21-02-2025, 06:48 PM
Sigo incómodo por la situación de hace un momento. Esa estatua había despertado en mí algo que superaba por mucho el dolor que siento. ¿Dolor? No. Ese no es el término correcto. No puedo evitar detenerme ante ella, hay algo hipnótico en su expresión… pero no, no es momento para distracciones. Como siempre, la cosa va de prioridades...
"No se puede hacer nada…" —pienso para mí mismo, arrastrando las palabras con la resignación del que sabe que aún queda trabajo por hacer.
Bajo los ojos hacia el mapa náutico. Las estrellas bajo el sextante marcan el oeste, el este y el norte. La nota que escondía el cuadro torcido resuena en mi cabeza. "Primera estrella al oeste, última estrella al norte."
Muevo los dedos sobre los números, repasándolos en mi mente: Uno. Cero. Siete.
—Si esto sigue la lógica de siempre… No se puede hacer nada más... —murmuro mientras me agacho junto a la trampilla de madera en el suelo. La cadena que la asegura está vieja pero aún resiste, y el candado metálico luce desgastado por la sal del mar. Sus tres cilindros esperan la combinación correcta.
Primera estrella al oeste. Giro el primer cilindro hasta el número uno.
Última estrella al norte. El tercer cilindro queda en cero.
El último número, el del medio… Bueno, la estrella restante está al este, así que será un siete, ¿no?.
La última rueda encaja con un suave clic.
"170..." Pienso casi sin querer. No sé por qué, pero siempre me resulta curioso cómo los números pueden abrir más puertas que una espada. Aunque, claro, mi Long-Range Choice también sabe abrir puertas, solo que de una forma menos sutil.
El candado cede y lo aparto de un tirón. Antes de levantar la trampilla, dejo escapar un suspiro y paso una mano por mi nuca, notando la tensión acumulada en los músculos. Por un momento, me sorprendo preguntándome si algún día la vida será algo más que resolver acertijos y perseguir sombras. ¿Sería tan malo detenerme en algún puerto, disfrutar de una noche sin preocupaciones, quizá encontrar a alguien con quien compartir algo más que un cigarro y una botella de ron?
Sonrío de lado, sin mucho ánimo. El amor en alta mar… suena bien en las canciones de taberna, pero la realidad es otra. ¿Cuántos piratas han dejado su corazón en un puerto, solo para no volver jamás? Y, siendo sincero, ¿Quién querría apostar su vida por alguien que vive entre tormentas y balas de cañón? Pero más importante si supiesen las cosas que he hecho para llegar hasta aquí, las cosas que no puedo deshacer, ¿Aún querría alguien enamorarse de un hipócrita como yo?
Sacudo la cabeza y me inclino para abrir la trampilla. La oscuridad que aguarda abajo me devuelve al presente, esto no ha acabado, se supone que hemos venido buscando un tesoro, no fantasías absurdas.
Desciendo con cautela, dejando atrás a la estatua que, desde su pedestal, parece observarme con la misma expresión distante de siempre. Mientras desaparece de mi línea de visión, sólo puedo esperar que aquella persona, la que fuese su inspiración, al menos hubiese sido feliz.
"No se puede hacer nada…" —pienso para mí mismo, arrastrando las palabras con la resignación del que sabe que aún queda trabajo por hacer.
Bajo los ojos hacia el mapa náutico. Las estrellas bajo el sextante marcan el oeste, el este y el norte. La nota que escondía el cuadro torcido resuena en mi cabeza. "Primera estrella al oeste, última estrella al norte."
Muevo los dedos sobre los números, repasándolos en mi mente: Uno. Cero. Siete.
—Si esto sigue la lógica de siempre… No se puede hacer nada más... —murmuro mientras me agacho junto a la trampilla de madera en el suelo. La cadena que la asegura está vieja pero aún resiste, y el candado metálico luce desgastado por la sal del mar. Sus tres cilindros esperan la combinación correcta.
Primera estrella al oeste. Giro el primer cilindro hasta el número uno.
Última estrella al norte. El tercer cilindro queda en cero.
El último número, el del medio… Bueno, la estrella restante está al este, así que será un siete, ¿no?.
La última rueda encaja con un suave clic.
"170..." Pienso casi sin querer. No sé por qué, pero siempre me resulta curioso cómo los números pueden abrir más puertas que una espada. Aunque, claro, mi Long-Range Choice también sabe abrir puertas, solo que de una forma menos sutil.
El candado cede y lo aparto de un tirón. Antes de levantar la trampilla, dejo escapar un suspiro y paso una mano por mi nuca, notando la tensión acumulada en los músculos. Por un momento, me sorprendo preguntándome si algún día la vida será algo más que resolver acertijos y perseguir sombras. ¿Sería tan malo detenerme en algún puerto, disfrutar de una noche sin preocupaciones, quizá encontrar a alguien con quien compartir algo más que un cigarro y una botella de ron?
Sonrío de lado, sin mucho ánimo. El amor en alta mar… suena bien en las canciones de taberna, pero la realidad es otra. ¿Cuántos piratas han dejado su corazón en un puerto, solo para no volver jamás? Y, siendo sincero, ¿Quién querría apostar su vida por alguien que vive entre tormentas y balas de cañón? Pero más importante si supiesen las cosas que he hecho para llegar hasta aquí, las cosas que no puedo deshacer, ¿Aún querría alguien enamorarse de un hipócrita como yo?
Sacudo la cabeza y me inclino para abrir la trampilla. La oscuridad que aguarda abajo me devuelve al presente, esto no ha acabado, se supone que hemos venido buscando un tesoro, no fantasías absurdas.
Desciendo con cautela, dejando atrás a la estatua que, desde su pedestal, parece observarme con la misma expresión distante de siempre. Mientras desaparece de mi línea de visión, sólo puedo esperar que aquella persona, la que fuese su inspiración, al menos hubiese sido feliz.
