01-04-2025, 10:27 PM
(Última modificación: 01-04-2025, 10:28 PM por Max D. Bambú.)
El panda ya había perdido de vista a Apolo según había ido recorriendo su trayecto hacia lo que esperaba que fuese el manglar desde el que salió despedido varios hectómetros. Le había estado dando vueltas a las últimas palabras de Apolo. Conocía a Zorak y había mencionado que eran amigos. Le parecía extraño que Zorak, un orgulloso mariscal de la Revolución, tuviera trato con un marine como aquel. Si bien era cierto que Apolo no era un marine como los demás, Zorak se mostraba especialmente violento contra los perros del gobierno. Lo comentaría con él cuando tuviera oportunidad de conversar con su camarada tranquilamente. Quizás quisiera hablar con Apolo en cuanto se presentase la oportunidad ya que, después de todo, podría llamar al panda en cualquier momento. Más importante que aquello era el bienestar de Comi y de Kisuke. Comi era francamente débil para estar en aquel Archipiélago, al menos en comparación con la clase de monstruos que se había ido encontrando Don Bambú a lo largo de su estancia allí y Kisuke solía tener una suerte pésima con los enemigos que se encontraba. Mientras el panda dejaba divagar su mente por los angustiosos senderos de la preocupación por sus amigos, el viento trajo una voz que le era completamente desconocida.
Una palabra enmudeció el sonido del viento invernal del archipiélago. Sonaba distante, sí, pero increíblemente poderosa. Don Bambú no alcanzaba a percibir la presencia que la emitía con su haki de observación en su máximo exponente. ¿De quién se trataba el propietario de aquella voz? A la primera palabra le sucedió una segunda, esta vez mucho más potente y quizás también más agresiva. El panda se detuvo en su camino y miró a su alrededor con los ojos desorbitados, tratando de identificar al dueño de aquellas palabras. Todo el manglar estaba en completo silencio, como si los sonidos de la naturaleza se hubieran apagado, y sólo se escuchaba en la distancia un agudo silbido que no presagiaba nada bueno. Una luz cegadora indicó al panda que algo acababa de suceder en la distancia, pero nunca se hubiera imaginado el qué. El ensordecedor trueno de una explosión se apoderó de las orejas del mink. Una oleada de viento terrible le obligó a retroceder varios metros hacia atrás mientras empleaba todas sus fuerzas en no dejarse arrastrar por ella. En el horizonte una nube de polvo con forma de hongo se había materializado allí donde había sucedido la explosión. No cabía duda. —El manglar 30... —Incluso desde donde estaba, el panda pudo identificar perfectamente cómo aquella masa de tierra se desvanecía ante aquel brutal impacto. ¿Era aquello obra de los marines? ¿De los Patriotas quizás? Menuda locura...
—No hay tiempo que perder. —Se dijo a sí mismo el panda. No tenía su den den mushi a mano, pues se lo había quedado Comi mientras Don Bambú se enfrentaba al robot de los cojones que les había atacado, pero daba igual. Empezó a correr a toda velocidad hacia el punto desde el que salió volando mientras concentraba todas sus fuerzas en el haki de observación, tratando de localizar a alguno de sus camaradas cuanto antes. Cualquiera serviría para encontrar al otro.
Una palabra enmudeció el sonido del viento invernal del archipiélago. Sonaba distante, sí, pero increíblemente poderosa. Don Bambú no alcanzaba a percibir la presencia que la emitía con su haki de observación en su máximo exponente. ¿De quién se trataba el propietario de aquella voz? A la primera palabra le sucedió una segunda, esta vez mucho más potente y quizás también más agresiva. El panda se detuvo en su camino y miró a su alrededor con los ojos desorbitados, tratando de identificar al dueño de aquellas palabras. Todo el manglar estaba en completo silencio, como si los sonidos de la naturaleza se hubieran apagado, y sólo se escuchaba en la distancia un agudo silbido que no presagiaba nada bueno. Una luz cegadora indicó al panda que algo acababa de suceder en la distancia, pero nunca se hubiera imaginado el qué. El ensordecedor trueno de una explosión se apoderó de las orejas del mink. Una oleada de viento terrible le obligó a retroceder varios metros hacia atrás mientras empleaba todas sus fuerzas en no dejarse arrastrar por ella. En el horizonte una nube de polvo con forma de hongo se había materializado allí donde había sucedido la explosión. No cabía duda. —El manglar 30... —Incluso desde donde estaba, el panda pudo identificar perfectamente cómo aquella masa de tierra se desvanecía ante aquel brutal impacto. ¿Era aquello obra de los marines? ¿De los Patriotas quizás? Menuda locura...
—No hay tiempo que perder. —Se dijo a sí mismo el panda. No tenía su den den mushi a mano, pues se lo había quedado Comi mientras Don Bambú se enfrentaba al robot de los cojones que les había atacado, pero daba igual. Empezó a correr a toda velocidad hacia el punto desde el que salió volando mientras concentraba todas sus fuerzas en el haki de observación, tratando de localizar a alguno de sus camaradas cuanto antes. Cualquiera serviría para encontrar al otro.
Resumen
