12-04-2025, 12:17 AM
(Última modificación: 12-04-2025, 12:23 AM por Max D. Bambú.)
[personajeinvalido=1608]
Tras los acontecimientos en el manglar 46 Don Bambú se dirigió inmediatamente al manglar 50 para encontrarse con Kisuke. La terrorífica explosión en el manglar 30 interrumpió brevemente su camino, pero no fue más que una pasajera interrupción que incendió todavía más, si cabe, la determinación del panda de llegar hasta su amigo. Se lo encontró cerca de la casa de subastas. Por el aspecto del lugar, parecía que había tenido lugar allí un enfrentamiento de proporciones insospechadas. La fuerza del enemigo debía de ser descomunal, pero a pesar de la severidad de sus heridas Kisuke parecía estar bien. No tenían tiempo de alegrarse, de todas formas, ya que tenían que encontrarse con Comi cuanto antes y volver al Saint Fermín para escapar de aquel agujero infernal en el que habían terminado. Se encontraron con el cerdo gigante durante el trayecto y una vez el equipo estuvo reunido regresaron al manglar 0, donde estaba el barco aparcado. Si Don Bambú no recordaba mal, necesitaban un recubrimiento especial para poder llegar a la isla gyojin. No esperaba que fuera barato, pero tenían bastantes ahorros entre todos y no creyó que el dinero pudiera ser un problema.
Resultó que sí lo era.
Nada más llegar el grupo a los astilleros un grupo de trabajadores del puerto se dirigió a los revolucionarios con una oferta que no podían rechazar. No podían rechazarla no por lo buena que era, sino porque la alternativa era quedarse a esperar su destino a manos del Gobierno Mundial o de un Yonko genocida. Sin embargo el precio era elevadísimo. Don Bambú no perdió el poco tiempo del que disponían. —Dejadme ver vuestros ahorros. —Era una intromisión del más alto nivel, pero la urgencia de la situación requería algo de prisa. Se acercó a Kisuke y le sacó la cartera del bolsillo e hizo lo mismo con Comi, del cual también tomó de vuelta su den den mushi blanco por si llegaba a llamar el marine en algún momento del futuro. Sacó su cartera y empezó a contar el dinero del grupo en voz alta sin molestarse por ocultar cuál podría ser su destino. Kisuke tenía 932.500 berries, Comi 784.300 y Don Bambú tenía 1.049.000. No eran malas cantidades, pero a todas luces insuficientes. Entre todos tenían 2.765.800 berries. Zorak estaba incapacitado y del grupo era el único que sabía negociar de verdad. Siempre que había que comprar cosas era él el que se encargaba de conseguirlas por métodos que no se molestaba en explicar. Sin embargo el mariscal estaba hecho polvo, encamado dentro del barco e incapaz de participar en aquella empresa. El grupo tenía una emergencia. —Estamos en un buen aprieto, camaradas. —Sentenció el panda con solemnidad. Fue entonces cuando la desesperación del momento le llevó a mirar a su alrededor. Por un lado tenían a los Alas Negras. El corazón el dio un vuelco al ver en la distancia a Sasha y Garnet y sintió el imperioso deseo de correr hacia ellos y pedirles ayuda. Eran sus amigos, después de todo. Pero aquella intención se diluyó ligeramente cuando se fijó en el otro grupo de piratas que tenían al lado. Si al este podían avistarse los Alas Negras, al oeste se alzaban imponentes los Mushoku. Don Bambú dedujo quienes eran únicamente por la presencia del gigantesco cabrón que dejó tuerto a Zorak hacía ya unos meses. Así a ojo (debía de estar a unos 20 metros de distancia), el oni era más grande que el panda. No mucho más pequeño era el musculoso hombre de cabellos plateados que el panda reconoció como Rapax Gin. Le pareció que éste también les miraba a ellos, pero no identificó en su mirada reconocimiento alguno.
Extendió su haki de observación hasta su máximo rango y percibió todas sus auras. El aura de Ashura y de Rapax envolvían y eclipsaban a las demás con absurda facilidad, pero había una tercera que no se veía de dónde procedía exactamente. Notaba una presencia también de gran poder en las cercanías del timón, pero nada de eso importaba ya, pues la determinación del panda ardía con un fuego capaz de engullirlos a todos. —Tengo un plan, pero no os va a gustar. —Su pelaje blanco y negro empezó a emitir pequeñas chispas de electricidad, evidente preludio de lo que iba a acontecer. —Kisuke, tú estás herido, pero los Alas Negras no te harán nada. Ve a hablar con ellos a ver si nos pueden ayudar. Yo voy a hablar con los Mushoku y les voy a hacer una oferta que espero que nuestro mariscal no se tome a mal. Comi, quédate aquí con el dinero por ahora, estaré atento por si alguien intenta algo raro contigo. —Creyó que aquel curso de acción era el más adecuado. No disponían de mucho tiempo para andarse con rodeos. —Buena suerte. ¡Electro! —Toda aquella electricidad que hasta aquel momento sólo se intuía estalló repentinamente por el cuerpo del mink, convirtiéndolo en una suerte de bombilla animal. Empezó a correr hacia el Niebla de Guerra, la imponente corbeta con la que los Mushoku surcaban las corrientes de la Gran Línea. A su paso únicamente podía intuirse una estela brillante, pero probablemente Ashura sería capaz de verle. Sobre todo si había derrotado a Zorak con la facilidad con la que él lo había contado. Pasó de largo de los carpinteros a los que el oni amenazaba. Era una bestia ensangrentada que tenía de humano lo que Bambú tenía de zapato. Se plantó justo delante de la pasarela de embarque sin llegar a entrar en el barco, pero no necesitaba entrar para mandar un mensaje alto y claro.
En cuanto el mink se detuvo surgió de él una presión inaguantable. Los carpinteros detuvieron su trabajo al instante, como si de repente los hubieran encadenado al suelo en la posición misma en la que estaban cuando llegó Don Bambú. Lo mismo ocurriría con todos los Mushoku en la cubierta del Niebla de Guerra, con todos menos con Ashura, cuya voluntad férrea le dotaba de una resistencia excepcional contra el Haoshoku de Bambú. —Lamento la intromisión, pero es que no me fío de vosotros y quiero que me toméis en serio. He venido a negociar con los Mushoku en calidad de representante del Ejército Revolucionario. Vosotros os dirigís a la Isla Gyojin y nosotros necesitamos dinero para hacer lo mismo. Pero tenéis un problema que quizás no os habéis planteado: os dirigís a territorio revolucionario y habéis dejado tuerto a un mariscal del ejército. En cuanto lleguéis a la Isla Gyojin se os van a tirar al cuello sin contemplaciones, pero eso tiene solución. Tenemos en total 2.765.800 berries. Os daré pasaje seguro a través del territorio revolucionario y vosotros pagaréis lo que nos falta para ponerle la cobertura al barco. No debería costaros, ya que le habéis robado todo el dinero a mi camarada y vuestro capitán sabe... negociar. —Y cuando terminó su oferta deshizo la influencia de su haoshoku, ya que la urgencia de la situación era tal que no creía siquiera disponer de tiempo suficiente como para dejar inmovilizada a casi toda la banda de piratas, pero no les quitó ojo de encima por si acaso sus espíritus demostraban evidente hostilidad. En el peor de los casos volvería con las manos vacías.
Resultó que sí lo era.
Nada más llegar el grupo a los astilleros un grupo de trabajadores del puerto se dirigió a los revolucionarios con una oferta que no podían rechazar. No podían rechazarla no por lo buena que era, sino porque la alternativa era quedarse a esperar su destino a manos del Gobierno Mundial o de un Yonko genocida. Sin embargo el precio era elevadísimo. Don Bambú no perdió el poco tiempo del que disponían. —Dejadme ver vuestros ahorros. —Era una intromisión del más alto nivel, pero la urgencia de la situación requería algo de prisa. Se acercó a Kisuke y le sacó la cartera del bolsillo e hizo lo mismo con Comi, del cual también tomó de vuelta su den den mushi blanco por si llegaba a llamar el marine en algún momento del futuro. Sacó su cartera y empezó a contar el dinero del grupo en voz alta sin molestarse por ocultar cuál podría ser su destino. Kisuke tenía 932.500 berries, Comi 784.300 y Don Bambú tenía 1.049.000. No eran malas cantidades, pero a todas luces insuficientes. Entre todos tenían 2.765.800 berries. Zorak estaba incapacitado y del grupo era el único que sabía negociar de verdad. Siempre que había que comprar cosas era él el que se encargaba de conseguirlas por métodos que no se molestaba en explicar. Sin embargo el mariscal estaba hecho polvo, encamado dentro del barco e incapaz de participar en aquella empresa. El grupo tenía una emergencia. —Estamos en un buen aprieto, camaradas. —Sentenció el panda con solemnidad. Fue entonces cuando la desesperación del momento le llevó a mirar a su alrededor. Por un lado tenían a los Alas Negras. El corazón el dio un vuelco al ver en la distancia a Sasha y Garnet y sintió el imperioso deseo de correr hacia ellos y pedirles ayuda. Eran sus amigos, después de todo. Pero aquella intención se diluyó ligeramente cuando se fijó en el otro grupo de piratas que tenían al lado. Si al este podían avistarse los Alas Negras, al oeste se alzaban imponentes los Mushoku. Don Bambú dedujo quienes eran únicamente por la presencia del gigantesco cabrón que dejó tuerto a Zorak hacía ya unos meses. Así a ojo (debía de estar a unos 20 metros de distancia), el oni era más grande que el panda. No mucho más pequeño era el musculoso hombre de cabellos plateados que el panda reconoció como Rapax Gin. Le pareció que éste también les miraba a ellos, pero no identificó en su mirada reconocimiento alguno.
Extendió su haki de observación hasta su máximo rango y percibió todas sus auras. El aura de Ashura y de Rapax envolvían y eclipsaban a las demás con absurda facilidad, pero había una tercera que no se veía de dónde procedía exactamente. Notaba una presencia también de gran poder en las cercanías del timón, pero nada de eso importaba ya, pues la determinación del panda ardía con un fuego capaz de engullirlos a todos. —Tengo un plan, pero no os va a gustar. —Su pelaje blanco y negro empezó a emitir pequeñas chispas de electricidad, evidente preludio de lo que iba a acontecer. —Kisuke, tú estás herido, pero los Alas Negras no te harán nada. Ve a hablar con ellos a ver si nos pueden ayudar. Yo voy a hablar con los Mushoku y les voy a hacer una oferta que espero que nuestro mariscal no se tome a mal. Comi, quédate aquí con el dinero por ahora, estaré atento por si alguien intenta algo raro contigo. —Creyó que aquel curso de acción era el más adecuado. No disponían de mucho tiempo para andarse con rodeos. —Buena suerte. ¡Electro! —Toda aquella electricidad que hasta aquel momento sólo se intuía estalló repentinamente por el cuerpo del mink, convirtiéndolo en una suerte de bombilla animal. Empezó a correr hacia el Niebla de Guerra, la imponente corbeta con la que los Mushoku surcaban las corrientes de la Gran Línea. A su paso únicamente podía intuirse una estela brillante, pero probablemente Ashura sería capaz de verle. Sobre todo si había derrotado a Zorak con la facilidad con la que él lo había contado. Pasó de largo de los carpinteros a los que el oni amenazaba. Era una bestia ensangrentada que tenía de humano lo que Bambú tenía de zapato. Se plantó justo delante de la pasarela de embarque sin llegar a entrar en el barco, pero no necesitaba entrar para mandar un mensaje alto y claro.
En cuanto el mink se detuvo surgió de él una presión inaguantable. Los carpinteros detuvieron su trabajo al instante, como si de repente los hubieran encadenado al suelo en la posición misma en la que estaban cuando llegó Don Bambú. Lo mismo ocurriría con todos los Mushoku en la cubierta del Niebla de Guerra, con todos menos con Ashura, cuya voluntad férrea le dotaba de una resistencia excepcional contra el Haoshoku de Bambú. —Lamento la intromisión, pero es que no me fío de vosotros y quiero que me toméis en serio. He venido a negociar con los Mushoku en calidad de representante del Ejército Revolucionario. Vosotros os dirigís a la Isla Gyojin y nosotros necesitamos dinero para hacer lo mismo. Pero tenéis un problema que quizás no os habéis planteado: os dirigís a territorio revolucionario y habéis dejado tuerto a un mariscal del ejército. En cuanto lleguéis a la Isla Gyojin se os van a tirar al cuello sin contemplaciones, pero eso tiene solución. Tenemos en total 2.765.800 berries. Os daré pasaje seguro a través del territorio revolucionario y vosotros pagaréis lo que nos falta para ponerle la cobertura al barco. No debería costaros, ya que le habéis robado todo el dinero a mi camarada y vuestro capitán sabe... negociar. —Y cuando terminó su oferta deshizo la influencia de su haoshoku, ya que la urgencia de la situación era tal que no creía siquiera disponer de tiempo suficiente como para dejar inmovilizada a casi toda la banda de piratas, pero no les quitó ojo de encima por si acaso sus espíritus demostraban evidente hostilidad. En el peor de los casos volvería con las manos vacías.
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