazaban como una cuerda tensa, lista para romperse en cualquier momento. La adrenalina corría por mis venas, llenándome de una energía electrizante. No todos los días se tiene la oportunidad de desafiar al sistema, de alzar la voz contra la injusticia, de luchar por la libertad de aquellos que jamás han conocido otra cosa más que cadenas. La simple idea de irrumpir en ese infierno de esclavitud y arrancar a esas personas de su miseria hacía que mi pecho ardiera con una intensidad difícil de describir. El camino hasta el Manglar 50 se me había hecho sorprendentemente ameno, quizás porque mi mente estaba demasiado ocupada calculando cada posibilidad, cada riesgo, cada consecuencia. O quizás porque la presencia de Triana, con su determinación silenciosa, me daba un extraño sentido de calma en medio del caos que estábamos a punto de desatar.
El estruendo me golpea antes de que pueda reaccionar. Un estrépito seco y brutal, como si el mundo mismo se estuviera partiendo en dos. No hay advertencia, solo un impacto feroz que sacude el suelo bajo mis pies y convierte el aire en una espesa nube de polvo y escombros. Todo sucede en un parpadeo. Dos edificios colapsan con un rugido ensordecedor, como si fueran castillos de arena barridos por una ola invisible. La onda expansiva me hace tambalear, y un escalofrío recorre mi espalda cuando me doy cuenta de que Triana ya no está a mi lado. -¡Triana! ¿Donde estás? ¡TRIANA!- Grito, girando la cabeza en todas direcciones. El polvo se mete en mi garganta, haciéndome toser con violencia. Siento cómo mi chaqueta se impregna de la suciedad del derrumbe, y, sin pensarlo, levanto un brazo para cubrirme la cara, intentando proteger mis ojos de las partículas suspendidas en el aire. La adrenalina me nubla los sentidos, mi respiración se acelera y un zumbido molesto se instala en mis oídos. Trato de enfocar la mirada entre la neblina grisácea que nos envuelve, y entonces lo veo. A través del caos, una silueta se perfila con una presencia imponente. Un ser mecánico, enorme y amenazante, emerge de la polvareda como una pesadilla hecha realidad. Su estructura es de un gris metálico que brilla bajo la tenue luz que logra filtrarse entre los escombros, con líneas azules que recorren su cuerpo como venas luminosas, pulsantes, cargadas de energía desconocida. Mi corazón late con furia en mi pecho. No sé qué demonios es eso ni por qué ha atacado, pero una cosa es segura: no viene en son de paz.
El caos se desata a mi alrededor en una sinfonía de gritos y escombros cayendo. El polvo sigue en el aire, ardiendo en mis pulmones, y en medio de todo, el sonido metálico de la maquinaria del robot resuena como un trueno contenido. Apenas tengo tiempo de reaccionar cuando la cosa se mueve. No camina ni se desliza con pesadez, como uno esperaría de un ser mecánico de semejante tamaño. No. Baja con una velocidad endiablada, como si la gravedad no significara nada para él, como si estuviera diseñado para la caza y la muerte. Un instante antes estaba en el aire, y al siguiente se lanza en picado contra nosotros con una agresividad brutal. Todo sucede en una fracción de segundo. Siento el impulso de correr, de hacer algo para evitar lo inevitable, pero antes de que pueda moverme, alguien más interviene. La estúpida de Sasha. Su cuerpo cambia de golpe, en una transformación tan repentina que por un instante dudo de lo que ven mis ojos. Su silueta humana se distorsiona, creciendo un poco más, y le empiezan a salir escamas de color verde, no por todo el cuerpo; luego le salieron una especie de cuernos por la cara, y finalmente una cola al final de la espalda. Con un rugido bestial, Sasha balancea su kanabo con una fuerza colosal, golpeando de lleno el pecho metálico del robot. El sonido del impacto resuena como un trueno, sacudiendo el suelo a nuestro alrededor. La fuerza del golpe es tal que el robot es repelido en el acto, su ataque completamente desviado.
Mi cuerpo reacciona antes de que pueda procesarlo del todo. La adrenalina se dispara por mis venas y, sin pensarlo dos veces, mis piernas comienzan a moverse. La imagen de Sasha transformado, deteniendo el ataque del robot con una brutalidad que no esperaba, todavía revolotea en mi mente, pero no hay tiempo para quedarme pasmado. Si no atacamos con todo lo que tenemos, esta cosa se levantará y volverá a arremeter contra nosotros. Me lanzo hacia adelante, mis pies golpean el suelo con fuerza mientras corro con la intención de asestarle un golpe lo más fuerte posible. Sin embargo, antes de que pueda llegar a mi objetivo, una ráfaga de movimiento atraviesa el aire a mi lado. Garnet. Es una exhalación, un borrón que se adelanta con una velocidad imposible, como un rayo que corta el cielo sin previo aviso. Lo vi moverse muchas veces antes, pero aún así, su rapidez me sorprende. No me molesta que haya llegado antes que yo; al contrario, sé que aprovechará la oportunidad mejor de lo que yo podría. En apenas un parpadeo, Garnet impacta contra la sien del robot con un golpe seco y contundente. Se oye un crujido metálico, como si su estructura interna se resintiera bajo la fuerza del puñetazo. La bestia mecánica tambalea, y luego cae pesadamente contra el suelo, haciendo temblar la tierra a su alrededor. Es mi oportunidad. Aprovecho la ventaja y sigo moviéndome. No puedo permitirme un ataque predecible, así que, mientras corro, altero mi dirección en zigzag, cambiando de ritmo y trazando un patrón irregular. Mis ojos no se despegan de mi objetivo ni por un segundo. Justo antes de llegar, doy un pequeño salto hacia la derecha y luego otro hacia la izquierda en el último momento, tal y como me enseñó Garnet. Y entonces, con todo el poder que mi cuerpo es capaz de reunir, descargo un puñetazo demoledor en la tibia de su pierna derecha con mi zurda. -¡RYUKEN!- Grito mientras el impacto resuena con un golpe seco y vibrante. Siento la dureza de su estructura cediendo levemente bajo la presión de mi golpe, aunque no tengo tiempo de analizar cuánto daño he causado. Si consigo romperle la pierna, podríamos reducir drásticamente su movilidad, y eso significaría una enorme ventaja para nosotros.
Tan pronto como mi puño impacta contra la pierna del robot, retrocedo de inmediato, saltando hacia atrás con la vista fija en su estructura. No puedo permitirme quedarme demasiado cerca si tiene algún tipo de contraataque programado. Me alejo unos tres metros, lo suficiente para tener margen de reacción, pero no tanto como para perder el control de la situación. Adopto una posición defensiva instintivamente, dejando que mi cuerpo actúe según lo que he aprendido en cada pelea y entrenamiento. Flexiono las piernas ligeramente para bajar mi centro de gravedad, asegurándome de que mi peso esté equilibrado. Mantengo los puños alzados, el derecho más adelante y el izquierdo más cerca del pecho, listo para lanzar un golpe o bloquear cualquier ataque repentino. Mi mirada se fija en el robot, observando cada pequeño movimiento, cualquier chispa o vibración que me indique que se está preparando para responder. Mi respiración es rápida, pero controlada. La adrenalina aún recorre mi cuerpo, acelerando mi corazón, tensando mis músculos, exigiéndome estar preparado para cualquier cosa. Sin embargo, más allá de la inminente batalla, algo dentro de mí arde con rabia. Veo el símbolo de la Marina en algún punto de su estructura y siento un pinchazo de ira en el pecho. Es la confirmación de algo que ya sospechaba, algo que no quería aceptar del todo. -¡Malditos Marines! ¡Parece ser que vienen a por nosotros! ¡No nos dejan en paz!- Mascullo entre dientes, sintiendo cómo mi mandíbula se tensa.
No es una coincidencia. No puede serlo. Esto es un plan del Gobierno Mundial para erradicar a los Alas Negras, no tengo la menor duda. Primero fue en Momoiro, y ahora en Sabaody. Han estado siguiéndonos, han estado planeando esto desde hace tiempo, y no van a detenerse hasta que nos hayan borrado del mapa. Aprieto los puños con fuerza, sintiendo cómo la rabia me consume por dentro. Ya no es solo una cuestión de sobrevivir o ganar esta pelea. Ahora se trata de demostrarles que no nos vamos a rendir, que no vamos a caer sin luchar.
INFO
![[Imagen: oSgdXs8.png]](https://imgur.com/oSgdXs8.png)
Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
