25-04-2025, 01:31 AM
(Última modificación: 25-04-2025, 01:34 AM por Max D. Bambú.)
[personajeinvalido=1653]
Su voluntad se abrió paso hacia el barco sin problema alguno. La brutalidad de su haoshoku atravesaba los espíritus menos capaces como si se tratasen de mantequilla frente a un cuchillo ardiente. Todos se tambalearon, la mayoría quedaron paralizados. Entre los que habían resistido estaban, para sorpresa de nadie, Ashura y, para sorpresa sobre todo del panda, un gyojin rana. Era bajito, su espíritu no denotaba fuerza alguna en comparación con sus compañeros, pero el cabrón ahí estaba, moviéndose sin mayor dificultad que la que le imponía la severidad de sus heridas. Sabía lo que eso significaba porque lo había vivido en sus propias carnes. Aquel anfibio tenía un poder con el que muchos sólo podían soñar. Los Mushoku tenían una bomba atómica en potencia en su banda y no podía evitar preguntarse si eran siquiera conscientes de ello. A pesar de todo, la fuerza de su haoshoku se desvaneció (tampoco podía mantenerla mucho más tiempo con aquella potencia), y dejó que las hostilidades iniciales se hicieran a un lado para abrirle paso a los negocios. Aunque la verdad, la primera interacción poco negocio trajo consigo. En cuanto pudo moverse, el peliblanco conocido como Rapax-Gin apuntó con su mano izquierda al Saint Fermín y profirió una amenaza que Don Bambú no entendió del todo. ¿Volarle el barco? Ahí estaba la mole humana que era Rapax apuntando a su barco con su mano, pero su mano no tenía nada de especial. No había en ella ni una pistola ni nada que indicase que podía cumplir su amenaza. Parecía estar bastante debilitado y tenía muy mal aspecto por las heridas que traía consigo. A pesar de ello, creía completamente a ciegas en lo que estaba diciendo. ¿De verdad sería capaz de lograr tal hazaña? ¿Había poderes que no se le habían desvelado capaces de destruir no uno, sino dos barcos desde aquella distancia? Parecía estar loco. Decidió no quitarle ojo de encima, pero no le atribuía esa fuerza de la que presumía. No en aquel estado lamentable. Si hacía algo raro le paralizaría.
El segundo en hablar fue uno de los que tenían el aura más poderosa en aquel barco. También era con diferencia el más pequeño de todos y, sorprendentemente, el que menos amenazante parecía. Se trataba de un ser minúsculo. Había visto alguno a lo largo de su vida y había leído algo sobre ellos. Su raza se conocía habitualmente con el nombre de tontatta. Su tono demostraba una cierta seguridad. Su proceder era adecuado, su voz quizás hasta agradable al oído. Le recordaba un poco a Kovashi, pero Kovashi hablaba todavía mejor. No se quedó hipnotizado con su discurso, pero lo recibió de buen grado. Allí había una persona con la que se podía negociar y eso tranquilizaba al mink. —Interesante símil, pero de acuerdo. —Concedió el panda ante la idea de presentarse a una pelea con atuendos sospechosamente sectarios. La peor secta de la que se podría vestir sería sin duda la de los periodistas de Intha. Bastardos invisibles... Ya pillaría él a alguno por ahí.
Cuando el tontatta señaló al gyojin, se fijó en la ausencia del brazo del que hablaba. Una extremidad sólo se valoraba realmente cuando dejabas de disponer de ella. Empatizaba con la rana, aún así, porque le recordaba a su viejo amigo revolucionario. Curiosamente Kovashi compartía dolencia con las dos partes comprometidas de aquel entuerto. Le faltaban un ojo y un brazo. La propuesta no se hizo esperar. Y además, no era una mala propuesta. —En paz obviando que le habéis robado a mi compañero, pero de acuerdo. Es un buen trato. Dos millones y medio por un brazo para vuestro compañero. —La situación iba viento en popa. Había estado monitorizando la intenciones de aquel sujeto durante toda la conversación y su historia parecía ser verídica. Quizás Zorak hubiera cometido algún que otro error y eso hubiera desencadenado una contienda innecesaria, pero Panda conocía bien a su compañero y aquel tontatta no había especificado a qué se estaban dedicando ni por qué decidió "explotar" aquel mink zorro del que hablaba. Sin embargo, recriminarles algo como eso sólo endurecería las negociaciones. Iba todo demasiado bien. Gaeru (tal era el nombre de la "rana") dijo abiertamente que el trato era una mierda. A Don Bambú no se lo parecía, pero lo dejó pasar. Como gesto de buena voluntad, el gyojin lanzó una bolsa de monedas a la cubierta, justo delante del panda. Un millón no era suficiente, ya que les pedían cinco y tenían a penas 2.7, pero asintió ante el gesto con solemnidad. No le disgustaba Gaeru y se preguntaba qué pintaba aquel sujeto tan simpático con aquellos piratas tan sanguinarios. —Cuando quieras, honhonhon —La propuesta de un combate le animó, pero la urgencia de las negociaciones no le dejó regocijarse en la perspectiva de una buena pelea contra otro usuario del haoshoku.
Pero con aquellos dos individuos se habían agotado las reservas de buen rollo de los Mushoku. Le tocó el turno a Ashura, la mole sangrienta de casi cinco metros. Durante las intervenciones de sus compañeros parecía bastante alterado. Exhalaba humo como si fuera una jodida locomotora, delatándose como usuario de una fruta del diablo y agarraba su espada con tanto ímpetu que parecía desear con todas sus fuerzas que se acabasen las palabras y empezasen las hostias. Entonces empezó a hablar. Su forma de negociar no era tan refinada como la del tontatta. De hecho ni siquiera estaba negociando, estaba exigiendo. En aquel momento estaba tratando con un psicópata, no con una persona. ¿Las espadas de Kisuke? Jamás. Don Bambú sabía lo que significaba eso. Quitarle las espadas a un espadachín era como arrebatarle parte de su alma. Había espadas, según le había dado a entender Kovashi, que tenían espíritu. Un espíritu que resonaba especialmente con su dueño. Quitarle las espadas a su amigo sería un insulto tal que ya no podría atreverse a llamarlo amigo nunca más. La bestia le retaba a un duelo. ¿No era consciente de que estaba moribundo? No se le podría llamar duelo a aquello. Tenía las de ganar en un duelo, pero un duelo en un barco enemigo nunca es un duelo. ¿Cuánto tardaría el Pepito Grillo en empezar a demostrar su verdadera fuerza? En apariencia inofensivo, sí, pero inofensivo los cojones. Aquel tapón tenía más fuerza que el panda aunque estuviera hecho unos zorros. Así que así estaba la situación. Una negociación perfecta echada al mar por culpa de un adicto a la violencia. ¿No se daban cuenta de que las amenazas no servían de nada allí? Si querían ir a por ellos perfecto. A Don Bambú no le costaría nada echar a los señores que tan diligentemente les estaban recubriendo el barco a los Mushoku. Ni siquiera tendría que hacerles daño para ello y así se quedarían todos en aquella isla listos para morir, pero ¿qué sentido tendría eso? Lo más importante era mantener vivos a sus amigos. Sentía la presencia de Sasha cerca de Comi y del Saint Fermín. Kisuke había entablado conversación con los Alas Negras y éstos habían respondido a su llamada. Quizás no les hiciese falta negociar con los Mushoku después de todo. Esta nueva propuesta cambiaba las cosas, pero con suerte no demasiado.
—Acepto los términos del trato, le intentaré conseguir un brazo a vuestro amigo, si es que se puede, y si no pues devolveremos el dinero, ¿por qué no? Aunque es más o menos la cantidad que le quitasteis a mi camarada. Pero sólo acepto la mitad del trato, así que me llevo la mitad (algo menos) del dinero y a ver si nos llega. —Sentenció el panda. Y como la vida es complicada y sus enemigos más complicados todavía, decidió que lo más seguro era proceder a llevarse el dinero y no quedarse más tiempo para que Ashura cambiase de nuevo los términos de algo que podría funcionar perfectamente. De él volvió a emanar aquella aura opresiva que los paralizaría a todos en un radio menor que la vez anterior. Esta vez se trataba de un radio de diez metros aprovechándose de que Korg, el más peligroso de los Mushoku en aquel momento, se había subido al hombro de Ashura y estaba, por lo tanto, más cerca del Panda en aquel momento. No perdió el tiempo esperando la respuesta de los piratas y se lanzó hacia delante a una velocidad vertiginosa, mucho mayor que la que había empleado para acercarse al Niebla de Guerra, y recoger la bolsa de dinero de Gaeru para llevársela de vuelta al Saint Fermín. ¿Le seguirían? No lo creía. Los Alas Negras estaban al lado y los Mushoku no tenían posibilidades contra los revolucionarios y los Alas juntos. No. Le dejarían marcharse porque ambos tenían las manos atadas y se la intentarían jugar de alguna u otra manera. Bajo el mando de aquel loco no se podía esperar más de ellos. Pero honraría el trato, por supuesto que sí, y después de darle el brazo a la rana aceptaría hundirle el pecho a puñetazos. No se esperaba, sin embargo, que Ashura no apareciese en mitad de la contienda con la intención de destriparle por listillo.
Se acercó a toda velocidad a donde hasta hacía unos instantes estaban Sasha y el comerciante del puerto y dejó el dinero en las manos de aquel señor tan desagradable, el haoshoku ya lo había desactivado, de modo que el señor podría ponerse a trabajar inmediatamente si es que había trato. —Otro millón. No sé cuánto te ha dado mi compañera, pero espero que sea suficiente con todo lo que tenemos. Ahora por favor recubre nuestro barco. —Y si no era suficiente pues tocaría mover a Zorak al barco de los Alas Negras y abusar de su hospitalidad un poco más de lo que le hubiera gustado al mink. —Vámonos de aquí, Comi. Estoy cansado de este archipiélago. —
El segundo en hablar fue uno de los que tenían el aura más poderosa en aquel barco. También era con diferencia el más pequeño de todos y, sorprendentemente, el que menos amenazante parecía. Se trataba de un ser minúsculo. Había visto alguno a lo largo de su vida y había leído algo sobre ellos. Su raza se conocía habitualmente con el nombre de tontatta. Su tono demostraba una cierta seguridad. Su proceder era adecuado, su voz quizás hasta agradable al oído. Le recordaba un poco a Kovashi, pero Kovashi hablaba todavía mejor. No se quedó hipnotizado con su discurso, pero lo recibió de buen grado. Allí había una persona con la que se podía negociar y eso tranquilizaba al mink. —Interesante símil, pero de acuerdo. —Concedió el panda ante la idea de presentarse a una pelea con atuendos sospechosamente sectarios. La peor secta de la que se podría vestir sería sin duda la de los periodistas de Intha. Bastardos invisibles... Ya pillaría él a alguno por ahí.
Cuando el tontatta señaló al gyojin, se fijó en la ausencia del brazo del que hablaba. Una extremidad sólo se valoraba realmente cuando dejabas de disponer de ella. Empatizaba con la rana, aún así, porque le recordaba a su viejo amigo revolucionario. Curiosamente Kovashi compartía dolencia con las dos partes comprometidas de aquel entuerto. Le faltaban un ojo y un brazo. La propuesta no se hizo esperar. Y además, no era una mala propuesta. —En paz obviando que le habéis robado a mi compañero, pero de acuerdo. Es un buen trato. Dos millones y medio por un brazo para vuestro compañero. —La situación iba viento en popa. Había estado monitorizando la intenciones de aquel sujeto durante toda la conversación y su historia parecía ser verídica. Quizás Zorak hubiera cometido algún que otro error y eso hubiera desencadenado una contienda innecesaria, pero Panda conocía bien a su compañero y aquel tontatta no había especificado a qué se estaban dedicando ni por qué decidió "explotar" aquel mink zorro del que hablaba. Sin embargo, recriminarles algo como eso sólo endurecería las negociaciones. Iba todo demasiado bien. Gaeru (tal era el nombre de la "rana") dijo abiertamente que el trato era una mierda. A Don Bambú no se lo parecía, pero lo dejó pasar. Como gesto de buena voluntad, el gyojin lanzó una bolsa de monedas a la cubierta, justo delante del panda. Un millón no era suficiente, ya que les pedían cinco y tenían a penas 2.7, pero asintió ante el gesto con solemnidad. No le disgustaba Gaeru y se preguntaba qué pintaba aquel sujeto tan simpático con aquellos piratas tan sanguinarios. —Cuando quieras, honhonhon —La propuesta de un combate le animó, pero la urgencia de las negociaciones no le dejó regocijarse en la perspectiva de una buena pelea contra otro usuario del haoshoku.
Pero con aquellos dos individuos se habían agotado las reservas de buen rollo de los Mushoku. Le tocó el turno a Ashura, la mole sangrienta de casi cinco metros. Durante las intervenciones de sus compañeros parecía bastante alterado. Exhalaba humo como si fuera una jodida locomotora, delatándose como usuario de una fruta del diablo y agarraba su espada con tanto ímpetu que parecía desear con todas sus fuerzas que se acabasen las palabras y empezasen las hostias. Entonces empezó a hablar. Su forma de negociar no era tan refinada como la del tontatta. De hecho ni siquiera estaba negociando, estaba exigiendo. En aquel momento estaba tratando con un psicópata, no con una persona. ¿Las espadas de Kisuke? Jamás. Don Bambú sabía lo que significaba eso. Quitarle las espadas a un espadachín era como arrebatarle parte de su alma. Había espadas, según le había dado a entender Kovashi, que tenían espíritu. Un espíritu que resonaba especialmente con su dueño. Quitarle las espadas a su amigo sería un insulto tal que ya no podría atreverse a llamarlo amigo nunca más. La bestia le retaba a un duelo. ¿No era consciente de que estaba moribundo? No se le podría llamar duelo a aquello. Tenía las de ganar en un duelo, pero un duelo en un barco enemigo nunca es un duelo. ¿Cuánto tardaría el Pepito Grillo en empezar a demostrar su verdadera fuerza? En apariencia inofensivo, sí, pero inofensivo los cojones. Aquel tapón tenía más fuerza que el panda aunque estuviera hecho unos zorros. Así que así estaba la situación. Una negociación perfecta echada al mar por culpa de un adicto a la violencia. ¿No se daban cuenta de que las amenazas no servían de nada allí? Si querían ir a por ellos perfecto. A Don Bambú no le costaría nada echar a los señores que tan diligentemente les estaban recubriendo el barco a los Mushoku. Ni siquiera tendría que hacerles daño para ello y así se quedarían todos en aquella isla listos para morir, pero ¿qué sentido tendría eso? Lo más importante era mantener vivos a sus amigos. Sentía la presencia de Sasha cerca de Comi y del Saint Fermín. Kisuke había entablado conversación con los Alas Negras y éstos habían respondido a su llamada. Quizás no les hiciese falta negociar con los Mushoku después de todo. Esta nueva propuesta cambiaba las cosas, pero con suerte no demasiado.
—Acepto los términos del trato, le intentaré conseguir un brazo a vuestro amigo, si es que se puede, y si no pues devolveremos el dinero, ¿por qué no? Aunque es más o menos la cantidad que le quitasteis a mi camarada. Pero sólo acepto la mitad del trato, así que me llevo la mitad (algo menos) del dinero y a ver si nos llega. —Sentenció el panda. Y como la vida es complicada y sus enemigos más complicados todavía, decidió que lo más seguro era proceder a llevarse el dinero y no quedarse más tiempo para que Ashura cambiase de nuevo los términos de algo que podría funcionar perfectamente. De él volvió a emanar aquella aura opresiva que los paralizaría a todos en un radio menor que la vez anterior. Esta vez se trataba de un radio de diez metros aprovechándose de que Korg, el más peligroso de los Mushoku en aquel momento, se había subido al hombro de Ashura y estaba, por lo tanto, más cerca del Panda en aquel momento. No perdió el tiempo esperando la respuesta de los piratas y se lanzó hacia delante a una velocidad vertiginosa, mucho mayor que la que había empleado para acercarse al Niebla de Guerra, y recoger la bolsa de dinero de Gaeru para llevársela de vuelta al Saint Fermín. ¿Le seguirían? No lo creía. Los Alas Negras estaban al lado y los Mushoku no tenían posibilidades contra los revolucionarios y los Alas juntos. No. Le dejarían marcharse porque ambos tenían las manos atadas y se la intentarían jugar de alguna u otra manera. Bajo el mando de aquel loco no se podía esperar más de ellos. Pero honraría el trato, por supuesto que sí, y después de darle el brazo a la rana aceptaría hundirle el pecho a puñetazos. No se esperaba, sin embargo, que Ashura no apareciese en mitad de la contienda con la intención de destriparle por listillo.
Se acercó a toda velocidad a donde hasta hacía unos instantes estaban Sasha y el comerciante del puerto y dejó el dinero en las manos de aquel señor tan desagradable, el haoshoku ya lo había desactivado, de modo que el señor podría ponerse a trabajar inmediatamente si es que había trato. —Otro millón. No sé cuánto te ha dado mi compañera, pero espero que sea suficiente con todo lo que tenemos. Ahora por favor recubre nuestro barco. —Y si no era suficiente pues tocaría mover a Zorak al barco de los Alas Negras y abusar de su hospitalidad un poco más de lo que le hubiera gustado al mink. —Vámonos de aquí, Comi. Estoy cansado de este archipiélago. —
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