17-03-2025, 08:19 PM
Kenzo seguía sin responderme y sin moverse ni un milímetro. Estaba empezando a pensar que a lo mejor debería llamar a Triana, pero algo me decía que podíamos salir de esta por nuestra cuenta. No es que fuera orgullosa, pero así le podíamos demostrar que éramos huesos duros de roer y que nos sabíamos apañar solitos. — Hablando de roer... — volví a mirar a la ratilla en el suelo. Tampoco parecía moverse. Al menos, no sería un problema por ahora.
— Entiendo cómo te sientes ahí quieto, Kenzo, a mí me pasó algo parecido. Miré a mi alrededor un instante y terminé con la vista puesta en el muchacho. Carraspeé, y me preparé para contarle otra de mis historias reveladoras. — Corría el año 7, el día 85 de verano, para ser exactos. Yo había terminado mis labores con la cosecha en mi granja y decidí adentrarme en una parte de la colina donde la maleza crecía a lo loco. Hacía mucho calor, pero eso no me importaba. Yo estaba decidida a encontrar un novedoso remedio natural a base de resina natural que hiciera que el pelaje de mis vacas brillara bajo el sol. Seguro que te preguntarás el por qué. Pues es fácil, Kenzo. En unos días se celebraría el concurso anual de belleza bovina, y la estúpida de Helen había conseguido que los mugrientos dientes de sus vacas fueran blancos como perlas.
Empecé a caminar de forma inconsciente, moviéndome tan solo un par de pasos de un lado a otro, sin pensar en que el muchacho no podía verme y que solo sería una voz en su cabeza. — Pero bueno, el caso es que ese día me perdí en la vegetación, y cuando ya pensaba que estaba todo perdido y que me acabaría muerta de hambre o de sed, encontré una seta en el suelo. Era de un color rojo brillante y parecía bastante apetitosa, pero antes de que pudiera darle siquiera un mordisco o paladearla, una culebrilla salvaje me mordió en la pierna. Por suerte no fue nada grave, porque tú ya sabes que mi piel es tan dura que resistiría hasta el mordisco de un caimán hambriento — tal vez exageré. — El caso es que, volviendo a mi granja, me tropecé con una piedra y me torcí el tobillo. Tuve que estar un par de semanas sin poder andar. ¿Y sabes lo que significaba eso? ¡Exacto! Adiós al concurso de belleza bovino — dije con la voz entrecortada.
— Así que ya lo sabes. Aunque estés paralizado del miedo, de un tirón o de un golpe invisible de la marine, ¡ganaremos este concurso! Juntos, llevaremos a Penny a la victoria... Quiero decir, a Yojimbo… — corregí de inmediato. — En cuanto salga de la cárcel, claro — finalicé en un tono más bajo. Quizá el muchacho solo necesitaba inspiración y ganas de moverse. — Bueno, ¿te puedes mover ya o qué? Yo puedo intentar algo, pero no prometo nada. Solo puedo decirte que en mi pueblo teníamos un dicho muy popular que decía: "cuando el río no fluye, es porque hay una vaca atascada". Así que dime, Kenzo… ¿Eres el río o la vaca? Hice un pequeño silencio mientras rebuscaba en mi bolsillo hasta encontrar el cartucho de balas que quería. — No hace falta que me respondas — dije mientras cargaba el rifle con los artilugios explosivos. — Mejor vamos a averiguarlo, yee-haw haw haw haw. ¿Preparado?
— Entiendo cómo te sientes ahí quieto, Kenzo, a mí me pasó algo parecido. Miré a mi alrededor un instante y terminé con la vista puesta en el muchacho. Carraspeé, y me preparé para contarle otra de mis historias reveladoras. — Corría el año 7, el día 85 de verano, para ser exactos. Yo había terminado mis labores con la cosecha en mi granja y decidí adentrarme en una parte de la colina donde la maleza crecía a lo loco. Hacía mucho calor, pero eso no me importaba. Yo estaba decidida a encontrar un novedoso remedio natural a base de resina natural que hiciera que el pelaje de mis vacas brillara bajo el sol. Seguro que te preguntarás el por qué. Pues es fácil, Kenzo. En unos días se celebraría el concurso anual de belleza bovina, y la estúpida de Helen había conseguido que los mugrientos dientes de sus vacas fueran blancos como perlas.
Empecé a caminar de forma inconsciente, moviéndome tan solo un par de pasos de un lado a otro, sin pensar en que el muchacho no podía verme y que solo sería una voz en su cabeza. — Pero bueno, el caso es que ese día me perdí en la vegetación, y cuando ya pensaba que estaba todo perdido y que me acabaría muerta de hambre o de sed, encontré una seta en el suelo. Era de un color rojo brillante y parecía bastante apetitosa, pero antes de que pudiera darle siquiera un mordisco o paladearla, una culebrilla salvaje me mordió en la pierna. Por suerte no fue nada grave, porque tú ya sabes que mi piel es tan dura que resistiría hasta el mordisco de un caimán hambriento — tal vez exageré. — El caso es que, volviendo a mi granja, me tropecé con una piedra y me torcí el tobillo. Tuve que estar un par de semanas sin poder andar. ¿Y sabes lo que significaba eso? ¡Exacto! Adiós al concurso de belleza bovino — dije con la voz entrecortada.
— Así que ya lo sabes. Aunque estés paralizado del miedo, de un tirón o de un golpe invisible de la marine, ¡ganaremos este concurso! Juntos, llevaremos a Penny a la victoria... Quiero decir, a Yojimbo… — corregí de inmediato. — En cuanto salga de la cárcel, claro — finalicé en un tono más bajo. Quizá el muchacho solo necesitaba inspiración y ganas de moverse. — Bueno, ¿te puedes mover ya o qué? Yo puedo intentar algo, pero no prometo nada. Solo puedo decirte que en mi pueblo teníamos un dicho muy popular que decía: "cuando el río no fluye, es porque hay una vaca atascada". Así que dime, Kenzo… ¿Eres el río o la vaca? Hice un pequeño silencio mientras rebuscaba en mi bolsillo hasta encontrar el cartucho de balas que quería. — No hace falta que me respondas — dije mientras cargaba el rifle con los artilugios explosivos. — Mejor vamos a averiguarlo, yee-haw haw haw haw. ¿Preparado?
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