09-03-2025, 12:51 AM
Para su sorpresa, la declaración del panda fue recibida con una excéntrica risa. Podía significar cualquier cosa. Podría reírse porque le parecía una estupidez, porque había confesado sus planes a un enemigo, porque le hacía gracia o por cualquier otro motivo. El corazón le dio un leve vuelco cuando el individuo dedujo que Max se trataba de un revolucionario. Siempre intentaba mantener cierto secretismo en sus operaciones, pero había dado las pistas que había dado y lo había hecho a sabiendas de que aquello podía ocurrir. Permaneció tranquilo y en silencio, escuchando qué más tenía que decir aquel muchacho. Al parecer también se había estado enfrentando a uno de aquellos extraños robots de la marina e importunado en el proceso a uno de los sargentos de esa misma facción por insultar al Gobierno Mundial. Quiso intervenir para darle la razón. Para cagarse en la puta estampa de todo el Gobierno, pero sus palabras le cautivaban y decidió dejarle seguir escuchando sin interrupción. Entendía sus sentimientos y los compartía. Él solo se sentía incapaz de cambiar el mundo a pesar de que quería participar en dicho cambio. Su gente no debía de compartir sus principios y empezaba a adivinar por dónde iban los tiros. A pesar de ello, mantuvo su silencio mientras el peliverde empezaba a relatar la tragedia de sus padres. Podía empatizar con la pérdida de una madre sin mucha dificultad. Él había vivido lo mismo, pero el Gobierno nunca estuvo implicado.
Y entonces se presentó como Apolo, miembro de la División 17 de la marina con el cargo ni más ni menos que de comandante. El panda asintió cerrando los ojos con solemnidad ante aquella revelación. Lo cierto es que el discurso de Apolo ya le había llevado a pensar que podía estar relacionado con la marina de alguna manera. Pero esto implicaba que los robots ni siquiera les obedecían a ellos, porque al fin y al cabo comentaba que se habían estado peleando con uno. Y el panda le creía. Creía en todas sus palabras como si las hubiera pronunciado él mismo. Que Apolo decía la verdad le parecía algo tan real como que el suelo estaba embarrado y el día se había quedado bastante frío, de modo que no cuestionó ni por un momento que el muchacho se estaba enfrentando a un debate interno de grandes proporciones. Por un lado tenía su ponzoñoso deber como marine y por el otro un corazón más cercano a las causas nobles que a mantener el orden establecido. Abrió los ojos de nuevo ante su última palabra y dejó que el silencio se asentase antes de responderle. —Te creo, Apolo. En otras circunstancias pensaría que tratas de tenderme una trampa, pero lo cierto es que no dudo de que todo lo que acabas de contarme es verdad. Me temo que estás en lo cierto al suponer que soy un revolucionario... Mi nombre es Maximiliano D. Bambú, capitán del Ejército Revolucionario. También yo me he enfrentado a unos de esos robots de los que hablas. Ese ente mecánico no tenía reparos en carbonizar civiles en su empeño por destruirme. —No podía negar que Apolo le había caído en gracia, pero seguía siendo un alto rango de la marina. Una persona con la que había que tener cuidado, pues tenía conexiones con sus enemigos mortales.
Todo esto, sin embargo, podía corregirse.
—Admiro que cuestiones tu camino, incluso dentro de esa organización a la que perteneces. —El panda no se molestaba en esconder su menosprecio por la marina. —En demasiadas ocasiones han demostrado que lo que más les importa es la prevalencia de las clases sociales más elevadas. Los nobles mundiales, que tantas facilidades tienen para campar a sus anchas por el mundo. Esclavistas venidos a más, eso es lo que son y no otra cosa. —Escupió al suelo. Cada vez tenía más ganas de abandonar esa conversación y partir de inmediato al corazón de los problemas de aquel Archipiélago. —Si lo que quieres es una alternativa yo te la ofreceré. Abandona la marina y únete a nosotros. En el Ejército luchamos por la gente. Nuestra justicia es la única justicia real. Únete a la Revolución, Apolo, y juntos arrojaremos a los dragones al suelo y sacudiremos los cimientos mismos del mundo. —Max apretó su puño derecho y lo levantó hasta la altura de su pecho, dejándolo ligeramente separado del mismo. —La decisión es tuya, claro. No estás obligado a nada. Si decides permanecer en la marina me temo que eso nos convierte en enemigos. Y si tu decisión te lleva a interponerte en mi camino hacia la casa de subastas tendremos que pelear. —Dicho aquello, el panda dejó que Apolo se tomase su tiempo para responder. No hizo movimiento alguno que indicase un inicio de las hostilidades por su parte. Se cruzó de brazos mientras esperaba su respuesta y se le ocurrió que Apolo todavía no le había dicho quién era el amigo del que hablaba antes. Ya le preguntaría más tarde, si es que se daba la ocasión.
Y entonces se presentó como Apolo, miembro de la División 17 de la marina con el cargo ni más ni menos que de comandante. El panda asintió cerrando los ojos con solemnidad ante aquella revelación. Lo cierto es que el discurso de Apolo ya le había llevado a pensar que podía estar relacionado con la marina de alguna manera. Pero esto implicaba que los robots ni siquiera les obedecían a ellos, porque al fin y al cabo comentaba que se habían estado peleando con uno. Y el panda le creía. Creía en todas sus palabras como si las hubiera pronunciado él mismo. Que Apolo decía la verdad le parecía algo tan real como que el suelo estaba embarrado y el día se había quedado bastante frío, de modo que no cuestionó ni por un momento que el muchacho se estaba enfrentando a un debate interno de grandes proporciones. Por un lado tenía su ponzoñoso deber como marine y por el otro un corazón más cercano a las causas nobles que a mantener el orden establecido. Abrió los ojos de nuevo ante su última palabra y dejó que el silencio se asentase antes de responderle. —Te creo, Apolo. En otras circunstancias pensaría que tratas de tenderme una trampa, pero lo cierto es que no dudo de que todo lo que acabas de contarme es verdad. Me temo que estás en lo cierto al suponer que soy un revolucionario... Mi nombre es Maximiliano D. Bambú, capitán del Ejército Revolucionario. También yo me he enfrentado a unos de esos robots de los que hablas. Ese ente mecánico no tenía reparos en carbonizar civiles en su empeño por destruirme. —No podía negar que Apolo le había caído en gracia, pero seguía siendo un alto rango de la marina. Una persona con la que había que tener cuidado, pues tenía conexiones con sus enemigos mortales.
Todo esto, sin embargo, podía corregirse.
—Admiro que cuestiones tu camino, incluso dentro de esa organización a la que perteneces. —El panda no se molestaba en esconder su menosprecio por la marina. —En demasiadas ocasiones han demostrado que lo que más les importa es la prevalencia de las clases sociales más elevadas. Los nobles mundiales, que tantas facilidades tienen para campar a sus anchas por el mundo. Esclavistas venidos a más, eso es lo que son y no otra cosa. —Escupió al suelo. Cada vez tenía más ganas de abandonar esa conversación y partir de inmediato al corazón de los problemas de aquel Archipiélago. —Si lo que quieres es una alternativa yo te la ofreceré. Abandona la marina y únete a nosotros. En el Ejército luchamos por la gente. Nuestra justicia es la única justicia real. Únete a la Revolución, Apolo, y juntos arrojaremos a los dragones al suelo y sacudiremos los cimientos mismos del mundo. —Max apretó su puño derecho y lo levantó hasta la altura de su pecho, dejándolo ligeramente separado del mismo. —La decisión es tuya, claro. No estás obligado a nada. Si decides permanecer en la marina me temo que eso nos convierte en enemigos. Y si tu decisión te lleva a interponerte en mi camino hacia la casa de subastas tendremos que pelear. —Dicho aquello, el panda dejó que Apolo se tomase su tiempo para responder. No hizo movimiento alguno que indicase un inicio de las hostilidades por su parte. Se cruzó de brazos mientras esperaba su respuesta y se le ocurrió que Apolo todavía no le había dicho quién era el amigo del que hablaba antes. Ya le preguntaría más tarde, si es que se daba la ocasión.
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