11-03-2025, 08:45 PM
(Última modificación: 11-03-2025, 08:57 PM por Sohem.
Razón: El flashback es hace 12 años, no 22. Perdón, me equivoqué.
)
Mira que mi orden fue sencilla, pero el retador nudista pareció de primeras no comprenderlo espetando un sonoro quejido verbal, una interjección utilizando la última de las vocales, recibiendo al instante y de forma mimética - por reflejo natural y sin ser apenas consciente de eso - lo mismo proveniente de mis propios labios y garganta — ¿¡Huh!? — pareciendo ambos dos pavos llamándose el uno al otro en temporada de considerar a todos tus iguales como rivales de cara a la época del apareamiento. Seguido de esto, miró hacia abajo para contemplarse las gónadas y añadidos y referenció que no se había dado cuenta de que estaba desnudo, y volvió a mirarme.
Mi postura no había variado. La mano derecha estaba fuera del bolsillo y la mano izquierda empuñaba con firmeza a Ein Hauch, mi más antiguo amigo, colocado en diagonal apuntando hacia los pies del hombre-felino y su atributo campaneante.
Hacía un frío de mil demonios en aquel extraño lugar, la Tierra Inferior. Tiritaba abrazado a mis propias rodillas sentado en aquel callejón, apestado por el propio olor que desprendía mi cuerpo como consecuencia de varias semanas durmiendo en una esquina escondida tras las basuras de un restaurante... pero era el mejor sitio para conseguir comida aun un poco caliente. No sabía en qué isla estaba, o siquiera en qué mar... o como los llamaban aquí, "Blues". Pero eso poco importaba: Iba a morir pronto.
En el estado de desnutrición, falta de higiene y descanso, no podría decirse que el gran Saint O'Heil Emerec Mars estuviera de la forma más salubre posible. Y honestamente empezaba a arrepentirme por momentos de haberme fugado. Quizá casarse con una mujer fea y mantener los lujos y comodidades del hogar, era mejor que tener que salir a buscarse la vida. Todo era mucho más complicado cuando no te lo hacía un criado, cuando no te limitabas sólo a pedirlo y esperar, y cuando todo el mundo se desvivía por tenerte contento lo más rápido posible. Chasqueé la lengua fruto de la sequedad que tenía en la boca y en la garganta... un gesto que últimamente estaba repitiendo mucho dada la carencia de líquidos para hidratarme por culpa de la ausencia de agua potable a mi disposición.
En la isla anterior ya me gané el desprecio de todos los residentes a cuenta de exigir que se me tratase con el respeto que alguien de mi clase debía tener, y a esta había llegado como polizón con los retales de ropa que me quedaban, sucios y con algunos rotos por los roces de las telas delicadas con el abrupto y vasto mundo. Mi apariencia era la de alguien sin techo que malvivía en callejones, y nada más cierto que aquello, pues me habían cortado el copete del cabello, aquel rizo característico que los honorables dioses del mundo, los Tenryuubito, teníamos, y tanto el barro como las manchas de comida y de sangre de algunas heridas hechas por los golpes que me había ganado a pulso con mis respuestas altaneras eran la decoración de mi atuendo - delicado, pero sencillo - que apenas me daba cobertura en general de todo mi cuerpo.
Los días transcurrían así, sin afecto, compañía o buenos gestos y mi entretenimiento era observar y escuchar a las personas y sus conversaciones en las calles aledañas a mi posición. Ese día concretamente, mientras abrazaba mis rodillas y observaba tiritando el establecimiento de enfrente, una herrería, pude presenciar la represalia y suave regañina física de un maestro - un anciano excesivamente delgado, calvo y con barba gris y cejas muy pobladas, vistiendo sólo un delantal, un pantalón de malla y unas botas a juego con dos grandes guantes de cuero - a su aprendiz - un joven alto, fornido, con grandes brazos e imberbe aun, con ropa sencilla - verbalizando la evidencia de que un arma contundente debe ser contundente y punto, y que ponerle unos pinchos tan protuberantes como aquellos hacían que pasase de realizar impactos a perforaciones, y que el cliente había sido claro al exigir un garrote tradicional.
El aprendiz trataba de justificarse diciendo que, de esta forma, una vez clavados los pinchos el resto del cuerpo del arma daría el añadido del impacto contundente, y el maestro volvía a golpearle con un gancho descendente en el centro de su cráneo, un gran capón sonoro como una campana, rebatiendo su argumento repitiendo lo mismo: Un arma contundente debe ser contundente y punto.
La conversación - o discusión - continuó un poco más mientras el maestro, le recordaba que él tenía aun que aprender un oficio, no innovar, y que en su forja seguiría sus órdenes o no trabajaría ni un día más aprendiendo su arte, haciendo que el muchacho joven tuviera que asentir agachando la cabeza y darse por vencido. El maestro entonces agarró el arma y la lanzó en dirección opuesta a donde estaban ellos, cayendo rodando enfrente de mi.
Era un palo negro como la noche, de una manufactura increíble y pulida pero con la peculiaridad de que sus pinchos eran excesivamente grandes para las tachuelas redondas y engrosadas que solían ostentar aquellas armas. El maestro tenía razón, un arma contundente tenía que ser contundente y punto, y ese bastón de hierro era como una tabla de madera llena de púas. Lucía extremadamente pesado y tosco, difícil de manejar con soltura, pero parecía tremendamente capaz de producir daño.
Mi mirada se alternó entre el arma y los dos herreros, maestro y aprendiz, que pararon de discutir al ver que el objeto que había arrojado el anciano había parado frente a - lo que para todo el mundo parecía ser - un mendigo. Sus ojos reflejaban una mezcla de peligro y de asco, al ver que habían lanzado un arma a una persona sin nada que perder, y al contemplar mis condiciones y mi estado actual. "Oe oe" fue el grito que aquel joven profirió al verme, como previendo mis intenciones e instintivamente sentí que esto era lo que tenía que hacer. Lancé ambas manos hacia delante mientras me ponía de rodillas, para agarrar el palo, y ambos hombres salieron corriendo hacia mi gritándome en una orden que "soltase ese kanabo" para, al mismo tiempo que sus palabras resonaban en la calle y llamaban la atención de todos los transeúntes, y mis manos se colocaban sobre el frío acero del arma, una brisa de viento sacudió el lugar y levantó una polvareda tremenda entre mis demandantes y yo, avivando las brasas de su forja y haciendo saltar chispas de fuego y brasas al viento.
El chisporroteo del color vivo de ese fuego se reflejó en mis ojos amarillos mientras, aprovechando la brisa y el polvo, me levantaba y salía corriendo portando el arma con dificultad con ambos brazos, abrazándola como una madre abraza a su hijo recién nacido... con la diferencia de que mis brazos enclenques y sin músculo estaban cargando un arma de hierro macizo de varios kilos.
Corrí todo lo que mis piernas me permitieron, callejeé todo lo que había aprendido y había podido recorrer en mi estancia en aquel lugar desconocido y sólo pensaba en que podría empeñar esta pieza en algún otro lugar para ganar una monedas y poder comer. Cuando mi carrera se detuvo, escondido bajo unos escombros de unos muebles viejos que algún vecino había tirado en la parte de atrás de su edificio, jadeaba mirando el metal y el brillo de este, que reflejaba mi rostro, y con una brizna nueva de viento, suave como una caricia, mi cabello rosa se alborotó y pude ver a la perfección mi rostro reflejado en el metal de es... kanabo. La ambición de mis ojos no era por el dinero. Era por sostener un arma.
— Viniste a mi con una brisa... Ein Hauch. — susurré, y abracé el metal con cuidado de no pincharme.
Habían pasado muchos años desde ese encuentro hasta la actualidad, y aquellos prominentes pinchos de Ein Hauch habían perdido parte de su filo y agudo y pronunciado final, achatándose con el paso de los años y el peso de los golpes, pero nunca me había fallado. Había sido mi primer compañero y el más fiel de todos, otorgándome la capacidad de defenderme y después las victorias que habían conducido mi camino. Y aunque acabaría llegando el día en que mi mano se separaría de aquel frío - aunque ya no lo sintiera - metal, sabía que hoy no era ese día, y que en cuanto a su utilidad y lealtad, no iba a hacer una excepción.
El hombre desnudo profirió una negativa de dos palabras mientras cruzaba los brazos y obtuvo, molesto e iracundo por todo lo acontecido con anterioridad y por su desobediencia, una respuesta de la misma extensión por mi parte que liberaría toda mi presencia y mi angustiante fuerza espiritual sobre aquel desdichado
— Hot Spot — dije alzando la voz, liberando al unísono mi poder del Conquistador y una la oleada de calor que llevaba almacenando en mi cuerpo fruto de contener y reprimir el enfado que llevaba macerando desde hacía tantos minutos - o quizá horas, ya no sabía cuanto llevaba caminando - produciendo una oleada de calor casi igual que la anterior, pero reducida en cuanto a potencia aunque de igual forma dañina. Esta oleada de calor no sólo azotó el cuerpo del hombre pelirrojo produciendo lo que pareció ser el amago de una transformación, dejándolo en su forma natural, si no que encendió también a mi mejor amigo, Ein Hauch, envolviéndolo en llamas.
Alcé a toda la velocidad que mis brazos daban de si, el arma contundente - y punto - golpeando verticalmente en la mandíbula del pelirrojo, concretamente en la barbilla, y con un movimiento espejo desde la posición elevada de mi kanabo tras golpear, volví a hacerlo descender, golpeando en lo que sería la parte frontal de su rostro - que habría de estar mirando hacia arriba tras el primer impacto, encadenando así un segundo golpe después del primero azotando su cabeza dos veces con aquella mole de hierro en llamas, alzando ahora el arma para posicionarla sobre mi hombro izquierdo mientras observaba a aquel tipo — Vístete — volví a ordenar serio, con el ceño fruncido, mi aura saliendo disparada por todas partes a cinco metros a la redonda de mi y produciendo aquella sensación desagradable e incómoda, y clavando mis ojos en su rostro.
Mi postura no había variado. La mano derecha estaba fuera del bolsillo y la mano izquierda empuñaba con firmeza a Ein Hauch, mi más antiguo amigo, colocado en diagonal apuntando hacia los pies del hombre-felino y su atributo campaneante.
——————————————— Hace 12 años ———————————————
Hacía un frío de mil demonios en aquel extraño lugar, la Tierra Inferior. Tiritaba abrazado a mis propias rodillas sentado en aquel callejón, apestado por el propio olor que desprendía mi cuerpo como consecuencia de varias semanas durmiendo en una esquina escondida tras las basuras de un restaurante... pero era el mejor sitio para conseguir comida aun un poco caliente. No sabía en qué isla estaba, o siquiera en qué mar... o como los llamaban aquí, "Blues". Pero eso poco importaba: Iba a morir pronto.
En el estado de desnutrición, falta de higiene y descanso, no podría decirse que el gran Saint O'Heil Emerec Mars estuviera de la forma más salubre posible. Y honestamente empezaba a arrepentirme por momentos de haberme fugado. Quizá casarse con una mujer fea y mantener los lujos y comodidades del hogar, era mejor que tener que salir a buscarse la vida. Todo era mucho más complicado cuando no te lo hacía un criado, cuando no te limitabas sólo a pedirlo y esperar, y cuando todo el mundo se desvivía por tenerte contento lo más rápido posible. Chasqueé la lengua fruto de la sequedad que tenía en la boca y en la garganta... un gesto que últimamente estaba repitiendo mucho dada la carencia de líquidos para hidratarme por culpa de la ausencia de agua potable a mi disposición.
En la isla anterior ya me gané el desprecio de todos los residentes a cuenta de exigir que se me tratase con el respeto que alguien de mi clase debía tener, y a esta había llegado como polizón con los retales de ropa que me quedaban, sucios y con algunos rotos por los roces de las telas delicadas con el abrupto y vasto mundo. Mi apariencia era la de alguien sin techo que malvivía en callejones, y nada más cierto que aquello, pues me habían cortado el copete del cabello, aquel rizo característico que los honorables dioses del mundo, los Tenryuubito, teníamos, y tanto el barro como las manchas de comida y de sangre de algunas heridas hechas por los golpes que me había ganado a pulso con mis respuestas altaneras eran la decoración de mi atuendo - delicado, pero sencillo - que apenas me daba cobertura en general de todo mi cuerpo.
Los días transcurrían así, sin afecto, compañía o buenos gestos y mi entretenimiento era observar y escuchar a las personas y sus conversaciones en las calles aledañas a mi posición. Ese día concretamente, mientras abrazaba mis rodillas y observaba tiritando el establecimiento de enfrente, una herrería, pude presenciar la represalia y suave regañina física de un maestro - un anciano excesivamente delgado, calvo y con barba gris y cejas muy pobladas, vistiendo sólo un delantal, un pantalón de malla y unas botas a juego con dos grandes guantes de cuero - a su aprendiz - un joven alto, fornido, con grandes brazos e imberbe aun, con ropa sencilla - verbalizando la evidencia de que un arma contundente debe ser contundente y punto, y que ponerle unos pinchos tan protuberantes como aquellos hacían que pasase de realizar impactos a perforaciones, y que el cliente había sido claro al exigir un garrote tradicional.
El aprendiz trataba de justificarse diciendo que, de esta forma, una vez clavados los pinchos el resto del cuerpo del arma daría el añadido del impacto contundente, y el maestro volvía a golpearle con un gancho descendente en el centro de su cráneo, un gran capón sonoro como una campana, rebatiendo su argumento repitiendo lo mismo: Un arma contundente debe ser contundente y punto.
La conversación - o discusión - continuó un poco más mientras el maestro, le recordaba que él tenía aun que aprender un oficio, no innovar, y que en su forja seguiría sus órdenes o no trabajaría ni un día más aprendiendo su arte, haciendo que el muchacho joven tuviera que asentir agachando la cabeza y darse por vencido. El maestro entonces agarró el arma y la lanzó en dirección opuesta a donde estaban ellos, cayendo rodando enfrente de mi.
Era un palo negro como la noche, de una manufactura increíble y pulida pero con la peculiaridad de que sus pinchos eran excesivamente grandes para las tachuelas redondas y engrosadas que solían ostentar aquellas armas. El maestro tenía razón, un arma contundente tenía que ser contundente y punto, y ese bastón de hierro era como una tabla de madera llena de púas. Lucía extremadamente pesado y tosco, difícil de manejar con soltura, pero parecía tremendamente capaz de producir daño.
Mi mirada se alternó entre el arma y los dos herreros, maestro y aprendiz, que pararon de discutir al ver que el objeto que había arrojado el anciano había parado frente a - lo que para todo el mundo parecía ser - un mendigo. Sus ojos reflejaban una mezcla de peligro y de asco, al ver que habían lanzado un arma a una persona sin nada que perder, y al contemplar mis condiciones y mi estado actual. "Oe oe" fue el grito que aquel joven profirió al verme, como previendo mis intenciones e instintivamente sentí que esto era lo que tenía que hacer. Lancé ambas manos hacia delante mientras me ponía de rodillas, para agarrar el palo, y ambos hombres salieron corriendo hacia mi gritándome en una orden que "soltase ese kanabo" para, al mismo tiempo que sus palabras resonaban en la calle y llamaban la atención de todos los transeúntes, y mis manos se colocaban sobre el frío acero del arma, una brisa de viento sacudió el lugar y levantó una polvareda tremenda entre mis demandantes y yo, avivando las brasas de su forja y haciendo saltar chispas de fuego y brasas al viento.
El chisporroteo del color vivo de ese fuego se reflejó en mis ojos amarillos mientras, aprovechando la brisa y el polvo, me levantaba y salía corriendo portando el arma con dificultad con ambos brazos, abrazándola como una madre abraza a su hijo recién nacido... con la diferencia de que mis brazos enclenques y sin músculo estaban cargando un arma de hierro macizo de varios kilos.
Corrí todo lo que mis piernas me permitieron, callejeé todo lo que había aprendido y había podido recorrer en mi estancia en aquel lugar desconocido y sólo pensaba en que podría empeñar esta pieza en algún otro lugar para ganar una monedas y poder comer. Cuando mi carrera se detuvo, escondido bajo unos escombros de unos muebles viejos que algún vecino había tirado en la parte de atrás de su edificio, jadeaba mirando el metal y el brillo de este, que reflejaba mi rostro, y con una brizna nueva de viento, suave como una caricia, mi cabello rosa se alborotó y pude ver a la perfección mi rostro reflejado en el metal de es... kanabo. La ambición de mis ojos no era por el dinero. Era por sostener un arma.
— Viniste a mi con una brisa... Ein Hauch. — susurré, y abracé el metal con cuidado de no pincharme.
——————————————— Final del Flashback ———————————————
Habían pasado muchos años desde ese encuentro hasta la actualidad, y aquellos prominentes pinchos de Ein Hauch habían perdido parte de su filo y agudo y pronunciado final, achatándose con el paso de los años y el peso de los golpes, pero nunca me había fallado. Había sido mi primer compañero y el más fiel de todos, otorgándome la capacidad de defenderme y después las victorias que habían conducido mi camino. Y aunque acabaría llegando el día en que mi mano se separaría de aquel frío - aunque ya no lo sintiera - metal, sabía que hoy no era ese día, y que en cuanto a su utilidad y lealtad, no iba a hacer una excepción.
El hombre desnudo profirió una negativa de dos palabras mientras cruzaba los brazos y obtuvo, molesto e iracundo por todo lo acontecido con anterioridad y por su desobediencia, una respuesta de la misma extensión por mi parte que liberaría toda mi presencia y mi angustiante fuerza espiritual sobre aquel desdichado
— Hot Spot — dije alzando la voz, liberando al unísono mi poder del Conquistador y una la oleada de calor que llevaba almacenando en mi cuerpo fruto de contener y reprimir el enfado que llevaba macerando desde hacía tantos minutos - o quizá horas, ya no sabía cuanto llevaba caminando - produciendo una oleada de calor casi igual que la anterior, pero reducida en cuanto a potencia aunque de igual forma dañina. Esta oleada de calor no sólo azotó el cuerpo del hombre pelirrojo produciendo lo que pareció ser el amago de una transformación, dejándolo en su forma natural, si no que encendió también a mi mejor amigo, Ein Hauch, envolviéndolo en llamas.
Alcé a toda la velocidad que mis brazos daban de si, el arma contundente - y punto - golpeando verticalmente en la mandíbula del pelirrojo, concretamente en la barbilla, y con un movimiento espejo desde la posición elevada de mi kanabo tras golpear, volví a hacerlo descender, golpeando en lo que sería la parte frontal de su rostro - que habría de estar mirando hacia arriba tras el primer impacto, encadenando así un segundo golpe después del primero azotando su cabeza dos veces con aquella mole de hierro en llamas, alzando ahora el arma para posicionarla sobre mi hombro izquierdo mientras observaba a aquel tipo — Vístete — volví a ordenar serio, con el ceño fruncido, mi aura saliendo disparada por todas partes a cinco metros a la redonda de mi y produciendo aquella sensación desagradable e incómoda, y clavando mis ojos en su rostro.
Agradecimiento
Resumen
Bélico

![[Imagen: mz3XEoL.png]](https://i.imgur.com/mz3XEoL.png)