14-03-2025, 08:27 PM
Me quedé unos segundos observando a los dos que estaban frente a mí. Seguía notando la tensión en el aire aún cuando, después de mi disparo, todo se quedó en silencio. Me acerqué hacia Kenzo, quien seguía con la mano pegada al suelo y en la misma posición que cuando le pegó el puñetazo a la marine. A su lado, la ratilla también parecía haberse quedado inmóvil. — Psst.. ¡Ey, Kenzo! ¡Estoy aquí! — grité en un susurro alto, aunque sabía que no podía verme — ¿Qué te pasa, muchacho? Espero que no estés muerto. No quería tener que ser yo la que les tuviera que dar la noticia a todos de que llegué demasiado tarde para protegerle. Y además, Jimba le había cogido demasiado cariño al chaval. Giré un poco la cabeza y me quedé unos segundos mirando a la ratilla tirada en el suelo. Estando a unos veinte metros de ellos, acerqué mi cara lentamente intentando ver si la marine todavía se movía. — Y tú no me la vas a colar. Te estoy vigilando — dije, mientras llevaba los dedos índice y corazón a mis ojos para luego apuntarlos hacia ella. Aunque parecía fuera de combate, no me dejaría engañar. Nunca olvidaría el invierno del año nueve, cuando enterré a ese hámster antes de tiempo, solo porque parecía más muerto que una gallina en día de caldo. — Tú no, Jimba. Tú estás a salvo conmigo.
— Bueno Kenzo, si dejas de hacer el rarito, nos vamos de aquí. Dime que puedes moverte — dije con algo de preocupación e impaciencia. Me sentía completamente sola en ese manglar, al lado de dos personas — ¿a la ratita se le podía llamar persona o más bien personita? — que parecían completamente petrificados. — No pasa nada si te has quedado lisiado. Nadie te va a lanzar desde la torre principal ni a obligarte a vivir en las mazmorras lejos de la luz y de la gente. Además, seguro que Triana puede curarte — intenté consolarle. — Pero no es broma, nos tenemos que ir de aquí antes de que vengan más refuerzos y se monte la del pulpo. Si la ratilla se despertaba, estaríamos en un buen lío y seguro que a la marina no le sentaba nada bien lo que habíamos hecho. Aunque, pensándolo bien, ellos habían empezado todo esto capturando a Yojimbo. — Ya te vale, Triana, no se te puede dejar sola. Mira todo lo que ha pasado porque que no estás — me lamenté. Quería demostrarles a todos que nos sabíamos sacar las castañas de la hoguera, pero si no se estaba haciendo el graciosillo y de verdad le pasaba algo grave, no me quedaría otra que intentar avisar a nuestra médico.
Miré a mi alrededor una vez más. ¿Me darían los brazos para cargar con Kenzo hasta el barco? Seguramente no. Era más que probable que me quedara a medio camino. Igual que aquella vez que intenté cargar por mi cuenta cinco sacos de patatas a la vez y se me acabó saliendo un brazo del esfuerzo teniendo que arrastrarlo cincuenta metros. — Aahhh — suspiré. — ¿Dónde estarán los demás? ¿Y qué estará haciendo Jimba en el barco? Eso me recordaba a una historia.
— Bueno Kenzo, si dejas de hacer el rarito, nos vamos de aquí. Dime que puedes moverte — dije con algo de preocupación e impaciencia. Me sentía completamente sola en ese manglar, al lado de dos personas — ¿a la ratita se le podía llamar persona o más bien personita? — que parecían completamente petrificados. — No pasa nada si te has quedado lisiado. Nadie te va a lanzar desde la torre principal ni a obligarte a vivir en las mazmorras lejos de la luz y de la gente. Además, seguro que Triana puede curarte — intenté consolarle. — Pero no es broma, nos tenemos que ir de aquí antes de que vengan más refuerzos y se monte la del pulpo. Si la ratilla se despertaba, estaríamos en un buen lío y seguro que a la marina no le sentaba nada bien lo que habíamos hecho. Aunque, pensándolo bien, ellos habían empezado todo esto capturando a Yojimbo. — Ya te vale, Triana, no se te puede dejar sola. Mira todo lo que ha pasado porque que no estás — me lamenté. Quería demostrarles a todos que nos sabíamos sacar las castañas de la hoguera, pero si no se estaba haciendo el graciosillo y de verdad le pasaba algo grave, no me quedaría otra que intentar avisar a nuestra médico.
Miré a mi alrededor una vez más. ¿Me darían los brazos para cargar con Kenzo hasta el barco? Seguramente no. Era más que probable que me quedara a medio camino. Igual que aquella vez que intenté cargar por mi cuenta cinco sacos de patatas a la vez y se me acabó saliendo un brazo del esfuerzo teniendo que arrastrarlo cincuenta metros. — Aahhh — suspiré. — ¿Dónde estarán los demás? ¿Y qué estará haciendo Jimba en el barco? Eso me recordaba a una historia.
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