11-04-2025, 06:20 PM
(Última modificación: 11-04-2025, 07:28 PM por Kenzo D. Fujiwara.)
[personajeinvalido=1610]
Durante unos minutos, que se sintieron como siglos atrapados en un reloj roto, estuve paralizado. No podía moverme porque todo dentro de mí se había congelado. El estruendo de la explosión todavía resonaba en mis oídos, un zumbido sordo como el eco de un trueno contenido en una caja de metal. El calor de la deflagración había lamido la piel de mi espalda, haciéndome sentir como si el propio aire se hubiese vuelto fuego. Y en medio de ese caos, entre la confusión y el miedo, solo una cosa me importaba, y no era otra cosa más que Jolyne estuviera bien. Que siguiera conmigo a mi lado, que no se perdiera en nuestro camino, porque si ella desaparecía, si su figura se desdibujaba entre el humo, no sabía que decirle a Triana, y ciertamente, me daba algo de miedo una Triana completamente enfadada conmigo.
Pero lo hicimos. Corrimos, huimos y no nos separamos,sin perder ningún apice de esperanza de encontrar al resto de nuestros compañeros. Atravesamos el caos, las ramas húmedas, el barro que intentaba atraparnos como si el propio manglar quisiera sumarse a la tragedia. Nuestro objetivo era claro: la casa de subastas. Una referencia. Un lugar que, en medio del desorden, parecía tener un poco de sentido. Pero el destino, ese desgraciado amante del caos, decidió otra cosa. En lugar de llegar a la casa, nos vimos empujados, no sé cómo ni cuándo, a otro manglar distinto. Uno que, a primera vista, parecía igual. Pero no lo era. Pude distinguir nuestro barco, el Solar Karma, pero no a mis compañeros. Me dí la vuelta, y justo detrás, aparecieron como por arte de magia, y no me lo podía terminar de creer.
Mis ojos recorrieron los rostros, uno por uno, como quien cuenta estrellas después de una tormenta. Aunque no encontré ni a Sasha ni a Garnet. Las piernas me temblaron un instante, pero esta vez no de miedo, sino de un alivio tan potente que me arrancó una sonrisa descomunal. La clase de sonrisa que se siente en el pecho, en los ojos, en el alma. -¡¡¡CHICOS!!!- Grité, agitando los brazos como si así pudiera abrazarlos a todos a la vez. -¡¡¡Qué alegría me da veros a todos!!!- Mi voz se quebró un poco en la última palabra. Y no me importó. Porque en ese instante, rodeado de todos ellos, sentí que habíamos sobrevivido. -¿Donde están Sasha y Garnet? ¿Han ido a algún lugar?-
Poco después de que llegaran todos, pude observar como Garnet y Sasha llegaban, como buenamente podían al mismo lugar donde nos encontrabamos. Esbocé otra gran sonrisa, ahora si estabamos todos (Bueno, menos Yojimbo, pero a el ibamos a ir a rescatarlo). Al observar con detenimiento los rostros de mis compañeros, esa alegría inicial tan pura y tan intensa, se vio ligeramente teñida por la preocupación. Garnet avanzaba como buenamente podía, como si sus piernas aún recordaran el impacto de cada golpe recibido. La expresión en su rostro era la de quien ha luchado con fiereza contra algo que casi lo sobrepasa. Sasha, por su parte, tenía la mirada perdida por un instante, como si su mente estuviera todavía atrapada en los ecos de su propio combate. Su respiración era pesada, su cabello estaba hecho un desastre. Verlos así, cansados pero de pie, me llenó de un respeto silencioso. Sabía que ambos eran fuertes, pero aquello tuvo que haber sido una verdadera prueba para ellos.
Yo, en cambio, si soy sincero, no puedo decir que haya luchado con ese mismo nivel de intensidad. No porque no lo intentara, sino porque Jolyne se encargó de la marine enana prácticamente sin despeinarse. Yo apenas pude moverme. Algo me dejó paralizado durante aquellos minutos. ¿Miedo? ¿Una especie de bloqueo emocional o físico? No lo sé, y eso me inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Aun así, estaba ileso. Y eso me daba la oportunidad de hacer algo que sí podía: ayudar. Me acerqué a ellos con decisión. Extendí mi mano derecha primero hacia Garnet. -¿Todo bien?- Le pregunté, con un tono suave pero firme. -Puedo ayudarte si lo necesitas.- Luego giré hacia Sasha y repetí el gesto, esta vez con la izquierda. No dije nada. Solo dejé la mano ahí, como una promesa silenciosa de apoyo. Porque aunque yo no hubiera peleado con la misma ferocidad, aunque mi cuerpo no mostrara las cicatrices visibles del combate, algo dentro de mí quería redimirse. Ayudarlos era, quizá, el primer paso para volver a moverme. Para no quedarme paralizado nunca más.
No sabía exactamente de qué huíamos, y eso me carcomía por dentro más de lo que estaba dispuesto a admitir. El caos nos había envuelto tan rápido, que mi mente aún no había logrado recomponer el rompecabezas. Pero lo sentía, en los huesos, en la respiración agitada que se negaba a encontrar un ritmo normal: algo nos estaba cazando, algo demasiado grande, demasiado rápido, demasiado oscuro. No pregunté. No quise detenerme a pensar. En ese momento, confiar en los demás y correr era lo único sensato que podía hacer. Y así lo hice. Frente a nosotros, se encontraba el Solar Karma. A pesar del miedo, no pude evitar quedarme unos segundos embobado ante su presencia. Imponente, majestuoso, como una fortaleza flotante construida con paciencia y sabiduría. Era hermoso. No como un cuadro o una flor, sino como una bestia marina dormida que podía, en cualquier momento, protegernos o devorarnos. El corazón me dio un vuelco al comprender que esa era nuestra salvación. O, al menos, nuestro próximo refugio.
Un grupo de trabajadores, sudorosos y con la ropa manchada de resina y sal, nos hicieron señas frenéticas. Sus voces eran un eco de urgencia en medio del murmullo de las olas y el viento, instandonos a huir, obligando a pagar para llegar a la siguiente isla, la Isla Gyojin. Sus palabras eran claras, secas, sin rodeos. Nos estaban ofreciendo una posibilidad. Un delgado hilo de esperanza envuelto en pragmatismo y necesidad. Uno de ellos abrió un cofre de hierro oxidado con bisagras que chirriaron como si gritaran por ayuda. Lo sostuvo frente a mí con firmeza, sin pedirlo dos veces. Sin pensarlo, metí las manos en mis bolsillos, rebuscando con desesperación. Monedas arrugadas, billetes empapados, algunas piezas olvidadas que llevaba encima desde hacía semanas. No me importó. Todo lo que tenía, todo lo que era mío, fue a parar a ese cofre. No lo conté. No pregunté si era suficiente. Solo eché el dinero ahí dentro, con una especie de fe ciega, como si aquel acto fuera suficiente para comprar un destino diferente. Porque, en el fondo, aunque no supiera qué nos acechaba, sabía que tenía que seguir adelante. Que no importaba el precio. Que mientras respirara, haría todo lo que estuviera en mis manos para mantenernos a salvo.
Una vez alcanzamos nuestro destino, o lo que creíamos que era destino en medio de aquel caos tan retorcido, mis pasos perdieron el ímpetu desesperado de la huida y me obligué a frenar. No por agotamiento, aunque mis piernas ardían con ese calor que sólo deja una carrera de vida o muerte, sino por respeto. Estábamos en un punto de inflexión, y sabía que quien debía trazar el siguiente paso era Triana. Así que me quedé quieto, alerta, como un resorte tenso, esperando esas órdenes que marcarían nuestro rumbo. Pero aunque mi cuerpo se detuviera, mi boca no pudo hacer lo mismo. Había un peso dentro de mí, una necesidad de romper el silencio que amenazaba con volverse insoportable, así que hablé, con una sonrisa a medio camino entre la incredulidad y el alivio. -¡Eh, chicos! ¡Ha sido una locura!- Dije, alzando la voz con la esperanza de que todos me escucharan. -Primero un robot nos ataca, luego hay un tornado, nos atacan los marines y finalmente, nos vuelven a atacar y tenemos que huir… ¡Y no es ni la hora de comer!- No pude evitar reírme al decirlo. No una carcajada limpia, sino una risa nerviosa, desbordada, como una válvula de escape para todo lo que no entendía. La miré a ella, a Jolyne, y sentí una punzada de gratitud vibrar en el pecho. Si no fuera por ella, quién sabe en qué estado estaría ahora mismo. Esa sensación me llenó de energía, de propósito. Así que di un paso hacia adelante, abriendo los brazos con un gesto sincero y resuelto.
-Gracias a Jolyne, estoy de maravilla. Si necesitáis algún tipo de ayuda, pedídmela.- Dije, con la voz más firme que pude reunir. Quería que lo supieran. Que me vieran. Que, aunque no siempre fuera el más fuerte, ni el más rápido, ni el más sensato… estaba ahí. Para ellos. Para lo que viniera. Porque después de todo lo que habíamos pasado, no me cabía duda de que lo más importante no era sólo sobrevivir, sino hacerlo juntos. Y en ese instante, rodeado por las miradas de mis compañeros, heridos o no, temblorosos o firmes, entendí que esa locura compartida era también nuestro lazo más fuerte.
Durante unos minutos, que se sintieron como siglos atrapados en un reloj roto, estuve paralizado. No podía moverme porque todo dentro de mí se había congelado. El estruendo de la explosión todavía resonaba en mis oídos, un zumbido sordo como el eco de un trueno contenido en una caja de metal. El calor de la deflagración había lamido la piel de mi espalda, haciéndome sentir como si el propio aire se hubiese vuelto fuego. Y en medio de ese caos, entre la confusión y el miedo, solo una cosa me importaba, y no era otra cosa más que Jolyne estuviera bien. Que siguiera conmigo a mi lado, que no se perdiera en nuestro camino, porque si ella desaparecía, si su figura se desdibujaba entre el humo, no sabía que decirle a Triana, y ciertamente, me daba algo de miedo una Triana completamente enfadada conmigo.
Pero lo hicimos. Corrimos, huimos y no nos separamos,sin perder ningún apice de esperanza de encontrar al resto de nuestros compañeros. Atravesamos el caos, las ramas húmedas, el barro que intentaba atraparnos como si el propio manglar quisiera sumarse a la tragedia. Nuestro objetivo era claro: la casa de subastas. Una referencia. Un lugar que, en medio del desorden, parecía tener un poco de sentido. Pero el destino, ese desgraciado amante del caos, decidió otra cosa. En lugar de llegar a la casa, nos vimos empujados, no sé cómo ni cuándo, a otro manglar distinto. Uno que, a primera vista, parecía igual. Pero no lo era. Pude distinguir nuestro barco, el Solar Karma, pero no a mis compañeros. Me dí la vuelta, y justo detrás, aparecieron como por arte de magia, y no me lo podía terminar de creer.
Mis ojos recorrieron los rostros, uno por uno, como quien cuenta estrellas después de una tormenta. Aunque no encontré ni a Sasha ni a Garnet. Las piernas me temblaron un instante, pero esta vez no de miedo, sino de un alivio tan potente que me arrancó una sonrisa descomunal. La clase de sonrisa que se siente en el pecho, en los ojos, en el alma. -¡¡¡CHICOS!!!- Grité, agitando los brazos como si así pudiera abrazarlos a todos a la vez. -¡¡¡Qué alegría me da veros a todos!!!- Mi voz se quebró un poco en la última palabra. Y no me importó. Porque en ese instante, rodeado de todos ellos, sentí que habíamos sobrevivido. -¿Donde están Sasha y Garnet? ¿Han ido a algún lugar?-
Poco después de que llegaran todos, pude observar como Garnet y Sasha llegaban, como buenamente podían al mismo lugar donde nos encontrabamos. Esbocé otra gran sonrisa, ahora si estabamos todos (Bueno, menos Yojimbo, pero a el ibamos a ir a rescatarlo). Al observar con detenimiento los rostros de mis compañeros, esa alegría inicial tan pura y tan intensa, se vio ligeramente teñida por la preocupación. Garnet avanzaba como buenamente podía, como si sus piernas aún recordaran el impacto de cada golpe recibido. La expresión en su rostro era la de quien ha luchado con fiereza contra algo que casi lo sobrepasa. Sasha, por su parte, tenía la mirada perdida por un instante, como si su mente estuviera todavía atrapada en los ecos de su propio combate. Su respiración era pesada, su cabello estaba hecho un desastre. Verlos así, cansados pero de pie, me llenó de un respeto silencioso. Sabía que ambos eran fuertes, pero aquello tuvo que haber sido una verdadera prueba para ellos.
Yo, en cambio, si soy sincero, no puedo decir que haya luchado con ese mismo nivel de intensidad. No porque no lo intentara, sino porque Jolyne se encargó de la marine enana prácticamente sin despeinarse. Yo apenas pude moverme. Algo me dejó paralizado durante aquellos minutos. ¿Miedo? ¿Una especie de bloqueo emocional o físico? No lo sé, y eso me inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Aun así, estaba ileso. Y eso me daba la oportunidad de hacer algo que sí podía: ayudar. Me acerqué a ellos con decisión. Extendí mi mano derecha primero hacia Garnet. -¿Todo bien?- Le pregunté, con un tono suave pero firme. -Puedo ayudarte si lo necesitas.- Luego giré hacia Sasha y repetí el gesto, esta vez con la izquierda. No dije nada. Solo dejé la mano ahí, como una promesa silenciosa de apoyo. Porque aunque yo no hubiera peleado con la misma ferocidad, aunque mi cuerpo no mostrara las cicatrices visibles del combate, algo dentro de mí quería redimirse. Ayudarlos era, quizá, el primer paso para volver a moverme. Para no quedarme paralizado nunca más.
No sabía exactamente de qué huíamos, y eso me carcomía por dentro más de lo que estaba dispuesto a admitir. El caos nos había envuelto tan rápido, que mi mente aún no había logrado recomponer el rompecabezas. Pero lo sentía, en los huesos, en la respiración agitada que se negaba a encontrar un ritmo normal: algo nos estaba cazando, algo demasiado grande, demasiado rápido, demasiado oscuro. No pregunté. No quise detenerme a pensar. En ese momento, confiar en los demás y correr era lo único sensato que podía hacer. Y así lo hice. Frente a nosotros, se encontraba el Solar Karma. A pesar del miedo, no pude evitar quedarme unos segundos embobado ante su presencia. Imponente, majestuoso, como una fortaleza flotante construida con paciencia y sabiduría. Era hermoso. No como un cuadro o una flor, sino como una bestia marina dormida que podía, en cualquier momento, protegernos o devorarnos. El corazón me dio un vuelco al comprender que esa era nuestra salvación. O, al menos, nuestro próximo refugio.
Un grupo de trabajadores, sudorosos y con la ropa manchada de resina y sal, nos hicieron señas frenéticas. Sus voces eran un eco de urgencia en medio del murmullo de las olas y el viento, instandonos a huir, obligando a pagar para llegar a la siguiente isla, la Isla Gyojin. Sus palabras eran claras, secas, sin rodeos. Nos estaban ofreciendo una posibilidad. Un delgado hilo de esperanza envuelto en pragmatismo y necesidad. Uno de ellos abrió un cofre de hierro oxidado con bisagras que chirriaron como si gritaran por ayuda. Lo sostuvo frente a mí con firmeza, sin pedirlo dos veces. Sin pensarlo, metí las manos en mis bolsillos, rebuscando con desesperación. Monedas arrugadas, billetes empapados, algunas piezas olvidadas que llevaba encima desde hacía semanas. No me importó. Todo lo que tenía, todo lo que era mío, fue a parar a ese cofre. No lo conté. No pregunté si era suficiente. Solo eché el dinero ahí dentro, con una especie de fe ciega, como si aquel acto fuera suficiente para comprar un destino diferente. Porque, en el fondo, aunque no supiera qué nos acechaba, sabía que tenía que seguir adelante. Que no importaba el precio. Que mientras respirara, haría todo lo que estuviera en mis manos para mantenernos a salvo.
Una vez alcanzamos nuestro destino, o lo que creíamos que era destino en medio de aquel caos tan retorcido, mis pasos perdieron el ímpetu desesperado de la huida y me obligué a frenar. No por agotamiento, aunque mis piernas ardían con ese calor que sólo deja una carrera de vida o muerte, sino por respeto. Estábamos en un punto de inflexión, y sabía que quien debía trazar el siguiente paso era Triana. Así que me quedé quieto, alerta, como un resorte tenso, esperando esas órdenes que marcarían nuestro rumbo. Pero aunque mi cuerpo se detuviera, mi boca no pudo hacer lo mismo. Había un peso dentro de mí, una necesidad de romper el silencio que amenazaba con volverse insoportable, así que hablé, con una sonrisa a medio camino entre la incredulidad y el alivio. -¡Eh, chicos! ¡Ha sido una locura!- Dije, alzando la voz con la esperanza de que todos me escucharan. -Primero un robot nos ataca, luego hay un tornado, nos atacan los marines y finalmente, nos vuelven a atacar y tenemos que huir… ¡Y no es ni la hora de comer!- No pude evitar reírme al decirlo. No una carcajada limpia, sino una risa nerviosa, desbordada, como una válvula de escape para todo lo que no entendía. La miré a ella, a Jolyne, y sentí una punzada de gratitud vibrar en el pecho. Si no fuera por ella, quién sabe en qué estado estaría ahora mismo. Esa sensación me llenó de energía, de propósito. Así que di un paso hacia adelante, abriendo los brazos con un gesto sincero y resuelto.
-Gracias a Jolyne, estoy de maravilla. Si necesitáis algún tipo de ayuda, pedídmela.- Dije, con la voz más firme que pude reunir. Quería que lo supieran. Que me vieran. Que, aunque no siempre fuera el más fuerte, ni el más rápido, ni el más sensato… estaba ahí. Para ellos. Para lo que viniera. Porque después de todo lo que habíamos pasado, no me cabía duda de que lo más importante no era sólo sobrevivir, sino hacerlo juntos. Y en ese instante, rodeado por las miradas de mis compañeros, heridos o no, temblorosos o firmes, entendí que esa locura compartida era también nuestro lazo más fuerte.
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