06-04-2025, 07:49 PM
El agua me llega casi a las rodillas mientras hurgo entre los restos flotantes. Cajas podridas, madera que cruje con el más leve roce y sogas deshechas por la humedad. La mayoría están vacías, tan ligeras que apenas ofrecen resistencia al tacto. Pero una, casi sumergida bajo una viga caída, pesa más de lo esperable.
Me agacho, forzando la tapa con cuidado. El pestillo cede con un sonido blando y dentro encuentro una botella de cristal, sellada aún, con un líquido de color esmeralda. Lo reconozco por la forma: un antídoto.
Lo saco y lo guardo con rapidez, puede ser útil en el futuro. El ambiente se siente denso, demasiado contenido, como si el propio barco esperara a que tomáramos una decisión mal calculada para dejarnos caer. Nunca está de más tener algo así a mano. Especialmente en un sitio que se ha tragado tantos huesos.
Nos movemos entonces hacia la segunda mitad de la bodega. Al pasar el umbral, siento un escalofrío recorrerme la espalda. El cambio de temperatura es apenas perceptible, pero el aire... el aire aquí es otro. No hay más agua en los tobillos, pero cada paso se vuelve más lento, como si atravesáramos el recuerdo de todos los que llegaron antes. Las paredes crujen. Las lámparas, apenas unas sombras vacías en las esquinas, parecen observar.
Y entonces lo vemos.
Un cofre, perfecto, plantado sobre un pedestal de piedra negra, rodeado de runas que parecen latir con un resplandor apagado. Doy unos pasos hacia él casi sin pensarlo. A Pralder parece sucederlo lo mismo, pero…
Me detengo. Mi instinto me grita que observe. Que no toque nada. Que algo aquí no cuadra.
Pero Casca es más rápido que mis pensamientos. Su figura se mueve con determinación, y cuando levanta el rifle y escucho a mi espalda el sonido del gatillo. Ya no hay marcha atrás.
-No se puede hacer nada, si vas a esconder algo tras un espectáculo de muerte, asegúrate de que valga la pena. - dice Casca
El disparo corta el aire como un grito ahogado. El proyectil impacta en el cofre, y la explosión que sigue es breve, pero contundente. Trozos de madera y metal vuelan, un destello dorado recorre el polvo del aire y el sonido del impacto resuena como el latido seco de un corazón que ya no quiere seguir latiendo.
Retrocedo un paso. El humo empieza a disiparse.
—Si no hay fuego… no somos nosotros —murmuro, medio para mí misma, medio para los dos idiotas que me acompañan. Mi voz suena casi como una carcajada seca—. Qué bonita tradición la nuestra, ¿eh? Desde la posada del Vigía que no terminamos una misión sin una explosión de por medio.
El recuerdo del fuego lamiendo los muros de aquella vieja taberna me hace apretar los dientes. El olor a madera quemada, la desesperación, el caos… y aun así, también fue uno de nuestros mejores días. Qué cosas.
Pero ahora no hay llamas, ni risas, ni taberneras malhumoradas. Solo esta sala, tan callada como un secreto que se niega a ser revelado.
Miro el lugar donde estuvo el cofre. Los restos de las runas humean en el suelo, y entre las astillas se esparcen monedas, piedras preciosas, pedazos de algo que quizás fue valioso o quizás solo era fachada. Nada que grite "Corazón del Mar". Nada que justifique la cantidad de cadáveres esparcidos por la habitación.
Pero algo sigue sin cuadrar.
Me acerco, despacio. Mi mirada va de las paredes al techo, del suelo al pedestal. Las runas, aunque dañadas, siguen presentes en partes del pedestal. Y esas marcas... son profundas. No decorativas. Más bien funcionales.
—Aquí hay algo más —susurro.
Me agacho a observar mejor. No toco nada todavía. Mis dedos apenas rozan el aire, delineando las formas de las inscripciones sin contacto. Busco patrones, irregularidades. Algún mecanismo oculto. No sería la primera vez que el verdadero tesoro está justo debajo del falso.
Observo las esquinas de la sala. Las lámparas de aceite están casi consumidas, pero aún podrían encenderse. Puede que haya algo que ver solo con la luz adecuada. O tal vez la clave está en el pedestal mismo. La forma en la que las líneas convergen en el centro no parece casual. Y esa piedra negra… es demasiado distinta al resto del entorno. Más antigua, más… viva.
De reojo, vigilo el suelo. Cualquier irregularidad, una placa suelta, una trampa dormida. Este lugar ha cobrado demasiadas vidas como para confiarme del todo. Casca lo voló todo por los aires, sí. Pero si algo hemos aprendido, es que los secretos importantes siempre sobreviven a las explosiones.
Y si este barco realmente está maldito, como Pralder asegura entre risas, entonces todavía queda una última historia por contar.
Y yo quiero ser quien la lea.
Me agacho, forzando la tapa con cuidado. El pestillo cede con un sonido blando y dentro encuentro una botella de cristal, sellada aún, con un líquido de color esmeralda. Lo reconozco por la forma: un antídoto.
Lo saco y lo guardo con rapidez, puede ser útil en el futuro. El ambiente se siente denso, demasiado contenido, como si el propio barco esperara a que tomáramos una decisión mal calculada para dejarnos caer. Nunca está de más tener algo así a mano. Especialmente en un sitio que se ha tragado tantos huesos.
Nos movemos entonces hacia la segunda mitad de la bodega. Al pasar el umbral, siento un escalofrío recorrerme la espalda. El cambio de temperatura es apenas perceptible, pero el aire... el aire aquí es otro. No hay más agua en los tobillos, pero cada paso se vuelve más lento, como si atravesáramos el recuerdo de todos los que llegaron antes. Las paredes crujen. Las lámparas, apenas unas sombras vacías en las esquinas, parecen observar.
Y entonces lo vemos.
Un cofre, perfecto, plantado sobre un pedestal de piedra negra, rodeado de runas que parecen latir con un resplandor apagado. Doy unos pasos hacia él casi sin pensarlo. A Pralder parece sucederlo lo mismo, pero…
Me detengo. Mi instinto me grita que observe. Que no toque nada. Que algo aquí no cuadra.
Pero Casca es más rápido que mis pensamientos. Su figura se mueve con determinación, y cuando levanta el rifle y escucho a mi espalda el sonido del gatillo. Ya no hay marcha atrás.
-No se puede hacer nada, si vas a esconder algo tras un espectáculo de muerte, asegúrate de que valga la pena. - dice Casca
El disparo corta el aire como un grito ahogado. El proyectil impacta en el cofre, y la explosión que sigue es breve, pero contundente. Trozos de madera y metal vuelan, un destello dorado recorre el polvo del aire y el sonido del impacto resuena como el latido seco de un corazón que ya no quiere seguir latiendo.
Retrocedo un paso. El humo empieza a disiparse.
—Si no hay fuego… no somos nosotros —murmuro, medio para mí misma, medio para los dos idiotas que me acompañan. Mi voz suena casi como una carcajada seca—. Qué bonita tradición la nuestra, ¿eh? Desde la posada del Vigía que no terminamos una misión sin una explosión de por medio.
El recuerdo del fuego lamiendo los muros de aquella vieja taberna me hace apretar los dientes. El olor a madera quemada, la desesperación, el caos… y aun así, también fue uno de nuestros mejores días. Qué cosas.
Pero ahora no hay llamas, ni risas, ni taberneras malhumoradas. Solo esta sala, tan callada como un secreto que se niega a ser revelado.
Miro el lugar donde estuvo el cofre. Los restos de las runas humean en el suelo, y entre las astillas se esparcen monedas, piedras preciosas, pedazos de algo que quizás fue valioso o quizás solo era fachada. Nada que grite "Corazón del Mar". Nada que justifique la cantidad de cadáveres esparcidos por la habitación.
Pero algo sigue sin cuadrar.
Me acerco, despacio. Mi mirada va de las paredes al techo, del suelo al pedestal. Las runas, aunque dañadas, siguen presentes en partes del pedestal. Y esas marcas... son profundas. No decorativas. Más bien funcionales.
—Aquí hay algo más —susurro.
Me agacho a observar mejor. No toco nada todavía. Mis dedos apenas rozan el aire, delineando las formas de las inscripciones sin contacto. Busco patrones, irregularidades. Algún mecanismo oculto. No sería la primera vez que el verdadero tesoro está justo debajo del falso.
Observo las esquinas de la sala. Las lámparas de aceite están casi consumidas, pero aún podrían encenderse. Puede que haya algo que ver solo con la luz adecuada. O tal vez la clave está en el pedestal mismo. La forma en la que las líneas convergen en el centro no parece casual. Y esa piedra negra… es demasiado distinta al resto del entorno. Más antigua, más… viva.
De reojo, vigilo el suelo. Cualquier irregularidad, una placa suelta, una trampa dormida. Este lugar ha cobrado demasiadas vidas como para confiarme del todo. Casca lo voló todo por los aires, sí. Pero si algo hemos aprendido, es que los secretos importantes siempre sobreviven a las explosiones.
Y si este barco realmente está maldito, como Pralder asegura entre risas, entonces todavía queda una última historia por contar.
Y yo quiero ser quien la lea.
