30-03-2025, 03:00 PM
El grupo decidió seguir adelante, adentrándose más en aquel túnel sombrío a pesar de las voces que susurraban en la distancia. La atmósfera se volvía más densa con cada paso, cargada de una sensación inquietante que se filtraba en los huesos como un frío imperceptible. Las antorchas en la pared parpadeaban débilmente, proyectando sombras alargadas y deformes que parecían moverse por voluntad propia. Jean lanzó una pregunta al aire, su voz firme pero con un matiz de cautela. Uno de los marines, un hombre de rostro curtido y expresión endurecida por años de servicio, le respondió con un asentimiento. -Pues parece que sí, Jean. Han sido levantadas con apremio y rapidez.- No eran simples obstáculos improvisados; se notaba el esfuerzo desesperado de quienes intentaron bloquear el paso. Las tablas estaban astilladas, los clavos apenas incrustados, y en algunas partes aún se distinguían marcas de manos ensangrentadas, como si alguien hubiera tratado de reforzarlas en el último momento antes de que fuera demasiado tarde.
Más adelante, el aire adquirió un tinte metálico, un indicio inconfundible de sangre seca. A medida que avanzaban, el suelo de piedra comenzó a estar salpicado por restos de equipo minero destrozado: picos con mangos partidos, cascos abollados y lámparas de aceite volcadas y apagadas. Pero lo peor de todo eran los cuerpos. Hombres con ropas de trabajo y piel cubierta de polvo de carbón y sudor, tendidos en el suelo en un silencio sepulcral. Algunos respiraban aún, aunque débilmente, como si estuvieran al borde de la inconsciencia. Otros, en cambio, estaban demasiado quietos. Cada nueva escena desvelaba más el pánico que había gobernado aquel lugar. Algo había ocurrido allí abajo. Algo lo suficientemente aterrador como para hacer que hombres curtidos en el trabajo manual huyeran o lucharan hasta la extenuación.
Tras la deserción del marine, las palabras de Jean resonaron con fuerza en la penumbra del túnel. Aunque la fatiga y el miedo aún pesaban en los cuerpos de los tres marines restantes, había en sus ojos un brillo renovado. Su postura, antes encorvada por la tensión, se enderezó levemente. Apretaron los puños, aferrándose no solo a sus armas, sino también a la determinación que Jean les había insuflado. En aquel momento, la incertidumbre seguía presente, pero el temor ya no los paralizaba. El grupo continuó avanzando hasta que el túnel se abrió en un espacio más amplio, un claro subterráneo donde el aire se sentía más denso y cargado de polvo suspendido. Pero Jean y su equipo no estaban solos. Apenas unos segundos después de que sus botas resonaran en la roca, se sintió un cambio en el ambiente. Una serie de sombras se movieron entre los vagones, furtivas y ágiles. Luego, el inconfundible sonido de armas desenvainándose perforó el silencio. Un grupo de hombres emergió de entre las estructuras, con miradas afiladas y sonrisas torcidas. Sus ropas harapientas y sucias contrastaban con las dagas, sables y pistolas que empuñaban con seguridad. Los bandidos habían tomado las minas. Y ahora, con la llegada de los marines, estaban listos para pelear.
Los hombres que emergieron de entre las sombras no eran simples saqueadores improvisados. Se movían con la seguridad de quienes conocían aquellos túneles como la palma de su mano, con la mirada afilada de depredadores acechando a su presa. En sus ropas sucias y remendadas aún quedaban rastros de lo que una vez pudo haber sido un uniforme o una insignia, pero ahora solo eran vestigios deshilachados de un pasado olvidado. Algunos llevaban pañuelos atados alrededor del cuello, otros cubrían sus rostros con capuchas raídas, pero todos compartían la misma expresión burlona y la misma hambre por la violencia. -¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí?- La voz gruesa y rasposa del que parecía ser su líder resonó en la caverna, arrastrando las palabras con la tranquilidad de alguien que no se sentía amenazado. -Parece que los perritos marines han venido a meter las narices donde no deben.-
Los marines tensaron sus posturas, sus armas listas. Se podían contar al menos diez hombres a simple vista, pero intuía que podrían haber más ocultos en los pasadizos laterales. Llevaban dagas, sables y alguna que otra pistola vieja, pero no por ello menos letal. Otro bandido, un hombre delgado con cicatrices en los pómulos, escupió al suelo antes de reírse con sorna. -¿De verdad creen que van a sacarnos de aquí? Llevamos semanas trabajando este sitio. No se me ocurre mejor lugar para montar nuestro nido.- Decía entre risas maliciosas. -Los Lamentos de Onyx no van a ceder su hogar tan fácilmente.- El que parecía el líder desenvainó su machete, una hoja dentada que parecía haber visto demasiadas batallas. -Y menos ante un puñado de reclutas.- No hubo más palabras. En un solo movimiento, los bandidos se lanzaron al ataque.
Más adelante, el aire adquirió un tinte metálico, un indicio inconfundible de sangre seca. A medida que avanzaban, el suelo de piedra comenzó a estar salpicado por restos de equipo minero destrozado: picos con mangos partidos, cascos abollados y lámparas de aceite volcadas y apagadas. Pero lo peor de todo eran los cuerpos. Hombres con ropas de trabajo y piel cubierta de polvo de carbón y sudor, tendidos en el suelo en un silencio sepulcral. Algunos respiraban aún, aunque débilmente, como si estuvieran al borde de la inconsciencia. Otros, en cambio, estaban demasiado quietos. Cada nueva escena desvelaba más el pánico que había gobernado aquel lugar. Algo había ocurrido allí abajo. Algo lo suficientemente aterrador como para hacer que hombres curtidos en el trabajo manual huyeran o lucharan hasta la extenuación.
Tras la deserción del marine, las palabras de Jean resonaron con fuerza en la penumbra del túnel. Aunque la fatiga y el miedo aún pesaban en los cuerpos de los tres marines restantes, había en sus ojos un brillo renovado. Su postura, antes encorvada por la tensión, se enderezó levemente. Apretaron los puños, aferrándose no solo a sus armas, sino también a la determinación que Jean les había insuflado. En aquel momento, la incertidumbre seguía presente, pero el temor ya no los paralizaba. El grupo continuó avanzando hasta que el túnel se abrió en un espacio más amplio, un claro subterráneo donde el aire se sentía más denso y cargado de polvo suspendido. Pero Jean y su equipo no estaban solos. Apenas unos segundos después de que sus botas resonaran en la roca, se sintió un cambio en el ambiente. Una serie de sombras se movieron entre los vagones, furtivas y ágiles. Luego, el inconfundible sonido de armas desenvainándose perforó el silencio. Un grupo de hombres emergió de entre las estructuras, con miradas afiladas y sonrisas torcidas. Sus ropas harapientas y sucias contrastaban con las dagas, sables y pistolas que empuñaban con seguridad. Los bandidos habían tomado las minas. Y ahora, con la llegada de los marines, estaban listos para pelear.
Los hombres que emergieron de entre las sombras no eran simples saqueadores improvisados. Se movían con la seguridad de quienes conocían aquellos túneles como la palma de su mano, con la mirada afilada de depredadores acechando a su presa. En sus ropas sucias y remendadas aún quedaban rastros de lo que una vez pudo haber sido un uniforme o una insignia, pero ahora solo eran vestigios deshilachados de un pasado olvidado. Algunos llevaban pañuelos atados alrededor del cuello, otros cubrían sus rostros con capuchas raídas, pero todos compartían la misma expresión burlona y la misma hambre por la violencia. -¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí?- La voz gruesa y rasposa del que parecía ser su líder resonó en la caverna, arrastrando las palabras con la tranquilidad de alguien que no se sentía amenazado. -Parece que los perritos marines han venido a meter las narices donde no deben.-
Los marines tensaron sus posturas, sus armas listas. Se podían contar al menos diez hombres a simple vista, pero intuía que podrían haber más ocultos en los pasadizos laterales. Llevaban dagas, sables y alguna que otra pistola vieja, pero no por ello menos letal. Otro bandido, un hombre delgado con cicatrices en los pómulos, escupió al suelo antes de reírse con sorna. -¿De verdad creen que van a sacarnos de aquí? Llevamos semanas trabajando este sitio. No se me ocurre mejor lugar para montar nuestro nido.- Decía entre risas maliciosas. -Los Lamentos de Onyx no van a ceder su hogar tan fácilmente.- El que parecía el líder desenvainó su machete, una hoja dentada que parecía haber visto demasiadas batallas. -Y menos ante un puñado de reclutas.- No hubo más palabras. En un solo movimiento, los bandidos se lanzaron al ataque.
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![[Imagen: oSgdXs8.png]](https://imgur.com/oSgdXs8.png)
Alas Negras
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