28-05-2025, 03:10 PM
No militaricen la norma
El animal se quedó un tiempo entre nosotros, jugueteando, curioseando. Ya no se limitaba a jugar entre las piernas de Manolo; también se enredaba con Jean. A mí me ignoró, no lo culpo. No soy lo suficientemente agradable a la vista. Las piernas de la joven son una invitación a rodearlas, a perderse aunque sea por un momento. En un ritual salvaje entre desconfianza y placer, el felino le ofreció la mollera para que lo acariciara. Y mi compañera se inclinó para hacerlo, para aceptar aquel gesto de cortesía, para bendecirlo con una mano exquisita.
Entre las palabras del viejo y las de ella, bastaba para relajarse. La situación era habitual, tranquila. No había necesidad de preocuparse. A veces, estar el tiempo suficiente solo y en alta mar te mantiene alerta, atrapado en una locura paranoica con el entorno y la falta de humanidad. Fue necesario socializar, y un gesto humano como el del viejo para derrumbar todas mis rectas, toda norma impuesta a la fuerza por los cuarteles que habité.
El viejo miró a Jean como si fuera una total extraña, como si sus palabras hubieran sido un insulto, una burla constante de una situación un poco chiflada. Palabras que, por supuesto, en silencio yo también compartía. ¿Qué debíamos facilitarle a aquel tipo, al repetidor de frases inútiles? Todo era confuso, poco claro. Una situación que en principio representaba apenas la presencia de un exterminador de plagas terminó involucrando a dos militares. El propósito era tan sospechoso como lo que comenzó a hacer Manolo, caminar hacia atrás, retrocediendo sobre sus propios pasos.
Con un aire triunfante dijo.
-Incorrecto, chica de las misiones. Y he dicho incorrecto. Vamos para atrás. Hay que desandar el camino. Lo que se enreda, se desenreda. Y este animal, en su desventura, nos ha hechizado. La única manera de romper la situación es caminar sobre nuestras huellas. Y he dicho, caminar sobre nuestras huellas. ¡Ja, ja, ja! No avanzaremos hasta que rompan este maleficio. Y he dicho, no avanzaremos hasta que rompan este maleficio.
Desandando unos diez pasos, con un gesto de la mano nos invitó a calcar sus movimientos. El gato, como si estuviera a favor de aquel teatro supersticioso, se colocó a un lado del camino y, en señal de aprobación, cerró los ojos con delicadeza, de forma tibia.
Ya nos habíamos retrasado demasiado para ponernos a caminar hacia atrás, aguardé unos segundos esperando que Manolo retomara el sendero hacia el pueblo. Fue imposible. Estaba aferrado a la idea de deshacer nuestras huellas. La superstición se volvió plomo en nuestro andar. Imité al señor, más por comodidad que por convicción, y para mi sorpresa, se sintió divertido. Me posicioné al costado, me apoyé sobre los talones como si mi cuerpo no pesara nada, como si estuviera hecho de papel, e invité a Jean, con el mismo gesto del viejo, para que ella también desenredara su caminar. Volver parecía entonces la única manera de llegar.
Comencé a plegar papel mientras esperaba por Jean. Quería dejar algo en aquel rincón del mundo, donde por primera vez sentí que ir hacia atrás era avanzar. Mi caminar, siempre a la deriva del grupo, me permitió llegar más lejos entonces.
El viejo vertió un poco de su bebida, una mezcla de color cobre y ámbar. Un líquido cargado de identidad y cuerpo que fue absorbido a toda prisa por la tierra bajo sus pies. Y como si se encarnara en otro ser, rompió por primera vez la torpeza de repetirlo todo.
Habló como si las palabras fueran prestadas, ajenas, pero que anhelaba contar. La voz era suya, la expresión y la pasión eran suyas. Pero algo en mi interior me hizo creer que aquel texto le era ajeno, como si alguien se lo hubiese contado a él antes, con la misma pasión, como un mensaje flotando en el mar con forma de papel ques en nuestro, es de todos.
-La misión no es escueta, es preciosa en toda su organización. Es competente para ti, para vos y para mí. Los tres somos partes funcionales y no hay más que decir. ¿Acaso un gesto, un motivo, una revolución nacen del mismo texto, de las palabras que manchan lo virgen de un papel? ¿O es la propia práctica quien escribirá la historia, lo que logró moverlo todo? Facilitadores no es más que eso, facilitadores. Pero no desde una práctica nacida de la teoría, sino desde una práctica desnuda, con su propia identidad. No militaricen la norma. No siempre moverse y habitar nuestros cuerpos requiere una guía. Hay que entender la corporeidad, no solo el movimiento. Resumiendo, esto tómenselo como una invitación a participar del mundo. Faciliten que la gente, y mi trabajo, sean propios de una revolución.
Las palabras del viejo me sacudieron más de lo que habría querido admitir. No por su claridad, porque no eran claras, ni por su fuerza, sino porque llevaban la carga de algo vivido. Como si hubieran sido dichas por alguien que estuvo a punto de rendirse, pero no lo hizo.
Deje de plegar el papel entre mis dedos y en ese momento me vi. Me vi en los barracones. Me vi caminando recto entre órdenes huecas, sin alma, sin piel. Me vi aceptando la norma como una piedra en el zapato, no porque quiera, sino porque no recuerdaba cómo se siente andar descalzo.
Y eso me golpeó, un recuerdo mudo, profundo que no sabía que tenía. Pensé en mi cuerpo. En cómo lo había usado, forzado, disfrazado. En cómo me había habitado, no como una casa, como hogar, como refugio si no como plaga. Tal vez nosotros eramos la laga a sanar y todo esto era entrenamiento para hacernos íntegros marines libres y de mundo capaces de generar revoluciones.
Quise decir algo. Un gesto, un sonido, un asentir. Pero no pude. Solo lo miré, y por dentro, muy por dentro, supe que algo se había plegado, o desplegado. O mejor dicho, que algo se había soltado.
Y como si las palabras anteriores no tuvieran ya ningún valor, rompió el trance gritando con entusiasmo
—¡Tenemos aquí la plaga! Y he dicho. ¡Tenemos aquí la plaga!
Señaló el piso, mostrándonos algo que, desde mi posición, no podía ver.
El animal se quedó un tiempo entre nosotros, jugueteando, curioseando. Ya no se limitaba a jugar entre las piernas de Manolo; también se enredaba con Jean. A mí me ignoró, no lo culpo. No soy lo suficientemente agradable a la vista. Las piernas de la joven son una invitación a rodearlas, a perderse aunque sea por un momento. En un ritual salvaje entre desconfianza y placer, el felino le ofreció la mollera para que lo acariciara. Y mi compañera se inclinó para hacerlo, para aceptar aquel gesto de cortesía, para bendecirlo con una mano exquisita.
Entre las palabras del viejo y las de ella, bastaba para relajarse. La situación era habitual, tranquila. No había necesidad de preocuparse. A veces, estar el tiempo suficiente solo y en alta mar te mantiene alerta, atrapado en una locura paranoica con el entorno y la falta de humanidad. Fue necesario socializar, y un gesto humano como el del viejo para derrumbar todas mis rectas, toda norma impuesta a la fuerza por los cuarteles que habité.
El viejo miró a Jean como si fuera una total extraña, como si sus palabras hubieran sido un insulto, una burla constante de una situación un poco chiflada. Palabras que, por supuesto, en silencio yo también compartía. ¿Qué debíamos facilitarle a aquel tipo, al repetidor de frases inútiles? Todo era confuso, poco claro. Una situación que en principio representaba apenas la presencia de un exterminador de plagas terminó involucrando a dos militares. El propósito era tan sospechoso como lo que comenzó a hacer Manolo, caminar hacia atrás, retrocediendo sobre sus propios pasos.
Con un aire triunfante dijo.
-Incorrecto, chica de las misiones. Y he dicho incorrecto. Vamos para atrás. Hay que desandar el camino. Lo que se enreda, se desenreda. Y este animal, en su desventura, nos ha hechizado. La única manera de romper la situación es caminar sobre nuestras huellas. Y he dicho, caminar sobre nuestras huellas. ¡Ja, ja, ja! No avanzaremos hasta que rompan este maleficio. Y he dicho, no avanzaremos hasta que rompan este maleficio.
Desandando unos diez pasos, con un gesto de la mano nos invitó a calcar sus movimientos. El gato, como si estuviera a favor de aquel teatro supersticioso, se colocó a un lado del camino y, en señal de aprobación, cerró los ojos con delicadeza, de forma tibia.
Ya nos habíamos retrasado demasiado para ponernos a caminar hacia atrás, aguardé unos segundos esperando que Manolo retomara el sendero hacia el pueblo. Fue imposible. Estaba aferrado a la idea de deshacer nuestras huellas. La superstición se volvió plomo en nuestro andar. Imité al señor, más por comodidad que por convicción, y para mi sorpresa, se sintió divertido. Me posicioné al costado, me apoyé sobre los talones como si mi cuerpo no pesara nada, como si estuviera hecho de papel, e invité a Jean, con el mismo gesto del viejo, para que ella también desenredara su caminar. Volver parecía entonces la única manera de llegar.
Comencé a plegar papel mientras esperaba por Jean. Quería dejar algo en aquel rincón del mundo, donde por primera vez sentí que ir hacia atrás era avanzar. Mi caminar, siempre a la deriva del grupo, me permitió llegar más lejos entonces.
El viejo vertió un poco de su bebida, una mezcla de color cobre y ámbar. Un líquido cargado de identidad y cuerpo que fue absorbido a toda prisa por la tierra bajo sus pies. Y como si se encarnara en otro ser, rompió por primera vez la torpeza de repetirlo todo.
Habló como si las palabras fueran prestadas, ajenas, pero que anhelaba contar. La voz era suya, la expresión y la pasión eran suyas. Pero algo en mi interior me hizo creer que aquel texto le era ajeno, como si alguien se lo hubiese contado a él antes, con la misma pasión, como un mensaje flotando en el mar con forma de papel ques en nuestro, es de todos.
-La misión no es escueta, es preciosa en toda su organización. Es competente para ti, para vos y para mí. Los tres somos partes funcionales y no hay más que decir. ¿Acaso un gesto, un motivo, una revolución nacen del mismo texto, de las palabras que manchan lo virgen de un papel? ¿O es la propia práctica quien escribirá la historia, lo que logró moverlo todo? Facilitadores no es más que eso, facilitadores. Pero no desde una práctica nacida de la teoría, sino desde una práctica desnuda, con su propia identidad. No militaricen la norma. No siempre moverse y habitar nuestros cuerpos requiere una guía. Hay que entender la corporeidad, no solo el movimiento. Resumiendo, esto tómenselo como una invitación a participar del mundo. Faciliten que la gente, y mi trabajo, sean propios de una revolución.
Las palabras del viejo me sacudieron más de lo que habría querido admitir. No por su claridad, porque no eran claras, ni por su fuerza, sino porque llevaban la carga de algo vivido. Como si hubieran sido dichas por alguien que estuvo a punto de rendirse, pero no lo hizo.
Deje de plegar el papel entre mis dedos y en ese momento me vi. Me vi en los barracones. Me vi caminando recto entre órdenes huecas, sin alma, sin piel. Me vi aceptando la norma como una piedra en el zapato, no porque quiera, sino porque no recuerdaba cómo se siente andar descalzo.
“No militaricen la norma”
Y eso me golpeó, un recuerdo mudo, profundo que no sabía que tenía. Pensé en mi cuerpo. En cómo lo había usado, forzado, disfrazado. En cómo me había habitado, no como una casa, como hogar, como refugio si no como plaga. Tal vez nosotros eramos la laga a sanar y todo esto era entrenamiento para hacernos íntegros marines libres y de mundo capaces de generar revoluciones.
Quise decir algo. Un gesto, un sonido, un asentir. Pero no pude. Solo lo miré, y por dentro, muy por dentro, supe que algo se había plegado, o desplegado. O mejor dicho, que algo se había soltado.
Y como si las palabras anteriores no tuvieran ya ningún valor, rompió el trance gritando con entusiasmo
—¡Tenemos aquí la plaga! Y he dicho. ¡Tenemos aquí la plaga!
Señaló el piso, mostrándonos algo que, desde mi posición, no podía ver.
Off
