22-05-2025, 04:23 PM
Cuando Dumati lanzó el golpe, lo hizo con toda la fuerza de su cuerpo, con la rabia acumulada entre sus manos y su espada, buscando el impacto seco, certero, que silenciara de una vez aquella voz que se clavaba como una espina entre sus pensamientos. Pero la marine dio un solo paso hacia atrás, apenas un desliz elegante de su bota sobre la tierra húmeda, y la espada del rebelde cortó el aire sin hallar carne ni hueso. Fue como golpear un fantasma. Frunció el ceño, los dientes apretados, con un temblor en las manos que no provenía del esfuerzo físico, sino de la frustración, de la impotencia que crecía con cada palabra que ella pronunciaba. Me instó a que parara la rueda de odio que estaba llevando, que no peleara y asumiera mis consecuencias. La voz de la marine no era severa, pero tenía la firmeza de quien ha visto demasiadas batallas, demasiados errores repetirse. No lo dijo con burla, ni con superioridad. Lo dijo como si realmente le importara lo que sucediera a continuación. Y eso fue lo que más le dolió a Dumati. Porque en su interior, una parte diminuta, tozuda, pero innegablemente viva, quería creer que esas palabras eran verdad. Que él estaba solo. Que seguir no tenía sentido. Pero justo por eso, también reaccionó como un animal herido. Su orgullo, ese caparazón que había forjado desde la infancia, rugió dentro de él. ¿Solo? No. Él tenía a sus compañeros de la revolución. Tenía a Danny. A los suyos. Y aunque en ese instante no estuvieran a su lado, aunque sus brazos temblaran y su corazón retumbara en el pecho como un tambor de guerra roto, no podía permitirse flaquear. No podía permitir que esa mujer, por muy noble que fuera su intención, apagara el fuego que ardía en él. -¡Cállate!- Gritó, sin pensarlo, más por ahogar sus dudas que por responder a ella. -¡Yo no estoy solo! ¡Y no me voy a detener!-
Dumati apretó los dientes, sintiendo cómo la rabia se le mezclaba con la desesperación en la garganta, como si fuera a escupir fuego en vez de palabras. El sudor le resbalaba por la frente, y su pecho subía y bajaba con fuerza, alimentado por la adrenalina y la furia que aún lo mantenían en pie. Aquellas palabras de la marine, esa afirmación tan rotunda de que estaba solo, le habían calado más hondo de lo que quería admitir. Pero en vez de hundirse, se aferró a la única verdad que aún podía sostener sin que se le resquebrajara el alma: la causa. -¡Entonces mejor!- Gritó con voz ronca, dando un paso adelante. -¡Si estoy solo, menos tengo que perder!- La tenue luz en el tunel proyectaba sombras danzantes en su rostro tenso, dándole un aire casi fantasmal, como un espectro con la mirada clavada en la justicia. Dumati alzó la espada como un estandarte. Un gesto torpe pero lleno de convicción. -¡Si tengo que caer, me llevaré conmigo a tantos como pueda! ¡A los corruptos! ¡A los tiranos! ¡A los que llevan siglos aplastando a la gente como si no valiera nada!- Su voz tembló levemente, pero no de duda, sino de emoción. -¡No peleo por mí! ¡Esto es por la revolución!- Sus palabras retumbaron entre las paredes de los túneles, cargadas de una mezcla de idealismo y dolor profundo. No hablaba desde la estrategia, ni desde el conocimiento político. Hablaba desde el hambre, desde la miseria vivida, desde las calles sucias donde creció viendo a los ricos escupir sobre los pobres. -¡Por todos los que no pueden alzar la voz! ¡Por los esclavos escondidos en islas sin nombre! ¡Por los niños que nacen para morir en cadenas! ¡Por los que el Gobierno ha olvidado a propósito!- Su pecho ardía, como si cada palabra saliera envuelta en llamas. -¡No me importa si me dicen que estoy solo! ¡Mientras pueda respirar, mientras tenga un solo dedo que mover, seguiré luchando por ellos!-
Y apenas la última sílaba se escapó de sus labios, Dumati cargó hacia adelante con la fiereza de un relámpago que parte el cielo en dos. No hubo pausa, ni duda, ni un solo segundo en el que el impulso flaquease. El discurso aún ardía en su pecho como una antorcha viva, empujándolo hacia el combate con la fuerza de todas las injusticias que había presenciado y sufrido. La mirada se le endureció, y en sus pupilas bailaba una mezcla de furia, convicción y fuego. Ahora era algo más cercano a un estallido inevitable. Su bota golpeó el suelo con fuerza mientras acortaba la distancia entre ambos. El aire se comprimía a su alrededor, vibrando por la velocidad de su movimiento, y el peso de su determinación parecía envolverlo en una energía casi visible. Levantó el brazo derecho, firme, preciso, empuñando la espada que parecía brillar a la luz del tunel como una promesa de acero. Y sin vacilar, descargó el tajo de forma descendente, apuntando al centro del cuerpo de la marine, como si quisiera partirla en dos junto con toda la autoridad que representaba. -¡HAAAAH!- Gritó, soltando ese rugido que nacía desde lo más hondo de su alma, una voz que no buscaba intimidar, sino liberar.El movimiento fue limpio, directo, con la fuerza bruta de alguien que no peleaba por técnica sino por pasión. Era un tajo que hablaba más de su espíritu que de su entrenamiento; de un instinto salvaje alimentado por el dolor, la pérdida y la esperanza. En su interior, Dumati sabía que probablemente ella lo esquivaría de nuevo, que su cuerpo aún no era tan veloz como sus ideales. Pero no le importaba. Porque ese golpe no era solo físico. Era una declaración. Por un momento, en ese salto, en esa línea trazada por su brazo descendente, todo pareció congelarse. Solo se oía el silbido del aire cortado, la tensión vibrante en cada músculo de su cuerpo, y el crujido leve de la arena bajo sus pies al lanzarse al frente. Porque en ese instante, Dumati no solo atacaba a una marine. Atacaba a todo lo que ella simbolizaba.
Dumati apretó los dientes, sintiendo cómo la rabia se le mezclaba con la desesperación en la garganta, como si fuera a escupir fuego en vez de palabras. El sudor le resbalaba por la frente, y su pecho subía y bajaba con fuerza, alimentado por la adrenalina y la furia que aún lo mantenían en pie. Aquellas palabras de la marine, esa afirmación tan rotunda de que estaba solo, le habían calado más hondo de lo que quería admitir. Pero en vez de hundirse, se aferró a la única verdad que aún podía sostener sin que se le resquebrajara el alma: la causa. -¡Entonces mejor!- Gritó con voz ronca, dando un paso adelante. -¡Si estoy solo, menos tengo que perder!- La tenue luz en el tunel proyectaba sombras danzantes en su rostro tenso, dándole un aire casi fantasmal, como un espectro con la mirada clavada en la justicia. Dumati alzó la espada como un estandarte. Un gesto torpe pero lleno de convicción. -¡Si tengo que caer, me llevaré conmigo a tantos como pueda! ¡A los corruptos! ¡A los tiranos! ¡A los que llevan siglos aplastando a la gente como si no valiera nada!- Su voz tembló levemente, pero no de duda, sino de emoción. -¡No peleo por mí! ¡Esto es por la revolución!- Sus palabras retumbaron entre las paredes de los túneles, cargadas de una mezcla de idealismo y dolor profundo. No hablaba desde la estrategia, ni desde el conocimiento político. Hablaba desde el hambre, desde la miseria vivida, desde las calles sucias donde creció viendo a los ricos escupir sobre los pobres. -¡Por todos los que no pueden alzar la voz! ¡Por los esclavos escondidos en islas sin nombre! ¡Por los niños que nacen para morir en cadenas! ¡Por los que el Gobierno ha olvidado a propósito!- Su pecho ardía, como si cada palabra saliera envuelta en llamas. -¡No me importa si me dicen que estoy solo! ¡Mientras pueda respirar, mientras tenga un solo dedo que mover, seguiré luchando por ellos!-
Y apenas la última sílaba se escapó de sus labios, Dumati cargó hacia adelante con la fiereza de un relámpago que parte el cielo en dos. No hubo pausa, ni duda, ni un solo segundo en el que el impulso flaquease. El discurso aún ardía en su pecho como una antorcha viva, empujándolo hacia el combate con la fuerza de todas las injusticias que había presenciado y sufrido. La mirada se le endureció, y en sus pupilas bailaba una mezcla de furia, convicción y fuego. Ahora era algo más cercano a un estallido inevitable. Su bota golpeó el suelo con fuerza mientras acortaba la distancia entre ambos. El aire se comprimía a su alrededor, vibrando por la velocidad de su movimiento, y el peso de su determinación parecía envolverlo en una energía casi visible. Levantó el brazo derecho, firme, preciso, empuñando la espada que parecía brillar a la luz del tunel como una promesa de acero. Y sin vacilar, descargó el tajo de forma descendente, apuntando al centro del cuerpo de la marine, como si quisiera partirla en dos junto con toda la autoridad que representaba. -¡HAAAAH!- Gritó, soltando ese rugido que nacía desde lo más hondo de su alma, una voz que no buscaba intimidar, sino liberar.El movimiento fue limpio, directo, con la fuerza bruta de alguien que no peleaba por técnica sino por pasión. Era un tajo que hablaba más de su espíritu que de su entrenamiento; de un instinto salvaje alimentado por el dolor, la pérdida y la esperanza. En su interior, Dumati sabía que probablemente ella lo esquivaría de nuevo, que su cuerpo aún no era tan veloz como sus ideales. Pero no le importaba. Porque ese golpe no era solo físico. Era una declaración. Por un momento, en ese salto, en esa línea trazada por su brazo descendente, todo pareció congelarse. Solo se oía el silbido del aire cortado, la tensión vibrante en cada músculo de su cuerpo, y el crujido leve de la arena bajo sus pies al lanzarse al frente. Porque en ese instante, Dumati no solo atacaba a una marine. Atacaba a todo lo que ella simbolizaba.
INFO
![[Imagen: oSgdXs8.png]](https://imgur.com/oSgdXs8.png)
Alas Negras
- Narro - Hablo -"Pienso" -
