26-05-2025, 01:09 PM
Dia 11 de Otoño, Año 15
Lo que la naturaleza habla.
Caminábamos, no como compañeros ni como escoltas; parecíamos niños ausentes de toda racionalidad que pudiera suponer aquella situación. El viejo nos guiaba, repetía sus pasos velozmente, igual que sus diálogos. Era un local, un conocedor. Nos encantaba con historias cotidianas, pero contadas con el detalle de una fantasía, de algo que parecía escapar de un hecho creíble. Pero allí estaba él, con su refresco, bebiendo algo que parecía inacabable en su petaca, generándonos la expectativa de estar vivos. Aún nos manteníamos vivos.
Recordaba las palabras de Jean unos metros atrás, o kilómetros, ya no recuerdo cuánto tiempo llevamos caminando. En nuestro diálogo le contesté con solo dos palabras: “no sé”. Pese a mi típica manera de sociabilizar, de estar distante, era lo que podía decir. Solo bastaba ello para dar todo mi conocimiento. No sabía más que eso. Me quedo con la frase resonando de la nota que traía el viejo. “Facilitadores”.
Manolo no parecía el tipo de persona que necesitara facilitadores. Era un simple engranaje, ni el central ni uno roto, solo uno que funcionaba sin aportar mucho al mundo. Eso era lo que yo pensaba. Qué equivocado que estaba. Aquel hombre, al final del día, nos demostraría la importancia de conceptos que parecían estar bajo el tapete, bajo las sombras, como si se buscara ocultar algo tan simple y medular para ser felices.
El camino parecía estar hecho por pasos, por trotamundos. No había adoquines, no había efecto humano planificado, solo el efecto social de caminar, de dejar la hierba muerta. Pero por más terrible que sonara, para muchos locales era la rutina de volver a casa. El sol colgaba sobre nosotros, fiel testigo de nuestro avanzar. Ya se me había hecho costumbre caminar y escuchar, simplemente por el hecho de estar allí. No era que lo disfrutara, ni que lo padeciera; solo lo vivía, lo transitaba ajeno a sentimientos, normas o a la misma misión de facilitar algo que no sabía qué era. Junto a nosotros, como marcando aún más el camino, los árboles parecían una impenetrable pared de vegetación viva, fuertemente verde, gigantes, robustos, como si hubieran estado allí desde hace más tiempo que los hombres, que incluso el suelo. Una leve brisa, a efecto túnel de aire, se formaba entre nuestras tres figuras que mantenían un ritmo preciso y sin ninguna prisa.
Algunas copas de los árboles se movían, temblaban de ansiedad, de unas ganas locas de decir “estoy aquí”. Alguien o algo nos estaba observando, nos miraba desde la desconfianza. No parecía muy seguro, era mas bien torpe, delicado y mudo pero torpe. Por instinto llevé mi mano a la espalda, no por miedo, por seguridad. Grau me recibió como siempre lo hace; parecía estar en el momento exacto. El gesto de mis dedos recorriendo sus pliegues, buscando el agarre perfecto, me retrasó unos segundos, tiempo suficiente para que el viejo me tomara la muñeca, no con fuerza ni con ira, como un mimo, dándome no solo calidez, sino tranquilidad.
-No es necesario. Y he dicho, no es necesario. Jajajaja. Los militares deberían relajarse un poco más y aprender a leer las hojas moviéndose. ¿Les parece que ese pequeño animal es motivo suficiente para tomar un arma a la ligera? Y he dicho, tomar un arma a la ligera.
No fue un rezongo, pero tampoco fueron palabras sueltas. Fue un detalle, algo que yo no podía ver entre las hojas. No sé si supo que entre las ramas se escondía un curioso gato de no más de dos kilos y medio, de color negro. El animal se hizo visible, bajó de la copa al reconocer a alguien y se enredó en movimientos envolventes entre los miembros inferiores del viejo, que explotó en una carcajada e, inclinándose, acarició al animal.
-Jóvenes, deberían aprender a leer la naturaleza. Y he dicho, deberían aprender a leer la naturaleza. Antes de avanzar... ¿saben lo que debemos hacer, verdad? Y he dicho, ¿saben lo que tenemos que hacer?
Con un gesto rápido, para no perder más tiempo, marqué claramente la negativa y observé a Jean, a quien le di la palabra extendiendo mi mano y señalándola. No lo hice por nada más que diversión. Tengo que reconocer que la situación ridícula me movía fibras que no sabía que tenía.
De aquí venimos.
Off
