06-03-2025, 01:16 PM
La inconsciencia me envolvía como una manta cálida, ajeno al movimiento, al tiempo, al ruido del mundo. No recuerdo cuándo me quedé dormido ni por qué, pero sí sé que, cuando abrí los ojos un instante, el mundo se movía sin que yo hiciera esfuerzo alguno. Un vaivén rítmico, un balanceo firme y constante, me hacía sentir como si flotara sobre las olas. No tardé en darme cuenta de que estaba sobre la espalda de Garnet. Podía sentir su respiración acompasada, el calor de su cuerpo sosteniéndome con facilidad. No tenía idea de hacia dónde nos dirigíamos, pero tampoco me importaba. El cansancio pesaba sobre mis párpados como una losa y, en cuanto volví a cerrarlos, el mundo desapareció de nuevo.
No supe cuánto tiempo pasó, solo que, en algún momento, el movimiento se detuvo. Sentí unas manos sujetándome con cuidado, moviéndome con la misma facilidad con la que se acomoda un saco de arroz. Un colchón mullido recibió mi cuerpo, y una brisa ligera rozó mi rostro. Era mi cama. El peso de la jornada caía sobre mí como una ola inmensa, y, sin necesidad de abrir los ojos, supe que Garnet me había dejado ahí para que siguiera durmiendo. Sonreí débilmente en mi sueño, acomodándome sin esfuerzo. El mundo podía seguir girando, el barco podía construirse o repararse, y los demás podían seguir con sus asuntos. Nada de eso importaba en ese momento. Yo solo quería seguir durmiendo.
El sueño se disipó de golpe, no por el movimiento, sino por el olor. Apenas había cerrado los ojos hacía lo que sentía como un instante. El peso del cansancio aún estaba sobre mis músculos, pero el aroma que flotaba en el aire lo atravesó como una lanza. Arroz blanco, suave y esponjoso, con su fragancia cálida y reconfortante. Pollo, cocinado con un punto justo de dorado, desprendiendo ese olor delicioso que hace rugir el estómago antes siquiera de verlo.
Sonreí incluso antes de abrir los ojos, relamiéndome como un niño antes de una gran comida. El hambre era un sentimiento familiar, un compañero de toda la vida, y en ese momento rugía con fuerza. Al abrir los ojos, lo primero que vi fue la silueta de Garnet sentado al borde de la cama. No me había despertado porque se sentó; su presencia apenas se notaba en el colchón. Lo que realmente me sacó del sueño fue esa promesa irresistible de comida.
Mis ojos bajaron a la bandeja que tenía delante. Blanco y dorado, simple pero perfecto. Arroz y pollo, sin más adornos ni distracciones. Mi boca se llenó de saliva al instante. -¡Shajajajaja!- Reí, frotándome los ojos mientras me incorporaba. -¡Eso huele demasiado bien! ¡Garnet, eres mi héroe!- No esperé ni un segundo más antes de coger un puñado de arroz con las manos como un verdadero salvaje.
El primer bocado fue pura gloria. El arroz, suave y esponjoso, se deshacía en mi boca, y el pollo, jugoso y lleno de sabor, me llenaba con su calor. El hambre me hacía devorar sin pensar, sin siquiera esperar a que Garnet empezara. Mis dedos se movían rápidos, tomando puñados sin pausa, y mi mandíbula trabajaba sin descanso. Comer era un placer sencillo, casi primitivo, pero en ese momento era lo único que importaba.
Entre bocado y bocado, con los labios aún brillantes de grasa, alcé la vista hacia Garnet. Había muchas cosas que no sabía de él. No solo porque nunca había preguntado, sino porque él tampoco parecía hablar demasiado de su pasado. Pero ahora tenía el estómago lleno y la curiosidad despierta. -¡Oye, Garnet! ¿De qué parte del mundo eres?- Tragué otro trozo de pollo antes de continuar. -Siempre me he preguntado cómo empezaste en esto. ¿Cómo fue que decidiste ser pirata? ¿Siempre lo quisiste o fue algo que simplemente pasó?- Me eché un poco hacia atrás, lamiéndome los dedos antes de tomar otro puñado de arroz. La comida estaba demasiado buena para detenerme, pero eso no significaba que no pudiera seguir preguntando. -¿Cuándo conociste a Yojimbo? ¿Cómo fue que entraste en la tripulación?- Pregunté con la boca medio llena, sin disimular mi interés.
Mientras hablaba, seguía devorando, disfrutando de cada bocado sin vergüenza alguna. Garnet tenía una historia que contar, y yo quería escucharla.
No supe cuánto tiempo pasó, solo que, en algún momento, el movimiento se detuvo. Sentí unas manos sujetándome con cuidado, moviéndome con la misma facilidad con la que se acomoda un saco de arroz. Un colchón mullido recibió mi cuerpo, y una brisa ligera rozó mi rostro. Era mi cama. El peso de la jornada caía sobre mí como una ola inmensa, y, sin necesidad de abrir los ojos, supe que Garnet me había dejado ahí para que siguiera durmiendo. Sonreí débilmente en mi sueño, acomodándome sin esfuerzo. El mundo podía seguir girando, el barco podía construirse o repararse, y los demás podían seguir con sus asuntos. Nada de eso importaba en ese momento. Yo solo quería seguir durmiendo.
El sueño se disipó de golpe, no por el movimiento, sino por el olor. Apenas había cerrado los ojos hacía lo que sentía como un instante. El peso del cansancio aún estaba sobre mis músculos, pero el aroma que flotaba en el aire lo atravesó como una lanza. Arroz blanco, suave y esponjoso, con su fragancia cálida y reconfortante. Pollo, cocinado con un punto justo de dorado, desprendiendo ese olor delicioso que hace rugir el estómago antes siquiera de verlo.
Sonreí incluso antes de abrir los ojos, relamiéndome como un niño antes de una gran comida. El hambre era un sentimiento familiar, un compañero de toda la vida, y en ese momento rugía con fuerza. Al abrir los ojos, lo primero que vi fue la silueta de Garnet sentado al borde de la cama. No me había despertado porque se sentó; su presencia apenas se notaba en el colchón. Lo que realmente me sacó del sueño fue esa promesa irresistible de comida.
Mis ojos bajaron a la bandeja que tenía delante. Blanco y dorado, simple pero perfecto. Arroz y pollo, sin más adornos ni distracciones. Mi boca se llenó de saliva al instante. -¡Shajajajaja!- Reí, frotándome los ojos mientras me incorporaba. -¡Eso huele demasiado bien! ¡Garnet, eres mi héroe!- No esperé ni un segundo más antes de coger un puñado de arroz con las manos como un verdadero salvaje.
El primer bocado fue pura gloria. El arroz, suave y esponjoso, se deshacía en mi boca, y el pollo, jugoso y lleno de sabor, me llenaba con su calor. El hambre me hacía devorar sin pensar, sin siquiera esperar a que Garnet empezara. Mis dedos se movían rápidos, tomando puñados sin pausa, y mi mandíbula trabajaba sin descanso. Comer era un placer sencillo, casi primitivo, pero en ese momento era lo único que importaba.
Entre bocado y bocado, con los labios aún brillantes de grasa, alcé la vista hacia Garnet. Había muchas cosas que no sabía de él. No solo porque nunca había preguntado, sino porque él tampoco parecía hablar demasiado de su pasado. Pero ahora tenía el estómago lleno y la curiosidad despierta. -¡Oye, Garnet! ¿De qué parte del mundo eres?- Tragué otro trozo de pollo antes de continuar. -Siempre me he preguntado cómo empezaste en esto. ¿Cómo fue que decidiste ser pirata? ¿Siempre lo quisiste o fue algo que simplemente pasó?- Me eché un poco hacia atrás, lamiéndome los dedos antes de tomar otro puñado de arroz. La comida estaba demasiado buena para detenerme, pero eso no significaba que no pudiera seguir preguntando. -¿Cuándo conociste a Yojimbo? ¿Cómo fue que entraste en la tripulación?- Pregunté con la boca medio llena, sin disimular mi interés.
Mientras hablaba, seguía devorando, disfrutando de cada bocado sin vergüenza alguna. Garnet tenía una historia que contar, y yo quería escucharla.
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Alas Negras
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