25-03-2025, 02:34 PM
Día 2 de Invierno, año 14.
El amanecer aún se deslizaba lentamente sobre el horizonte cuando me incorporé de la cama con el cuerpo entumecido y los ojos pesados. El cansancio era un peso constante sobre mis hombros, recordándome que apenas había dormido tres o cuatro horas. Pero, sinceramente, me daba igual. La conversación con Triana la noche anterior había valido cada minuto de descanso perdido. Afuera del hostal, bajo la tenue luz de las farolas y el fresco aroma de la madrugada, habíamos compartido palabras que aún flotaban en mi mente. Pequeñas confidencias, risas apagadas, momentos en los que el tiempo pareció detenerse.
Pero ahora el tiempo seguía su curso, y yo tenía que moverme. El entrenamiento no podía esperar. Me vestí rápido, ajustando las vendas en mis muñecas antes de salir. El aire de la mañana era frío, mordía la piel con una caricia áspera que ayudaba a despejarme un poco. Caminé por los senderos hasta llegar al claro donde solía entrenar, un espacio abierto en medio del bosque, casi como si la naturaleza misma lo hubiese diseñado para ello. El suelo era firme y uniforme, cubierto de una fina capa de tierra húmeda que absorbía el ruido de mis pisadas. No había piedras que pudieran hacerme tropezar ni raíces traicioneras escondidas bajo la superficie. Los árboles rodeaban el claro en un semicírculo natural, altos y robustos, pero con suficiente espacio entre ellos para que la luz del sol filtrara sus rayos y calentara el lugar. Las hojas se mecían con la brisa, un murmullo suave que llenaba el aire con un ritmo casi hipnótico.
Sin esperar un segundo, me puse a entrenar. Después de un rato, cada músculo de mi cuerpo ardía, cada respiración se sentía pesada, pero seguí adelante. Desde el momento en que puse un pie en el claro, sabía que no me detendría hasta haber exprimido hasta la última gota de energía de mi cuerpo. Comencé con un calentamiento intenso, asegurándome de que mis músculos estuvieran listos para soportar lo que venía. Sentadillas, estiramientos dinámicos, movimientos rápidos para que la sangre fluyera. No podía darme el lujo de una lesión, no cuando aún tenía tanto por mejorar.
Cuando mi cuerpo estuvo en calor, me lancé de lleno a los ejercicios de velocidad y agilidad. Esprinté de un lado a otro del claro, cambiando de dirección de manera abrupta, empujando mi resistencia al límite. El suelo cedía levemente bajo mis pies, amortiguando mis pisadas mientras me deslizaba de un extremo a otro con precisión. Tras cada carrera, me obligaba a frenar en seco, a girar sobre mi eje, a reaccionar con la menor fracción de segundo posible. Luego vinieron los ejercicios de fuerza. Me apoyé sobre mis brazos y comencé a hacer flexiones, aumentando la dificultad con cada repetición: con una mano, con palmadas, llevando mis rodillas al pecho entre cada bajada. El sudor corría por mi frente, resbalando hasta caer sobre la tierra. Mis músculos protestaban, pero no me detenía. Después, me enfoqué en los golpes. Lancé una ráfaga de puñetazos al aire, perfeccionando la velocidad y el control, sintiendo el peso de cada movimiento. Imaginé un oponente frente a mí y ajusté mi postura, lanzando patadas, esquivando sombras inexistentes.
Cuando finalmente el agotamiento me venció, me dejé caer de espaldas sobre la tierra, sintiendo el mundo girar a mi alrededor. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, mis pulmones reclamaban aire con desesperación. Miré el cielo, entrecerrando los ojos ante la luz del sol que atravesaba las copas de los árboles. El cansancio me pesaba como una losa, pero la satisfacción era aún mayor.
El descanso fue breve, apenas el tiempo suficiente para que mi respiración se estabilizara y mi cuerpo dejara de temblar por el esfuerzo. No podía permitirme quedarme demasiado tiempo tendido en el suelo; la fatiga era peligrosa si la dejaba apoderarse de mí. Con un gruñido, me incorporé lentamente, sacudiéndome la tierra de la espalda y las manos. Mi cuerpo protestaba, pero mi determinación era más fuerte. Había llegado el momento de intensificar el entrenamiento.
Llevé la mano a mi costado y deslicé mi Hachimon sobre mis dedos. El guantelete de cuero se ajustó perfectamente a mi mano, sus cuchillas fijas brillaron bajo la luz del sol filtrada entre las hojas. Era un peso familiar, una extensión de mi propio cuerpo, pero aún necesitaba acostumbrarme a entrenar con él en situaciones de combate. No bastaba con dominar mi velocidad o mi fuerza, tenía que lograr que cada movimiento con el Hachimon fuera tan natural como respirar. También me puse en la zurda mi otro guantelete, dispuesto para hacer daño contundente y complementar mi arma. Ajusté también las espinilleras sobre mis piernas. Sabía que cargar con peso extra haría cada golpe más exigente, que cada movimiento sería un reto adicional para mi resistencia. Pero eso era exactamente lo que buscaba. Si lograba moverme con la misma velocidad y precisión con este equipo, cuando los retirara me sentiría aún más ligero, más rápido, más letal.
Comencé con movimientos básicos, trazando golpes en el aire con el Hachimon, sintiendo la resistencia que ofrecía. Me aseguré de que cada corte imaginario fuera limpio, preciso. Luego añadí patadas, girando sobre mis talones, golpeando con la fuerza de mis piernas cargadas por el peso extra. Cada impacto contra el viento se sentía pesado, pero mi cuerpo se adaptaba poco a poco. El sudor volvió a recorrer mi frente, pero no me detuve. Si quería mejorar, tenía que empujar mi cuerpo más allá de su límite.
Pero ahora el tiempo seguía su curso, y yo tenía que moverme. El entrenamiento no podía esperar. Me vestí rápido, ajustando las vendas en mis muñecas antes de salir. El aire de la mañana era frío, mordía la piel con una caricia áspera que ayudaba a despejarme un poco. Caminé por los senderos hasta llegar al claro donde solía entrenar, un espacio abierto en medio del bosque, casi como si la naturaleza misma lo hubiese diseñado para ello. El suelo era firme y uniforme, cubierto de una fina capa de tierra húmeda que absorbía el ruido de mis pisadas. No había piedras que pudieran hacerme tropezar ni raíces traicioneras escondidas bajo la superficie. Los árboles rodeaban el claro en un semicírculo natural, altos y robustos, pero con suficiente espacio entre ellos para que la luz del sol filtrara sus rayos y calentara el lugar. Las hojas se mecían con la brisa, un murmullo suave que llenaba el aire con un ritmo casi hipnótico.
Sin esperar un segundo, me puse a entrenar. Después de un rato, cada músculo de mi cuerpo ardía, cada respiración se sentía pesada, pero seguí adelante. Desde el momento en que puse un pie en el claro, sabía que no me detendría hasta haber exprimido hasta la última gota de energía de mi cuerpo. Comencé con un calentamiento intenso, asegurándome de que mis músculos estuvieran listos para soportar lo que venía. Sentadillas, estiramientos dinámicos, movimientos rápidos para que la sangre fluyera. No podía darme el lujo de una lesión, no cuando aún tenía tanto por mejorar.
Cuando mi cuerpo estuvo en calor, me lancé de lleno a los ejercicios de velocidad y agilidad. Esprinté de un lado a otro del claro, cambiando de dirección de manera abrupta, empujando mi resistencia al límite. El suelo cedía levemente bajo mis pies, amortiguando mis pisadas mientras me deslizaba de un extremo a otro con precisión. Tras cada carrera, me obligaba a frenar en seco, a girar sobre mi eje, a reaccionar con la menor fracción de segundo posible. Luego vinieron los ejercicios de fuerza. Me apoyé sobre mis brazos y comencé a hacer flexiones, aumentando la dificultad con cada repetición: con una mano, con palmadas, llevando mis rodillas al pecho entre cada bajada. El sudor corría por mi frente, resbalando hasta caer sobre la tierra. Mis músculos protestaban, pero no me detenía. Después, me enfoqué en los golpes. Lancé una ráfaga de puñetazos al aire, perfeccionando la velocidad y el control, sintiendo el peso de cada movimiento. Imaginé un oponente frente a mí y ajusté mi postura, lanzando patadas, esquivando sombras inexistentes.
Cuando finalmente el agotamiento me venció, me dejé caer de espaldas sobre la tierra, sintiendo el mundo girar a mi alrededor. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, mis pulmones reclamaban aire con desesperación. Miré el cielo, entrecerrando los ojos ante la luz del sol que atravesaba las copas de los árboles. El cansancio me pesaba como una losa, pero la satisfacción era aún mayor.
El descanso fue breve, apenas el tiempo suficiente para que mi respiración se estabilizara y mi cuerpo dejara de temblar por el esfuerzo. No podía permitirme quedarme demasiado tiempo tendido en el suelo; la fatiga era peligrosa si la dejaba apoderarse de mí. Con un gruñido, me incorporé lentamente, sacudiéndome la tierra de la espalda y las manos. Mi cuerpo protestaba, pero mi determinación era más fuerte. Había llegado el momento de intensificar el entrenamiento.
Llevé la mano a mi costado y deslicé mi Hachimon sobre mis dedos. El guantelete de cuero se ajustó perfectamente a mi mano, sus cuchillas fijas brillaron bajo la luz del sol filtrada entre las hojas. Era un peso familiar, una extensión de mi propio cuerpo, pero aún necesitaba acostumbrarme a entrenar con él en situaciones de combate. No bastaba con dominar mi velocidad o mi fuerza, tenía que lograr que cada movimiento con el Hachimon fuera tan natural como respirar. También me puse en la zurda mi otro guantelete, dispuesto para hacer daño contundente y complementar mi arma. Ajusté también las espinilleras sobre mis piernas. Sabía que cargar con peso extra haría cada golpe más exigente, que cada movimiento sería un reto adicional para mi resistencia. Pero eso era exactamente lo que buscaba. Si lograba moverme con la misma velocidad y precisión con este equipo, cuando los retirara me sentiría aún más ligero, más rápido, más letal.
Comencé con movimientos básicos, trazando golpes en el aire con el Hachimon, sintiendo la resistencia que ofrecía. Me aseguré de que cada corte imaginario fuera limpio, preciso. Luego añadí patadas, girando sobre mis talones, golpeando con la fuerza de mis piernas cargadas por el peso extra. Cada impacto contra el viento se sentía pesado, pero mi cuerpo se adaptaba poco a poco. El sudor volvió a recorrer mi frente, pero no me detuve. Si quería mejorar, tenía que empujar mi cuerpo más allá de su límite.
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![[Imagen: oSgdXs8.png]](https://imgur.com/oSgdXs8.png)
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