19-03-2025, 12:01 AM
Seguía nervioso. El pánico crecía en mi pecho como una ola incontrolable. Por más que intentaba moverme, nada respondía. Mis brazos, mis piernas, incluso mis dedos… era como si mi cuerpo hubiera decidido ignorar por completo las órdenes de mi mente. Lo único que podía hacer era mover los ojos de lado a lado, recorriendo con desesperación cada rincón del lugar, buscando algo que me ayudara a entender qué demonios me estaba pasando. Intenté tragar saliva, pero hasta eso se sentía extraño. No podía sentir mi propia respiración con normalidad, y la incertidumbre comenzaba a devorarme. No dolía. Ese era el detalle más inquietante. Si hubiera dolor, al menos podría aferrarme a él como prueba de que mi cuerpo seguía funcionando. Pero esta inmovilidad absoluta, esta desconexión entre lo que ordenaba mi cerebro y la respuesta nula de mis músculos, era aterradora de una forma completamente nueva.
Intenté tranquilizarme. Si me fuera a morir, me sentiría peor, ¿no? Me repetí eso una y otra vez, tratando de calmar el torbellino de pensamientos catastróficos que se formaban en mi cabeza. No tenía fiebre, no sentía que mi corazón fallara, no había señales evidentes de que estuviera muriendo. Si aguantaba lo suficiente, Triana me vería y me curaría. Ella sabría qué hacer, revisaría si había algo más grave detrás de esto. Tenía que aguantar. Pero aun así, no podía evitar sentir que algo desconocido tenía el control de mi cuerpo y eso me aterraba más que cualquier herida de batalla.
Por otro lado, Jolyne comenzó a hablarme. Su voz cortaba el silencio como un cuchillo afilado, llenando el espacio con su característico tono animado y desenfadado. Me hablaba de un concurso bovino, una historia que, en cualquier otra circunstancia, habría captado mi interés totalmente al completo, pero en ese momento, mi atención estaba en otra parte. No podía moverme. No podía responder. Ni siquiera podía hacerle un gesto para que supiera que la estaba escuchando o, más importante aún, que necesitaba ayuda. Era una sensación extraña, casi frustrante. Mi mente estaba activa, alerta, atrapada en un cuerpo que se negaba a obedecer. Y ahí estaba Jolyne, completamente ajena a mi desesperación, relatando con entusiasmo algo del brillo del pelo de una de sus vacas. ¿Cómo podía importarme el brillo de pelo de sus vacas cuando ni siquiera podía parpadear con normalidad? Quería gritar. Quería decirle que algo estaba terriblemente mal. Pero todo lo que podía hacer era escuchar.
Mi respiración, aunque superficial, seguía constante. Eso era bueno, ¿no? Me aferré a ese pensamiento como un náufrago a un pedazo de madera en mar abierto. No podía dejarme arrastrar por el pánico. Si Jolyne me veía así y no reaccionaba con alarma, quizás desde afuera no parecía tan grave como se sentía por dentro. O tal vez simplemente no se había dado cuenta aún. La idea de estar atrapado en mi propio cuerpo mientras ella seguía hablando sin notar nada hizo que un escalofrío invisible recorriera mi piel.
Las palabras de Jolyne seguían fluyendo, pero mi mente se había quedado atrapada en un solo detalle: su resistencia. Dijo que podría aguantar incluso el mordisco de un caimán, y aunque sonaba a una de esas exageraciones que uno dice sin pensarlo mucho, no pude evitar preguntarme si realmente era cierto. Le sentía caminar de derecha a izquierda mientras hablaba. Había tanta seguridad en su voz, tanta convicción en sus palabras, que me costaba creer que estuviera bromeando. No cualquiera podía decir algo así con tanta naturalidad. Yo había conocido a muchas personas fuertes en mi vida, pero la idea de que alguien pudiera aguantar el mordisco de un caimán… eso era otro nivel. ¿Cómo se entrenaba alguien para algo así? ¿Era cuestión de genética? ¿De puro entrenamiento? ¿O simplemente una especie de don divino que la hacía diferente al resto?
Mientras ella continuaba contando su historia, mi mente vagaba en otra dirección. ¿Qué se sentiría tener una resistencia como la suya? No preocuparme por golpes, cortes o mordiscos… simplemente seguir adelante sin importar el daño. En mi vida había recibido más heridas de las que podía contar, algunas de ellas todavía me dolían cuando el clima se ponía frío. Pero si fuera como Jolyne, sería imparable. ¿Había alguien más guay que ella en el mundo? Lo dudaba. No solo era fuerte, sino que tenía una confianza que hacía que cualquiera quisiera seguirla. Yo también quería ser así.
El sonido metálico del rifle cargándose fue como un trueno en mitad de mi mente divagante. Mi cuerpo no podía moverse, pero mi instinto gritaba en puro pánico. ¡¿Qué demonios estaba haciendo Jolyne?! El eco del mecanismo resonó en mis oídos como si el mundo entero se hubiera reducido a ese único ruido. Y entonces, el grito salió de mi garganta con una desesperación visceral. -¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡AAAAAAAAAAAAAAH!- No podía hacer otra cosa. No podía huir, no podía protegerme, ni siquiera podía encogerme en un reflejo inútil. Solo podía abrir la boca y gritar con todo el aire que mis pulmones permitían.
Mi mente entró en un frenesí caótico. ¿Había hecho algo para provocarla? ¿Era una broma? ¿Un malentendido? ¿O simplemente había decidido acabar conmigo sin razón alguna? La idea de morir sin siquiera poder pestañear me dejó un nudo en el estómago. Mi vista, limitada a mover los ojos de un lado a otro, trataba desesperadamente de captar cualquier pista en su rostro. ¿Estaba sonriendo? ¿Tenía una expresión de furia o de burla? Pero no podía enfocarme bien, no podía interpretar nada más allá del terror de mi propia parálisis. Todo lo que tenía era ese maldito sonido del rifle y mi grito desesperado perforando el aire.
Intenté tranquilizarme. Si me fuera a morir, me sentiría peor, ¿no? Me repetí eso una y otra vez, tratando de calmar el torbellino de pensamientos catastróficos que se formaban en mi cabeza. No tenía fiebre, no sentía que mi corazón fallara, no había señales evidentes de que estuviera muriendo. Si aguantaba lo suficiente, Triana me vería y me curaría. Ella sabría qué hacer, revisaría si había algo más grave detrás de esto. Tenía que aguantar. Pero aun así, no podía evitar sentir que algo desconocido tenía el control de mi cuerpo y eso me aterraba más que cualquier herida de batalla.
Por otro lado, Jolyne comenzó a hablarme. Su voz cortaba el silencio como un cuchillo afilado, llenando el espacio con su característico tono animado y desenfadado. Me hablaba de un concurso bovino, una historia que, en cualquier otra circunstancia, habría captado mi interés totalmente al completo, pero en ese momento, mi atención estaba en otra parte. No podía moverme. No podía responder. Ni siquiera podía hacerle un gesto para que supiera que la estaba escuchando o, más importante aún, que necesitaba ayuda. Era una sensación extraña, casi frustrante. Mi mente estaba activa, alerta, atrapada en un cuerpo que se negaba a obedecer. Y ahí estaba Jolyne, completamente ajena a mi desesperación, relatando con entusiasmo algo del brillo del pelo de una de sus vacas. ¿Cómo podía importarme el brillo de pelo de sus vacas cuando ni siquiera podía parpadear con normalidad? Quería gritar. Quería decirle que algo estaba terriblemente mal. Pero todo lo que podía hacer era escuchar.
Mi respiración, aunque superficial, seguía constante. Eso era bueno, ¿no? Me aferré a ese pensamiento como un náufrago a un pedazo de madera en mar abierto. No podía dejarme arrastrar por el pánico. Si Jolyne me veía así y no reaccionaba con alarma, quizás desde afuera no parecía tan grave como se sentía por dentro. O tal vez simplemente no se había dado cuenta aún. La idea de estar atrapado en mi propio cuerpo mientras ella seguía hablando sin notar nada hizo que un escalofrío invisible recorriera mi piel.
Las palabras de Jolyne seguían fluyendo, pero mi mente se había quedado atrapada en un solo detalle: su resistencia. Dijo que podría aguantar incluso el mordisco de un caimán, y aunque sonaba a una de esas exageraciones que uno dice sin pensarlo mucho, no pude evitar preguntarme si realmente era cierto. Le sentía caminar de derecha a izquierda mientras hablaba. Había tanta seguridad en su voz, tanta convicción en sus palabras, que me costaba creer que estuviera bromeando. No cualquiera podía decir algo así con tanta naturalidad. Yo había conocido a muchas personas fuertes en mi vida, pero la idea de que alguien pudiera aguantar el mordisco de un caimán… eso era otro nivel. ¿Cómo se entrenaba alguien para algo así? ¿Era cuestión de genética? ¿De puro entrenamiento? ¿O simplemente una especie de don divino que la hacía diferente al resto?
Mientras ella continuaba contando su historia, mi mente vagaba en otra dirección. ¿Qué se sentiría tener una resistencia como la suya? No preocuparme por golpes, cortes o mordiscos… simplemente seguir adelante sin importar el daño. En mi vida había recibido más heridas de las que podía contar, algunas de ellas todavía me dolían cuando el clima se ponía frío. Pero si fuera como Jolyne, sería imparable. ¿Había alguien más guay que ella en el mundo? Lo dudaba. No solo era fuerte, sino que tenía una confianza que hacía que cualquiera quisiera seguirla. Yo también quería ser así.
El sonido metálico del rifle cargándose fue como un trueno en mitad de mi mente divagante. Mi cuerpo no podía moverse, pero mi instinto gritaba en puro pánico. ¡¿Qué demonios estaba haciendo Jolyne?! El eco del mecanismo resonó en mis oídos como si el mundo entero se hubiera reducido a ese único ruido. Y entonces, el grito salió de mi garganta con una desesperación visceral. -¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡AAAAAAAAAAAAAAH!- No podía hacer otra cosa. No podía huir, no podía protegerme, ni siquiera podía encogerme en un reflejo inútil. Solo podía abrir la boca y gritar con todo el aire que mis pulmones permitían.
Mi mente entró en un frenesí caótico. ¿Había hecho algo para provocarla? ¿Era una broma? ¿Un malentendido? ¿O simplemente había decidido acabar conmigo sin razón alguna? La idea de morir sin siquiera poder pestañear me dejó un nudo en el estómago. Mi vista, limitada a mover los ojos de un lado a otro, trataba desesperadamente de captar cualquier pista en su rostro. ¿Estaba sonriendo? ¿Tenía una expresión de furia o de burla? Pero no podía enfocarme bien, no podía interpretar nada más allá del terror de mi propia parálisis. Todo lo que tenía era ese maldito sonido del rifle y mi grito desesperado perforando el aire.
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