40 de otoño, año 14
Sabaody, 10:45 a.m.
El tiempo arrecia en Sabaody. El otoño estaba cerca del fin y eso causaba que la temperatura fuera cayendo paulatinamente durante los cada vez más cortos días en el archipiélago. Ya llevaba tiempo despierto y decidí que hoy era el día en el que terminaría de mejorar mis espadas. Saliendo a cubierta, ataviado con mi abrigo y Saba en el cinturón a mi siniestra, observé el panorama en el casi mágico archipiélago de Sabaody. El tiempo otoñal me gustaba. El ambiente era frío sin ser excesivo y, la gente se movía para sus tareas diarias manteniendo las islas manglar vivas. Mis compañeros debían estar con sus menesteres y yo tenía mi propia misión. Ya había pasado por la cocina para beber de dos sorbos un café ardiendo y, con el dinero en el bolsillo, me disponía a dirigirme a la herrería local de la que ya había oído a hablar a algunos de los lugareños esperando poder encontrar herramientas adecuadas para la forja y mejora de mis espadas. Bajé del barco y comencé a andar por las calles de Sabaody. En el manglar aledaño debía hallarse la tienda que buscaba y, tras una hora de camino, llegué hasta ella, observando desde fuera. Una casa vieja y destartalada, poco cuidada en su exterior. De no ser por su humeante chimenea en lo alto del tejado, hubiera sido imposible saber que ahí dentro vivía nadie. Me acerqué lentamente y agarrando el pomo con la diestra, lo giré y entré asumiendo que el negocio seguía abierto.
— Hola. ¿Hay alguien? — pregunté mientras accedía al destartalado lugar cuestionándome a mí mismo si aquello era una verdadera herrería o si simplemente era un local abandonado. Avancé por la entrada hasta el mostrador de madera, una madera vieja y maltratada por el tiempo y el constante paso de aceros por encima de ella, hasta plantarme a escasos centímetros. El local, que antaño pudo ser un gran comercio de armas y herramientas, parecía en desuso mas no deshabitado. Era una habitación grande, de unos diez metros por quince cuyas dos únicas salidas eran por donde yo entré y una puerta que parecía conducir más al interior, posiblemente a la forja. Esta estaba repleta de estanterías y mostradores por las paredes y repartidas por la estancia que otrora podrían haber albergado todo tipo de utensilios creados por el herrero. Todo ellos permanecían vacíos pero limpios, como si simplemente hubieran perdido su propósito, aunque no hubieran sido dejados a su suerte. — ¿Buenos días? Estaba buscando herram... — dije de nuevo, en voz más alta esperando que, si alguien había dentro, pudieran oírme. Sin embargo fui interrumpido por el sobresalto de una serie de golpes metálicos y estrepitosos desde lo que pensaba era la trastienda o la forja. Un quejido de hombre adulto sonó al unísono, advirtiendo de la presencia del dueño del local, que más pronto que tarde se asomó por el marco de la puerta, casi incrédulo por tener una visita en su pobre y abandonado comercio. — ¿Has… venido a robarme? — preguntó la cabeza, que se asomaba por la puerta entre abierta, con temerosidad. Era un hombre mayor, de largos setenta años, casi sin pelo y lo poco que conservaba era cano. — Estaba buscando... — dije mientras volvían a sonar ruidos en la trastienda de trastos cayendo — … herramientas. — dije con voz de circunstancia mientras los ruidos cesaban y el hombre asumía una expresión de vergüenza mezclada con miedo, a la cual contesté con una sonrisa amigable. — Llevo tiempo trabajando con esto y… necesito renovarme. — dije alegremente poniendo en el mostrador mis herramientas artesanales que hice durante nuestro viaje en el Parabellum. El hombre terminó de atravesar el umbral, más tranquilo aparentemente y se acercó incrédulo a ellas. Ahora viéndolo completamente podía diferenciar al tendero por completo. Debía tener la edad que estimaba y medía cerca de metro cuarenta, era menudo y fibrado, con apenas una pizca de grasa en sus magros brazos que destacaban por su seguramente largo trabajo martilleando metal. Vestía viejo y destartalado, casi como un vagabundo lleno de hollín y óxido. — ¿Y has sido capaz de forjar algo con esto, muchacho? — cuestionó con tono dubitativo mientras cogía uno de mis martillos y lo observaba ajustandose unas gafas que portaba en el bolsillo de la camisa holgada que vestía. Refunfuñé. — De hecho, sí. — dije algo molesto sacando a Saba de mi cinturón y colocándola en el mismo mostrador. El viejo hombre la observó con detenimiento mientras yo obseravaba como sus ojos se iluminaban por contemplar la factura de mi mejor arma. — Es… preciosa. — dijo con un tono de nostalgia en su voz mientras pasaba la mano por la saya gentilmente. — Y dices que necesitas renovarte… ¿acaso es que tienes obras en mente, chico? — preguntó mientras se giraba dando tumbos hacia los armarios traseros y los abría comenzando a buscar algo. — Tengo otra arma que necesita arreglos y, creo que es momento de prepararme antes del Nuevo Mundo para cualquier cosa que pueda pasar. — respondí poniéndome de puntillas esperando poder visualizar lo que el viejo herrero hacía. — Oooh… ¿herrero y guerrero? Vaya caja de sorpresas. — dijo el viejo herrero mientras terminaba de tirar cosas al suelo y recoger otras para finalmente girarse de nuevo hacia mí y poner sobre la mesa un tapete enrollado que al abrirse descubrió un set de herramientas nuevas. — Servirán. — dijo con cierta voz entrañable que parecía estar disfrutando del encuentro. — Aquí tienes todo lo necesario para forjar y realizar arreglos. Dos martillos, uno grande para doblegar el acero candente y otro más pequeño para perfilar. Unas tenazas que ejerzan buena presión para que aproveches tu agarre. Pinchos para asegurar las aleaciones. Un cepillo de lana de acero para quitar las impurezas al forjar y una piedra de pulido para rebajar el peso de las hojas. — enumeró mientras selañaba cada uno de los componentes del set. Estaba fascinado, todas las herramientas parecían nuevas. De una época quizá olvidada, pero nuevas y por estrenar. — Se ven increíbles. — dije fascinado mientras pasaba mis manos por los elementos del set de herrería — ¿Cómo es posible que tenga un set en tan buen estado? Se me hace difícil de encontrar herramientas de calidad… lástima que no tenga un cincel para poder grabar las hojas una vez creadas. — Mis palabras resonaron en el anciano que corrió a la trastienda y tras ruidos nuevamente, volvió con un cincel en la mano que puso suavemente sobre el tapete. Este era muy diferente a las otras herramientas. Viejo y usado, pero férreo y robusto, con una inscripción en el lateral que no lograba leer con claridad por la corrosión del tiempo y el uso. — Parece muy distinto… — dije extrañado — Lógico… es mi cincel. — dijo el herrero orgulloso mientras yo me sorprendía y lo empujaba suavemente hacia él, rechazándolo. — No, no puedo. — dije apresuradamente. — Por supuesto que sí. — aseveró el herrero para después suspirar profundamente. — Hace cinco años que no vendo nada. Mi negocio está muerto y, con mi avanzada edad, posiblemente yo no tarde demasiado. — acariciando el cincel con nostalgia — Solo me queda pasar mi talento a la siguiente generación de herreros y descansar. Tengo lo suficiente para vivir humildemente y disfruto de mis pasatiempos… solo quiero que lo que he creado no muera aquí. Para que los brotes crezcan del fruto viejo. — dijo girarndo el cincel y empujándolo de nuevo, mostrando así que otra inscripción se hallaba en el reverso del mismo, incripciones que ahora podía identificar. “Nuevo” y “Antiguo”. Como una alegoría al paso generacional. — De acuerdo… dígame cuánto le debo. — dije recogiendo el set mientras el hombre negaba con la cabeza. — Haz algo con corazón y estaremos en paz. — dijo para después girarse a la trastienda y despedirse para desaparecer antes de que yo me fuera. Decidí que no dejaría que ese buen hombre viviera lo que le quedaba en la inmundicia por lo que, sacando de mi chaqueta un saco de berries, lo dejé en el mostrador, escondido por detrás para que no fuera visible desde el exterior. Era mi pago por su sabiduría y simpatía. Quizá no mucho, pero suficiente.
No fue si no en el barco que comenzó la verdadera prueba.
Dos eran las mejoras que la espada necesitaba. Por una parte, había que mejorar su filo, ya que no había sido cuidado con la cautela que requiere un arma de esta factura. Por otro lado, quería hacer un rebaje en el lomo del acero. Crear un bo-hi de mayor tamaño para reducir el peso de esta considerablemente y hacer que sea más ligera y manejable. Ya sabía de las ventajas de hacer esto gracias a Saba, que era mucho más liviana que su hermana de filo negro, y sabía que merecía la pena. — Bien. — dije quitándome el abrigo y dejándolo en un perchero cerca de la entrada de la forja del Panzer y arrodillándome en seiza delante de la zona de trabajo. Coloqué el tapete enrrollado con todas las herramientas que el viejo herrero me dio en ella y lo abrí, desplegando asi el tapete y dejando todos los utensilios al alcance de mi mano. — Comencemos poniéndote en forma, vamos a bajar de peso. — dije mientras desenfundaba el filo negro. Desmonté el mango de la espada, dejándolo en un lateral. Kashira, tsuka y tsuba, así como los pines necesarios para su montaje y demás piezas de latón, dejando solo la hoja completa y desnuda en mis manos. Precinté con cinta adhesiva el filo, dejando la mitad del lomo descubierto para evitar accidentes y posibles cortes mientras trabajaba en la parte más pesada de la espada. Cogí la piedra de pulido y la sujeté entre dos pinzas de un torno para asegurarla y así trabajar únicamente con la espada, facilitando la tarea de rebaje del peso. El bo-hi, que es la hendidura del lomo de la katana, era especialmente poco pronunciada en esta y, por esa razón era pesada y dificultaba ciertos movimientos. Tras humedecer la piedra de afilado con agua comencé a hacer suaves pasadas del lomo por ella en el canto redondo de la misma. El acero era bueno y estaba bien templado por lo que fueron necesarias largas dos horas para completar la tarea que me propuse. Las pasadas eran lentas y firmes pero sin brusquedad. Diez por un lado, diez por el otro para equilibrar y evitar desbalances en el peso de la misma. Cuando finalicé, sostuve el filo por donde iría el mango y aprecié mi mejora. El arma se había vuelto ligera y manejable, estaba seguro de que la mejora se notaría en combate. Sonreí contento por el trabajo. Ahora quedaba la segunda parte, mejorar su filo para que cortara cualquier cosa. — Perfecto. Ahora hagamos que tu filo sea tan letal como debería. — Desprecinté el filo y, dándole la vuelta a la piedra, para usar el lado contrario que traía una piedra más fina y menos abrasiva. Esta permitiría afilar a niveles superiores el filo cortante del arma y preprarla para la batalla. De nuevo, sosteniendo la espada con sumo cuidado para evitar cortes indeseados, pasé con suavidad la hoja con el filo rozando la piedra en un ángulo de quince o veinte grados de manera uniforme por todas sus partes en un mismo lado de la hoja. Cuando las pasadas fueron suficientes, la rebaba del afilado se generó correctamente, haciendo así que todo un lado quedara correctamente trabajado. Para saber si las pasadas habían sido suficientes, utilizaba mi uña sobre el lado contrario del filo, tirando con ella hacia fuera del filo para notar si la rebaba oponía resistencia. Cuando así era, el afilado de ese lado había finalizado. Repetí la operación con el lado contrario hasta que la rebaba se creó también y finalmente asenté el filo con el reverso de una pieza de cuero, dejándolo preparado para cortar. Hice la prueba con un papel, intentando cortar una tira lo más fina posible y cuando lo logré, quedé satisfecho. Finalmente, eché mano del cincel que el viejo herrero me había proporcionado, así como del martillo de precisió y grabé, cerca de donde iría la guardia, kanjis por ambos laterales. En uno de los dos, lo que la hoja pedía y en otro, lo que yo percibía. Solo ella y yo supimos qué era.
Tras esto, realicé el montaje de la katana de nuevo, dejándola lista para la batalla. Contento por el trabajo sonreí y me apoyé sobre las manos hacia atrás en el suelo, estirando mis cuádriceps tras largas horas en seiza.
— Y ahora… ¿qué? — me dije a mi mismo mientras miraba el fuego en la forja, constantemente encendido y chisporroteando, preparado para nuevas ideas. Volteé mi mirada a Saba y sonreí.
Aclaraciones

![[Imagen: W7KwXzn.png]](https://imgur.com/W7KwXzn.png)
![[Imagen: Nuf4AJR.png]](https://i.imgur.com/Nuf4AJR.png)