24-03-2025, 08:39 PM
Día 36 de Otoño. Año 14
Alrededor de las 16 horas
Manglar 23
No llegaba a la semana, ni siquiera siete días separaban al Comilón de hoy con el Comilón que estaba solo en su isla, aislado del mundo y cargando con los fantasmas del pasado, y aún así en ese tiempo habían pasado muchas cosas, había conocido a un trío muy peculiar de una forma aún más peculiar, si cabía. Me habían aceptado, más o menos, pues pasaba cerca de su barco los días, esperando la pronta recuperación de Timón, que había sido salvado por Pumba de las garras del infame pirata Ashura, que más tarde aprendí que es el capitán de una banda de piratas que se hace eco matando a todo lo que se les va cruzando y causando destrozos, unos tipos que me enfermaban por su comportamiento y a los que me gustaría tener de frente para explicarles que no está bien eso de ir pisando a los demás para seguir avanzando, el camino de un guerrero con honor debe construirse a base de acciones, no a base de cadáveres. Estos eran los pensamientos que rondaban mi inquieta mente, había dejado el barco durante un momento, necesitaba cambiar de aires y expandir mi mente, no podía permitir que mis sentidos se atenuasen por no usarlos durante tanto tiempo, así que había estado paseando desde después de comer, buscando el sitio ideal para poder practicar mis movimientos y meditar para volver a afilar mi mente y mi cuerpo.
En el manglar 23 había menos cantidad de gente de lo que había estado viendo en los manglares por los que había ido pasando desde el 10, que es dónde descansaba el barco de mis nuevos amigos. Por tener la menor afluencia de público que había visto hasta el momento decidí que sería mi lugar de entrenamiento, me coloqué cerca del tronco del manglar que numeraba a esa sección del archipiélago compuesto de raíces, desaté mi kimono y lo doblé, dejándolo a un lado, después me senté con las piernas cruzadas, talón izquierdo bajo rodilla derecha y, al revés, talón derecho bajo rodilla izquierda, los dedos del índice al meñique de mi mano derecha crearon un soporte a la altura de mi obligo para los mismos dedos de mi mano izquierda y ambos pulgares se encontraban creando una forma circular, esa era la postura de meditación que me habían enseñado. Cerré los ojos, tomé aire hasta que mi nariz, siempre tan oportuna, profirió un grave ronquido que hizo retumbar mi cabeza, pero estaba acostumbrado, eso no iba a entorpecer mi sesión de meditación. Lo que sí me dificultaba más la tarea era mi propia culpa, el peso de mis acciones, y, especialmente, el peso de mis inacciones, cerraba los ojos, pensaba en las lecciones de Shupo y se interponían las imágenes de aquella noche en la que todo se torció, abrí los ojos al poco de haberlos cerrado, era inutil, había aguantado casi veinte minutos meditando, pero no podía más. Me levanté y sacudí mi pelaje, — Tengo húmeda toda mi pata negra… ¿Será que debo empezar por calentar y entrenar mi cuerpo o será que oink no tengo el día para meditar? — dije para mí mismo, tantos años de soledad me habían dejado con la costumbre de hablar para mí mismo como un pensamiento en voz alta, ignorando que había ahí gente que podría escucharme hablar, aunque era consciente de que la gente huía en cuanto me movía por miedo de que los fuera a aplastar, no les puedo culpar, yo también tendría miedo de una criatura de 60 metros que pudiera aplastarme con la facilidad con la que se pone un pie delante del otro.
Pero suficiente pensar, era momento de entrenar, me puse en posición de combate y comencé a golpear el aire con golpes dados solamente con la palma de mis manos, como si el aire fuera un saco de boxeo omnidireccional, daba todo tipo de golpes, desde rápidas sucesiones hasta únicos golpes pero con toda la potencia que los gigantescos músculos de mi cuerpo me permitían, el sonido que estos generaban eran lo suficientemente fuertes como para escucharse desde lejos, provocando que aún más gente huyese de mi, mejor, estaba más a gusto sin gente a mi alrededor para cosas así, especialmente si eran gente a la que podía herir por accidente.
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