Me quedé en silencio, con unos latidos acelerador al sentir la extraña tensión en el aire mientras lo escuchaba hablar. Cuando mencionó a su padre y el motivo por el que rehuía el alcohol, clavé mis pupilas en él. No estaba seguro de qué decir, sólo sabía que sus palabras estaban envueltas en un pesar profundo, arraigado. Para un mundo como el nuestro, en el que la gente se alimenta de secretos, compartir uno tan personal era un paso enorme y una muestra de confianza tremenda... agaché las orejas, igual no era algo que debiera haber dicho, ¿sentía arrepentimiento?, pues no lo sabía, estaba demasiado concentrado escuchándole.
-L-lo siento, Zorak.. no.. no era mi intención.. -murmuré al fin, con la voz ronca, vacilante. No de culpa, sino de comprensión. Me di cuenta de que, a veces, creemos entender a la gente por lo que muestran... y dejamos pasar las razones ocultas que explican por qué actúan como actúan. Observé todos sus gestos mientras me incorporaba de nuevo, mostrando que le había estado prestando atención y curioso por lo que el pelirrojo estaba sacando de su camisa, la cual le quedaba extraordinariamente bien, por cierto. Al ver el cigarro y la pequeña bolsa, sentí un hormigueo en las yemas de los dedos. El olor me golpeó como un puñetazo suave, despertando un cosquilleo en mi nariz y un cosquilleo aún más juguetón en mi garganta. Reconocí el aroma: catnip, una tentación a la que pocos Mink de herencia felina podrían resistirse. Una parte de mí sintió un escalofrío de emoción y anticipación, como si mi sangre se agitara ante la promesa de un placer exótico y salvaje.
-Así que esto es tu... forma de brindar eh, vaya vaya, se nota que tienes mas experiencia que yo. -Le dije, con una sonrisa que mostraba ligeramente los colmillos, es decir, una sonrisa sincera. El murmullo de mi voz se deslizaba hacía el peliverde con un curioso deje de ronroneo que a menudo, aparecía cuando me sentía conmovido. Alargué el brazo con cautela y tomé la bolsa, sintiendo un suave crujir entre mis dedos. Durante un instante, cerré los ojos y solo pude pensar en el por qué me gustaba tanto celebrar los éxitos con Zorak. No se trataba sólo del dinero o de la adrenalina al burlar a los transeúntes; eran momentos como éstos, en los que lo compartíamos todo y nos permitíamos un vistazo a nuestras cicatrices más profundas. El silencio, ahora, era un bálsamo. Además, el vaho que exhalaba Zorak al fumar, formaba una línea que rodeaba mi cabeza, como si me invitara a celebrar, una celebración de dos ladrones que se jactaban de su libertad, una libertad... Revolucionaria. Abrí lentamente la bolsa de catnip y le eché un vistazo. Un aroma dulce y penetrante se elevó, provocándome un leve mareo placentero. Me reí entre dientes, manteniendo la mirada fija en Zorak.
-Sabes, no hay mejor forma de sellar un pacto que compartir algo que nos exponga. Tú me enseñas un pedazo de tu pasado, y yo te muestro otra cara de mi ser. -Alcé la bolsa en un ademán de brindis, imitando su gesto con el cigarro-. A tu salud y a la de ese padre que, aunque no lo comprenda, quizá en su momento también soñó con algo más que el fondo de un vaso.
Llevé la bolsa a mi hocico, inspirando con suavidad, dejándome envolver por el efecto de aquella hierba gatera. Sentí un escalofrío que me recorría la columna, podía sentir como mis ojos chispeaban al dilatarse mis pupilas. Una risa grave y contenida escapó de mi garganta, y por un segundo, creí sentir que mi piel cosquilleaba con la energía chispeante de la noche.
-Por más golpes exitosos... -murmuré, con voz pastosa pero cargada de entusiasmo- y por la extraña manera en que el destino nos hace compañeros.
Daría otro trago a la botella de sake, un trago sería mas o menos un cuarto de la botella por el tamaño de la misma comparada conmigo. Para despues dejar la botella y tenderle la mano con la bolsa medio cerrada y la mirada encendida por la traviesa influencia de la hierba gatera. La luna, que se alzaba en el horizonte, se reflejaba en mis pupilas dilatadas mientras miraba los ojos de mi compañero. En aquel instante, ya no existía la taberna a nuestra espalda, ni la sórdida herencia que arrastrábamos cada uno. Sólo existíamos nosotros dos, unidos por un juramento que se formaba en la complicidad de una noche demasiado hermosa como para preocuparse de las sombras futuras. Terminé de inhalar un poco más de la hierba gatera, sintiendo cómo mi cola se erizaba y mis sentidos se agudizaban. Tal vez, en otra vida, hubiéramos sido enemigos o desconocidos, separados por nuestras circunstancias. Pero ahora, éramos amigos y socios en un mundo que insistía en volverse contra nosotros.
-Que la brisa de este verano -dije, alzando el mentón para dejar que la luz lunar se deslizara por mis mejillas, al mismo tiempo que dejaría que mis instintos me hicieran estirarme y tumbarme hasta que mi cabeza se encontrara con el hombro derecho del mestizo, quedando boca arriba, con el frio suelo tocando mi espalda. Provocando que ronroneara mientras restregaba mi cabeza contra su brazo, como un animal pidiendo cariño. Mi cola se movía de un lado para otro de forma involuntaria- arrastre nuestras penas, y que lo único que permanezca sea la lealtad. Tú y yo, Zorak... tenemos un largo camino por delante. Digamos que.
En ese momento, podía sentir como además del efecto de la hierba, el alcohol empezaba a subirme a la cabeza.
-L-lo siento, Zorak.. no.. no era mi intención.. -murmuré al fin, con la voz ronca, vacilante. No de culpa, sino de comprensión. Me di cuenta de que, a veces, creemos entender a la gente por lo que muestran... y dejamos pasar las razones ocultas que explican por qué actúan como actúan. Observé todos sus gestos mientras me incorporaba de nuevo, mostrando que le había estado prestando atención y curioso por lo que el pelirrojo estaba sacando de su camisa, la cual le quedaba extraordinariamente bien, por cierto. Al ver el cigarro y la pequeña bolsa, sentí un hormigueo en las yemas de los dedos. El olor me golpeó como un puñetazo suave, despertando un cosquilleo en mi nariz y un cosquilleo aún más juguetón en mi garganta. Reconocí el aroma: catnip, una tentación a la que pocos Mink de herencia felina podrían resistirse. Una parte de mí sintió un escalofrío de emoción y anticipación, como si mi sangre se agitara ante la promesa de un placer exótico y salvaje.
-Así que esto es tu... forma de brindar eh, vaya vaya, se nota que tienes mas experiencia que yo. -Le dije, con una sonrisa que mostraba ligeramente los colmillos, es decir, una sonrisa sincera. El murmullo de mi voz se deslizaba hacía el peliverde con un curioso deje de ronroneo que a menudo, aparecía cuando me sentía conmovido. Alargué el brazo con cautela y tomé la bolsa, sintiendo un suave crujir entre mis dedos. Durante un instante, cerré los ojos y solo pude pensar en el por qué me gustaba tanto celebrar los éxitos con Zorak. No se trataba sólo del dinero o de la adrenalina al burlar a los transeúntes; eran momentos como éstos, en los que lo compartíamos todo y nos permitíamos un vistazo a nuestras cicatrices más profundas. El silencio, ahora, era un bálsamo. Además, el vaho que exhalaba Zorak al fumar, formaba una línea que rodeaba mi cabeza, como si me invitara a celebrar, una celebración de dos ladrones que se jactaban de su libertad, una libertad... Revolucionaria. Abrí lentamente la bolsa de catnip y le eché un vistazo. Un aroma dulce y penetrante se elevó, provocándome un leve mareo placentero. Me reí entre dientes, manteniendo la mirada fija en Zorak.
-Sabes, no hay mejor forma de sellar un pacto que compartir algo que nos exponga. Tú me enseñas un pedazo de tu pasado, y yo te muestro otra cara de mi ser. -Alcé la bolsa en un ademán de brindis, imitando su gesto con el cigarro-. A tu salud y a la de ese padre que, aunque no lo comprenda, quizá en su momento también soñó con algo más que el fondo de un vaso.
Llevé la bolsa a mi hocico, inspirando con suavidad, dejándome envolver por el efecto de aquella hierba gatera. Sentí un escalofrío que me recorría la columna, podía sentir como mis ojos chispeaban al dilatarse mis pupilas. Una risa grave y contenida escapó de mi garganta, y por un segundo, creí sentir que mi piel cosquilleaba con la energía chispeante de la noche.
-Por más golpes exitosos... -murmuré, con voz pastosa pero cargada de entusiasmo- y por la extraña manera en que el destino nos hace compañeros.
Daría otro trago a la botella de sake, un trago sería mas o menos un cuarto de la botella por el tamaño de la misma comparada conmigo. Para despues dejar la botella y tenderle la mano con la bolsa medio cerrada y la mirada encendida por la traviesa influencia de la hierba gatera. La luna, que se alzaba en el horizonte, se reflejaba en mis pupilas dilatadas mientras miraba los ojos de mi compañero. En aquel instante, ya no existía la taberna a nuestra espalda, ni la sórdida herencia que arrastrábamos cada uno. Sólo existíamos nosotros dos, unidos por un juramento que se formaba en la complicidad de una noche demasiado hermosa como para preocuparse de las sombras futuras. Terminé de inhalar un poco más de la hierba gatera, sintiendo cómo mi cola se erizaba y mis sentidos se agudizaban. Tal vez, en otra vida, hubiéramos sido enemigos o desconocidos, separados por nuestras circunstancias. Pero ahora, éramos amigos y socios en un mundo que insistía en volverse contra nosotros.
-Que la brisa de este verano -dije, alzando el mentón para dejar que la luz lunar se deslizara por mis mejillas, al mismo tiempo que dejaría que mis instintos me hicieran estirarme y tumbarme hasta que mi cabeza se encontrara con el hombro derecho del mestizo, quedando boca arriba, con el frio suelo tocando mi espalda. Provocando que ronroneara mientras restregaba mi cabeza contra su brazo, como un animal pidiendo cariño. Mi cola se movía de un lado para otro de forma involuntaria- arrastre nuestras penas, y que lo único que permanezca sea la lealtad. Tú y yo, Zorak... tenemos un largo camino por delante. Digamos que.
En ese momento, podía sentir como además del efecto de la hierba, el alcohol empezaba a subirme a la cabeza.
Caja de arena
