[personajeinvalido=1574]
Había un trecho. Uno enorme.
El Viktor Evans que pisó Toko por primera vez y conoció a la rubia practicando con su kanabo alegremente. Había uno enorme aún si cabe del Viktor Evans que pisó Skypiea y del que salió. El tiempo y las circunstancias me habían hecho replantearme si el poder tenía otra forma de mostrarse que no fuera la sangre, el oro y el dominio sobre los demás. Sohem así lo mostraba. Era cruel, implacable y no dudaba. Y si el barco navegaba por esos mares, yo no podría ser menos si quería permanecer en él. No podía ser menos. El ambiente que bien pudo finalizar con una adolescente cauta, asumiendo que podía morir en ese instante si no accedía a mis exigencias, se intensificó con la contestación propia de una cría incapaz de leer las emociones de un hombre dispuesto a ver correr la sangre por su espada asumiendo que lo conocía.
Cuando mostré mi filo a la joven, esta se sorprendió y bajo su mano lentamente hasta meterla en su bolsillo izquierdo. Tras esto, aún con cara de circunstancia, la muchacha asumió que se trataba de algún tipo de broma macabra por mi parte, como si el tiempo que compartimos en una playa fuera lo suficiente para que no quisiera cobrar la cuantiosa recompensa de un pirata. Pensé que defendería su cabeza con sangre y esfuerzo, dado su aspecto de combatiente zoan, ya que no había deshecho su transformación tampoco, mas intentó dialogar en vano conmigo. En cuanto volvió a pronunciar una palabra, desenfundé a Shimei Kaeru y Yamigiri al unísono en sentido horizontal, realizando un potente movimiento de extensión con los codos y formando una paralela con ambos filos negros que dibujaron dos líneas de aire comprimido de dos metros de ancho que comenzaron a viajar a una vertiginosa velocidad hacia la joven, directa hacia su pecho. El sonido del mismo silbaba de manera aguda y molesta, como si del rascar de la tiza sobre la pizarra se tratase. Finalicé el gesto ubicando con mis dos armas extendidas a los lados y mientras exhalaba un frío aliento las devolvía al frente. El aliento enfrió el ambiente y lo tornó gélido, más si cabe de lo que era, aumentando la zona de mi aura cinco veces y bajando la temperatura sobremanera. La ventisca que se formó, se arremolinaba a mi alrededor y golpeaba sin piedad.
No quería, ni estaba seguro de si podía, cargar con la muerte de una cría sobre mi conciencia. Y algo dentro de mí me decía que si lo hacía le daría una representación gráfica al refrán que hablaba sobre "cavar dos tumbas" pues el enmascarado no evitaría tomar represalias sobre mí por mis actos. Sin embargo, estaba dispuesto a sacarle la ubicación de sus compañeros, a los cuales no me importaba entregar vivos o muertos. Y usaría todo lo que fuera necesario. Me planté en posición con la mirada más fría que la tormenta que nos rodeaba y espeté. — Lucha o muere. — aún a la misma distancia, con las espadas orientadas atrás por mi diestra en paralelo al suelo mientras me concentraba totalmente inmóvil y expulsaba aire lentamente por segunda vez mientras, quizás con una vista como la mía, se podían apreciar lágrimas congelándose de manera instantánea al brotar de mis ojos pues, aun convencido de mis actos, los repudiaba.
No habría más advertencias.
Había un trecho. Uno enorme.
El Viktor Evans que pisó Toko por primera vez y conoció a la rubia practicando con su kanabo alegremente. Había uno enorme aún si cabe del Viktor Evans que pisó Skypiea y del que salió. El tiempo y las circunstancias me habían hecho replantearme si el poder tenía otra forma de mostrarse que no fuera la sangre, el oro y el dominio sobre los demás. Sohem así lo mostraba. Era cruel, implacable y no dudaba. Y si el barco navegaba por esos mares, yo no podría ser menos si quería permanecer en él. No podía ser menos. El ambiente que bien pudo finalizar con una adolescente cauta, asumiendo que podía morir en ese instante si no accedía a mis exigencias, se intensificó con la contestación propia de una cría incapaz de leer las emociones de un hombre dispuesto a ver correr la sangre por su espada asumiendo que lo conocía.
Cuando mostré mi filo a la joven, esta se sorprendió y bajo su mano lentamente hasta meterla en su bolsillo izquierdo. Tras esto, aún con cara de circunstancia, la muchacha asumió que se trataba de algún tipo de broma macabra por mi parte, como si el tiempo que compartimos en una playa fuera lo suficiente para que no quisiera cobrar la cuantiosa recompensa de un pirata. Pensé que defendería su cabeza con sangre y esfuerzo, dado su aspecto de combatiente zoan, ya que no había deshecho su transformación tampoco, mas intentó dialogar en vano conmigo. En cuanto volvió a pronunciar una palabra, desenfundé a Shimei Kaeru y Yamigiri al unísono en sentido horizontal, realizando un potente movimiento de extensión con los codos y formando una paralela con ambos filos negros que dibujaron dos líneas de aire comprimido de dos metros de ancho que comenzaron a viajar a una vertiginosa velocidad hacia la joven, directa hacia su pecho. El sonido del mismo silbaba de manera aguda y molesta, como si del rascar de la tiza sobre la pizarra se tratase. Finalicé el gesto ubicando con mis dos armas extendidas a los lados y mientras exhalaba un frío aliento las devolvía al frente. El aliento enfrió el ambiente y lo tornó gélido, más si cabe de lo que era, aumentando la zona de mi aura cinco veces y bajando la temperatura sobremanera. La ventisca que se formó, se arremolinaba a mi alrededor y golpeaba sin piedad.
No quería, ni estaba seguro de si podía, cargar con la muerte de una cría sobre mi conciencia. Y algo dentro de mí me decía que si lo hacía le daría una representación gráfica al refrán que hablaba sobre "cavar dos tumbas" pues el enmascarado no evitaría tomar represalias sobre mí por mis actos. Sin embargo, estaba dispuesto a sacarle la ubicación de sus compañeros, a los cuales no me importaba entregar vivos o muertos. Y usaría todo lo que fuera necesario. Me planté en posición con la mirada más fría que la tormenta que nos rodeaba y espeté. — Lucha o muere. — aún a la misma distancia, con las espadas orientadas atrás por mi diestra en paralelo al suelo mientras me concentraba totalmente inmóvil y expulsaba aire lentamente por segunda vez mientras, quizás con una vista como la mía, se podían apreciar lágrimas congelándose de manera instantánea al brotar de mis ojos pues, aun convencido de mis actos, los repudiaba.
No habría más advertencias.
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