11-05-2025, 09:21 PM
Permanecer en el barco era una estupidez. El único lugar de todo este maldito archipiélago en el que había una bandera ondeando relacionada conmigo. Era como ponerme un cartel gigante de fuego encima de la cabeza con una flecha apuntando hacia mí.
Conocía mejor que nadie a mi familia y sabía la forma que tenían de hacer las cosas, resultando algo más que obvio que, en cualquier situación, en este mundo, si sospechabas que alguien estaba en una isla lo primero que había que hacer era registrar el puerto. Y sabía perfectamente que eso es lo que iban a hacer. Registrarían inicialmente el puerto, barco por barco, y después todas las costas de los demás manglares. Y no necesariamente lo harían llamando la puerta y esperando a ser recibidos, no... Esa gente tenía sus propios métodos para entrar y comprobarlo por sí mismos sin ayuda de nadie del interior.
El peligro que suponía estar quieto en el mismo punto era algo que no estaba dispuesto a asumir. Y no podía comunicarme ni con Viktor ni con el chaval para decirles donde iba a ir, pues si los encontraban y los relacionaban conmigo, tendrían formas de hacerles hablar.
Tenía que moverme. Tenía que moverme mucho y durante varias semanas. Tenía que tratar de pasar desapercibido, y tenía que aprovechar las precauciones que había tomado durante todos estos años en mi favor: bendito el día en el que decidí ocultar mi rostro y permanecer así de continuo, pues cuando algunos cubren su cabeza para buscar anonimato, yo solo tenía que descubrirla para obtenerlo.
Habían pasado demasiados años y mi rostro era considerablemente diferente, y la fama que me había granjeado en los últimos de estos años se asociaba a ese maravilloso yelmo blanco hueso lleno de agujeros.
Tenía que cambiarme la ropa y prescindir de mi equipo habitual, renunciar a mi casco y mantenerme en movimiento. Esa era la única forma de estar seguro de que no me vigilaban: al estar vigilante yo de los demás.
Lo primero era decidir qué clase de persona iba a fingir ser, pues la apariencia va ligada a esto estrechamente. Y desgraciadamente no tenía unas grandes dotes de interpretación ni era especialmente habilidoso con el uso del disfraz, así que tendría que ser yo sin ser yo. Lo ideal sería fingir humildad económica, ser un pobre perro muerto de hambre más, uno de los cientos de trabajadores de los astilleros. Como aún no se acercaban las temporadas de frío debía de vestir acorde al clima y al resto de ciudadanos, por lo que un calzado más ligero, pero que no dejase parte del pie al descubierto por el trabajo en el puerto, sería lo ideal. Unas botas de piel hasta los tobillos, del color de la madera, gastadas y arañadas que guardaba por pura y plena nostalgia, de aquellos años en los que me quedé sin nada.
Pero el resto de la ropa empezaba a ser un problema, pues no tenía nada más allá diferente que mi propio uniforme, así que el primer desplazamiento tendría que ser hacia una tienda de costuras y retales, para poder pagar por la confección de nuevas ropas.
Con esto claramente comencé a hacer el petate que me acompañaría durante las próximas semanas. No debía faltarme dinero ni sustento, así que lo primero que entró en él fueron tres bolsas el tamaño de un jarrón con doscientos mil berries cada una. Todo en billetes para evitar los oídos curiosos de los rateros al escuchar el tintineo del oro. Las dos primeras de las tres bolsas estaban en la parte inferior del petate haciendo peso y quedando ocultas por el resto de efectos personales que portaría conmigo. La otra la colocaría en la parte superior para tener acceso a ella rápidamente para realizar pagos y compras necesarias.
Seguidamente, una brújula, un logpose, y mi denden mushi blanco, pues era un objeto raro y caro como para que un trabajador del puerto pudiera permitirselo, pero si quería llamar a Viktor con la máxima discreción, era la mejor opción sin cuestionarlo.
Como era un hombre que no necesitaba mucho, y tenía que prescindir de mi arma y mi corona, no había mucho más que llevar en aquel saco, y eso lo hacía poco creíble para sustentar la historia de un trabajador errante que acaba de llegar y busca ganarse el jornal en el puerto, así que introduje un cojín de mi camarote para incrementar más el bulto. De hecho para ser exactos, extraje la brújula, el logpose y el denden mushi, introduje el cojín, y pasé a volver a colocar estos tres objetos en el interior. Así estarían más a mi alcance. Finalmente sobre estos y como parte superior del petate introduje la última bolsa de berries, cerrando el saco tensando su cuerda y obteniendo un fardo del tamaño aproximado de un niño de dos a tres años. El equipaje de alguien que lleva toda su vida consigo, y no tiene nada.
Dejé mis botas altas en el armario y me calcé con las andrajosas. Vestía mi pantalón clásico, y una de mis camisetas interiores sin mangas, habiendo dejado también la chaqueta en el armario, junto al casco y a mi bello Ein Hauch. Oculto todo bajo la llave de aquel guardarropa, que a su vez estaría oculto bajo la llave de mi camarote. Ambas llaves que llevaría conmigo, siempre cerca, en los bolsillos de mi ropa, para evitar pérdidas o hurtos y no tener que tirar la puerta abajo y destruir el guardarropa al llegar de vuelta.
Finalmente tenía que conseguir dejar un mensaje claro para que no me buscaran pero que al mismo tiempo para quien pudiera irrumpir en el navío no le diera pistas de que vagaba por el archipiélago. Algo que no hiciera sospechar a Viktor de mi huida y que dejara claro a ambos que estaría ilocalizable hasta nuevo aviso. Una nota casta y sencilla, con lo mejor de mi esencia simplista: "No me molestéis"
La clavé en la puerta del camarote en uno de los clavos que había dispuestos para colgar notificaciones, y volví al interior de la habitación esperando a que anocheciera para poder partir, descansando mis últimas horas con Lustig sentado en la silla de mi escritorio mirando recelosamente por la ventana de mi camarote todo el movimiento que aconteciese en el puerto.
Cuando cayó la noche me dirigí caminando hacia la cubierta del barco dejando a Lustig vagar por la bodega hasta que volviese, cerrando mi habitación con llave, y desplazándome con considerablemente menos ruido del habitual al haberme calzado con las botas viejas. Al ser más pequeñas y de un material más endeble que las otras eran mas llevaderas y menos ruidosas, aunque siguieron sonando mis pasos por el crujir de aquellas maderas. Bajé de un salto hacia "tierra firme" - si es que a esa maraña amontonada de raíces se la podía llamar tierra - y el viento agitó mis cabellos mientras descendía. Algo que no solía suceder todos los días, más el hecho de ir sin mi casco - aunque era extraño para mi - se sentía de cierta forma como algo liberador. Cuando aterricé y me erguí me dispuse a ir caminando hacia el hostal del distrito de puerto, un edificio cochambroso con luces encendidas lleno de trabajadores y borrachos - y trabajadores borrachos - por igual, para pasar la primera noche ahí y disponerme al día siguiente a emprender el peregrinaje por el archipiélago. Serviría para conocer un poco más el terreno, de hecho. Caminé con el crujir de la tierra bajo mis botas y el cobijo de las estrellas y la noche, directo hacia la puerta de aquella casa enorme. El edificio era rústico, normal, algo habitual y sin mayor pena ni gloria dentro de las construcciones con la que nos habíamos topado a lo largo de toda nuestra aventura. Y no diría en toda mi vida pues mis ojos ambarinos habían podido ver la grandeza de los reyes de reyes, y de los dioses de estos últimos. Una tasca de madera y piedra, construida con esfuerzo hace el suficiente tiempo como para que quedase implícito que había albergado en su interior más vidas y secretos que muchas otras. Al entrar, la luz me hizo achicar los ojos - algo normal si ya de por si esta me afectaba menos por la protección de mi casco - arrugando mi rostro y avinagrando mi expresión. Cuando estos se acostumbraron a la luz, pude ver la disposición del lugar: varias mesas redondas con taburetes en sus bordes, con culos gordos y sucios sentados encima, unidos a cuerpos aun más gordos y sucios... aunque había algunos flacos también. Era la clásica estampa de taberna, con la barra al fondo y el tabernero limpiando la vajilla del momento, mientras unas risas por allí, unas voces enfadadas por allá, otros tratando de susurrar sus secretos, y alguno bebiendo en soledad.
Por un momento creí recordar algo, hace algunos años, en el East Blue. El bar en el que conocí a Joe Joestar, cuando sólo era "Joe y nada más". Recuerdo que él iba con otra persona, y... y yo también, pero no era capaz de ponerle cara a ninguno de esos dos. Un tío con gafas de sol iba con Joe, eso sí lo recordaba, y a mi me acompañaba una mole con el pelo negro y largo... pero no era capaz de recordar sus nombres - Tiki Taka... así de sencillo Bill - dijo uno de los presentes a mi lado a otro de sus compañeros, sacándome de mi estupor y de mis recuerdos y trayéndome de vuelta al aquí y ahora.
Me dirigí hacia la barra y llamé al tabernero alzando la mano levemente. Era un hombre alto, cercano a los dos metros, completamente calvo y con un buen y frondoso bigote de color caoba. Sus hombros y espaldas eran regios y anchos y vestía una blusa blanca - amarilleada por el uso - cubierta por un mandil de cuero, como los de los herreros. No pude ver su tren inferior, pero sí que estaba secando una jarra cuando le llamé — Quiero una habitación — dije cuando estuvo frente a mi — Individual, doble, con vistas al puerto, al distrito, en la primera planta, en la segunda, en la tercera... — empezó a preguntar el tipo sin siquiera mirarme — Una habitación. Una cama, una puerta, una ventana — le dije respondiendo a sus preguntas al aire — Con escritorio, con baño, con armario, con servicio de habitaciones... — me volvió a responder, aun sin mirarme — Oe oe — dije seriamente — Quiero una habitación. Normal. Con su cama para dormir, su mesa para comer, su armario para guardar mis cosas, con una ventana para ventilar y tener aire fresco y mi espacio para que nadie me toque los cojones — respondí frunciendo el ceño y llevando la mano a mi macuto — Si no quiere que le toquen los cojones entiendo que es con baño individual, ¿no? — volvió a preguntarme el tipo, que ahora si me miraba, colocando la jarra de madera en la mesa — De acuerdo... — suspiré — ...y con baño propio — terminé de decir, ante lo que mi interlocutor no dudó en responder rápidamente — Quiere una habitación con una cama individual, un armario para guardar sus cosas, una mesa para comer por lo que deduzco que querrá servicio de comidas, una ventana para tomar el aire fresco por lo que deduzco que la querrá con vistas al puerto, y baño privado. Hablamos de una habitación individual de lujo con todos los servicios — escupió a una gran velocidad guardando la jarra en un altillo y sacando otra de bajo la barra, empezando a secar esta nuevamente — Si, como sea — respondí apunto de sacar un fajo de billetes del saco — ¿Cuánto es la noche? — pregunté antes de mostrar mis cartas. El tabernero dudó, me miró de arriba a abajo y después habló — Eso depende. ¿Motivo de la visita? — me preguntó descaradamente — Si eres un esclavo fugado o uno de esos agitadores contra el Gobierno que me va a causar problemas, la tarifa es el cuádruple — afirmó inclinándose un poco más hacia delante para tratar de verme mejor. No titubeé ni flaqueé en mi postura — Vengo a trabajar, a los astilleros. Me llamo Viktor — dije permaneciendo inmóvil ante aquel sujeto, que relajó su postura y volvió a abrir la boca — Cien la noche, Viktor — me dijo girándose para guardar aquella jarra y ponerse a trastear en sus cosas. Como yo trasteé en las mías, calculando un precio y sacando mil quinientos berries del fardo, doblados y ocultos en mi mano tendiendo esta hacia mi conversador — Dos semanas... y un día de regalo para que de verdad nadie me toque los cojones — dije mientras él extendía su mano para agarrar el dinero y asentía con la cabeza — Perfecto. Acompañeme — dijo guardándose el dinero y saliendo por el extremo de la barra dirigiéndose hacia las escaleras, haciendo que yo le siguiera. Por fortuna nuestra conversación había sido la de un cliente mas y nadie en el bar había reparado en mi atención.
Subí las escaleras acompañando al tabernero y me di con una habitación que era exactamente lo que habíamos hablado. Una puerta, que al ser abierta revelaba un ligero pasillo que albergaba una puerta a la izquierda, donde estaba el baño, y una mesa con una silla al fondo de este pasillo donde se ensanchaba y crecía hacia la izquierda, revelando el espacio para la cama y el armario. La ventana estaba frente a los pies de la cama. El tabernero me dejó allí y me entregó las llaves de la habitación informándome que eran sólo dos semanas, y que las puertas tenían una trampilla para gatos por la que el servicio empujaba una bandeja con la comida, dos veces al día. Las instrucciones estaban claras y con ello se marchó mientras yo cerraba la puerta, disponiéndome a mirar por la ventana y controlar el lugar, observando desde ese lugar el puerto y entre muchos otros mi navío. Suspiré pesadamente. Teníamos que ir al nuevo mundo cuanto antes pues allí era más fácil perder de vista la influencia de esos hijos de puta que llamaba familia. Y hablando de familia, tendríamos que hacer por incrementar la nuestra, Magna, para ganar más tropas y soldados afines que quieran luchar por la causa gloriosa que yo iba a imponer: El nuevo Imperio mercante.
Me acosté algunas horas después y aunque no paré de darle vueltas a la cabeza y a alarmarme por cada crujido de las maderas del pasillo - tendría que acostumbrarme a ese lugar - junto con las voces de los residentes en aquella posada, conseguí mantener un sueño intermitente que fue en cierta medida reparador.
Al despertar, dejando el petate en su lugar en el armario y llevando conmigo en el bolsillo el denden mushi y un fajo de billetes con el valor de unos diez mil berries, salí del lugar cerrando mi habitación con llave y me dirigí hacia el distrito comercial, tras solicitar unas indicaciones, para aventurarme en busca de algunas ropas más comunes. Es cierto que mi vestuario no era para nada variopinto o llamativo, pero no quería tener que ver nada visualmente con mi figura habitual, para evitar falsos conocidos o personas entrometidas. Así pues, recorrí el espacio entre un punto y otro y cuando me quise dar cuenta estaba inmerso en el distrito comercial, rodeado de tiendas de todo tipo vendiendo toda clase de productos.
Varias de estas tuvieron que pasar hasta que di con un sastre, un local humilde con un letrero viejo y muestras de retales en su escaparate.
— Buenos días — dije al cruzar la puerta del establecimiento. Un lugar lleno de telas, oliendo a flores y con una anciana muy delgada, con el pelo gris y recogido en un moño alto, con unas gafas pequeñas y finas. Estaba sentada en una gran butaca y parecía estar tejiendo algo. A su lado, un joven - muy joven - vivaz y alegre me daba la bienvenida, con la cara llena de pecas y el pelo verduzco y alborotado — ¡Buen día caballero! ¡Bienvenido a 'Tales retales'! ¿Cómo puedo ayudarle? — me preguntó abiertamente, mientras caminaba hacia el mostrador mirando a la anciana — No se preocupe por la abuela Menchi, aunque está jubilada se niega a abandonar el negocio ni un día — me contestó con alegría sin yo tener que preguntarle nada, y entonces dirigí mi atención a él — Oe... estoy buscando ropa de jornal — dije rascándome la coronilla dudando un poco de mis propias palabras — Necesito algo resistente, duradero... pero no quiero sobresalir por encima de los otros compañeros — le dije con sinceridad, creyéndome mi propio embuste y papelón. El muchacho me miró de arriba a abajo sonriendo y asintió con la cabeza — Un mono de trabajo y un par de camisas. Si quiere unas botas nuevas le puedo recomendar a alguien fabuloso — me dijo igual de alegre que siempre — No es necesario. Mis viejas botas aguantarán — añadí dando un toque con el tacón de la bota contra el suelo, pero el crío pareció insistir — ¿Y una boina para cubrirte del sol? El calor puede provocar estragos si te expones a él — me dijo, ante lo que bufé ligeramente algo divertido. Hablarme de calor a mi... — Si, si... una boina también está bien. No vaya a ser que el calor haga de las suyas — añadí divertido siguiéndole la recomendación. Hacía tanto tiempo que no me preocupaba por la temperatura... — ¡Entonces está todo dicho! ¿Qué talla tiene usted? Es ancho de espaldas pero no es muy alto... — dijo el niño con inocencia mirándome tratando de escudriñarme — Oe — dije frunciendo un poco el ceño al escucharle hablar sobre mi altura, pero pareció ignorarme por completo y siguió con su análisis — Un cuarenta y dos de cintura si me preguntan jibirijibirijibiri — sentenció el crío riendo — Y las camisas son de la talla común... ¡tela tejana para el mono, aguantará casi tanto como el cuero y le dará menos calor! ¡Y las camisas de algodón, para mantener fresco su cuerpo pese al sudor! — dijo bajando de un taburete que había tras el mostrador y pareciendo pequeñísimo a mis ojos, desapareciendo entre las estanterías de retales, buscando lo que decía. Era un niño realmente muy pequeño.
Volvió al poco con ambas prendas mencionadas y me invitó a pasar a uno de los vestidores, cosa que hice, y me cambié de mi ropa habitual para vestirme con esa. Un mono... que más bien era un peto, de tela azulada, que unía el pantalón con un una cubierta en el pecho y la espalda, y dos tirantes sencillos, dejando espacio para maniobrar y la parte superior del pecho y los brazos al aire. La camisa - dos iguales - eran blanca, con un cordón de esparto a la altura del esternón para cerrarla o abrirla ligeramente — ¡Fabuloso! — gritó el muchacho cuando salí del probador, extendiéndome una boina plana del mismo color que el peto vaquero — Sólo le falta el martillo en la mano y los clavos en la boca jibirijibirijibiri ¡le queda a usted como un guante! — sentenció mientras yo agarraba la boina y me la colocaba, tras haberme echado los cabellos hacia atrás. Me miré en el espejo sucio y gastado que tenían en la tienda... la verdad es que el chico lo había bordado en talla y funcionalidad, cosa que me sorprendió siendo tan joven.
— ¿Cuántos años tienes muchacho?— pregunté mientras me miraba aun asombrado por tener la ropa perfecta con la talla perfecta, incrédulo con el resultado en correlación con su edad — Doce señor. Tres en el negocio y aprendiendo de la mejor — me dijo señalando a la que había dicho antes que era su abuela — Ya veo... tienes mucho talento. ¿Cuánto es el precio de todo esto? — pregunté, alternando mi vista entre el chiquillo y su abuela abriendo el fardo el saco de dinero — Cuarenta el mono, quince por cada camisa, diez por la boina... ¡Ochenta berries joven señor! — me dijo el muchacho haciendo la cuenta rápida tocando sus dedos. Saqué doscientos berries de mi bolsa y se los entregué al chico, que abrió los ojos y negó con la cabeza tratando de devolver mi mano a su sitio, sin éxito — Veinte por el talento, cincuenta para un regalo para la abuela y otros cincuenta para que nadie sepa que he estado aquí — le dije, guiñándole el ojo, haciendo que el muchacho sonriera y aceptase todo el dinero.
Salí del establecimiento con mi ropa anterior guardada en una bolsa de tela y vistiendo la nueva indumentaria, encaminándome hacia la posada para dejar aquel fardo y poder comenzar a pasear un poco por los astilleros para ver qué escuchaba por aquí y por allá. Todo parecía un lugar normal, algo que me extrañaba al saber que en este sitio estaba una de las casas de esclavos más grandes de esta parte del Grand Line... algo que los habitantes del archipiélago parecían llevar con completa normalidad. Pero no era asunto mío.
Al entrar en la taberna, observé a un anciano con un gran bigote blanco y un peinado extraño, vestido con ropa deportiva y marcados pantalones verdes, siendo el único hombre de pie en la taberna. Parecía que había habido algún tipo de altercado con él involucrado. Algunos tipos en el suelo con articulaciones dislocadas y algunos otros con espuma por la boca. El anciano se quedó mirándome fijamente.
— ¿Por qué estás en pie? — me preguntó sin miramientos — ¿Aaaah? — pregunté con incredulidad y algo de molestia. Me sentía algo acobardado ante la mera presencia de ese anciano y eso me hacía enfadar y querer partirle la cabeza... sólo era un abuelo, qué más daba que hubiera acabado con todos los presentes, si sólo eran borrachos y mierdecillas del montón — No deberías estar de pie — dijo, sacudiéndose el polvo de encima — ¿Y cómo debería estar? ¿Arrodillado ante su majestad? — pregunté dejando caer la bolsa con mis pertenencias a mi lado — No. Inconsciente, como todos en un área de aproximadamente treinta metros — me dijo, girándose hacia la barra para apurar una bebida en una jarra, limpiándose después el bigote, y pasando a mirarme directamente — Probemos otra vez — dijo, y sus ojos parecieron emitir un pulso salido de las más profundas y aberrantes fosas del infierno, sintiendo como una presión increíble en el ambiente, viendo como algunos de los muebles empezaban a crujir y a resquebrajarse, haciéndome dar un paso atrás — ¿¡Quién te envía anciano!? — grité, presuponiendo el peor escenario: Mi familia me había encontrado y había enviado un asesino con un extraño poder de akuma no mi para sentenciarme en ese mismo lugar. Entonces la presión paró, y el anciano se rascó el mentón mirándome — Grandes esencias en frascos pequeños... — musitó — Un diamante sin pulir — añadió, y recogió un fardo similar al mío del día anterior, pero más pequeño — ¿¡A quién llamas frasco pequeño!? — le pregunté inquisitivamente, pero el anciano pasó de largo junto a mi y me ignoró. Lo hizo a tal velocidad que cuando quise darme cuenta estaba a mi lado con la mano apoyada sobre mi hombro derecho — Hasta la piedra más burda puede pasar a ser una joya si se la pule lo suficiente — y me dio una palmada — Pero tiene que pasar por las manos de un maestro — finalizó saliendo del establecimiento cerrando la puerta tras de si.
Estaba vivo. No me había matado. Era un anciano que había noqueado a todos los presentes en el bar y me había intentado amedrentar con aquella presión... preguntándome que por qué estaba aun en pie...
Entonces lo vi claro. Como una serie de revelaciones increíble que pasaban a toda velocidad. Haría unos días, mi explosión de haoshoku en el puerto del manglar treinta y tres hizo desmayarse a algunos presentes, echando espuma por la boca como los que estaban aquí. El anciano tenía que estar usando la extraña habilidad que Viktor me había dicho que sólo unos pocos poseían. Abrí la puerta y lo encontré yéndose.
— Oe viejo — dije, haciendo que se parase y se girase para mirarme de perfil — ¿Cuánto tardaría un maestro en pulir una roca? — le pregunté, ante lo que sonrió levemente — Dos semanas — me dijo con seguridad — Pero todo maestro necesita de sus herramientas y su lugar de trabajo — añadió, y comenzó a caminar.
Automáticamente entendí aquello como un reto. Aquella persona parecía conocer los secretos para manejar mi habilidad especial, y tenía que invertir el tiempo en alguna parte, protegido y a salvo para poder pasar desapercibido y ganar el tiempo suficiente antes de partir en lo que nos construían el nuevo barco. Subí corriendo a la habitación, abrí la cerradura con llave y avancé hasta hacerme con el petate guardado en el armario. Escondí en él la ropa que traía guardada y el resto del dinero y lo cargué al hombro para irme de la habitación, volviendo a cerrar con llave. Cuando salí de la taberna, el anciano ya había atravesado caminando media calle, así que corrí como pude para no perderlo, y finalmente cuando me puse a su lado, un poco jadeante, le pregunté sin miramientos.
— ¿Eso ha sido Haoshoku? — dije, mirándole sin que él me correspondiera — Si — me dijo con sinceridad y de forma directa, haciéndome abrir los ojos ligeramente — ¿Y puede enseñarme a usarlo de la misma forma? — le volví a preguntar, ante lo que sin dejar de caminar esta vez sí me miró — Si — volvió a decir, manteniendo un semblante serio — ¡Pues enséñeme! ¡Necesito aprender a dominarlo! — le dije tratando de no levantar la voz, caminando a su lado. Dejó de mirarme y enfocó sus ojos en el frente — Ningún cualquiera posee esta habilidad, joven. Si la tienes, es que el mundo te depara un final glorioso o terrible... Y claro que puedo enseñarte a refinarlo, pero yo no estoy dispuesto a enseñar nada a ningún borrego maleducado — me reprendió mirándome de nuevo con gesto serio, seguramente refiriéndose a mi forma de referirme a él, haciéndome sentir avergonzado y arrepentido casi al instante — ¿Quiere que le llame maestro o algo asi? — le pregunté poniendo una mueca — Si. Y que te disculpes — me respondió, metiendo sus manos en sus bolsillos caminando relajadamente sin mirarme. Me paré en seco y avanzó unos pocos pasos sin mi, después aceleré para volver a ponerme a su altura, renegando y hablando con la boca pequeña — De acuerdo maestro. Le pido disculpas por mi forma de hablar — dije a regañadientes, y el maestro sonrió un poco — ¿Y para qué quiere un jornalero del puerto mal disfrazado conseguir perfeccionar el Haoshoku? — me preguntó directamente, aparentemente divertido por su ocurrencia, delatando mi disfraz — Para convertirme en el más fuerte de todos — afirmé con crudeza, sonriendo también y arrugando la cicatriz bajo mis ojos.
El anciano se paró y me miró de arriba a abajo — Como todos — dijo, y comenzó a caminar — Vamos al dojo — dijo, invitándome a seguirle moviendo la mano — Pero te advierto de esto: Quiero respeto absoluto, quiero obediencia absoluta, y quiero resultados. Si me faltas al respeto, si cuestionas mis órdenes, o si no consigues lo que te pida en el tiempo que te pida, no te enseñaré nada más — enumeró mientras volvía a meter las manos en sus bolsillos — Mientras consiga hacerme desmayar a los demás con mi presencia, haré lo que haga falta — dije decidido — Como todos — me volvió a decir el anciano sin mirarme, y ambos continuamos caminando hacia su Dojo.
Los días y pasaron y comprobé de primera meno que el anciano no mentía. Me obligaba a meditar mientras me sometía a la presión de su presencia. Él lo hacía de la forma más natural posible, con los quehaceres rutinarios, sin despeinarse un solo pelo del bigote... y yo sudaba todos los días hasta empapar mis ropas, sentado con las piernas cruzadas tratando de imponer mi voluntad a la suya propia. Me obligaba a emitir pulsos de mi Haoshoku a diario, y mantenerlos hasta que perdía la consciencia. Despertaba acostado con la cabeza sobre el cojín de mi macuto, y volvía a hacerme repetir el proceso. Empecé a encontrar la forma de expandirlo o retraerlo a voluntad, confinarlo en un área inmediata entorno a mi o hacer que abarcase tantos metros como me fuera posible.
A partir del cuarto día de entrenamiento, conseguí, en una tarde cerca del ocaso, que una taza de cerámica explotase a mi lado. El maestro abrió los ojos de par en par y se acercó para comprobar el estado de aquello, pidiéndome más intensidad, más potencia y más concentración. Elevando mi aura hasta el máximo que me era posible intensificarla, el anciano comenzó a revelar un brillo en sus ojos. Y eso fue lo último que vi antes de volver a caer inconsciente.
Los días se sucedieron así. Meditar, concentrarme, emitir mi Haoshoku, incrementarlo, hacerlo explotar para aumentar su potencia, conseguir llamar la atención del maestro y desmayarme. Perdí la cuenta de las veces que me había desmayado y de las veces que el anciano me había dicho "otra vez". Hasta que el decimo segundo día, mientras el maestro pedía que incrementase la potencia de mi aura, vi una gota de sudor surcar su arrugada piel y el brillo en sus ojos volvió con una intensidad superior a la que había visto en los días anteriores... hasta que la mesa en la que reposaba la taza de te del maestro se partió con un súbito crujido desproporcionado — Bien hecho joven — dijo el maestro dando una palmada — Estás listo — añadió recogiendo la taza quebrada del suelo — Como todos — le dije yo, con sorna — No... como todos no — añadió sonriendo — Pero esto es solo el comienzo. Sólo en el conflicto florecerá tu auténtica capacidad. Debes seguir puliendo tus habilidades — me ordenó, recibiendo por respuesta un movimiento de mi cabeza, asintiendo — Aun te quedan dos días. A trabajar — finalizó saliendo de la estancia con los trozos rotos de cerámica y dejándome a mi incrementando nuevamente mi espíritu, buscando la perfección en el control de mi aura.
Dos días después abandoné el dojo y me encaminé hacia la posada en la que todo había empezado. Casualmente, las dos semanas que tenía arrendadas de habitación. Extrañamente me sentía más perceptivo, más despierto... más confiado. Sentía que tenía una nueva capacidad en si misma que podía permitirme jugar en ligas superiores a las mías, y planeaba explorarlo al mil por ciento. Cayese quien cayese.
Entré en la posada pagando otros mil quinientos berries y dirigiéndome a mi habitación. Iba a dormir las próximas cuarenta y ocho horas... y sin desmayarme.
Conocía mejor que nadie a mi familia y sabía la forma que tenían de hacer las cosas, resultando algo más que obvio que, en cualquier situación, en este mundo, si sospechabas que alguien estaba en una isla lo primero que había que hacer era registrar el puerto. Y sabía perfectamente que eso es lo que iban a hacer. Registrarían inicialmente el puerto, barco por barco, y después todas las costas de los demás manglares. Y no necesariamente lo harían llamando la puerta y esperando a ser recibidos, no... Esa gente tenía sus propios métodos para entrar y comprobarlo por sí mismos sin ayuda de nadie del interior.
El peligro que suponía estar quieto en el mismo punto era algo que no estaba dispuesto a asumir. Y no podía comunicarme ni con Viktor ni con el chaval para decirles donde iba a ir, pues si los encontraban y los relacionaban conmigo, tendrían formas de hacerles hablar.
Tenía que moverme. Tenía que moverme mucho y durante varias semanas. Tenía que tratar de pasar desapercibido, y tenía que aprovechar las precauciones que había tomado durante todos estos años en mi favor: bendito el día en el que decidí ocultar mi rostro y permanecer así de continuo, pues cuando algunos cubren su cabeza para buscar anonimato, yo solo tenía que descubrirla para obtenerlo.
Habían pasado demasiados años y mi rostro era considerablemente diferente, y la fama que me había granjeado en los últimos de estos años se asociaba a ese maravilloso yelmo blanco hueso lleno de agujeros.
Tenía que cambiarme la ropa y prescindir de mi equipo habitual, renunciar a mi casco y mantenerme en movimiento. Esa era la única forma de estar seguro de que no me vigilaban: al estar vigilante yo de los demás.
Lo primero era decidir qué clase de persona iba a fingir ser, pues la apariencia va ligada a esto estrechamente. Y desgraciadamente no tenía unas grandes dotes de interpretación ni era especialmente habilidoso con el uso del disfraz, así que tendría que ser yo sin ser yo. Lo ideal sería fingir humildad económica, ser un pobre perro muerto de hambre más, uno de los cientos de trabajadores de los astilleros. Como aún no se acercaban las temporadas de frío debía de vestir acorde al clima y al resto de ciudadanos, por lo que un calzado más ligero, pero que no dejase parte del pie al descubierto por el trabajo en el puerto, sería lo ideal. Unas botas de piel hasta los tobillos, del color de la madera, gastadas y arañadas que guardaba por pura y plena nostalgia, de aquellos años en los que me quedé sin nada.
Pero el resto de la ropa empezaba a ser un problema, pues no tenía nada más allá diferente que mi propio uniforme, así que el primer desplazamiento tendría que ser hacia una tienda de costuras y retales, para poder pagar por la confección de nuevas ropas.
Con esto claramente comencé a hacer el petate que me acompañaría durante las próximas semanas. No debía faltarme dinero ni sustento, así que lo primero que entró en él fueron tres bolsas el tamaño de un jarrón con doscientos mil berries cada una. Todo en billetes para evitar los oídos curiosos de los rateros al escuchar el tintineo del oro. Las dos primeras de las tres bolsas estaban en la parte inferior del petate haciendo peso y quedando ocultas por el resto de efectos personales que portaría conmigo. La otra la colocaría en la parte superior para tener acceso a ella rápidamente para realizar pagos y compras necesarias.
Seguidamente, una brújula, un logpose, y mi denden mushi blanco, pues era un objeto raro y caro como para que un trabajador del puerto pudiera permitirselo, pero si quería llamar a Viktor con la máxima discreción, era la mejor opción sin cuestionarlo.
Como era un hombre que no necesitaba mucho, y tenía que prescindir de mi arma y mi corona, no había mucho más que llevar en aquel saco, y eso lo hacía poco creíble para sustentar la historia de un trabajador errante que acaba de llegar y busca ganarse el jornal en el puerto, así que introduje un cojín de mi camarote para incrementar más el bulto. De hecho para ser exactos, extraje la brújula, el logpose y el denden mushi, introduje el cojín, y pasé a volver a colocar estos tres objetos en el interior. Así estarían más a mi alcance. Finalmente sobre estos y como parte superior del petate introduje la última bolsa de berries, cerrando el saco tensando su cuerda y obteniendo un fardo del tamaño aproximado de un niño de dos a tres años. El equipaje de alguien que lleva toda su vida consigo, y no tiene nada.
Dejé mis botas altas en el armario y me calcé con las andrajosas. Vestía mi pantalón clásico, y una de mis camisetas interiores sin mangas, habiendo dejado también la chaqueta en el armario, junto al casco y a mi bello Ein Hauch. Oculto todo bajo la llave de aquel guardarropa, que a su vez estaría oculto bajo la llave de mi camarote. Ambas llaves que llevaría conmigo, siempre cerca, en los bolsillos de mi ropa, para evitar pérdidas o hurtos y no tener que tirar la puerta abajo y destruir el guardarropa al llegar de vuelta.
Finalmente tenía que conseguir dejar un mensaje claro para que no me buscaran pero que al mismo tiempo para quien pudiera irrumpir en el navío no le diera pistas de que vagaba por el archipiélago. Algo que no hiciera sospechar a Viktor de mi huida y que dejara claro a ambos que estaría ilocalizable hasta nuevo aviso. Una nota casta y sencilla, con lo mejor de mi esencia simplista: "No me molestéis"
La clavé en la puerta del camarote en uno de los clavos que había dispuestos para colgar notificaciones, y volví al interior de la habitación esperando a que anocheciera para poder partir, descansando mis últimas horas con Lustig sentado en la silla de mi escritorio mirando recelosamente por la ventana de mi camarote todo el movimiento que aconteciese en el puerto.
Cuando cayó la noche me dirigí caminando hacia la cubierta del barco dejando a Lustig vagar por la bodega hasta que volviese, cerrando mi habitación con llave, y desplazándome con considerablemente menos ruido del habitual al haberme calzado con las botas viejas. Al ser más pequeñas y de un material más endeble que las otras eran mas llevaderas y menos ruidosas, aunque siguieron sonando mis pasos por el crujir de aquellas maderas. Bajé de un salto hacia "tierra firme" - si es que a esa maraña amontonada de raíces se la podía llamar tierra - y el viento agitó mis cabellos mientras descendía. Algo que no solía suceder todos los días, más el hecho de ir sin mi casco - aunque era extraño para mi - se sentía de cierta forma como algo liberador. Cuando aterricé y me erguí me dispuse a ir caminando hacia el hostal del distrito de puerto, un edificio cochambroso con luces encendidas lleno de trabajadores y borrachos - y trabajadores borrachos - por igual, para pasar la primera noche ahí y disponerme al día siguiente a emprender el peregrinaje por el archipiélago. Serviría para conocer un poco más el terreno, de hecho. Caminé con el crujir de la tierra bajo mis botas y el cobijo de las estrellas y la noche, directo hacia la puerta de aquella casa enorme. El edificio era rústico, normal, algo habitual y sin mayor pena ni gloria dentro de las construcciones con la que nos habíamos topado a lo largo de toda nuestra aventura. Y no diría en toda mi vida pues mis ojos ambarinos habían podido ver la grandeza de los reyes de reyes, y de los dioses de estos últimos. Una tasca de madera y piedra, construida con esfuerzo hace el suficiente tiempo como para que quedase implícito que había albergado en su interior más vidas y secretos que muchas otras. Al entrar, la luz me hizo achicar los ojos - algo normal si ya de por si esta me afectaba menos por la protección de mi casco - arrugando mi rostro y avinagrando mi expresión. Cuando estos se acostumbraron a la luz, pude ver la disposición del lugar: varias mesas redondas con taburetes en sus bordes, con culos gordos y sucios sentados encima, unidos a cuerpos aun más gordos y sucios... aunque había algunos flacos también. Era la clásica estampa de taberna, con la barra al fondo y el tabernero limpiando la vajilla del momento, mientras unas risas por allí, unas voces enfadadas por allá, otros tratando de susurrar sus secretos, y alguno bebiendo en soledad.
Por un momento creí recordar algo, hace algunos años, en el East Blue. El bar en el que conocí a Joe Joestar, cuando sólo era "Joe y nada más". Recuerdo que él iba con otra persona, y... y yo también, pero no era capaz de ponerle cara a ninguno de esos dos. Un tío con gafas de sol iba con Joe, eso sí lo recordaba, y a mi me acompañaba una mole con el pelo negro y largo... pero no era capaz de recordar sus nombres - Tiki Taka... así de sencillo Bill - dijo uno de los presentes a mi lado a otro de sus compañeros, sacándome de mi estupor y de mis recuerdos y trayéndome de vuelta al aquí y ahora.
Me dirigí hacia la barra y llamé al tabernero alzando la mano levemente. Era un hombre alto, cercano a los dos metros, completamente calvo y con un buen y frondoso bigote de color caoba. Sus hombros y espaldas eran regios y anchos y vestía una blusa blanca - amarilleada por el uso - cubierta por un mandil de cuero, como los de los herreros. No pude ver su tren inferior, pero sí que estaba secando una jarra cuando le llamé — Quiero una habitación — dije cuando estuvo frente a mi — Individual, doble, con vistas al puerto, al distrito, en la primera planta, en la segunda, en la tercera... — empezó a preguntar el tipo sin siquiera mirarme — Una habitación. Una cama, una puerta, una ventana — le dije respondiendo a sus preguntas al aire — Con escritorio, con baño, con armario, con servicio de habitaciones... — me volvió a responder, aun sin mirarme — Oe oe — dije seriamente — Quiero una habitación. Normal. Con su cama para dormir, su mesa para comer, su armario para guardar mis cosas, con una ventana para ventilar y tener aire fresco y mi espacio para que nadie me toque los cojones — respondí frunciendo el ceño y llevando la mano a mi macuto — Si no quiere que le toquen los cojones entiendo que es con baño individual, ¿no? — volvió a preguntarme el tipo, que ahora si me miraba, colocando la jarra de madera en la mesa — De acuerdo... — suspiré — ...y con baño propio — terminé de decir, ante lo que mi interlocutor no dudó en responder rápidamente — Quiere una habitación con una cama individual, un armario para guardar sus cosas, una mesa para comer por lo que deduzco que querrá servicio de comidas, una ventana para tomar el aire fresco por lo que deduzco que la querrá con vistas al puerto, y baño privado. Hablamos de una habitación individual de lujo con todos los servicios — escupió a una gran velocidad guardando la jarra en un altillo y sacando otra de bajo la barra, empezando a secar esta nuevamente — Si, como sea — respondí apunto de sacar un fajo de billetes del saco — ¿Cuánto es la noche? — pregunté antes de mostrar mis cartas. El tabernero dudó, me miró de arriba a abajo y después habló — Eso depende. ¿Motivo de la visita? — me preguntó descaradamente — Si eres un esclavo fugado o uno de esos agitadores contra el Gobierno que me va a causar problemas, la tarifa es el cuádruple — afirmó inclinándose un poco más hacia delante para tratar de verme mejor. No titubeé ni flaqueé en mi postura — Vengo a trabajar, a los astilleros. Me llamo Viktor — dije permaneciendo inmóvil ante aquel sujeto, que relajó su postura y volvió a abrir la boca — Cien la noche, Viktor — me dijo girándose para guardar aquella jarra y ponerse a trastear en sus cosas. Como yo trasteé en las mías, calculando un precio y sacando mil quinientos berries del fardo, doblados y ocultos en mi mano tendiendo esta hacia mi conversador — Dos semanas... y un día de regalo para que de verdad nadie me toque los cojones — dije mientras él extendía su mano para agarrar el dinero y asentía con la cabeza — Perfecto. Acompañeme — dijo guardándose el dinero y saliendo por el extremo de la barra dirigiéndose hacia las escaleras, haciendo que yo le siguiera. Por fortuna nuestra conversación había sido la de un cliente mas y nadie en el bar había reparado en mi atención.
Subí las escaleras acompañando al tabernero y me di con una habitación que era exactamente lo que habíamos hablado. Una puerta, que al ser abierta revelaba un ligero pasillo que albergaba una puerta a la izquierda, donde estaba el baño, y una mesa con una silla al fondo de este pasillo donde se ensanchaba y crecía hacia la izquierda, revelando el espacio para la cama y el armario. La ventana estaba frente a los pies de la cama. El tabernero me dejó allí y me entregó las llaves de la habitación informándome que eran sólo dos semanas, y que las puertas tenían una trampilla para gatos por la que el servicio empujaba una bandeja con la comida, dos veces al día. Las instrucciones estaban claras y con ello se marchó mientras yo cerraba la puerta, disponiéndome a mirar por la ventana y controlar el lugar, observando desde ese lugar el puerto y entre muchos otros mi navío. Suspiré pesadamente. Teníamos que ir al nuevo mundo cuanto antes pues allí era más fácil perder de vista la influencia de esos hijos de puta que llamaba familia. Y hablando de familia, tendríamos que hacer por incrementar la nuestra, Magna, para ganar más tropas y soldados afines que quieran luchar por la causa gloriosa que yo iba a imponer: El nuevo Imperio mercante.
Me acosté algunas horas después y aunque no paré de darle vueltas a la cabeza y a alarmarme por cada crujido de las maderas del pasillo - tendría que acostumbrarme a ese lugar - junto con las voces de los residentes en aquella posada, conseguí mantener un sueño intermitente que fue en cierta medida reparador.
Al despertar, dejando el petate en su lugar en el armario y llevando conmigo en el bolsillo el denden mushi y un fajo de billetes con el valor de unos diez mil berries, salí del lugar cerrando mi habitación con llave y me dirigí hacia el distrito comercial, tras solicitar unas indicaciones, para aventurarme en busca de algunas ropas más comunes. Es cierto que mi vestuario no era para nada variopinto o llamativo, pero no quería tener que ver nada visualmente con mi figura habitual, para evitar falsos conocidos o personas entrometidas. Así pues, recorrí el espacio entre un punto y otro y cuando me quise dar cuenta estaba inmerso en el distrito comercial, rodeado de tiendas de todo tipo vendiendo toda clase de productos.
Varias de estas tuvieron que pasar hasta que di con un sastre, un local humilde con un letrero viejo y muestras de retales en su escaparate.
— Buenos días — dije al cruzar la puerta del establecimiento. Un lugar lleno de telas, oliendo a flores y con una anciana muy delgada, con el pelo gris y recogido en un moño alto, con unas gafas pequeñas y finas. Estaba sentada en una gran butaca y parecía estar tejiendo algo. A su lado, un joven - muy joven - vivaz y alegre me daba la bienvenida, con la cara llena de pecas y el pelo verduzco y alborotado — ¡Buen día caballero! ¡Bienvenido a 'Tales retales'! ¿Cómo puedo ayudarle? — me preguntó abiertamente, mientras caminaba hacia el mostrador mirando a la anciana — No se preocupe por la abuela Menchi, aunque está jubilada se niega a abandonar el negocio ni un día — me contestó con alegría sin yo tener que preguntarle nada, y entonces dirigí mi atención a él — Oe... estoy buscando ropa de jornal — dije rascándome la coronilla dudando un poco de mis propias palabras — Necesito algo resistente, duradero... pero no quiero sobresalir por encima de los otros compañeros — le dije con sinceridad, creyéndome mi propio embuste y papelón. El muchacho me miró de arriba a abajo sonriendo y asintió con la cabeza — Un mono de trabajo y un par de camisas. Si quiere unas botas nuevas le puedo recomendar a alguien fabuloso — me dijo igual de alegre que siempre — No es necesario. Mis viejas botas aguantarán — añadí dando un toque con el tacón de la bota contra el suelo, pero el crío pareció insistir — ¿Y una boina para cubrirte del sol? El calor puede provocar estragos si te expones a él — me dijo, ante lo que bufé ligeramente algo divertido. Hablarme de calor a mi... — Si, si... una boina también está bien. No vaya a ser que el calor haga de las suyas — añadí divertido siguiéndole la recomendación. Hacía tanto tiempo que no me preocupaba por la temperatura... — ¡Entonces está todo dicho! ¿Qué talla tiene usted? Es ancho de espaldas pero no es muy alto... — dijo el niño con inocencia mirándome tratando de escudriñarme — Oe — dije frunciendo un poco el ceño al escucharle hablar sobre mi altura, pero pareció ignorarme por completo y siguió con su análisis — Un cuarenta y dos de cintura si me preguntan jibirijibirijibiri — sentenció el crío riendo — Y las camisas son de la talla común... ¡tela tejana para el mono, aguantará casi tanto como el cuero y le dará menos calor! ¡Y las camisas de algodón, para mantener fresco su cuerpo pese al sudor! — dijo bajando de un taburete que había tras el mostrador y pareciendo pequeñísimo a mis ojos, desapareciendo entre las estanterías de retales, buscando lo que decía. Era un niño realmente muy pequeño.
Volvió al poco con ambas prendas mencionadas y me invitó a pasar a uno de los vestidores, cosa que hice, y me cambié de mi ropa habitual para vestirme con esa. Un mono... que más bien era un peto, de tela azulada, que unía el pantalón con un una cubierta en el pecho y la espalda, y dos tirantes sencillos, dejando espacio para maniobrar y la parte superior del pecho y los brazos al aire. La camisa - dos iguales - eran blanca, con un cordón de esparto a la altura del esternón para cerrarla o abrirla ligeramente — ¡Fabuloso! — gritó el muchacho cuando salí del probador, extendiéndome una boina plana del mismo color que el peto vaquero — Sólo le falta el martillo en la mano y los clavos en la boca jibirijibirijibiri ¡le queda a usted como un guante! — sentenció mientras yo agarraba la boina y me la colocaba, tras haberme echado los cabellos hacia atrás. Me miré en el espejo sucio y gastado que tenían en la tienda... la verdad es que el chico lo había bordado en talla y funcionalidad, cosa que me sorprendió siendo tan joven.
— ¿Cuántos años tienes muchacho?— pregunté mientras me miraba aun asombrado por tener la ropa perfecta con la talla perfecta, incrédulo con el resultado en correlación con su edad — Doce señor. Tres en el negocio y aprendiendo de la mejor — me dijo señalando a la que había dicho antes que era su abuela — Ya veo... tienes mucho talento. ¿Cuánto es el precio de todo esto? — pregunté, alternando mi vista entre el chiquillo y su abuela abriendo el fardo el saco de dinero — Cuarenta el mono, quince por cada camisa, diez por la boina... ¡Ochenta berries joven señor! — me dijo el muchacho haciendo la cuenta rápida tocando sus dedos. Saqué doscientos berries de mi bolsa y se los entregué al chico, que abrió los ojos y negó con la cabeza tratando de devolver mi mano a su sitio, sin éxito — Veinte por el talento, cincuenta para un regalo para la abuela y otros cincuenta para que nadie sepa que he estado aquí — le dije, guiñándole el ojo, haciendo que el muchacho sonriera y aceptase todo el dinero.
Salí del establecimiento con mi ropa anterior guardada en una bolsa de tela y vistiendo la nueva indumentaria, encaminándome hacia la posada para dejar aquel fardo y poder comenzar a pasear un poco por los astilleros para ver qué escuchaba por aquí y por allá. Todo parecía un lugar normal, algo que me extrañaba al saber que en este sitio estaba una de las casas de esclavos más grandes de esta parte del Grand Line... algo que los habitantes del archipiélago parecían llevar con completa normalidad. Pero no era asunto mío.
Al entrar en la taberna, observé a un anciano con un gran bigote blanco y un peinado extraño, vestido con ropa deportiva y marcados pantalones verdes, siendo el único hombre de pie en la taberna. Parecía que había habido algún tipo de altercado con él involucrado. Algunos tipos en el suelo con articulaciones dislocadas y algunos otros con espuma por la boca. El anciano se quedó mirándome fijamente.
— ¿Por qué estás en pie? — me preguntó sin miramientos — ¿Aaaah? — pregunté con incredulidad y algo de molestia. Me sentía algo acobardado ante la mera presencia de ese anciano y eso me hacía enfadar y querer partirle la cabeza... sólo era un abuelo, qué más daba que hubiera acabado con todos los presentes, si sólo eran borrachos y mierdecillas del montón — No deberías estar de pie — dijo, sacudiéndose el polvo de encima — ¿Y cómo debería estar? ¿Arrodillado ante su majestad? — pregunté dejando caer la bolsa con mis pertenencias a mi lado — No. Inconsciente, como todos en un área de aproximadamente treinta metros — me dijo, girándose hacia la barra para apurar una bebida en una jarra, limpiándose después el bigote, y pasando a mirarme directamente — Probemos otra vez — dijo, y sus ojos parecieron emitir un pulso salido de las más profundas y aberrantes fosas del infierno, sintiendo como una presión increíble en el ambiente, viendo como algunos de los muebles empezaban a crujir y a resquebrajarse, haciéndome dar un paso atrás — ¿¡Quién te envía anciano!? — grité, presuponiendo el peor escenario: Mi familia me había encontrado y había enviado un asesino con un extraño poder de akuma no mi para sentenciarme en ese mismo lugar. Entonces la presión paró, y el anciano se rascó el mentón mirándome — Grandes esencias en frascos pequeños... — musitó — Un diamante sin pulir — añadió, y recogió un fardo similar al mío del día anterior, pero más pequeño — ¿¡A quién llamas frasco pequeño!? — le pregunté inquisitivamente, pero el anciano pasó de largo junto a mi y me ignoró. Lo hizo a tal velocidad que cuando quise darme cuenta estaba a mi lado con la mano apoyada sobre mi hombro derecho — Hasta la piedra más burda puede pasar a ser una joya si se la pule lo suficiente — y me dio una palmada — Pero tiene que pasar por las manos de un maestro — finalizó saliendo del establecimiento cerrando la puerta tras de si.
Estaba vivo. No me había matado. Era un anciano que había noqueado a todos los presentes en el bar y me había intentado amedrentar con aquella presión... preguntándome que por qué estaba aun en pie...
Entonces lo vi claro. Como una serie de revelaciones increíble que pasaban a toda velocidad. Haría unos días, mi explosión de haoshoku en el puerto del manglar treinta y tres hizo desmayarse a algunos presentes, echando espuma por la boca como los que estaban aquí. El anciano tenía que estar usando la extraña habilidad que Viktor me había dicho que sólo unos pocos poseían. Abrí la puerta y lo encontré yéndose.
— Oe viejo — dije, haciendo que se parase y se girase para mirarme de perfil — ¿Cuánto tardaría un maestro en pulir una roca? — le pregunté, ante lo que sonrió levemente — Dos semanas — me dijo con seguridad — Pero todo maestro necesita de sus herramientas y su lugar de trabajo — añadió, y comenzó a caminar.
Automáticamente entendí aquello como un reto. Aquella persona parecía conocer los secretos para manejar mi habilidad especial, y tenía que invertir el tiempo en alguna parte, protegido y a salvo para poder pasar desapercibido y ganar el tiempo suficiente antes de partir en lo que nos construían el nuevo barco. Subí corriendo a la habitación, abrí la cerradura con llave y avancé hasta hacerme con el petate guardado en el armario. Escondí en él la ropa que traía guardada y el resto del dinero y lo cargué al hombro para irme de la habitación, volviendo a cerrar con llave. Cuando salí de la taberna, el anciano ya había atravesado caminando media calle, así que corrí como pude para no perderlo, y finalmente cuando me puse a su lado, un poco jadeante, le pregunté sin miramientos.
— ¿Eso ha sido Haoshoku? — dije, mirándole sin que él me correspondiera — Si — me dijo con sinceridad y de forma directa, haciéndome abrir los ojos ligeramente — ¿Y puede enseñarme a usarlo de la misma forma? — le volví a preguntar, ante lo que sin dejar de caminar esta vez sí me miró — Si — volvió a decir, manteniendo un semblante serio — ¡Pues enséñeme! ¡Necesito aprender a dominarlo! — le dije tratando de no levantar la voz, caminando a su lado. Dejó de mirarme y enfocó sus ojos en el frente — Ningún cualquiera posee esta habilidad, joven. Si la tienes, es que el mundo te depara un final glorioso o terrible... Y claro que puedo enseñarte a refinarlo, pero yo no estoy dispuesto a enseñar nada a ningún borrego maleducado — me reprendió mirándome de nuevo con gesto serio, seguramente refiriéndose a mi forma de referirme a él, haciéndome sentir avergonzado y arrepentido casi al instante — ¿Quiere que le llame maestro o algo asi? — le pregunté poniendo una mueca — Si. Y que te disculpes — me respondió, metiendo sus manos en sus bolsillos caminando relajadamente sin mirarme. Me paré en seco y avanzó unos pocos pasos sin mi, después aceleré para volver a ponerme a su altura, renegando y hablando con la boca pequeña — De acuerdo maestro. Le pido disculpas por mi forma de hablar — dije a regañadientes, y el maestro sonrió un poco — ¿Y para qué quiere un jornalero del puerto mal disfrazado conseguir perfeccionar el Haoshoku? — me preguntó directamente, aparentemente divertido por su ocurrencia, delatando mi disfraz — Para convertirme en el más fuerte de todos — afirmé con crudeza, sonriendo también y arrugando la cicatriz bajo mis ojos.
El anciano se paró y me miró de arriba a abajo — Como todos — dijo, y comenzó a caminar — Vamos al dojo — dijo, invitándome a seguirle moviendo la mano — Pero te advierto de esto: Quiero respeto absoluto, quiero obediencia absoluta, y quiero resultados. Si me faltas al respeto, si cuestionas mis órdenes, o si no consigues lo que te pida en el tiempo que te pida, no te enseñaré nada más — enumeró mientras volvía a meter las manos en sus bolsillos — Mientras consiga hacerme desmayar a los demás con mi presencia, haré lo que haga falta — dije decidido — Como todos — me volvió a decir el anciano sin mirarme, y ambos continuamos caminando hacia su Dojo.
Los días y pasaron y comprobé de primera meno que el anciano no mentía. Me obligaba a meditar mientras me sometía a la presión de su presencia. Él lo hacía de la forma más natural posible, con los quehaceres rutinarios, sin despeinarse un solo pelo del bigote... y yo sudaba todos los días hasta empapar mis ropas, sentado con las piernas cruzadas tratando de imponer mi voluntad a la suya propia. Me obligaba a emitir pulsos de mi Haoshoku a diario, y mantenerlos hasta que perdía la consciencia. Despertaba acostado con la cabeza sobre el cojín de mi macuto, y volvía a hacerme repetir el proceso. Empecé a encontrar la forma de expandirlo o retraerlo a voluntad, confinarlo en un área inmediata entorno a mi o hacer que abarcase tantos metros como me fuera posible.
A partir del cuarto día de entrenamiento, conseguí, en una tarde cerca del ocaso, que una taza de cerámica explotase a mi lado. El maestro abrió los ojos de par en par y se acercó para comprobar el estado de aquello, pidiéndome más intensidad, más potencia y más concentración. Elevando mi aura hasta el máximo que me era posible intensificarla, el anciano comenzó a revelar un brillo en sus ojos. Y eso fue lo último que vi antes de volver a caer inconsciente.
Los días se sucedieron así. Meditar, concentrarme, emitir mi Haoshoku, incrementarlo, hacerlo explotar para aumentar su potencia, conseguir llamar la atención del maestro y desmayarme. Perdí la cuenta de las veces que me había desmayado y de las veces que el anciano me había dicho "otra vez". Hasta que el decimo segundo día, mientras el maestro pedía que incrementase la potencia de mi aura, vi una gota de sudor surcar su arrugada piel y el brillo en sus ojos volvió con una intensidad superior a la que había visto en los días anteriores... hasta que la mesa en la que reposaba la taza de te del maestro se partió con un súbito crujido desproporcionado — Bien hecho joven — dijo el maestro dando una palmada — Estás listo — añadió recogiendo la taza quebrada del suelo — Como todos — le dije yo, con sorna — No... como todos no — añadió sonriendo — Pero esto es solo el comienzo. Sólo en el conflicto florecerá tu auténtica capacidad. Debes seguir puliendo tus habilidades — me ordenó, recibiendo por respuesta un movimiento de mi cabeza, asintiendo — Aun te quedan dos días. A trabajar — finalizó saliendo de la estancia con los trozos rotos de cerámica y dejándome a mi incrementando nuevamente mi espíritu, buscando la perfección en el control de mi aura.
Dos días después abandoné el dojo y me encaminé hacia la posada en la que todo había empezado. Casualmente, las dos semanas que tenía arrendadas de habitación. Extrañamente me sentía más perceptivo, más despierto... más confiado. Sentía que tenía una nueva capacidad en si misma que podía permitirme jugar en ligas superiores a las mías, y planeaba explorarlo al mil por ciento. Cayese quien cayese.
Entré en la posada pagando otros mil quinientos berries y dirigiéndome a mi habitación. Iba a dormir las próximas cuarenta y ocho horas... y sin desmayarme.
Entrenamiento

![[Imagen: mz3XEoL.png]](https://i.imgur.com/mz3XEoL.png)